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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 14 de julio
DÉCIMO CUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

 “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino”(Porta fidei 14).
Primera lectura: Dt 30, 9-14
Salmo 68
Segunda lectura: Col 1, 15-20
Evangelio: Lucas10, 25-37

La Palabra de Dios de este domingo nos trae como siempre un indispensable recuerdo de aquello que no podemos olvidar ni dejar de considerar. Ya la cita del emérito Benedicto XVI en la Carta Apostólica Porta Fidei con que convocó el Año de la Fe, nos sitúa en el corazón del mensaje cristiano, es decir, la experiencia de la fe indisolublemente ligada a la experiencia del amor. Sírvanos el ejemplo de la Virgen María en nuestro camino de discípulos misioneros y ayúdenos la intercesión de Santa Teresa de Los Andes, la primera santa chilena.

La primera lectura de hoy está tomada de uno de los cinco primeros libros de la Biblia que conocemos con el nombre de Deuteronomio. El contexto de esta lectura es el de la alianza entre Dios y el pueblo. Este pacto sagrado configura una mutua relación: Dios declara ser “el único Dios” y el pueblo se compromete a vivir todo lo que Dios le mande a través de su Ley. La objeción que puede surgir en el pueblo escogido se puede repetir en la historia de los creyentes. Se puede pensar que los mandamientos o la Palabra de Dios es inaccesible, que no se puede acceder a ella y por tanto eximirá de practicarla. El texto de hoy es claro y tiene un sentido de mandato: “Escucharás la voz de Yahvé tu Dios y te convertirás al Señor tu Dios”. Y lo que Dios manda no es superior a las propias fuerzas, a pesar de nuestra fragilidad, y tampoco está fuera de nuestro alcance. Y una maravillosa conclusión: “La palabra está bien cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica”.

La segunda lectura tomada de la carta a los Colocenses de San Pablo es un primitivo himno cristiano que exalta la soberanía de Cristo, su señorío y primado por sobre todo lo creado. Es un texto más apropiado para contemplar y adorar, pues su lugar propio era la celebración litúrgica de la comunidad. En su primera parte, versículos 15 -16, exalta el papel de Cristo en la primera y nueva creación. Cristo es el revelador del Padre porque “es la Imagen de Dios invisible” y nadie puede ir al Padre si no es por Cristo. Una conclusión para meditar: “Todo fue creado por él y para él”. La segunda parte, versículos 18 – 20, desarrolla el extenso sentido que tiene este señorío de Jesucristo, señorío reconciliador, porque ha pacificado el universo mediante el derramamiento de su sangre. Cristo es nuestra Paz, el Único que puede restaurar todas las cosas en Dios. Dejemos que este himno nos sirva para el momento de nuestras acción de gracias después de la comunión.


El evangelio de San Lucas nos sigue sorprendiendo en este Ciclo C del Año Litúrgico. No olvidemos que “vamos subiendo o ascendiendo con Jesús”, en camino que nos lleva a la Jerusalén Celestial, el Cielo. Vamos en compañía de Jesús, Él camino con nosotros y nos enseña los secretos escondidos del Reino, eso que los sabios de este mundo ni imaginan pero que sí descubren los pobres de la tierra, los pobres y humildes.
En los evangelios de estos domingos viene el Señor hablándonos de los requisitos que deben cumplir los discípulos misioneros. Está claro que nadie se autoproclama discípulo y enviado. Es absolutamente clave el “ser llamado y ser enviado por Cristo”. El Maestro pone las condiciones, a primera vista nada fáciles de entender y abrazar, pero Él sigue el camino que el Padre le ha señalado. Hoy nos refiere Jesús que hay un requisito central en el camino de la misión: el gran mandamiento. Estamos ante una extraordinaria “catequesis lucana” con el estilo y belleza del médico evangelista. Este pasaje se encuentra sólo en San Lucas.


Dos partes tiene el evangelio de hoy: una primera formada por una pregunta: “¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?”, hecha por un legista, y la respuesta contundente de Jesús: “Bien has respondido. Haz eso y vivirás”. Con esta respuesta Jesús señala que no basta con conocer la Ley, es necesario practicarla, vivirla.


La segunda parte de nuestro texto es una parábola mediante la cual responde Jesús a una nueva pregunta del escriba: “Y ¿quién es mi prójimo?”. Esta parábola del buen samaritano sólo se encuentra en Lucas. En cambio la primera parte se encuentra también en Marcos y Mateo, aunque con marcadas diferencias. La parábola es un relato atractivo, claro y sugerente; se trata de una historia que ilustra que el amor a Dios y al prójimo van de la mano. Y que el amor al prójimo está por encima de la observancia de las leyes y por encima de cualquier consideración racial o territorial. La parábola enseña que el viajero, personaje central, es un ser humano, sin importar si es o no judío. Es una persona que se encuentra ante la necesidad de ayuda. Ha caído nuestro viajero en manos de ladrones y lo han dejado medio muerto.


El sacerdote y el levita que pasan por aquel camino son considerados en el tiempo de Jesús como encarnación de la fidelidad a la ley. Ambos no aman a este viajero malherido, no lo reconocen como alguien que necesita ayuda. Pasan de largo, es decir, no les interesa.


Y el samaritano está muy bien descrito por Lucas. Fijémonos en los detalles preciosos: “llega junto a él, lo ve y se le conmueven las entrañas; se le acercó, vendó sus heridas, echó en ellas aceite, lo montó en su cabalgadura y lo llevó a la posada”. Así con gran maestría didáctica se nos da a entender cuál es el mandamiento principal y qué hay que hacer para tener vida eterna, comparar las actitudes del sacerdote y el levita con la del viajero de Samaría.


Un hecho espectacular encierra el texto: Jesús no responde a la pregunta inicial del escriba. Más bien, éste debe deducirla de la parábola. A la pregunta final de Jesús, el legista tampoco responde con claridad y sencillez “es el samaritano”. También él da un rodeo y dice “el que practicó la misericordia con él”.


Prójimo es todo el que ama y atiende a quien está necesitado. Prójimo es el que ama y hace el bien a quien lo necesita. Prójimo no es el necesitado, sino aquel a quien se le conmueven las entrañas por los que sufren. Y nuestro prójimo puede ser nuestro enemigo. No siempre las “ayudas” están reconociendo al prójimo y se pueden hacer por motivos muy lejanos al evangelio.


Que tengan un buen domingo. Que Dios los bendiga.
Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.