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1° Domingo de Cuaresma. Comentario del Evangelio


"Quien quiere ser cristiano a fondo, o quiere ser religioso o religiosa, sacerdote, o casarse, todo ello en serio y con radicalidad, tiene que pasar por la prueba de enfrentarse con sus propios límites, tentaciones, dudas, obstáculos, desviaciones de objetivos, etc. Ninguna opción verdadera se logra sin el propio desierto y su tentación".

1° DOMINGO DE CUARESMA (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

 “El Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. Cristo ciertamente fue tentado por el diablo, pero en él eras tentado tú. Pues tuya era la carne que Cristo asumió para que recibieses de él la salvación. Asumió la muerte, que era tuya, para darte la vida: tomó de ti las humillaciones para que tú recibieses de él la gloria… Cuando tengas algo por lo que sufrir, piensa que él ha sufrido antes y reflexiona por quién ha sufrido. Él murió para resucitar. Espera tú también lograr la meta en la que nos ha precedido y habrás entrado en la torre sin ceder ante el enemigo” (S. Agustín, Exposición del salmo 60).

Textos

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7     “Se les abrirán los ojos y serán como Dios”.

Sal 50, 3-6. 12-14.17    ¡Piedad, Señor, pecamos contra ti!

Romanos 5, 12-19           “Por la obediencia de uno todos resultarán justos”.

Mateo 4, 1-11                   “Entonces Jesús, movido por el Espíritu, se retiró al desierto para                                                   ser tentado por el Diablo”.

                Hemos iniciado el Tiempo de la Cuaresma el pasado miércoles de Ceniza, el primer día de marzo. Muchos habrán recibido el signo de la ceniza como un acto de profunda humildad y sencillez, como un signo de lo que es la vida misma frente a Dios. El sentido de este acto no es otro que disponer el espíritu a la conversión sincera del corazón como preparación a la Pascua de Jesús, y también nuestra propia pascua, es decir, ese “paso” de Dios por la vida de cada uno, dejando una estela de vida nueva. No nos anima el masoquismo o el nihilismo existencial, entendidos como una tétrica visión de la vida como “un ser para la muerte” como diría el filósofo Martin Heideger. No y de ninguna manera. Nuestra mirada incluso desde las prácticas cuaresmales como el ayuno, la oración y la limosna, la mortificación y otras prácticas ascéticas, no tienen ni se sostienen en una mirada pesimista de la vida; por el contrario, la Cuaresma sólo es cristiana cuando apunta a la Pascua, es decir, al triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la justicia sobre la injusticia, del bien sobre el mal, de la verdad sobre la mentira, de la bondad sobre la maldad. Nos preparamos para “celebrar la Fiesta central de nuestra fe cristiana: el misterio pascual de Cristo, su muerte y resurrección redentoras”. Porque recordaremos cuánto bien ha hecho el Señor por nosotros, como tan bellamente lo recuerda San Agustín. El centro de la Cuaresma no es el ayuno, la penitencia, la mortificación a secas; el centro es el Esposo, Jesús de Nazaret, que está con nosotros y  nos invita a saborear su Palabra. Sigamos la lectura diaria de la Palabra del tiempo de la Cuaresma a fin de no olvidar las maravillas que el Señor ha hecho a favor nuestro.

                Pasemos a contemplar los textos bíblicos de este primer domingo de Cuaresma. Dejemos que el Espíritu Santo nos ilumine para penetrar en el sentido más hondo de esta Palabra de Dios.

