Comentario Religioso dominical

Domingo 30 de diciembre

Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Lecturas:
Primera lectura: 1Samuel 1, 20 – 22. 24 – 28
Salmo 83,2-3.5-6.9-10
Segunda lectura:1Juan 3, 1-2.21 – 24
Evangelio: Lucas 2, 41 – 52                                                                                           

Dentro de la Octava de Navidad, es decir, los ocho días siguientes al 25 de diciembre, gran festividad del Nacimiento de Jesús, nuestro Salvador, nos ofrece la liturgia la oportunidad de contemplar a los tres miembros de la Sagrada Familia actuando como personas responsables y libres. Es también ocasión para recordar la palabra de la Iglesia sobre el sentido y misión de la familia humana y cristiana. Pero, sobre todo, para volver nuestra mirada acerca de nuestra propia manera de construir la familia que el Señor nos ha regalado.

La Palabra de Dios de este domingo nos ayuda a comprender dentro de la historia de la salvación el lugar central de la familia. El primer libro de Samuel nos remite a la historia de un hombre Elcaná casado con Ana. Es el tema del primer capítulo del libro que llevará el nombre del único hijo que Dios le regala a Ana, siendo ésta estéril como acontece con otras mujeres de la Biblia como Sara, Rebeca, Raquel o la madre de Sansón y la madre del Bautista. Ana suplica llena de fe y de esperanza y Dios escucha su oración concediéndole el hijo tan deseado. Concibe a Samuel que significa “el nombre de Dios” o “al Señor se lo pedí”. El texto subraya, además del acto de fe y confianza expresado en la súplica, el poder de Dios que hace surgir la vida allí donde humanamente no hay nada para esperarla como es el caso de la esterilidad y también la libre iniciativa de Dios que lleva adelante su plan misterioso y sabio de la salvación, que brota sólo de su amor omnipotente.

Cuando el Ángel Gabriel dijo a María “porque para Dios nada es imposible” estaba reafirmando la misma certeza: Dios dirige la historia de los hombres hacia su salvación eligiendo personas muy concretas como en este caso a la Virgen María, como lo había hecho con Isabel y otras mujeres que ya hemos mencionado. El texto de 1Samuel nos habla de dos visitas: la primera de Elcaná con su familia sin su mujer ni su hijo; la segunda se refiere a Ana con su pequeño hijo de dos años, edad del destete, al santuario de Siló donde lo entrega o consagra al Señor cumpliendo la promesa que había hecho cuando suplicaba con lágrimas. Samuel queda al servicio del Señor y esa será su vocación y misión cuando grande. Admirable ejemplo de desprendimiento de una madre como también fidelidad para cumplir lo que había prometido al Señor en medio de su angustia motivada por el oprobio de no tener hijo.

El evangelio de esta fiesta nos recuerda el episodio del Niño Jesús perdido y hallado en el templo. Es un episodio de familia, concretamente el viaje anual a Jerusalén para celebrar la Pascua, compromiso que debía cumplir toda familia creyente. Jesús, María y José viven este viaje como cualquier familia de la Palestina. Y luego se narra el retorno a casa de la familia de Jesús donde Él permanece sujeto en obediencia a sus padres como cualquier hijo de vecino de su tiempo.

¿Qué pretende San Lucas con este relato? Sin lugar a dudas estamos ante el significado teológico del episodio, es una afirmación sobre el Mesías Jesús de Nazaret. El gesto de Jesús es profético porque conoce su misión y anuncia la realidad infinitamente superior que lo envuelve. Se trata de “mi Padre”, así con mayúscula y se trata de Dios. Hay una gran distancia entre Jesús y sus padres terrenos, María y José. A la interpelación que María le hace al encontrarlo entre los doctores de la ley, Jesús responde con ese “mi Padre” que ni María ni José entienden de que se trata. Jesús está más allá de sus padres terrenos y reclama para sí la pertenencia al Señor y, por tanto, la prioridad de su propia vocación. Pero Jesús de inmediato regresa con ellos a Nazaret donde permanece bajo su obediencia y crece allí al calor de esa compañía humana de María y de José.

Jesús crece en el ambiente de una familia humana pero la supera porque Él procede de las profundidades del misterio de Dios. Es Dios humanado, es el Hijo Único del Padre que asumiendo la condición humana no deja de ser lo que es, es decir, el Hijo de Dios.

Entonces cobra pleno sentido lo que San Juan en su carta nos dice: el precepto del Señor dejado a sus discípulos es que crean en la persona de Jesús y vivan el mandamiento del amor fraterno, cuya característica es el ejemplo de Jesús, el Mesías. El que practica esto vive en comunión con Dios y posee el Espíritu que lo hace hijo en el Hijo.

Terminemos esta meditación sobre la fiesta de la Sagrada Familia recordando las palabras del Concilio Vaticano II, al cumplir 50 años de su inicio y razón esencial del Año de la Fe convocado por el Santo Padre Benedicto XVI. Dice el Concilio: “La familia es una escuela del más rico humanismo. Para que pueda alcanzar la plenitud de su vida y su misión se requieren una benévola comunicación espiritual, un propósito común de los esposos y una cooperación diligente de los padres en la educación de sus hijos”(GS 52).

Estas palabras siguen teniendo plena vigencia en este tiempo, aún cuando existan tan variadas experiencias y situaciones familiares que se alejan de la fuente del amor sacramental que Cristo quiso para la unión indisoluble del hombre y la mujer. “La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (GS 47). El matrimonio y la familia es siempre un bien para la persona y para la sociedad entera. Un deterioro del vínculo matrimonial tiene consecuencias innegables sobre la familia, y ambos sobre la sociedad.

Pidamos al Señor que renueve la gracia del sacramento en los esposos y fortalezca la vocación y misión de la familia humana y cristiana. Que los esposos crezcan en su amor mutuo y los hijos aprendan en esta escuela fundamental los valores esenciales de la vida humana y sobrenatural.

Fr. Carlos A. Espinoza I., mercedario