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7° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


"El Sermón de la Montaña nos denuncia en lo más profundo y nos invita a recuperar la auténtica imagen que Dios puso en nosotros. ¿Qué se opone a este proceso de cambio al que nos invita el Sermón de la Montaña?"

7° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

En su tarea de llevar a plenitud el proyecto de Dios, Jesús nos invita a dar un paso más en el amor y nos propone amar a los enemigos. Esta es la perfección: sobrepasar los límites del propio “yo” herido por el enemigo y amarle. Solo así reinan el amor y el perdón y no hay espacio para la guerra y el odio. Ustedes, nos dice, tienen que ser perfectos, como perfecto el Padre celestial. La perfección viene en la medida en que amamos pero no a nuestra manera sino a la manera del Padre.

Textos:

Levítico 19, 1-2.17-18     “Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo”.

Sal 102, 1-4.8-13               El Señor es bondadoso y compasivo. 

1 Cor 3,16-23     “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”

Mt 5, 38-48        “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.

                Estamos en el Sermón de la Montaña, ese programa de vida que Jesús propone a sus discípulos como una nueva Torá o Ley. Se me ocurre citar las palabras de Benedicto XVI por considerar su reflexión tan certera cuando dice: “De esta manera, el Sermón de la Montaña plantea la cuestión de la opción de fondo del cristianismo, y como hijos de este tiempo sentimos la resistencia interior contra esta opción, aunque a pesar de todo nos haga mella el elogio de los mansos, de los compasivos, de quienes trabajan por la paz, de las personas íntegras…Sí, las Bienaventuranzas se oponen a nuestro gusto espontáneo por la vida, a nuestra hambre y sed de vida. Exigen “conversión”, un cambio de marcha interior respecto a la dirección que tomaríamos espontáneamente. Pero esta conversión saca a la luz lo que es puro y más elevado, dispone nuestra existencia de manera correcta” (Jesús de Nazaret, 127). El Sermón de la Montaña nos denuncia en lo más profundo y nos invita a recuperar la auténtica imagen que Dios puso en nosotros. ¿Qué se opone a este proceso de cambio al que nos invita el Sermón de la Montaña? Los griegos sabían  que el pecado más grande del hombre es la arrogante autosuficiencia con la que pretende erigirse en dios en el sentido de querer ser él mismo dios, para ser dueño absoluto de su propia vida y sacar provecho así de todo lo que ella le puede ofrecer. El Sermón de la Montaña enfrenta de esta manera el escollo más delicado como es la autosuficiencia al proponernos un camino donde el amor adquiere un lugar tan impresionante que solo Dios puede proponerlo. Todo el Sermón de la Montaña se desarrolla a partir de la figura de Cristo, imagen perfecta del hombre y de su felicidad. Por esta razón la moral cristiana es el amor, lo contrario al egoísmo, y que implica un salir de sí mismo, única forma de encontrarse consigo mismo. “Sólo por la vía del amor, cuyas sendas se describen en el Sermón de la Montaña, se descubre la riqueza de la vida, la grandiosidad de la vocación del hombre”, dice Benedicto XVI.

                Pasemos a la Palabra de Dios de este séptimo domingo. Sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en intimidad cada vez mayor con ella.

                Levítico 19, 1-2.17-18

                Este libro del Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, es una obra especial. Se inserta entre la llegada de los israelitas al Sinaí como se narra en Ex 19 y su salida según Números 10. Es la razón porque se encuentra en el Pentateuco. Es obra del mundo sacerdotal o clerical y de ahí el nombre de Levítico. Su centro es el Templo y el culto en Jerusalén ya que en el siglo V a. C. Israel estaba bajo el dominio de Persia y debían cuidar su identidad cimentada, además del Templo y el culto, en la Torá. Estamos ante un libro repleto de normas y leyes, tradiciones y costumbres, lo que hace su lectura un poco tediosa. Su sentido religioso profundo es de perenne actualidad: el hombre se enfrenta con Dios desde su conciencia de pecado e indignidad, en el deseo de liberación y reconciliación. Nos servirá como cristianos el recordarlo pero ya no desde el templo y la Ley sino desde Cristo y su Reino.

                El texto de esta primera lectura está inserto en el llamado Código de Santidad que abarca los capítulos 17 a 26 del libro. Se puede prestar atención a expresiones tales como “Yo soy el Señor”, “Yo, el Señor, su Dios, soy santo”, “Yo soy el Señor, que lo santifico”, etc. Y la santidad es atributo esencial de Dios que la manifiesta en acciones y manifestaciones en la naturaleza y en la humanidad. Dios, absolutamente trascendente, actúa para transmitir y comunicar su santidad. De nada serviría conocer que Dios es santo si tal santidad no se comunica y transmite para arrastrar al ser humano e introducirlo en la esfera de lo divino. El texto de hoy comienza con una afirmación central que le da sentido y unidad a todo el capítulo 19, es decir, a todos los variados preceptos que contiene, cuando dice: “Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo” (v. 2). Todos los aspectos de la vida humana, individuales y sociales, están inmersos y se orientan a santificar el Nombre de Dios. Dentro de este panorama espiritual central es muy significativo el conjunto de normas justas hacia el prójimo entre los versículos 9  a 18. Dentro de éstos, prestemos atención al siguiente texto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (v. 18). Es la misma expresión que Jesús nos propone como el culmen y centro de la Ley y los Profetas, junto con el amor a Dios.  La santidad se la encuentra en la responsabilidad integral con que cada creyente vive su propio estado de vida, de manera coherente, auténtica y en fidelidad al Señor.

