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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 21 de julio
DÉCIMO SEXTO DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

Ciclo C

Primera lectura: Génesis 18, 1-10
Salmo 14
Segunda lectura: Colosenses 1, 24-28
Evangelio: Lucas 10, 38-42

En cada uno de nosotros existe un anhelo, explicitado o no, de llegar a un hogar donde podamos ser acogidos, reconfortados y profundamente amados. Para muchos la experiencia del hogar familiar permite realizar la analogía de la búsqueda de ese hogar por parte de la humanidad. A lo largo de la historia del hombre, son innumerables las historias de personajes que dejan su tierra para ir en búsqueda de ese hogar que logre llenar las expectativas y los sueños.


Quizás para algunos podrá implicar el deseo inconsciente de volver al útero materno, para otros tendrá que ver con ese espíritu de Ulises capaz de volver a su patria y fundar su vida e historia por sí mismo. En todo caso, podemos estar ciertos, que después del duro trabajo, es reconfortante llegar al hogar y recuperar aquellas energías que la lucha diaria nos debilita.


Por lo dicho anteriormente, la condición de huésped es sin duda la que trae más incertidumbre: ¿cómo me recibirán a donde llego? ¿encontraré lo mismo que en mi hogar?
La primera lectura de este domingo nos regala el hermoso relato de la visita de los tres personajes a la casa de Abraham. Profundo en cuanto nos expresa esa presencia de Dios en el  que viene de fuera, en el extranjero. Significativo es que en el v.3 se dirige a ellos como “Mi Señor”, siendo que son tres, como nos ha dicho el v. 2. Muchas son las elucubraciones que podríamos elaborar a partir de este punto, pero quedémonos con indicar que el autor sagrado, nos quiere hacer evidente que lo divino se manifiesta en una pluralidad que lleva a Abrahán a manifestar una acogida, una hospitalidad exquisita: agua para lavar los pies, bocado de pan, un becerro, leche, etc. Con cuanta amabilidad los recibe nuestro padre en la fe, sin duda tiene mucho que ver su experiencia del desierto, pues todos los pueblos de lugares solitarios, especialmente en el medio Oriente, son expertos en acoger y recibir al que viene de fuera.

Detenernos en la hospitalidad de Abrahán es comprender que en nuestro itinerario de peregrinos de este mundo, necesitamos esos espacios de acogida, escucha y aliento. Sin embargo, el encuentro se da en el reconocimiento que necesariamente ese lugar nos llevará a descubrir al que no es “como nosotros”. Cuanta dificultad tenemos hoy en acoger al inmigrante que viene de fuera a buscar mejores condiciones de vida y trabajo para él y los suyos. En Chile no estamos ajenos a este movimiento migratorio que muchas veces nos sobrepasa y no logramos entender, fácil es caer en el prejuicio y en la descalificación.


Por otra parte, no sólo quedémonos en la acogida al inmigrante y al extranjero, vamos también a mirar nuestra vida y nuestra capacidad, como Abrahán, de acoger al que viene a nuestro encuentro, entregándole agua para los pies y pan para saciar el hambre. Cuantas veces somos testigos de peregrinos de nuestro tiempo que quizás han buscado en nuestro techo un espacio de acogida y amabilidad, y nosotros encerrados en nosotros mismos hemos sido incapaces de dar ese espacio de escucha y de profunda humanidad. Sin duda en ese inmigrante, en ese extranjero, en ese hermano que esta al lado nuestro y reclama acogida, se nos revela el mismo Dios. Como no repetir las palabras de Abrahán cuando nos encontremos en esas encrucijadas de la vida y decir: “-Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo”.


Nuestro mundo esta sediento de esa hospitalidad que acoge sin condenar, que es capaz de mostrar el rostro misericordioso de Dios, que en definitiva no mide a las personas por sus resultados ni por ser parte de ese “capital humano”, que mas bien termina muchas veces deshumanizando.

El evangelio también nos habla de la hospitalidad; Marta recibe a Jesús que iba de camino, y junto a su hermana le acogen después del duro trabajo evangelizador. El texto no señala que Marta se atareaba por atender a Jesús con “muchos quehaceres”, en cambio su hermana María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” v. 39.


La pregunta que nos podemos hacer a partir de estos textos es: ¿cuál es el estilo de hospitalidad que ejercemos?, pues es fácil caer en la trampa que quien viene a nuestro hogar necesita “cosas”, “productos”, que en definitiva no responden a lo que requiere el hombre. Cuantas familias sufren por que sus hijos “llenos de cosas” son incapaces de reconocer el esfuerzo de sus padres en entregar todo aquello, pero no se dan cuenta que lo que se requiere en verdad es simplemente un “lavar los pies” y “sentarse a escuchar”.


Con que dolor nos damos cuenta hoy que no somos capaces de escuchar, de dar tiempo gratuito como María en el relato del evangelio de hoy. Marta más que servir a

Jesús se sirve a si misma, es incapaz de reconocer al que tiene enfrente, no como Abrahán que descubre en el Señor que lo visita al dador de todo bien y regalo. Marta no se abre a la novedad de la visita, es incapaz de reconocer que todo peregrino que llega a nuestra vida es un don de Dios. María atiende, escucha, por que reconoce al que llega; es capaz de ir a lo profundo y entablar ese diálogo humano que abre los corazones a la novedad, en ese espacio se descubre “la mejor parte” v. 42. Podríamos decir que Marta pertenece a esa mentalidad actual que mide todo por la eficiencia, el logro, el estándar. No desconozcamos que hay ciertos espacios donde debemos medir con resultados y logros, pero no llevemos eso al plano de las relaciones humanas, pues en la acogida y en la hospitalidad no se mide el momento por la eficiencia y el logro.


Estamos anhelantes de volver al hogar, a ese espacio de  acogida y profunda humanidad, como Ulises hemos recorrido derroteros de dolor y miedo, necesitamos desde nuestra fe mostrarnos con esa acogida de Abrahán, que da todo lo que es y tiene; necesitamos la escucha atenta de María, que a los pies de Jesús y su mirada se siente profundamente amada y comprendida. Que nuestros espacios eclesiales, familiares y comunitarios, sean cada vez más esos lugares de profunda hospitalidad y humanidad. Nuestro mundo necesita y nuestra Iglesia puede entregar esos sitios de acogida y amabilidad profundamente humana que restauren los pies cansados, sacien el hambre de absoluto y se abran a la escucha atenta.

Fr. Ricardo Morales Galindo.