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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 16 de junio
DOMINGO UNDÉCIMO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE
Jornada de la Infancia Misionera – Día del padre

“Por eso te digo que quedan perdonados sus numerosos pecados, porque ha mostrado mucho amor”.
Primera lectura: 2Sm 12, 7-10.13
Salmo 31, 1-2.5.7.11 
Segunda lectura: Gál 2, 16.19-21
Evangelio: Lucas 7, 36- 8, 3


                  El Año de la fe, nos decía el emérito Benedicto XVI, “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados” (Porta Fidei 6).


Este domingo 11° del Año Litúrgico nos ofrece una excelente oportunidad para ahondar en esa dimensión indispensable en el camino de todo cristiano, de cualquier condición o estado en que sea y siempre. Es la conversión esa “vuelta del hombre a Dios”, ese retorno a la casa del Padre ofendido, ese largo camino que abarca toda la vida. Es el paso que más valora el Señor y lo espera con paciencia de nuestra parte. No siempre nos damos cuenta de este amor vigilante del Padre que quiere nuestro retorno a su amistad y tendemos a seguir en la inercia de una vida lejos del amor verdadero.


                  La primera lectura de hoy es muy interesante desde  esta perspectiva de la conversión. El breve texto del segundo libro de Samuel hay que situarlo en el más amplio contexto del relato del pecado de David en 2Sm 11, 2 – 27, una narración que deja al descubierto la audacia e inteligencia del rey para lograr su objetivo pecaminoso. En realidad, el pecado de David es un adulterio, el intento de encubrirlo, la decisión de hacer morir al subalterno esposo de la dama y finalmente la instalación de la misma en el palacio de David. Todo parecía perfecto hasta que emerge el profeta Natán como narra 2Sm 12, 1ss. El texto de hoy es muy bello porque el Señor a través de la palabra profética recuerda a David cuántas cosas ha hecho en favor suyo, todas aquellas manifestaciones de un amor personal.


                  La pregunta clave que genera un cambio en David: “Por qué has menospreciado a Yahvé haciendo lo que le parece mal?” En esta pregunta está expresado el siempre inquietante misterio de nuestro pecado, nuestra maldad. Y el texto va pasando ante un David impresionado como un breve pero dramático prontuario de su maldad.

                  La respuesta de David es sobrecogedora: “He pecado contra el Señor”. David ha vuelto a casa, ha retornado a su yo más profundo, a su interioridad más honda como quien acaba de recuperar su verdadero ser. Es este el momento y la realidad que el Señor espera de cada uno de nosotros, ya que el pecado nos saca de casa, nos esclaviza, rompe nuestra relación personal con el Señor.
                  “También Yahvé ha perdonado tu pecado; no morirás”. El sincero y profundo arrepentimiento de David le ha llevado a experimentar la grandeza del Amor de Dios en el perdón inmerecido y gratuito. Será ésta una de las palabras más grandes y poderosas que un hombre pecador podrá vivir cada vez que se encuentra con la misericordia divina en Jesucristo, el Hijo Amado del Padre. Y esta palabra se pronuncia continuamente en el sacramento de la reconciliación o de la confesión del pecador ante el ministro de la Iglesia.
 
                  La segunda lectura contiene una síntesis de la teología de San Pablo. Su núcleo está contenido en esta bella frase: “Yo ya no vivo, pero Cristo vive en mí”. En ella se sintetiza la experiencia cristiana del discípulo auténtico. Se trata de la vida nueva que recibimos en el bautismo que nos introduce en ese proceso de hacernos más y más semejantes a Cristo. La teología lo expresa a través de estas palabras tan ricas en contenido como “conformarse con Cristo”, “configurarse a imagen de Cristo”, “transformación en Cristo”. El discípulo se esmera “por tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús” dirá San Pablo.


                  El evangelio es el movimiento final de una gran sinfonía del Amor divino. Nada podría expresar mejor la actitud de Dios hacia el hombre que este encuentro de Jesús y la mujer que emerge en la escena sin previo aviso. Porque la misericordia es también así, imprevista, gratuita, inesperada. No se puede programar la misericordia divina, puede surgir en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier momento de la vida. Estamos ante uno de los episodios más bellos y propios de San Lucas.


                  Notemos que la mujer de este evangelio es calificada como “pecadora pública” y los esfuerzos por identificarla no han faltado pero todo ello no es posible hacerlo. La tentación más inmediata es identificarla con María Magdalena o con María de Betania pero no hay forma de sustentarlo.


                  Se trata de un encuentro de Jesús, durante una comida en la casa de un amigo, cosa que podría ser muy frecuente. Una mujer se introduce en la casa repentinamente con mucha naturalidad lo que podría indicar algún tipo de vínculo con el dueño de casa. La mujer realiza un gesto llamativo hacia Jesús desconcertando al dueño de casa y de algunos comensales.          

                        
                  Este episodio es uno más  de los signos del Reino de Dios. El significado de este signo queda al descubierto a través de la breve parábola del prestamista y los deudores, bajo la forma de una controversia con un fariseo. Jesús enseña la verdadera dimensión del perdón de los pecados mostrando dos formas: el de la sinagoga y el de Jesús y la comunidad cristiana. Una doble visión, la del fariseo que mira el aspecto de las normas legales y la de Jesús que ve a la mujer como la que ama mucho. Por tanto, se le perdona mucho.


                  Que Dios nos bendiga.                  Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.