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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 09 de junio

Domingo Décimo Durante el Año – en el Año de la Fe
                  “Al verla el Señor se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Luego acercándose, tocó el féretro y los que lo llevaban se pararon. Dijo Jesús: “Joven, a ti te digo: Levántate”
Primera lectura: 1R 17, 17–24 
Salmo 29,2.4-6.11-13
Segunda lectura: Gal 1, 11-19
Evangelio: Lucas 7,11-17
              

    Este domingo estamos invitados a contemplar el extraordinario poder de la Palabra de Dios cuya manifestación plena la tenemos en la persona de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios. La Palabra es el medio de comunicación tan poderoso que realiza lo que promete. obra de la salvación, nos convierte en su Pueblo, nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, nos vuelve a perdonar y a reconciliar con el hermano. Cada domingo es un nuevo y prodigioso milagro de la potencia de la Palabra Eterna de Dios, de Jesucristo muerto y resucitado.


                  La primera lectura de este domingo nos remite a uno de los llamados “libros históricos” o “Profetas anteriores” en la Biblia hebrea, que incluye a los libros de los Josué, Jueces, Rut, Samuel y Reyes. Con el capítulo 17 del primero de Reyes se inicia el “ciclo del profeta Elías”. Trata nuestro texto de hoy de la grave enfermedad del hijo de una viuda que, como nos acontece tantas veces, enojada culpa a la presencia del profeta la desgracia de esta muerte imprevista. Ella reconoce, por otra parte, que un hombre de Dios como el profeta Elías, con su sola presencia le recuerda sus faltas ocultas y, de esta manera, la muerte de su hijo la interpreta como un castigo de Dios. El profeta no se cruza de brazos ni protesta. Simplemente hace lo que él puede: hace suyo el dolor de la viuda y ora intensamente a Dios hasta obtener nuevamente el aliento de vida para el niño. Lo devuelve con vida a su madre y así ella comprueba que Elías es un “hombre de Dios”. Lo más importante es “que la palabra de Yahvé está de verdad en tu boca”.


                  El salmo 29 es una hermosísima “acción de gracias” que un ser humano en peligro de muerte eleva con toda su alma a Dios “porque sacaste mi vida del Seol”. Es una respuesta a los dones del Señor que muchas veces ni siquiera reconocemos. Es bueno ponernos en el espíritu de la viuda y del profeta Elías que clama con toda confianza.


                  La segunda lectura de hoy está tomada de una de las cartas de San Pablo más sugerentes, polémicas e incisivas: la carta a los Gálatas, algo así como “el testamento de la libertad cristiana”. El Apóstol necesita dejar en claro, ante sus oponentes, “que el Evangelio anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno”. Es apóstol porque ha sido llamado por la gracia de Dios, ya que reconoce que fue perseguidor de la Iglesia de Dios. Todo lo que está viviendo es por causa del Hijo de Dios que se le manifestó en el camino a Damasco. También Pablo ha experimentado la fuerza de la Palabra de Dios que lo llamó para  hacerlo mensajero del Evangelio para los paganos y lo convirtió de perseguidor en discípulo apasionado de Cristo. ¡Qué falta nos hace un testimonio así para nuestros días!


                  El evangelio de hoy nos ofrece un episodio propio de San Lucas.  Se trata de un signo de resurrección dentro de la serie de signos de Jesús. Su relación con los relatos de resurrección narradas en los ciclos de Elías, como lo refiere la primera lectura, y de Eliseo en el 2R 4, 29-37 es evidente. La narración tiene huellas claras del estilo de Lucas como el título de “Señor” aplicado a Jesús, la atención brindada a la viuda de la que Jesús “tuvo compasión”. Es en Lucas donde las mujeres tienen una destacada participación comenzando por María, la Madre del Señor, Isabel y otras. Es también en Lucas donde resplandece la “misericordia de Dios”, la “compasión”, el “amor entrañable”, todo ello manifestado en las palabras, los gestos y acciones de Jesucristo.


                  Aspectos que podemos destacar en este hermoso relato para comprender mejor la fuerza de la Palabra de Dios manifestada en la persona de Jesús, el Señor, son las siguientes:


                  Los testigos del hecho de la resurrección del joven son los discípulos y una gran muchedumbre que acompañaban a Jesús. Lo que Jesús dice y hace no es un hecho cualquiera, ni siquiera un acto de misericordia o de compasión sino un poderoso signo. ¿Signo de qué? La respuesta está al final del relato: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”. Esta es la clave de comprensión del relato, es el centro desde donde hay que leerlo. Es Jesús que realiza ambas promesas que Dios ha hecho.


                  Luego prestemos atención a la madre del difunto. Se trata del hijo de la madre viuda y como tal se trata de una mujer sola y desamparada. Por otra parte, el evangelista está dirigiendo su mensaje a las comunidades cristianas y allí es posible que las viudas estén abandonadas, es decir, totalmente desamparadas y por tanto deben ser atendidas por la comunidad, tal como Jesús lo hizo con esta viuda del evangelio de hoy. ¿Hay viudas en nuestra comunidad, en nuestra familia, en nuestro vecindario? ¿Qué nos dice este evangelio de Jesús aquí y ahora?


                  Finalmente fijemos nuestra atención en Jesús. Lucas usa más frecuentemente el título de “Señor” o Kyrios a Jesús de Nazaret. Es un título vinculado al Resucitado, a Jesús, Señor de la vida. Es interesante descubrir cómo Jesús se conecta con los sentimientos que embargan a la desolada madre viuda y con la gente que la acompaña en el entierro de su hijo: Jesús entra en sintonía con la situación humana de la madre: “No llores”. ¡Cuántas ganas de “ayudar” a otros pero sin contacto humano! Por desgracia existe una “caridad sin rostro humano”, una ayuda impersonal, un prójimo “mental” y no tan real como estas personas del evangelio.


                  Otro dato para acrecentar nuestra vida de fe. Jesús ordena al joven difunto que se levante. Lo trata como si estuviera vivo. Y otra maravilla del texto: el imperativo “Levántate” con que Jesús manda al joven es, en griego, el verbo clave en los relatos de la resurrección. Es equivalente a “Despierta, levántate”. Por lo tanto, estamos ante un signo de resurrección.


                  El hecho relatado adquiere una dimensión más profunda: el Señor resucitado, Jesús el Cristo, presente en la comunidad de sus seguidores, es el que conecta, a través de los miembros de la comunidad, con las personas que atraviesan situaciones humanas duras, las consuela y les da la ayuda que necesitan. Y este el signo de la resurrección, aquí y ahora. Es la Vida Nueva en movimiento ya en la comunidad de los discípulos misioneros del Resucitado que actúa a través de ellos.


                  Bendiciones y buen domingo de resurrección.

Fraternalmente. Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.