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8° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


Estamos disfrutando del Sermón de la Montaña. Hoy nos recuerda el evangelio que tenemos que aprender a buscar lo esencial en la vida que, por cierto, no es el dinero ni el vestido ni el alimento, por muy necesarias que sean estas cosas, sino el Reino de Dios y su justicia.

8° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

 “En nuestra época, en la que la sociedad consumista se preocupa mucho por los mejores vestidos y alimentos, y en la que se invierte mucha energía para asegurarse económicamente el futuro, el desafío de Jesús en Mateo de no angustiarnos pensando qué comeremos o con qué nos vestiremos, y de no preocuparnos del mañana, puede ser aún más acuciante que en su tiempo. El elogio dirigido a quienes escuchan las palabras de Jesús, comparados con el hombre prudente que edifica su casa sobre roca, constituye un juicio contra quienes lo rechazan” (Raymond E. Brown, Cristo en los evangelios del año litúrgico, p. 450).

Textos

Isaías 49, 14-15                 “¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus extrañas?”

Sal 61, 2-3.6-9                   Sólo en Dios descansa mi alma.

1Cor 4, 1-5                          “Ahora bien, a un administrador se le exige que sea fiel”.

Mt 6, 24-34                        “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura”.

                La mesa de la Palabra está servida y todos estamos invitados al banquete nutritivo que el Señor nos ofrece a todos los peregrinos del Reino. Nadie se sienta obligado a aceptar la invitación; si quiere puede aceptarla y disfrutar la suavidad interior que produce este alimento suave y delicioso para el espíritu, siempre tan sediento de lo auténtico y verdadero. Cada domingo se nos invita a la fiesta de la comunión fraterna en torno a la mesa de la Palabra y del Pan Vivo bajado del cielo, Jesucristo, el Hijo del Padre. Esta es la maravilla de la misa, el encuentro festivo de un pueblo en camino, de paso, necesitando de vestido y alimento pero sin que sean el objetivo de su caminar porque el objetivo, la meta es nada menos que el mismo Señor y su Reino. Aturdidos por el deseo nunca satisfecho, somos presa fácil de una actitud compulsiva frente los bienes materiales, olvidando que “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El gran San Agustín dirá que todos los males que afligen nuestra humanidad nacen de la codicia de los bienes materiales. Éstos nos atraen hasta el extremo de convertirse en el único afán y fin de la vida. Así nos vamos haciendo esclavos de las cosas. Nunca termina el apetito posesivo de tener más y más, aún sacrificando los más sagrados vínculos humanos. ¿Cuántas familias se destruyen por la pugna de las herencias, pequeñas o grandes? ¿Acaso los “grandes según este mundo” no son los poderosos y ricos? Las lecturas nos ofrecen tres imágenes complementarias de Dios y apuntan a hacernos comprender al Dios providente que cuida de cada una de sus criaturas. Dios para Isaías es comparable con el amor entrañable de una madre que nunca se olvida de su hijo. Para San Mateo Dios en Jesús se muestra un Padre providente y amoroso con todos sus hijos y cuida de todos. Y para San Pablo Dios se muestra en Jesucristo como un juez justo que pone de manifiesto las intenciones del corazón.

                Primera lectura: Isaías 49, 14-15

                El texto de esta primera lectura es brevísimo y está dentro del llamado II Isaías (capítulos 40 a 55). Ya hemos dicho en otras ocasiones que se trata de un profeta anónimo que con extraordinaria belleza describe la vuelta de los desterrados como un nuevo éxodo, pues entiende el destierro o exilio babilónico como el lugar de la redención de Israel, una experiencia de purificación que Dios permite para conducirlos de nuevo a la patria.

                El texto de esta primera lectura introduce unas imágenes familiares que manifiestan la ternura de Dios. Se puede comprender el rostro materno de Dios, el de la ternura y del amor entrañable, propios de la madre humana. No nos es fácil hablar de la ternura de Dios cuando nuestra imagen es la del padre, representante de la norma y del orden, de la corrección y el castigo. Predomina en nuestras imágenes de Dios esta dimensión castigadora y poco entramos en la ternura del padre. ¿Deformación cultural? Sin duda. Los hijos aprenden a temer al papá más que a quererlo y como sean nuestras experiencias vitales es como imaginamos nuestra relación con Dios. El Evangelio no se cansa de invitarnos a modificar esta concepción tan terrena de Dios. Las más bellas parábolas, llamadas “de la misericordia del padre” (Lc 15, 1ss) no hacen más que mostrar la auténtica imagen de Dios cercano, misericordioso y compasivo, es decir, movido de un amor tierno y entrañable por el hombre pecador. Naturalmente que con frecuencia tendemos a pensar: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado” (v. 14). Son tantas las ocasiones que así pensamos y nos rebelamos. Será bueno recordar la palabra del profeta: “Pero, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (v. 15). ¡Qué consoladora realidad! Dios no nos olvida nunca, siempre nos cuida! Es la confianza del creyente semejante a la del pequeño con su madre. ¿Creemos realmente esto? Vivamos cada día con esta certeza existencial: Dios cuida de mí aunque yo me olvide de Él.

