Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 01 de junio 2014
DOMINGO SÉPTIMO DE PASCUA – LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – SOLEMNIDAD
Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

 

Textos: Hechos de los Apóstoles 1, 1 – 11
Salmo 46
Efesios 1, 17 – 23
Mateo 28, 16 - 20


Los cuatro evangelios y San Pablo indican que las apariciones del Resucitado tuvieron lugar en un período de tiempo limitado. ¿Qué sentido tienen estas apariciones de Cristo Resucitado? Ellas buscan reunir al grupo de discípulos que puedan dar testimonio que Jesús no ha permanecido en el sepulcro, sino que está vivo. Este testimonio concreto se convierte en una misión: han de anunciar al mundo que Jesús es el Viviente, el Resucitado, la Vida misma. La misión tiene como objetivo primero congregar a Israel en torno a Jesús Resucitado, porque los judíos son los primeros destinatarios de la salvación. Pero la meta última de la misión de los enviados de Jesús es universal: “Se me ha dado poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos”. La misión debe llegar “hasta los confines del mundo”.


El Resucitado “vuelve al Padre”, retorna a su Padre. Nuestra profesión de fe, el Credo, dice: “Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre, y de nuevo vendrá con gloria”. También forma parte del anuncio de los testigos de Jesús que el Resucitado vendrá de nuevo a juzgar a vivos y muertos con el fin de establecer definitivamente el Reino de Dios en el mundo. De aquí que la fe cristiana contiene ambas afirmaciones: el Señor Resucitado está actuando en el presente y, al mismo tiempo, vendrá al final de los tiempos. Así la misión no es sólo anuncio escatológico de un reino que vendrá en el futuro sino sobre todo testimonio de que Cristo es el que ahora vive, que es la Vida misma.


La palabra de Dios de este domingo de la Ascensión del Señor nos permite comprender mejor los últimos acontecimientos del Resucitado con los discípulos. En efecto San Lucas nos dice: “Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24, 50 – 53).


La primera lectura de esta Solemnidad nos relata el mismo San Lucas el panorama de la separación de Jesús de los suyos. Queda claro que los discípulos son los depositarios de todo lo que envuelve el ministerio público de Jesús y las últimas instrucciones del Resucitado indican que ellos son los garantes del mensaje y de la obra del Salvador. Esta partida de Jesús implica la recepción de una misión por parte de los suyos, misión que hoy el evangelio de San Mateo nos la recuerda. La narración del libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a los discípulos todavía apegados a sus viejas ideas como si éste era el momento de la restauración del reino de Israel. La respuesta de Jesús es una promesa: estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; y también una misión: deben ser testigos suyos hasta los confines del mundo. Se puede concluir que la vida cristiana es don (el Espíritu Santo) y tarea (la misión evangelizadora). Así no queda tiempo ni espacio para hacer conjeturas acerca de la historia ni de vivir imaginando un futuro desconocido. Hay que acoger el regalo del Espíritu Santo y vivir la misión de ser testigos del Resucitado hasta los confines del mundo.


En este ambiente, San Lucas inserta la mención de la nube que envuelve y oculta a Jesús que se va separando de ellos y elevándose. Y la nube nos remite a un aspecto importante en la Sagrada Escritura. La nube nos recuerda el momento de la Transfiguración de Jesús cuando ésta se posa sobre Jesús y los discípulos. Nos recuerda las palabras del ángel Gabriel a María que el anuncia que el poder del Altísimo “te cubrirá con su sombra”. Las reminiscencias del Antiguo Testamento acerca de la nube también nos ayudan a comprender el sentido que esta anotación tiene en el relato de la Ascensión de Jesús. La desaparición de Jesús de la vista de los discípulos no como un viaje hacia las estrellas sino como un entrar en el misterio de Dios. El Resucitado participa en la soberanía propia de Dios sobre todo lo creado.


La Ascensión no se debe comprender como un simple cambio de espacio en el sentido que Jesús estaba aquí abajo y ahora sube y está en lo alto. La Ascensión significa participar plenamente en el misterio absoluto y eterno de Dios. Jesús nos abre esa posibilidad y Él es el primero en lograrlo. Jesús entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente y por eso sigue siempre presente junto a nosotros y por nosotros. Jesús “se va” en el sentido que ya no lo verán en su condición humana y resucitada como alguien que come, bebe, saluda, etc. Jesús “entra”  en una existencia nueva que supera todo espacio y tiempo y, como Dios, estará siempre presente en medio nuestro.


Jesús está junto al Padre y más cerca que nunca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo como antes de la ascensión. Él está ahora presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia. Esto significa que Jesús ha sido exaltado a la derecha del Padre.


La misión de la Iglesia contará con esta nueva realidad de su Señor Resucitado como el que ha ascendido a la gloria del Padre. Así se inicia el tiempo escatológico del Pueblo de Dios, es decir, una realidad de contar ya con la comunión plena que Jesús el Resucitado ya vive junto al Padre como meta también para todos los bautizados. Es bueno recordarlo siempre. La misión  no es otra que llevar el testimonio de Cristo hasta los confines del mundo. No debemos quedarnos mirando al cielo o conocer los tiempos y momentos escondidos en el secreto de Dios sobre la historia. Para ello necesitamos recibir el Espíritu Santo que nos conducirá a la verdad plena.


 Que este domingo de la Ascensión nos ayude a meditar cómo vivimos esta presencia del Resucitado en mi vida actual, en mi compromiso apostólico, en mi familia. Porque si Cristo se nos ha desaparecido de la vida diaria nuestra fe no está transformando nada.


Un saludo cordial y hasta pronto. Que Dios los bendiga siempre.
                                                                                       

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.