Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Solemnidad de Cristo Rey del Universo
25 de noviembre de 2012


Dn 7, 13-14: Su Reino jamás será destruido.                  
Salmo 92, 1-2.5: El Señor reina vestido de majestad.
Apoc 1, 5 -8: Jesucristo, el soberano de los reyes de la tierra.   
Jn 18, 33-37: Mi Reino no es de este mundo.

 

Estamos  ante  la  Festividad  de  Cristo  Rey  con  la  que culmina el  año  litúrgico.  Con  ella  se  quiere proclamar el señorío de Cristo Resucitado, un señorío que no es de este mundo. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI en 1925 para recordar el Concilio de Nicea,  que definió la igual esencia divina del Hijo con el Padre o la consubstancialidad del Hijo con el Padre. Mediante esta fiesta  se  proclama  la  realeza  universal  de  Cristo,  su  reinado  sobre  todo  lo  creado  a  través  de  la liberación de la esclavitud del pecado.

La Palabra de Dios de este domingo nos conduce a la contemplación del tema central: la realeza de Jesucristo. Que el Espíritu Santo nos abra la mente y el corazón para comprender esta hermosa Palabra en compañía de María, la Virgen oyente.

La  primera  lectura  de  Dn  7,  13-14  es  muy  importante.  El  capítulo  7  nos  pone  ante  la culminación del Libro de Daniel en el sentido que la caída de los imperios, simbolizados por cuatro bestias, da lugar a la manifestación del poder universal de Dios a favor de un personaje divino al que denomina Hijo del Hombre. “Vi venir en las nubes del cielo una figura humana”, es decir, un individuo  de  raza  humana,  opuesto  a  las  cuatro  bestias,  que  recibe  poder  real  y  dominio  de  tal modo que todos los pueblos lo respetarán. “Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” marca la gran diferencia de este Hijo del Hombre. Es el representante de la comunidad de Israel, pueblo  escogido  y  consagrado,  que  humaniza  y  ejerce  un  reinado  perpetuo  diametralmente distinto al dominio de los imperios de este mundo.

La  segunda  lectura  procede  de  los  escritos  joánicos,  Apoc  1,  5-8.  El  libro  del  Apocalipsis que significa “des-cubrimiento, manifestación, revelación”, es el último con que se cierra la divina revelación. Su inicio es elocuente: “Revelación que Dios confió a Jesucristo para que mostrase a sus siervos lo que va a suceder pronto”(1,1).El mediador de esta revelación es Jesucristo al que se le da el  título  de  “testigo  fidedigno”,  “el  primogénito  de  los  muertos”, “el  Señor  de  los  reyes  del mundo”.  Así  se  manifiesta  que  es  el  primer  resucitado  y  no  el  único,  y  ejerce  el  señorío  en  la historia de los pueblos. Es Señor porque ha obrado nuestra redención como un acto que brota de su  amor  por  nosotros,  ha  ofrecido  el  único  sacrificio  expiatorio  y  ha  formado  un  “reino  de sacerdotes”  para  alabanza  de  su  Padre.  Su  llegada  entre  nubes  será  un  hecho  universal,  pues todos  lo  verán  incluso  quienes  lo  persiguieron.  “Yo  soy  el  alfa  y  la  omega”  expresa  que  Cristo abarca  la  totalidad  de  la  historia  humana  como  la  primera  letra  del  alfabeto  griego  indica  el principio y la última el final. Cristo es el principio y fin de la Historia Humana. Es el único Señor de la Historia. Y esa es una estupenda revelación del sentido último de las cosas.

El evangelio, Jn 18, 33 – 37, nos sitúa en el relato joánico de la pasión de Cristo. El texto de este  domingo  corresponde  a  la  segunda  escena  de  Jesús  ante  Pilato.  Recordemos  que  para  San Juan el juicio de Jesús ante Pilato tiene una importancia excepcional. Todo el proceso tiene como centro la persona de Jesús. Es el Rey calumniado, malentendido, burlado que afirma e impone su realeza trascendente y no de este mundo. “Entró de nuevo Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos?”(v. 33). Así comienza nuestro evangelio de hoy quedando planteado el tema de fondo. Las autoridades judías han declarado a Jesús culpable y lo remiten al procurador  romano  Poncio  Pilato  acusándolo  de  ser  uno  de  los  caudillos  nacionalistas  que  se levantaban para liberarse del dominio romano. 

Como  Pilato  debe  juzgar  insiste  en  preguntar  a  Jesús:  “¿Qué  has  hecho?”(v.  35).  La respuesta de Jesús señala claramente la diversa comprensión que él tiene del reino con respecto a Pilato. “Mi reino no es  de este mundo..Ahora bien, mi reino no es de aquí” (v. 36). Jesús declara que  su  realeza  no  tiene  nada  que  ver  con  el  imperio  romano  ni  con  los  otros  reinos  políticos.
Mientras  éstos evocan poder y dominio, su realeza es servicio y entrega. “Mi reino no es de este mundo” expresa la distancia y diferencia que Jesús establece acerca de los reinos de este mundo.  

“Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para atestiguar la verdad. Quien está por la verdad escucha mi voz”(v. 37). Es una declaración positiva de su realeza: “para atestiguar  la  verdad”  dice Jesús. Y esta es una de esas realidades profundamente  unidas a Dios como la luz o la vida. “Y la verdad os hará libres”. No se trata de una palabra cualquiera; la verdad está vinculada con la autenticidad, la fidelidad, la lealtad, con el amor y todo ello nos remite a Dios mismo.  Escuchar  a  Jesús  es  ponerse  en  el  camino  de  la  verdad  eterna,  del  sentido  último  de  la existencia enfrentada al misterio de Dios.

Preguntémonos si vivimos en la verdad de Jesús nuestra vida diaria. El señorío de Cristo comienza por el discípulo suyo, por el estilo de vida que lleva, por la manera como se relaciona y trata a los demás. Cristo será Nuestro Rey si dejamos que su palabra interpele nuestro modo de vivir, de pensar, de actuar, de pensar y compartir, de trabajar y compartir con los demás.
Un saludo cordial y que Cristo reine en cada uno y en la comunidad.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, mercedario.
Superior del Convento Santa María de Cervellón y
Maestro de Postulantes.
Rector Colegio San Pedro Nolasco de Valparaíso.