                1 Corintios 3, 16-23

                Seguimos con la primera carta de San Pablo a los cristianos de Corinto. El texto de la segunda lectura de este domingo está dentro de un contexto más amplio. En el capítulo 3 el Apóstol lleva a enfrentar la inmadurez cristiana de los fieles de Corinto. Así se abre el tema: “Yo, hermanos, no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres simples, como a niños en la vida cristiana” (v. 1). Y, ¿por qué esta inmadurez espiritual? No pueden tolerar el alimento sólido cristiano  “dado que aún los guía el instinto”. Y la muestra de esa inmadurez son las envidias y discordias, es decir, “se dejan guiar por el instinto y por criterios humanos en su conducta”, dice el Apóstol. Así queda al descubierto que están poniendo otro cimiento para su vida personal y comunitaria. Apunta con claridad y firmeza: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo” (v. 11). El texto de hoy es extraordinario y constituye un cambio radical en el tema del santuario. El templo era para Israel el lugar de residencia de la Gloria de Dios. El nuevo santuario de Dios, dice Pablo, no son los edificios o templos sino las personas. Así la persona humana se reviste de una dignidad insuperable: es santuario de Dios y el Espíritu de Dios habita en ella. Por lo tanto, ¡qué maldad encubren los abusos, maltratos, injusticias, atropellos, violaciones, etc.! Concluye el texto con una certeza: “Todo es de ustedes, ustedes son de Cristo, Cristo es de Dios” (v. 22.23). Nunca seremos el centro ni el fundamento de nuestra salvación; el núcleo es el misterio de Dios que en Cristo nos regala su Espíritu. Llegar hasta aquí es propiamente la madurez espiritual del cristiano. Mientras gire en torno a sí mismo, a sus obras y a sus intereses, todavía está en la infancia o inmadurez espiritual.

                San Mateo 5, 38-48

                El evangelio de este domingo nos ofrece las restantes antítesis que el Sermón de la Montaña desarrolla mediante la fórmula “ustedes han oído que se dijo… Yo les digo...” Estamos dentro de esa gran sección del Sermón que confronta a Jesús y la Ley, desde el versículo 17 a 48. Los diez versículos del texto de hoy son tan importantes como los que ya escuchamos en el domingo pasado. Parte el texto mostrando la postura de Jesús frente a la ley del talión y el desarrollo inaudito del amor al prójimo. Ya el “ojo por ojo, diente por diente” significó un avance extraordinario en la convivencia humana, porque significaba poner un límite a la feroz ley de la venganza con que se resolvían las dificultades de convivencia. Sin embargo, Jesús da un paso inaudito y nos propone unas exigencias, para una gran mayoría incluso de cristianos, desconcertantes y provocativas, que rompen lo establecido o simplemente lo que más gusta o acomoda. Manifiesta Jesús un “ir contracorriente” audaz y radical, porque “muerde” nuestras más hondas tendencias. ¿Acaso no emergen desde nuestro interior inmediatamente las ganas de revancha o venganza frente al que nos hace daño? Contra este muro interior chocan las palabras de Jesús y martillean sin cesar en sentido contrario: hay que perdonar de corazón y especialmente al enemigo y esto solo por amor.

                Todo esto se entiende sólo si todavía somos capaces de confrontarnos con honestidad y franqueza frente al Sermón de la Montaña como el programa de vida del discípulo de Jesús. Para nadie es una novedad que estamos ante una sociedad cada vez más tensa, agresiva y violenta. Pero el evangelio de hoy nos pide no poner resistencia al que nos hace mal y que hay que ofrecer la otra mejilla a alguien de carne y hueso que te abofetea. Para mucha gente, estas propuestas son impracticables y responden a otra época. Sin embargo, no olvidemos que estamos tocando el núcleo más original y específico del evangelio de Jesús. Es definitivamente cierto que Jesús y su Reino significan un cambio de valores y una superación de los viejos estilos de relaciones humanas. Es el corazón del Evangelio cristiano el que está en juego y no un aspecto determinado. El amor al prójimo no es nunca un añadido, un asunto lateral de la santidad cristiana; es, por el contrario, la médula de la columna vertebral del  cristianismo. Y esto es así de real y verdadero porque la llegada del Reino de Dios significa que el amor misericordioso y compasivo de Dios se hace realmente presente en la Persona, palabras y obras de Jesús. Estamos desde entonces “en la plenitud de los tiempos”, en la etapa decisiva de la historia humana y salvífica. La novedad del Evangelio es la novedad del amor de Dios encarnado en nuestra historia personal y comunitaria. Desde aquí se obtiene la justa perspectiva para ver y oír lo que está aconteciendo ya ahora en el mundo nuevo que el Señor Jesús, con su misterio pascual, ha inaugurado ya. Esta realidad nueva afecta nuestras relaciones con Dios y con el prójimo, y ambas deben ser abrazadas al modo de Jesús, Maestro y Modelo del discípulo. Nuestra tarea solo culmina en la pascua; mientras tanto sigamos caminando guiados por el Espíritu y la Palabra, “fijos los ojos en Jesús” y muy atentos a María, “la fiel discípula de Jesús”.

                Un saludo fraterno y que el Señor nos empuje hacia la belleza de la Vida Nueva.                              Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M. 


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