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Comentario Religioso dominical


4° DOMINGO DE CUARESMA
10 DE MARZO DE 2013

Lecturas:                                                                       
Primera lectura: Josué 4, 19; 5, 10-12;                                                                                        
Salmo 33, 2-7;                                                                                                                            
Segunda lectura: 2Corinto 5, 17 -21;                                       
Evangelio: Lucas 15, 1-3. 11- 32


Esta hermosa parábola del hijo pródigo la sabemos casi de memoria. Pero no es una parábola del hijo pródigo, sino una parábola del amor paternal de Dios. Porque, si nos fijamos, por encima de la conducta descarriada del hijo menor, y por encima de la actitud mezquina del mayor, lo que realmente sobresale es el inmenso amor del padre, que sabe perdonar los desvaríos del uno y disculpar el egoísmo del otro.

Y ésa es precisamente la intención de Jesús, que describe la narración a los pecadores que se le acercaban y a los letrados y fariseos que se alejaban escandalizados. Porque el amor de Dios abarca a todos los seres humanos y supera todas las debilidades y vanidades de los hombres. Y eso debe quedar muy claro para nosotros.

No hace falta mucha reflexión para reconocernos total o parcialmente en los rasgos con que Jesús define al hijo pródigo. Como él, todos nosotros, sin excepción, hemos aceptado la herencia de Dios y como él todos pretendemos vivir a nuestras anchas. Esa es la imagen del pecador, ésa la caricatura del pecado. Porque en eso consiste el pecado: en usar lo que hemos recibido de Dios sin contar con Dios, peor aún, contando con que Dios no se entere.

Porque todo lo que somos y tenemos, todo lo hemos recibido de Dios: la existencia, el cuerpo, la inteligencia, el mundo y sus cosas… todo. Pero no siempre nos comportamos como administradores de lo que hemos recibido en depósito, sino que pretendemos emanciparnos y disponer a nuestro antojo, es decir, en contra de los planes de Dios. Una desafortunada idea de propiedad privada hace que pretendamos vivir sin contar con nadie, egoístamente, injustamente, como si los demás no fuesen también seres humanos. Si el pecado ofende a Dios, es porque todo pecado es una acción inhumana, en contra del prójimo, en quien Dios nos sale al paso.

Tampoco hace falta mucho esfuerzo para reconocernos, como en un espejo, en la actitud mezquina y calculada del hermano mayor. Su desprecio frente al hermano descarriado refleja muy bien la nuestra frente a los pecadores, los delincuentes, las prostitutas, los maleantes o de vida dudosa. Nuestra arrogancia en creernos mejores que los demás, por el mero hecho de no ser descubiertos como ellos, nuestra hipocresía al ocultar nuestras faltas y exagerar las del prójimo, nuestro fingido escándalo ante la inmoralidad consentida y nuestra pasividad ante el pecado o el mal, como si no fuera también cosa nuestra, nos hacen acreedores de la amonestación del Padre. Y más que nada nuestra falta de comprensión y tolerancia frente al pecador. Somos demasiado dados a criticar y murmurar de los defectos del prójimo, pero nos resistimos a reconocer nuestras propias faltas y debilidades.

Pero también el hermano mayor, que se creía y se las daba de cumplidor, resultó pecador y necesitado del perdón y de la misericordia del Padre.

Los hombres somos así: pecadores y a la vez inmisericordes con el pecador. Pero Dios no es como nosotros. Dios es Padre y nos quiere de verdad. Nos quiere, no por lo que hacemos, el bien o el mal, sino porque es nuestro Padre y somos hijos suyos, pecadores o no. Nos quiere, no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. Y es este amor de Dios el único que puede hacernos buenos, el que nos puede sacar de la maldad, el que nos puede librar del pecado, el que nos puede alentar en el camino del bien.

Jesús les dice esto a los pecadores, para que no desconfíen, para que no desesperen, para que no se den por vencidos y sigan trabajando y esforzándose en ser mejores. Pero también se lo dice a los fariseos y letrados, para que no se fíen, para que no se engrían, para que pongan su confianza en Dios y sean tolerantes y comprensivos con los más débiles. Porque todos somos pecadores delante de Dios. Y eso tiene que hacernos más humildes y solidarios. Pero el amor de Dios es más fuerte que todos nuestros pecados. Y eso debe servirnos de aliento y de esperanza. Siempre tendremos perdón de Dios, si nos reconocemos pecadores y se lo pedimos.

Dios no sólo perdona, también olvida. Su amor deshace el pecado y rehace al pecador, restableciéndolo en su condición de hijo con todos los derechos y prerrogativas. Así lo expresa Jesús, describiendo el gozo y la alegría del padre al recuperar al hijo perdido y recobrar al engreído, sentándolos a la misma mesa, en el mismo banquete de fiesta. Ese banquete, amigos míos, es la Eucaristía. Todos somos pecadores. Así lo reconocemos al comenzar la Eucaristía. Por eso podemos sentarnos dignamente en la mesa y participar en la comunión. Porque la Eucaristía es banquete de reconciliación, de amor y de paz.

Desde este evangelio brotan distintas preguntas que nos pueden servir para nuestra reflexión personal ¿de qué manera me reconozco en el hijo que regresa a la casa de su padre; qué pasos tengo que dar para iniciar mi camino de vuelta a la Casa del Padre de Dios? Si el padre nos ha perdonado, ¿por qué no vamos a perdonarnos nosotros?  ¿Qué pasos de conversión tengo que ir dando para vivir más como hijo de Dios?

Fray Mario Salas B. o. de m.