Recomendar       Imprimir



 

Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 19 de mayo
        

    SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO
Primera lectura: Hechos 2, 1- 11
Salmo 103, 1.24.29-31
Segunda lectura: 1Cor 12, 3-7.12-13
Evangelio: Juan 14, 15-16.23-26

                  “Pentecostés” es el nombre de una de las fiestas que celebraba el pueblo de Israel y su primera etapa fue fiesta de la siega como relata Ex 23,14 y luego en fiesta de la renovación de la Alianza según narra 2Cro 15, 10-13. Este último sentido litúrgico pudo inspirar a San Lucas la escenificación de la Venida del Espíritu Santo como recuerdo de la entrega de la Ley en el monte Sinaí. Porque Pentecostés es, en la visión de San Lucas, el inicio del nuevo Pueblo de Dios que nace del acto redentor de Jesucristo, muerto y resucitado.


               Tengamos presente las imágenes empleadas en el relato de los Hechos que es la primera lectura bíblica de este solemne domingo. “La ráfaga de viento” que manifiesta la afinidad de la misma palabra que se traduce como “espíritu” y “soplo”. “Unas lenguas como de fuego” que nos remite al profeta Isaías 5,24 y se relaciona aquí con el don de lenguas o carisma de la glosolalía, tema frecuente en la iglesia primitiva y vinculado a Pentecostés.


                  Es llamativo el doble hecho: por una parte, el cambio experimentado por los apóstoles que hablan un lenguaje comprendido por la variedad de pueblos presentes, siendo ellos galileos. Y por otra, la admiración que produce este hecho entre la multitud congregada, no exenta de preguntas acerca de lo extraordinario que están viendo.


                  La segunda lectura de hoy nos remite a un amplio tema paulino desarrollado en los capítulos 12 a 14 de la primera carta a los Corintios. El texto que nos ofrece la liturgia nos recuerda una verdad esencial: es el Espíritu Santo el que nos conduce a la confesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Y es el mismo Espíritu Santo el autor de los carismas en la Iglesia para común utilidad de todo el pueblo de Dios. Llama la atención el acento trinitario expresado en los versículos 4 – 6 en el sentido que aunque se atribuya a cada divina Persona una acción, se trata de “un mismo Dios que obra todo en todos”. El texto nos recuerda otra preciosa imagen, la del cuerpo humano, para resaltar la diversidad de miembros y la unidad en un solo cuerpo, para explicar la realidad de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, compuesta de cada bautizado pero formando un solo cuerpo espiritual e histórico. Todos en comunión y cada uno aportando su propio carisma para común utilidad de todo el cuerpo.


                  El evangelio de San Juan nos introduce en el discurso de despedida de Jesús de sus discípulos. El texto de 14, 16 es el primero de los cinco textos sobre el Espíritu Santo insertos en el discurso después de la Cena. Este Espíritu es enviado por el Padre o por Cristo después de la ascensión de Jesús al cielo y permanecerá siempre junto a los discípulos. El Espíritu les recordará y completará la enseñanza de Cristo y los conducirá por los caminos de la verdad. La palabra Paráclito con que se nombra al Espíritu Santo tiene variados significados siendo el más frecuente el de “defensor o testigo” a favor de Cristo. Jesús dice que Él pedirá al Padre y éste les dará otro Paráclito o que lo enviará en el nombre de Cristo. De este modo los discípulos no quedan solos  y como huérfanos sino muy acompañados por el Consolador, el Espíritu de la verdad.


 Notemos a propósito del evangelio de hoy que el Espíritu Santo es presentado como “otro Paráclito”, es decir como otro testigo a su favor. Así el Espíritu Santo es una realidad personal, la tercera Persona divina de la Santísima Trinidad, verdadero Dios, evitando identificarlo como una energía cósmica impersonal como puede entenderse en ciertas concepciones o expresiones inadecuadas. El Espíritu Santo es el amor de Jesús que se realiza en el cumplimiento del mandamiento del amor, de su palabra y de la fe. Tampoco se debe entender este amor como un amor genérico; se trata del amor divino, del amor de Dios, que Cristo nos comparte y hace posible entrar en la intimidad divina. El cristiano vive en estado de gracia divina porque el Espíritu Amor del Padre y del Hijo habita en él como en un templo.


                  El Espíritu Santo es nuestro “maestro interior” porque inspira, guía, acompaña, ilumina, fortalece, corrige, sostiene el permanente amor de Cristo en cada bautizado. Escuchar sus suaves inspiraciones es tarea constante del discípulo si no quiere  ir por caminos equivocados. Es el discernimiento de la voz del Espíritu junto a las estridentes voces del espíritu humano; ambas están combatiendo dentro del hombre. Discernir es distinguir la auténtica acción del Espíritu Santo de aquellas otras voces que también ocupan nuestro interior.


                  Una vida espiritual o una espiritualidad cristiana no es otra cosa que una vida según el Espíritu de Cristo Resucitado, un dejarse conducir por el Espíritu de Dios. Los medios para ir a la conquista de esta verdadera vida espiritual cristiana son variados como la Palabra de Dios, los sacramentos, la oración, la ascesis, los mandamientos, las obras de misericordia, la piedad mariana, la penitencia, etc. Todo ello es importante pero no puede empañar la realidad esencial del Espíritu Santo que habita en el creyente suscitando vida de santidad, vida divina en el hombre.


                  Que tengan un hermosa celebración en comunidad y el Espíritu Santo derrame sus dones en cada uno para gloria de Dios y santificación de los hombres. Hasta pronto. Un abrazo.


                                                                      Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, o. de m.