Comentario Religioso dominical


Domingo 16 de diciembre

3er Domingo de Adviento

Lecturas:   CICLO C
1 Lectura:  Sofonías 3, 14-18
Salmo:  Isaías 12, 2-6
2 Lectura:  Filipenses 4, 4-7
Evangelio: Lucas 3, 2-3.10-18

 

Alégrense en el Señor. Vuelvo a Insistir, alégrense.

Si uno quisiera salir a la calle y detener el paso para observar el andar de nuestros hermanos y quizás la marcha de uno mismo, sin duda serían muchas las impresiones y modos de caracterizar cada uno de esos rostros y semblantes, sin embargo podríamos considerar que no sería lo más común el ver rostros alegres, sino más bien cabizbajos y desesperados, individuos corriendo de un lado para el otro – y con legítimos motivos, no es fácil asumir las demandas que el mundo actual nos coloca como desafío. En ese horizonte de vida, realidad que compartimos, el llamado que nos realiza la Liturgia que celebramos este Domingo III de Adviento es de gran impulso vital. La Palabra de Dios nos invita a vivir el júbilo, la alegría, y regocijo del corazón, pues la vida que deja encontrarse por el Señor, es cultivada desde esa condición.

Los textos que acompañan la celebración litúrgica de este Domingo, llamado también Domingo de “Gaudete”, nos introducen en una intensidad nueva dentro de este tiempo de Adviento, pues no es sólo la esperanza que mueve el corazón cristiano, sino que desde la certeza de un Dios presente, del que ha hecho morada en medio de los hombres, no podemos sino sentirnos convocados a una nueva alegría, es la constante presencia de Dios la que produce un renuevo desde el Amor que Dios nos trae. Es esta la perspectiva que nos llama el profeta Sofonías en la primera lectura.

Así también la alegría que tanto insiste la carta dirigida a los cristianos de Filipos por el apóstol Pablo, se nutre desde lo que el mismo salmista nos recuerda y se hace canción en nuestros labios “El Señor es nuestra fuente de seguridad, de protección…”  Y tiene mucha razón el comprender y vivir una alegría sustentada en la seguridad de un Dios presente. No es novedad que quien vive en el temor, en la vulnerabilidad e inseguridad se le hace muy complicado sonreír y vivir en el gozo, sin embargo – y aquí está la clave de lectura de este Domingo – Dios viene en búsqueda del hombre para crear en él una nueva conciencia de seguridad y fundamento vital. Claro está que la seguridad y protección que consiguen alegría es aquella que sólo viene de Dios, Señor de nuestra vida y de nuestra historia.

Que claro es el mensaje de este día cuando somos invitados a vivir desde una conciencia nueva. La conciencia de la cercanía de Dios, que viene para estar con nosotros (Emmanuel), y cuando se toma conciencia de algo tan profundo en la vida, no puede sino reflejarse en un conducta, en nuestro comportamiento. De esto también nos habla la liturgia de hoy por boca de Juan Bautista que predicaba junto al Jordán.  Muchas personas, diversas entre sí llegaron a él para preguntarle: “¿Qué hemos de hacer?”. Las respuestas no se dejaron esperar  en cada caso. Una para los publicanos, otra para los soldados: a los primeros les invita a la honestidad, a los otros a respetar al prójimo en la simplicidad de la relación humana. Y en ese sentido es importante observar como invita a todos a la misma actitud que habían invitado los Profetas en toda la tradición del Antiguo Testamento: a compartir todo con los otros; a ponerse a su servicio según la propia abundancia; a realizar obras de caridad y de misericordia.

Estas respuestas de Juan junto al Jordán las podríamos ampliar y multiplicar, trasladándolas también a nuestro tiempo, a las condiciones en que viven los hombres de hoy. La sensación de la cercanía de Dios provoca siempre preguntas semejantes a las que le propusieron a Juan junto al Jordán: “¿Qué debo hacer? ¿Qué debemos hacer?”.

Ahora bien, frente a estas interpelaciones del Evangelio vivo de Jesús, es bueno insistir que la pregunta genéricamente realizada, quizás no sea difícil plantearla, mucho menos responderla, sin embargo, es necesario que esa interrogante sea dirigida en clave personal,  a lo profundo de la conciencia de cada uno de nosotros. ¿Qué debo hacer yo? ¿Cuáles son mis deberes concretos? ¿Cómo debo servir al auténtico bien y evitar el mal? ¿Cómo debo realizar las tareas de mi vida?. Allí no se dejará esperar el llamado del Bautista y del mismo Jesucristo, volver nuestro corazón a ÉL, convertir nuestra vida a Él.

El Adviento nos conduce a cada uno, por decirlo así, “a la morada interna del propio corazón” para vivir allí la cercanía de Dios, respondiendo a la pregunta más profunda de nuestro interior. En este sentido, el Adviento –preparación a la gran solemnidad de Navidad – nos abre una concreta manera de estar vinculado con Dios, pues quien espera tan gran acontecimiento de Encuentro, no puede sino prepararse para ello. Grata invitación sea esta tiempo, a reanimarnos en la práctica del sacramento de la penitencia. Si ha de ser auténtica esa alegría de la proximidad del Señor que anuncia el domingo de hoy, purifiquemos nuestro corazón, vivamos desde el perdón de Dios.


Provincia Mercedaria de Chile