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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 23 de junio
DOMINGO DUODÉCIMO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

 “Tú eres el Mesías de Dios”
Primera lectura: Zac 12, 10-11; 13,1
Salmo 62, 2-6.8-9   
Segunda lectura: Gal 3, 26-29  
Evangelio: Lucas 9, 18-24 


                  Uno de los nutrientes más potentes de nuestra fe es la Palabra de Dios y cada domingo tenemos esta extraordinaria  posibilidad de alimentarnos de ella, no sólo escuchando las lecturas bíblicas sino también acogiendo la palabra de la Iglesia a través de la predicación del ministro que preside nuestro encuentro dominical eucarístico. También leer un comentario como éste o volver a saborear los textos proclamados en nuestra celebración en el texto de la Biblia, en la serenidad y silencio que nos puede brindar ese rinconcito que reservamos para nuestro descanso y oración personal, nos ayuda a penetrar en el sentido más hondo del mensaje del Señor y así nutrirnos del sólido alimento que es el “Pan de la Palabra”.


                  ¿Qué nos depara hoy el Señor, con qué nos sorprende? Porque el mensaje de Jesús es inagotable, siempre nuevo, como un manantial de agua viva que siempre mana sin parar,  como el mismo Señor lo ha dicho que quien beba del agua que Él dará nunca más tendrá sed, porque siempre querrá volver a beber hasta convertirse el mismo en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.


                  La primera lectura está tomada del profeta Zacarías, un judío perteneciente a una familia sacerdotal, cuya fuerza del texto de hoy está en dos afirmaciones: “y ellos mirarán hacia mi” y “En cuanto al que ellos traspasaron, se lamentarán por él como por un hijo único y lo llorarán amargamente como se llora al primogénito”. Nos preguntamos: ¿a quién se refieren estas frases proféticas? La primera se refiere al Señor: los creyentes “mirarán hacia el Señor” cuando prestándole atención se convierten de corazón, que es lo mismo que decir “se vuelven a Dios” al que tantas veces “le vuelven la espalda”, es decir, hacen lo que desagrada a los ojos de Dios.


                  La segunda frase es más enigmática porque se refiere a alguien que “ellos traspasaron”, en sentido físico, real y objetivo. No puede referirse a Dios sino el maltrato dado a sus fieles, a sus ungidos que era como si se lo hicieran al mismo Dios. Nuestra mirada, al escuchar estos textos, se dirige sin demora a Jesús “traspasado por la lanza”, Dios hecho hombre que ofrece su vida concreta, real y humana por nuestra redención. Y esto será posible porque Dios derramará “un espíritu de gracia y de clemencia” sobre nosotros y por nosotros a la humanidad entera.


                  La segunda lectura, continuando con la carta de San Pablo a los Gálatas que estamos leyendo estos domingos, nos confirma en aquello que el profeta Zacarías anunciaba oscuramente. Todo habla de Cristo: los creyentes, es decir, los que tienen fe, los que adhieren a Cristo, son hijos de Dios en Cristo Jesús, han sido bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo, son uno en Cristo Jesús y pertenecen a Cristo. Estamos en la “economía de la fe” que se caracteriza por la liberación que vence la discriminación de la “economía de la ley” donde había judíos y paganos, libres y esclavos, varones y mujeres. Todos ahora, en la etapa de la gracia redentora de Jesús, somos un solo pueblo en Cristo Jesús. De ahí la centralidad del hombre nuevo, del espíritu nuevo, del nuevo pueblo de Dios, porque Cristo “hace nuevas todas las cosas”. ¡Qué tremendo mensaje y magnífico desafío! Para una tierra dividida, para una humanidad fracturada.

                  Y vamos al evangelio de San Lucas. Prestemos mucha atención al relato de este domingo, porque es uno de los pasajes centrales de la tradición cristiana primitiva. Su contenido es rico y sencillo de comprender.


                  Fijémonos en el ambiente en que se sitúa el relato: Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con Él. Son dos aspectos muy importantes en la perspectiva de San Lucas: la oración de Jesús y la compañía de los suyos. Ambos aspectos señalan la doble dirección de la vida de Jesús como es su relación filial  e íntima con Dios, su Padre y la relación fraterna o hermandad con sus seguidores. Como Él también el cristiano está llamado a vivir en esa doble tensión: la relación con Dios y la relación con su prójimo.
                  En ese ámbito se sitúa la pregunta por la identidad de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy Yo?” Es importante asumir la propia identidad. Los discípulos simplemente responden de lo que han oído decir de Jesús. Pero eso no basta, la identidad no es la suma de opiniones que los otros tengan sobre uno.


                  Jesús dirige la pregunta a sus discípulos: “Pero ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” Es una forma muy directa de exigir la propia opinión. Y esto siempre cuesta, porque somos puestos ante un imperativo indispensable. Pedro salvó el momento: “Tú eres el Mesías de Dios”. Y esta es la esencia de la fe, es decir, reconocer en Jesús, verdadero hombre, al Cristo o Mesías de Dios, verdadero Dios. Desde esta confesión de fe emerge todo el resto. Puedo comprender el sacrificio cruento de Cristo y su misterio de resurrección, el Misterio Pascual como se lo llama en teología. Y podemos también comprender el camino que tenemos que seguir si queremos ser en verdad  discípulos de Jesucristo, camino marcado por la cruz y por la vida que, donándola, se salva.


                  Vivamos esta maravillosa experiencia con María, Nuestra Madre, pues ella, fue la sencilla discípula que, escuchando y obedeciendo, siguió las huellas de su Hijo. Aprendamos en la escuela de María, madre y maestra de discípulos, pedagoga de la fe.


                  Un saludo fraterno y que Dios nos bendiga en su Hijo, Cristo el Señor. Amén.


                                                     Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.