Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 02 de diciembre

1º Domingo de Adviento

Jeremías 33, 14-16
Salmo: 24, 4-5.8-10.14
1 Tesalonicenses 3, 12-4,2
Lc 21, 25-28. 34-36


Nuevo tiempo, renovada esperanza

Hoy 1º Domingo del tiempo de Adviento, iniciamos un tiempo nuevo en el caminar de nuestra Iglesia, en su celebración litúrgica se dan nuevos colores al gozo y alabanza del pueblo fiel, pues con este día del Señor, marcado por el anuncio, se inicia el tiempo de “Adviento”, donde el corazón se prepara y se renueva la esperanza hacia la centralidad del misterio de la Encarnación, que reavivamos en la fiesta de Navidad.

La Liturgia de la Palabra, es central en cuanto propender a esa preparación que refería el párrafo anterior, pues será la Palabra de Dios, que de modo perenne y vivaz, nos permite entender que en una sola gran historia, Dios ha querido entrar en contacto con el hombre de un modo más pleno y radical. En la persona de Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor, el Dios que ha creado todo y lo sostiene todo, no ha querido tomar palco frente a la historia de la humanidad, sino entrar en ella, hacerse partícipe de la vida del hombre, pero desde la clave más profunda y característica de Dios, la Gratuidad.

En las lecturas que anteceden al relato evangélico, tanto Jeremías – el profeta del anuncio juvenil – como la primera carta que San Pablo les escribe a los cristianos de Tesalónica nos hablan de ese anuncio por parte de Dios y espera por parte del hombre.

 ¿qué se anuncia? ¿cuál es el contenido de ese anuncio?

Es interesante colocar esas preguntas, pues nos permiten clarificar de un modo más preciso la perspectiva de la esperanza que movía al hombre creyente, y que por cierto nos sigue moviendo hoy como cristianos. Asistimos en esto a lo que ha movido el corazón del hombre en su vida de relación con Dios, “su promesa”, pues es en ese sello que se ha instalado el movimiento gratuito de Dios y la respuesta zigzagueante del creyente.

“…llegaran días en que Yo cumpliré la promesa que pronuncié”. Por boca del profeta Jeremías llega ese anuncio que no hace sino mover la dirección que el peregrinar del creyente ha ido tomando. La invitación en los párrafos siguientes es clara y elocuente, frente a un Dios bondadoso y justo, no cabe sino la vivencia de la justicia en el país, pues “el es nuestra justicia”. Es ese el núcleo que a su vez nos permite ahondar esa posible y gratuita realidad a la cual San Pablo nos llama en la segunda lectura, la de hacer crecer el amor mutuo y la vida santa en la comunidad:    “… que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás. Qué Él fortalezca sus corazones en la santidad…”.

El inicio de un nuevo tiempo – como es el Adviento – nos viene de la mano también con la entrada en un nuevo ciclo litúrgico, el cual nos lleva a la Palabra de Dios desde la óptica del evangelista Lucas, el hombre de la historia y de María.  Y es precisamente el relato que hoy vemos en el evangelio, el que nos hace vivir ya no desde una promesa que podría parecer incumplida, sino desde la esperanza que se robustece en la promesa cumplida, en Jesucristo, el Señor de la historia y vencedor de la historia en el amor.

Lucas nos hace centrar la mirada en aquel discurso que Jesús dirige a sus discípulos, haciéndoles ver que las señales que se hacen patente en la creación, en el mundo y en la historia del hombre –más allá que vengan representados por grandes figuras o simbolismos que podrían atemorizar – han de llevar la vida cristiana a una comprensión cada vez más profunda del sabernos creaturas de Dios, que en el Hijo, hombre nuevo en medio nuestro (Misterio de la Encarnación), hemos sido plenificados.
El temor, el susto, incluso la conmoción de los astros, al que vive en la certeza de Dios, no hacen sino moverlo en la certeza que vienen cosas y tiempos nuevos, sin duda, pero que no son sino la muestra clara que “está por llegarles la liberación”.

Que este tiempo nuevo, en el marco del año de la fe que estamos viviendo, sea una ocasión propicia para revitalizar nuestra fe, no sólo en los contenidos que nutren el peregrinar creyente, sino también desde una esperanza que se mueve y renueva conjuntamente, desde la alegría y el gozo, nunca desde la angustia y desesperación.  Que la confianza de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, sea la confianza que dispone a cada uno frente al Hijo del Hombre.

Provincia Mercedaria de Chile