Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 18 de mayo 2014
V Domingo de Pascua

 

Textos: Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7.
Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19.
Epístola I de San Pedro 2,4-9.
Evangelio según San Juan 14,1-12.


Este V Domingo de Pascua nos coloca en una escucha y vivencia más profunda de lo que hemos venido experimentando en los domingos anteriores; la alegría, la paz y el reconocimiento del Señor se fortalecen en Aquel que mirando fijamente a los ojos a sus discípulos les hace saber que en Él está la vía segura para la eternidad, en Él está la claridad del mensaje, en él se enmarca la vivencia verdadera y fecunda, pues el mismo Jesucristo es quien verbaliza su identidad diciendo : “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.


Las lecturas que hoy nos regala la Liturgia son una fuerte invitación para que en el corazón del creyente, en el caminar de nuestra vida, se haga efectivo lo que el Apóstol Pedro nos llama a vivir: “Hermanos: Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios; porque ustedes también son piedras vivas”, pues la proximidad con Jesucristo, el seguimiento del Maestro es lo que verdaderamente nos permitirá mirar con claridad ese camino seguro que nos invita realizar, sólo el calce imitador de Jesucristo es lo que posibilita en nuestra vida la emergencia de la verdad, en la medida que nuestro peregrinar creyente se asemeje al del Señor Jesús es cuando empezamos a ser santos, a tener esa vida prometida y garantizada en Él.


El contexto en el cual Jesús entrega su mensaje no es uno  más dentro de los que tuvo oportunidad para manifestar su Palabra, sino que ahora se trata del encuentro de la intimidad con los suyos, con sus discípulos, donde quiere intencionadamente colocar los ejes de paz, tranquilidad y alegría cierta. Es en la última cena cuando el Nazareno advierte que vienen tiempos nuevos, se aproximan rutas en las cuales quizás será más empeñoso y desafiante caminar, se experimentará por parte de los suyos un espacio donde la certeza y veracidad no sea fácil de defender, serán días donde la esperanza difícilmente sea la realidad más próxima; por ello “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”. Ese mismo grito de aliento y animación divina que entrega el Resucitado en las primeras apariciones, es el que en la antesala de su entrega vital ya anuncia a los suyos, vivir desde la paz, desde la serenidad, desde la confianza, pues no hay motivo más cierto que alimenta esto que el saber de su constante presencia y protección.


La paz que invita vivir Jesús en la última cena, es la que a reglón seguido se complementa con la promesa, la de habitar en la casa del Padre, allí donde no faltan las habitaciones dispuestas. En otras palabras, Jesús no es iluso ni inocente al momento de llamar la atención de sus discípulos en esta línea, tampoco es que desconozca lo que en carne propia vivirá y la consecuente actitud de su comunidad, lo que en el fondo está invitando a vivir es en la confianza en la fidelidad de Dios, del Padre que en Él tiene rostro concreto y eficaz para el mundo. A no temer, a no perder la paz, pues esos tiempos nuevos y esas rutas nuevas a emprender se hacen desde la nueva vida y fortaleza que el Padre nos regala en Él, su Hijo.


¿Qué hacer? ¿cómo disponernos para ello? Son preguntas que muy legítimamente podemos colocar en nuestra reflexión y que con todo derecho le podemos formular a Dios en nuestra oración. En ese sentido su misma Palabra sea una respuesta fecunda para nosotros, pues hoy junto con ese mensaje que desde la misma boca de Jesús se pronuncia, también nos encontramos con una implícita convocatoria a por un lado reconocerlo presente en medio nuestro, y por ello obrando su salvación, y por otro lado también ser capaces de reconocerlo en el rostro de los hermanos.


Felipe, uno de los apóstoles en el diálogo con Jesús le manifiesta sin miedo su querer conocer al Padre, a lo que Jesús no duda en responder con una provocación muy profunda: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Hoy también nosotros estamos llamados a abrir nuestro corazón y reconocer en la historia de nuestra vida esa constante presencia de Dios. Muchas veces queremos signos que nos hablen de Dios, sin embargo pocas veces quizás somos audaces en querer admitir su presencia en medio nuestro. Es así como la frase de san Agustín se hace fuerte realidad en nosotros:

Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Y tú estabas dentro de mí y yo afuera,

Y así por fuera, te buscaba;
Y deforme como era,
Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo.

Por otro lado, no por ello desligado de lo anterior, es lo que nos regala el libro de los Hechos de los Apóstoles, que hoy escuchamos en la primera lectura. Allí se nos plantea la inquietud y preocupación de la primera comunidad para no desatender a los hermanos en la caridad. Es cierto que la Palabra de Dios y su anuncio es preocupación y necesidad apostólica, sin embargo no es menos cierto que la comunidad precisa de un “servicio en la caridad”, y para ello se disponen a elegir hombres llenos del Espíritu santo para que desde la diaconía vivan ese servicio en el amor.
Hoy también como ayer, nuestra comunidad tiene necesidad de anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, estamos urgidos por comunicar ese camino seguro, verdad cierta y vida en abundancia que nos trae el Redentor, pero no es menos cierto que se hace viva hoy la urgencia del amor en el servicio. Que nuestra entrega, cansancio y desgaste cristiano sea para comunicar con nuestro testimonio esa alegría del Evangelio. Salgamos a comunicar el gozo del Resucitado, pero no perdamos de vista dos condiciones: la primera dejarnos llenar por el Espíritu de Dios, sólo desde Dios y nutridos con su Espíritu podremos ser eficaces en la tarea evangelizadora, y la segunda es mirar en el rostro del hermano que camina junto a mi esa imagen divina en el cual estoy invitado a vivir, y desde la cual estoy llamado a caminar.

 

P. Ramón Villagrán Arias O. de M.