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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 07 de julio
DÉCIMO CUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

 “Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe” (PF 15).
Primera lectura: Is 66, 10-14
Salmo 65, 1-7.16.20
Segunda lectura: Gal 6, 14-18
Evangelio: Lucas  10, 1 – 12.17-20


El cristianismo no es una religión sino una propuesta de un cambio total en la persona y en la sociedad. Mientras la religión se preocupa de los ritos y ceremonias, la fe cristiana propone a todo hombre de buena voluntad un “proyecto alternativo” a la variedad inmensa de propuestas humanas. No busca la fe cristiana sólo celebrar la fe, lo que es muy hermoso y bueno, sino que busca el cambio de vida y estilo, es lo que conocemos como conversión del corazón, es decir, el Evangelio que debe ser anunciado “hasta el fin de los tiempos y en todas partes” es la clave del gigantesco cambio que nos propone Jesucristo. Jesús no fundó una nueva religión sino ofreció una nueva manera de ser persona, “el Hombre Nuevo” y una nueva forma de relacionarse con Dios y con los demás, “la nueva fraternidad”.

Veamos brevemente la Palabra que el Señor nos regala en este domingo, porque para hacernos parte de la propuesta de Jesús, y en Él la del Padre Dios, tenemos que escuchar su Palabra. Esta Palabra es pan y mesa que se nos regala cada vez que nos reunimos a celebrar el gran gesto redentor de Cristo por el cual hemos sido salvados.

La primera lectura, tomada del llamado “Tercer Isaías”, capítulos 56 a 66, es una hermosa imagen que nos llena de esperanza. El profeta presenta a la ciudad santa de Jerusalén como una madre que amamanta a sus hijos precisamente porque Dios la bendice con abundantes bienes como la alegría, el bienestar, el consuelo y todas las riquezas de las naciones. De esta manera Dios dará a conocer su amor y su poder, creando una nueva situación, un mundo distinto a lo que los israelitas han experimentado allí en  el destierro.Es un mensaje de consuelo y esperanza que no debiéramos olvidar.

La segunda lectura, continuando con la Carta a los Gálatas, nos ofrece el final de este escrito paulino. Referencia central es la cruz de Cristo que tiene como consecuencia el que nadie puede presumir de sus propias fuerzas o talentos en el orden de su salvación. Todo cristiano sabe que sólo la gracia del Crucificado tiene poder para liberarle del pecado que cala tan hondo al ser humano. Y, como nos recordó el evangelio del domingo pasado, el discípulo de Cristo tiene que estar dispuesto a tomar su cruz cada día. No hay vida cristiana auténtica sin cruz pero tiene que ser llevada siempre con Cristo y por Él. Desde esta verdad fundamental San Pablo puede decir que “está el mundo crucificado para él y él para el mundo”. El discípulo vive la tensión interior del mundo de la carne y del pecado, su antigua manera de vivir, pero por el bautismo que le sumerge en la muerte de Cristo y lo “levanta” o resucita como nueva creatura por su resurrección, puede vivir como quien ha muerto a ese mundo tenebroso. El bautizado es una nueva creatura y así tiene que tratar de vivir cada día. No se puede estar, al mismo tiempo, con el mundo viejo del pecado y de la carne y con el mundo nuevo del Crucificado. Jesús no admite esta neutralidad, esta falta de decisión. O estamos con Él o estamos contra Él.

El evangelio, continuando con el “camino de Jesús” y siendo sus compañeros de viaje, nos ofrece los requisitos que deben cumplir los enviados en el camino de la misión. Dice el evangelio que Jesús designó “a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios donde él había de ir”. Notemos que la cifra de setenta y dos representa un grupo importante. Son “designadas y enviadas” por el Señor. No se mencionan nombres y con este detalle San Lucas quiere referirse a todos los creyentes de las comunidades cristianas. El proyecto de Jesús no puede quedar encerrado en el pequeño grupo de discípulos; por el contrario, debe ser llevado a ciudades y sitios, hacerse público, ser anunciado.

Otro detalle que nos llama la atención es que son enviados “de dos en dos”, costumbre que nos remite a una práctica de la iglesia primitiva. Si los Doce apóstoles es la cifra simbólica de las doce tribus de Israel, los setenta y dos es la cifra tradicional de las naciones paganas a las que anunciarles la buena noticia.

Dos sentencias de Jesús preceden a las instrucciones de la misión. La primera es una imagen agrícola: “La mies es mucha...rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Esta sentencia de Jesús sirve para señalar la urgencia de llevar a todos el anuncio del Reino de Dios y crear la nueva sociedad según el proyecto de Jesús. La segunda está referida al mundo pastoril y su centro sigue siendo la necesidad del envío aunque en medio de dificultades. La misión es esencial al seguimiento del “camino de Jesús”.
Luego se describen los requisitos para el camino de los enviados. La evangelización no es sólo un anuncio sino que es un modo de ser y actuar de los enviados. La misión no se reduce a “hacer cosas” sino que incluye el ser testigos de lo que se anuncia. Los enviados no lleven llevar nada que les cree dificultades para el camino o que les proporcione seguridades; más que pobreza, el envío les exige desprendimiento. No deben los misioneros llevar provisiones porque otros se preocuparán de ello. Todas estas exigencias o requisitos podrían resumirse en la necesidad de ser liberador de todo lo que impida el desarrollo de la misión. La aceptación del evangelio es libre. Quienes no lo acogen no reciben ningún castigo por ello, salvo que no se realizan los signos del Reino de Dios en ellos.

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a comprender que en nuestro tiempo hay que ir al encuentro de hombres y mujeres para anunciarles con la palabra y sobre todo con el testimonio el proyecto de Jesús de hacer de esta tierra una tierra más humana, fraterna, solidaria, respetuosa de la dignidad de cada ser humano, buscadora de la verdad, liberada de tanta esclavitud del cuerpo y del alma, llena de amor compasivo y misericordioso, humilde y honesta. Eso sólo es posible si acogemos al Crucificado, Redentor del Hombre, Jesucristo nuestro Señor. Un saludo fraterno.


Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.