Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
31° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
4 de noviembre de 2012

Dt 6, 1 – 6
Sal 17, 2-4. 47. 51
Heb 7, 23–28
Mc 12, 28b – 34

“Tú no estás lejos del Reino de Dios”

Nos encontramos en el tramo final del año litúrgico 2012. Ha sido un tiempo oportuno para vivir con el Señor cada domingo, dejándonos nutrir por el sabroso pan de su Palabra y de la mesa eucarística. Con estos alimentos de vida nueva hemos intentado seguir las huellas del único Señor y Maestro, Jesucristo. Pero estos últimos domingos del año litúrgico nos ofrecen la ocasión de iniciar la celebración el Año de la Fe que S.S. Benedicto XVI nos ha invitado el pasado 11 de octubre y que, con el favor de Dios, viviremos hasta el domingo 24 de noviembre del 2013. Porque nuestra celebración es siempre “celebración de la fe” en Jesucristo muerto y resucitado, piedra angular de nuestra experiencia creyente.

La Palabra de Dios de este domingo es hermosísima y está dirigida a todos nosotros con el propósito que la acojamos escuchándola y oyéndola dejemos que fortalezca nuestra fe cristiana. El texto del Dt 6, 1 – 6 constituye el corazón de la fe israelita, una oración que debía ser hecha cada día. Se trata de una fórmula litúrgica que centra toda la atención en el Señor, Dios de Israel. Vale la pena recordarla: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Se nos invita a escuchar, como actitud fundamental del creyente verdadero. Sin esta actitud no hay diálogo ni comunión. Y luego un imperativo también fundamental: “amarás al Señor, tu Dios”. Se trata de una actitud que implica la totalidad del ser humano: hay que amar a Dios de todo corazón, con toda tu persona, cuerpo y alma, con todo lo que eres y tienes.

Desde el domingo vigésimo séptimo estamos escuchando la Carta a los Hebreos en la segunda lectura dominical. Hoy se nos presenta la excelencia y superioridad de Jesucristo como el Sumo Sacerdote de la nueva alianza que supera en todo a los sumos sacerdotes de la antigua alianza.Cristo reúne todas las condiciones del Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo. Una hermosa reflexión sobre la persona de Jesucristo, centro de nuestra fe, que nos ayuda a entender por qué Él es la piedra angular de nuestra salvación, al que hay que escuchar porque es el Hijo Amado del Padre.

Y el Evangelio de Mc 12, 28b – 34 es una página de las más hermosas de toda la Biblia. Contiene el corazón de toda auténtica vida de fe, es la “carta magna” de toda la vida cristiana.  El diálogo entre un letrado o escriba y Jesús se abre con una pregunta sincera y no capciosa o para poner a prueba a Jesús. Se respira un clima de mutua estima y consideración entre los dos interlocutores. Un escriba es un entendido, un estudioso del texto sagrado, alguien que sabe que la tradición rabínica contó hasta 613 preceptos o normas que un judío piadoso debía cumplir. Su pregunta es, pues, muy oportuna: “¿Cuál es el mandamiento más importante?

En esta pregunta hay un sincero propósito de vivir la voluntad de Dios. Ese es el sentido de los preceptos o mandamientos. El maestro de la ley busca un mandamiento que sea el primero y resuma todos los demás. Se acerca a Jesús con el franco deseo de saber lo que Jesús piensa sobre este tema.

La respuesta de Jesús nos remite a la profesión de fe que el judío piadoso recita varias. Esta fórmula es una síntesis teológica de todo lo que un creyente debe hacer. Pero Jesús cita además el amor al prójimo como un amor análogo al que debemos tenernos a nosotros mismos. Dice Jesús:”El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos”. También aquí como en la primera parte de su respuesta, Jesús se vale de la cita bíblica de Lv 19,18.

Jesús en su respuesta da un salto cualitativo al relacionar los dos amores, el de Dios y el del prójimo, convirtiéndolo casi en un único mandamiento. Asume una dimensión unificadora y completa de ambos mandamientos como en una recíproca dependencia. El precepto de amar a Dios requiere la entrega total de toda la persona: el corazón, el alma, la inteligencia, los afectos, los deseos, los pensamientos. Jesús reafirma la necesidad que el hombre oriente toda su energía sin reserva ni límite alguno al único Dios y Señor.

Pero la relación del amor al prójimo con el amor a sí mismo es también muy importante si queremos vivir auténticamente la ley fundamental del cristianismo. Quien se ama mal a sí mismo hará otro tanto con su prójimo. Este amarse a sí mismo no es egoísmo porque es reconocer la obra de Dios en mi propia persona, creada por Dios para amar, es decir, para salir de sí mismo e ir al encuentro con Dios y con los otros. Ese amor es siempre recibido porque es Dios quien comunica su amor a su criatura para que ame y amando encuentre su felicidad en Dios mismo.

El amor es movimiento, salida de uno mismo al encuentro con el otro, el amor es donación, es entrega. Esto es lo propio del amor verdadero. Una negación del amor es el encierro, el repliegue sobre uno mismo, la búsqueda tensa del propio provecho, la no apertura, el egoísmo, el amor propio. “Caritas Christi urget nos” dirá San Pablo, es decir, el amor de Cristo nos urge a salir de nosotros mismos y a anunciar la Buena Noticia del amor divino.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, o. de m.  
Superior del Convento Santa María de Cervellón y
Maestro de Postulantes.
Rector Colegio San Pedro Nolasco de Valparaíso.