Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 04 de mayo 2014
Tercer Domingo de Pascua

 

Textos: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33.
Salmo 16(15),1-2a.5.7-8.9-10.11.
Epístola I de San Pedro 1,17-21.
Evangelio según San Lucas 24,13-35
Año A


Los domingos que han pasado en este tiempo de Pascua han sido para nuestro camino pascual, motivo de alegría y paz, no como invento de la comunidad, sino que regalo que el mismo Resucitado ha querido donar a su comunidad, a sus discípulos. Hoy, en este tercer Domingo del tiempo pascual, la Liturgia nos invita no sólo a vivir el gozo y la paz, sino también a reconocer al Señor vivo y presente en medio nuestro, como aquel que camina junto a los suyos y fecunda la historia.


En el relato evangélico de este día, Lucas nos presenta ese instante de camino en donde dos discípulos que volviendo a su tierra, a Emaús, experimentan la riqueza y el ardor del encuentro con Jesucristo, el Resucitado. Es claro que la narrativa del texto no presenta grandes dificultades en su lectura, se trata de un trozo sencillo, pero no menos profundo para el caminar creyente. Son dos personas las que caminando de vuelta a casa, verbalizan ante un desconocido esas tristezas que les embarga el corazón, sabemos bien que están regresando con las manos vacías, pues aparentemente han vivido también ellos el fracaso. Su entusiasmo inicial al parecer ha quedado enterrado en la tumba del Nazareno, tanto es así que ya no son capaces ni siquiera de reconocer  al maestro que les llamo y llenó el corazón. Están sumidos en la desesperanza, quizás también en el temor, sin embargo este “desconocido” encontrado en el camino les suscita interés y preocupación fraterna. “Quédate con nosotros porque se hace tarde y el día termina”. Esa es la frase que presentada por Lucas evoca la preocupación e interés por éste que les ha dedicado tiempo y les ha explicado las escrituras.


Con toda certeza este texto que nos regala la liturgia es un gran motivo para enriquecer nuestro propio camino creyente. Pues también en este día el Señor actúa y como bien nos plantea Pedro en su primera carta, es Él quien nos viene a rescatar de la esterilidad de nuestra conducta, y es precisamente ese obrar misericordioso y potente de Dios quien nos alegra el corazón y también como a los discípulos posibilita el testimoniar ese gozo con nuestros labios y lengua alborozada (Hechos de los Apóstoles).  Hoy también el Señor sale a nuestro encuentro, sale en búsqueda de nosotros en el camino de la vida personal y eclesial; allí, en ese proceso es donde nos abre el entendimiento, en el peregrinar de la fe es donde Jesucristo revitaliza – como a los discípulos de Emaús – nuestra propia esperanza, tantas veces mermada por los problemas y urgencias de la vida.


No se trata aquí de desconocer nuestra realidad y sumirnos en una especie de alienante impulso iluso y sin sustancia, sino todo lo contrario. No podemos, sabiendo que fundamos la fe en Jesús Resucitado, vivir como si los problemas y realidad cotidiana fuera lo que sella y estipula amargamente nuestro vivir. Es cierto que muchas veces volvemos a casa como los discípulos de Emaús, cansados y sin explicación a muchas cosas que nos suceden, con la incertidumbre del futuro, con la tristeza de estar marcados por los signos de muerte y tumbas sociales, sin embargo no es menos cierto que hoy el Señor Jesús entra en nuestra vida, hoy nos dice que no seamos tardos para entender, hoy viene a nutrir y dar encanto a nuestra fe. Es aquí precisamente cuando más se hace necesario la presencia del Resucitado, dejemos pues que nuestro corazón grite “quédate con nosotros Señor”, pues pareciendo que la noche de nuestra vida se nos cae encima, entonces allí es donde se vendrá la luminosidad de su presencia, allí comenzará a arder nuestro corazón: cuando permitimos que Jesucristo entre en nuestra casa.

Otro elemento que hemos de considerar en este Domingo es el sentido eucarístico de este relato evangélico, y siendo eucarístico es también vivido desde una perspectiva comunitaria. Nos dice el texto que los peregrinos de Emaús reconocen al Señor al momento de partir el pan, y es en ese momento donde evidencian el ardor del corazón. Y tu ¿te das la oportunidad de reconocer al Señor quien partido y compartido se nos da en la eucaristía? ¿le dejas espacio al Señor en tu corazón y permites que lo haga arder? ¿o estás más preocupado de llenar de otros fuegos tu vida y conducta? Queridos amigos, que la Eucaristía que celebramos sea la ocasión de vivir este peregrinaje a Emaús en nuestra propia vida. Dejémonos encontrar por Jesucristo, con todo lo que somos, dejemos que Él vaya moldeando nuestro entendimiento. No nos quepa la menor duda que, una vez que le hagamos ese pequeño espacio al interior de nuestra vida, será preocupación suya envolvernos y llenarnos con su gracia la vida entera.
           
Un último elemento que nos proporciona el Evangelio es esa vuelta a Jerusalén que realizan los discípulos para compartir la alegría, ellos salen nuevamente de sus proyectos a compartir la alegría de esa Buena Nueva. Hoy también salgamos nosotros, con el corazón rebosante de alegría a decir como Pedro, como Santiago, como Juan, como …..................... (tu nombre) que el Señor está vivo y presente en medio nuestro. No te quedes con ese gran tesoro en tu vida, comparte con otros el gozo de ser cristianos. Deja que tu vida con la de tantos otros grite al Señor ¡Quédate con nosotros”

P. Ramón Villagrán Arias O. de M.