                Primera lectura: Del Libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

                El texto está tomado del segundo relato de la creación aunque es bastante diferente al primer relato del capítulo 1. El texto de esta primera lectura nos recuerda que el hombre y la mujer han sido creados del barro o polvo de la tierra y de la misma materia que fueron hechos los animales. De esta manera, para el autor sagrado, entre los animales y el ser humano hay una semejanza en cuanto han sido formados de arcilla de la tierra. Dios ha infundido en el ser humano “un soplo o aliento de vida” como lo ha hecho también con los animales. Tanto el ser humano como los animales son “seres vivientes”. Sin embargo, hay algo que distingue al ser humano de los animales: el ser creado a imagen y semejanza de Dios como indica que “sopló en su nariz aliento de vida” (v. 7). El ser humano queda así habitado por el Espíritu o aliento de Dios. Es cierto que el ser humano, hombre y mujer, son “polvo” pero también lo es que cada uno y cada una es presencia del Espíritu de Dios. Es una tremenda oportunidad para humanizarnos y no reducirnos a la pura animalidad imperante. Es ocasión para renovar los verdaderos derechos humanos tan manoseados política e ideológicamente. Este texto nos plantea un gran desafío humano y espiritual ante los atropellos, abusos, violencia, discriminación, dominación, pobreza extrema, etc., y desde aquí podemos convertirnos en humanizados y humanizadores actuales.                                                              La segunda parte del texto de hoy, el relato de la tentación de nuestros primeros padres, nos invita a entender bien el fondo del texto. El tentador es la serpiente y no la mujer, que la Biblia define como “ayuda adecuada del hombre”. La “seductora” no es la mujer sino que procede del fruto del árbol prohibido “que era una delicia de ver y deseable para adquirir conocimiento” (v. 6). La mujer hará partícipe a su compañero del fruto del árbol que no tiene nada que ver con la sexualidad. La tentación y el pecado consiste en “ser dueño de la decisión última en orden a determinada acción”, de donde se desprende que la gran tentación del ser humano y su perdición es ponerse a sí mismo como medida única de todas las cosas y colocar su propio interés como norma suprema, prescindiendo de Dios. El mal en la historia humana está provocado por este proceso que sólo trae sufrimiento e infelicidad para pueblos enteros. Pero es el mismo proceso que se vive a escala humana general. El texto nos debe llevar a una profunda revisión de nuestra manera de leer y aplicar este mensaje sagrado y empezar a analizar nuestras tentaciones y pecados en su estructura interna, si optamos por nuestro interés egolátrico o Dios tiene un lugar en nuestra existencia todavía.

                Segunda lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 5, 12- 19

                San Pablo nos propone un magistral paralelo entre Adán, el primer hombre por quien “penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte”(v. 12) y Cristo por quien “reinarán y vivirán los que reciben abundantemente la gracia y el don de la justicia”(v. 17). Si por el delito de uno solo, Adán, la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron en ese primer hombre del cual todos somos descendientes, y la condena se hizo universal; del mismo modo, “el acto de justicia de uno solo, Jesucristo, se extiende a todos los hombres la sentencia que concede la vida”(v. 18). Retengamos la positiva conclusión que nos propone San Pablo: “Como por la desobediencia de uno solo todos resultaron pecadores, así por la obediencia de uno todos resultarán justos”(v. 19). Clave de comprensión de este bello texto es la solidaridad que aúna a toda la familia humana en un destino común y de ahí la relación corporativa entre Adán, primer pecador y heraldo de la muerte, y su descendencia. Todos somos adámicos, solidarios en el pecado. No se trata de los pecados individuales sino del “pecado original”, que por un hombre entró el pecado en el mundo.  Es la herencia solidaria que Adán, el primer hombre pecador, nos deja y nos hace partícipes de su destino, la muerte. Pero Cristo ha venido a romper este círculo del pecado y de la muerte, y sin nosotros merecerlo, asumió sobre sí mismo las dramáticas consecuencias del pecado de la humanidad. Ofreciéndose hasta dar su propia vida por los pecadores nos obtuvo la vida, la justicia, la redención y reconciliación. Adán es la cabeza de la humanidad pecadora y destinada a la muerte; Cristo, Hombre Nuevo, es la Cabeza de la nueva humanidad renovada por el acto redentor de Jesús.

