Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
33° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
18 de noviembre de 2012

Dn 12,1-3;
Salmo 15,5.8-11;
Heb 10, 11-14;
Mc 13, 24-32

Entonces verán venir al Hijo del hombre entre las nubes con gran poder y gloria

Estamos llegando al final del año litúrgico 2012 con paso apresurado. Este es el penúltimo domingo del tiempo ordinario, ya que el próximo será la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Digo esto porque es el  ambiente espiritual con que vamos a escuchar y meditar la Palabra de Dios.

Del Libro de Daniel está tomada la primera lectura de hoy. No es extraño que así sea, porque este libro del Antiguo Testamento nos habla de la “escatología”, es decir, de las cosas finales que Dios tiene previsto realizar. Daniel es un hombre escogido por Dios para que comunique la revelación de Dios sobre la historia y su desenlace. Es una “apocalipsis” o revelación destinada a la comunidad creyente en momentos de crisis y busca reavivar la esperanza. Es Dios quien manifiesta el sentido y desenlace de la historia humana, cuya trama son el desfile de imperios y reinos en lucha y efímeros triunfos. Todo esto es necesario tenerlo en cuenta para comprender el breve texto de la primera lectura de este domingo.
El capítulo 12 de Daniel introduce un nuevo elemento en su desarrollo: una resurrección de muertos para el juicio final. Se trata de una resurrección personal y diferenciada: “muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua”. Se trata de una verdadera resurrección de muertos para incorporarse al nuevo y definitivo reino que Dios instaura. El texto expresa claramente el sentido de una vida eterna gloriosa para “todos los inscritos en el libro” y “se salvará tu pueblo”, el pueblo de Dios. Unos resucitarán para la vida eterna y “otros para ignominia perpetua”. Es el desenlace de la historia de cada miembro del pueblo de Dios. La historia, que se debate en una confrontación entre el pueblo de Dios y las otras naciones, alcanza un final no previsto como algo natural sino como lo ha querido el plan de Dios desde toda la eternidad.
El evangelio de San Marcos forma parte del capítulo 13, el llamado Discurso escatológico el autor del segundo evangelio relaciona con la ruina del templo de Jerusalén, una construcción del rey Herodes el Grande que gobernó del año 37 al 4 antes de Cristo. Nuestro texto de hoy se centra completamente en la venida del Mesías o mejor dicho en la Parusía, palabra griega de sentido teológico que se refiere a la segunda venida de Cristo. Este hecho se propone como un acontecimiento cósmico, histórico, trascendente y universal. Y esta es la clave de comprensión del evangelio de este domingo.

Esta afirmación central: “Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y majestad” (v. 26), es la afirmación diáfana que conviene retener. El resto del lenguaje y sus imágenes cósmicas pertenecen a la forma de hablar del género apocalíptico, tan propio del Libro de Daniel y de otros textos del Antiguo Testamento. Lo referente al sol, la luna, las estrellas y los ejércitos celestes no son más que formas de hacer comprender la magnitud de la parusía o venida de Cristo. Será una venida grandiosa, digna de un Juez que “despachará a los ángeles y reunirá a los elegidos de los cuatro vientos, de un extremo de la tierra a un extremo del cielo” (v. 27). Esta es la novedad preparada para los que han sido capaces de hacer frente a la batalla de la fe, de resistir a la seducción de los falsos profetas, permaneciendo firmemente anclados en la Palabra de Cristo y sufriendo por la causa del Evangelio. La victoria de Cristo tiene repercusiones universales y la causa de un feliz desenlace de la historia humana y salvífica del pueblo de Dios.

En la visión escatológica del final de la historia hay pues una comunión e intimidad con el victorioso Señor de la historia, Cristo el Señor. Todos están llamados a la reunión con el Cristo glorioso para hacer definitiva la victoria final. La parusía, es decir, la venida final de Cristo glorioso, se presenta como la coronación de una vida ofrecida por él en esta historia de lucha y tribulaciones. El texto se mueve en esta estimulante promesa para los elegidos, los discípulos, seguidores del Cordero también en la entrega de la vida.

Sin embargo, la realidad del pueblo de Dios, defendido por el Arcángel San Miguel, sigue siendo difícil. La imagen de la higuera le sirve a Jesús para hacer un llamado sobre la actitud en el  tiempo presente. Es necesario que los discípulos estén atentos al reconocimiento de los gérmenes del tiempo final, al modo como los palestinos podían aventurar la proximidad del verano al observar a la higuera que empieza a cubrirse de hojas. La parusía no puede distraernos de lo que está aconteciendo en el presente; desde esa llamada a la comunión en la victoria de Cristo, el discípulo debe aprender a discernir los signos presentes de esa victoria, signos muy modestos pero reales.

Termina el evangelio de hoy con una afirmación de las palabras de Jesús acerca del lugar y fecha de la parusía. No tiene fecha ni siquiera el mismo Cristo lo sabe. Nadie conoce ni el día ni la hora, cosa que contrasta claramente con las especulaciones apocalípticas tan de moda hoy. ¿Acaso no se nos anuncian catástrofes con fechas, lugares y horas? Muchos las creen al pie de la letra y viven en torno a ellas. En el terreno de la fe las cosas son muy distintas. Sólo el Padre Eterno es el único árbitro de los acontecimientos humanos. Cristo nos está educando acerca de una verdad básica: todo está referido sólo al Padre e incluso el Hijo humanado también está bajo la obediencia filial.

Razón tiene el autor de la Carta a los Hebreos cuando afirma que “con un solo sacrificio llevó a perfección definitiva a los consagrados” refiriéndose a Cristo que “después de ofrecer un único sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la diestra de Dios”. Esto en directo contraste con los sacerdotes de la antigua alianza que debían ofrecer muchas veces los mismos sacrificios “que nunca pueden quitar pecados”. Es Cristo quien nos libera de una vez para siempre.

La eternidad ya ha entrado en nuestro tiempo, en nuestra historia. La irrupción de Dios en el envío de su Hijo en su primera venida es un hecho irreversible. Desde entonces ya nada puede ser igual al antes de Cristo. Nadie puede arrebatarnos el optimismo realista con que debiéramos vivir. El cristiano no puede ser pesimista ni espiritualista.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, mercedario.
Superior del Convento Santa María de Cervellón y
Maestro de Postulantes.
Rector Colegio San Pedro Nolasco de Valparaíso.