                Evangelio de San Mateo 4, 1-11

                Jesús, lleno del Espíritu Santo y proclamado por el Padre como “Éste es mi Hijo querido, mi predilecto”, sustancia de la teofanía del Bautismo de Jesús en el Jordán, “movido por el Espíritu, se retiró al desierto para ser tentado por el Diablo” (v. 1). Desde su bautismo ha sido investido con la “unción” que lo declara Mesías esperado para Israel y para la humanidad. Y, para sorpresa nuestra, la primera disposición del Espíritu es llevarlo al desierto para ser tentado. Así se señala que se trata de un descenso a enfrentar los peligros que amenazan al hombre y solo enfrentándolos se puede levantar. Jesús se retira al desierto y allí enfrenta los fantasmas de los peligros y desviaciones a que está sometida su misión como Mesías. De esta manera, Jesús tiene que entrar en el drama de la existencia humana, lo que forma parte de su misión redentora y deberá recorrerla hasta el fondo para encontrar así a la “oveja descarriada”, cargarla sobre sus hombros y volverla al redil. También esta experiencia del desierto y de la tentación forma parte de su “descenso a los infiernos” porque debe recoger toda la historia humana desde sus inicios y sufrirla a fondo para transformarla. Con cuánta razón el autor de la carta a los Hebreos puede afirmar: “Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y pontífice fiel en lo que se refiere a Dios, y expiar así los pecados del pueblo. Como Él había pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella” (2, 17s). El relato de bautismo y el de las tentaciones tienen una profunda relación pues ambos muestran la solidaridad de Jesús con  los pecadores. El Redentor no nos redime desde fuera sino desde la más profunda encarnación en lo humano.

                ¿Qué revela el relato de los tentaciones de Jesús? Las tres tentaciones, tanto en Mateo como en Lucas, revelan la lucha interior de Jesús por cumplir su misión. Nunca la misión resulta tranquila y exenta de momentos difíciles. Quien quiere ser cristiano a fondo, o quiere ser religioso o religiosa, sacerdote, o casarse, todo ello en serio y con radicalidad, tiene que pasar por la prueba de enfrentarse con sus propios límites, tentaciones, dudas, obstáculos, desviaciones de objetivos, etc. Ninguna opción verdadera se logra sin el propio desierto y su tentación. La tentación no es un episodio ni fácil ni pasajero; es siempre la gran oportunidad de volver a elegir el camino y reafirmar lo decidido. Fundamentalmente es una lucha interior, de confrontación personal consigo mismo. En Jesús y, por lo tanto en el cristiano, la tentación es el momento de la pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, o qué es lo que corresponde decidir.

                ¿Cuál es el núcleo de toda tentación? La tentación busca apartarnos de Dios en el sentido de buscar únicamente con nuestras propias capacidades y desde nuestros propios intereses y dejar a Dios de lado como algo ilusorio y sin importancia. Es el fondo de la tentación. Jesús nos enseña que hay que poner a Dios, una y otra vez, ante las artimañas del tentador que no ceja en su intento de doblegarnos a sus intereses. La tentación adopta la apariencia moral, ya que no nos invita a hacer el mal directamente, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar lo ilusorio y usar eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. La tentación se presenta bajo un realismo convincente: pan y poder. Ante esto, Dios aparece como irreal, un mundo secundario que realmente no se necesita. Jesús, nuestra Maestro y Modelo, nos enseña a descubrir la trampa ingeniosa del realismo concreto, de los cambios ilusorios, de los ideales inalcanzables, de la incapacidad de la fe cristiana para hacer la revolución social, política, etc. La cuestión de fondo queda así planteada: la tentación busca apartarnos de Dios y para ello nos presentará razones e ideas que lo muestran como no importante, como pura ilusión, incapaz de realizar lo que queremos o deseamos ya. Supliquemos sin cesar: “No nos dejes caer en la tentación”, así con artículo definido, para indicar que no son todas las tentaciones posibles sino la única que consiste en olvidarnos o dejar de lado a Dios en nuestra vida diaria. Es decir, prescindir de Dios, darle la espalda, abandonarlo, hacerlo un lado y darle la espalda.

                Un saludo fraterno y hasta pronto.         Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.    

               


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