                Segunda lectura: 1 Corintios 4, 1- 5  

                Siguiendo con la lectura de la Primera Carta a los Corintios, como ha sido habitual en estos domingos durante el año, nos encontramos hoy con una referencia muy personal del Apóstol a su ministerio apostólico. Es el tema del capítulo cuarto de la carta y del cual tomamos los cinco primeros versículos. Se trata de la respuesta contundente a las críticas que le hacen miembros de esta comunidad cristiana. La respuesta dista mucho de ser amable, aunque no falta el acento afectivo, revela un carácter fuerte y apasionado pero, por sobre todo, sincero y muy directo para decir lo que piensa. Parte San Pablo señalando que lo importante es que la gente lo considere a él y a sus compañeros de ministerio como servidores de Cristo y administradores de los secretos de Dios y que lo principal para un administrador es que sea fiel al encargo o misión que se le ha encomendado. El tema no está ausente de muchos ambientes cristianos de hoy, pues muchos creyentes ya no ven a los ministros o sacerdotes e incluso a los obispos como servidores de Cristo y del pueblo de Dios. Muchos están convencidos que su relación con Dios es directa y se reduce al plano estrictamente individual. Es el conocido “católico a mi manera”, el que se confiesa a solas con Dios, el que no necesita “ir a la Iglesia”, el que es siempre mejor que los que frecuentan la  misa, etc. Se ha teñido de un ambiente de desconfianza en el ministerio y se ha acentuado la dimensión individualista de muchos cristianos. Al fondo de todo esto está siempre la tensión entre  la dimensión histórica de la salvación y la reducción de la misma a lo íntimo y privado, olvidando la esencia misma de la redención cristiana que es siempre encarnación y compromiso de todo el hombre y de todos los hombres. Dios ha querido que nos salvemos formando un pueblo suyo concretamente presente y encarnado en las condiciones humanas e históricas, formado por hombres de carne y hueso, con sus virtudes y pecados, necesitados de una estructura humana salvífica como los sacramentos, los mandamientos, los tiempos y espacios reales que este pueblo de Dios necesita, con sus ministros y pastores, tan humanos como todos los fieles. Revisemos nuestra teología de la encarnación porque sin ella hacemos de la fe una pura fantasía. La fe sin obras está completamente muerta. También en los ministros sagrados está Cristo y lo representan, a pesar de sus limitaciones y pecados.

                Evangelio de San Mateo 6, 24 – 34

                 Estamos disfrutando del Sermón de la Montaña. Hoy nos recuerda el evangelio que tenemos que aprender a buscar lo esencial en la vida que, por cierto, no es el dinero ni el vestido ni el alimento, por muy necesarias que sean estas cosas, sino el Reino de Dios y su justicia. Ser discípulo de Cristo es realizar este “cambio copernicano” en la vida real, es decir, buscar primero y por encima de todo la justicia de Dios, lo que significa hacer una opción fundamental, radical, totalizante y exclusiva. Ya sabemos que no es fácil hacerlo y vivirlo fielmente. Estamos tironeados por el dinero y los bienes materiales a los que nos rendimos sin dar lucha alguna creyendo encontrar en ellos la felicidad que anhela nuestro corazón. Pero el dinero y las cosas materiales se convierten en amos y señores de nuestras vidas, nos esclavizan y nos introducen en el consumismo compulsivo y agitado. Las palabras de Jesús acerca del dinero son claras y precisas: “Nadie puede estar al servicio de dos señores, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No pueden estar al servicio de Dios y el dinero” (v. 24). ¿Por qué esto? Porque es un peligro latente para el cristiano caer en idolatría y el vocablo arameo mammon que traducimos como dinero se refiere a la riqueza mal habida, que se usa para oprimir a otros y se erige en ídolo es decir en dios falso, usurpando el lugar que sólo Dios debe ocupar en nuestra vida. Jesús emplea los verbos “amar” y “odiar” con los cuales plantea una tajante decisión. Igualmente significativo es el uso de “servir”, que apunta en la misma dirección de una opción exclusiva por Dios y su Reino. La disyuntiva para el cristiano es optar por servir a Dios o servir al dinero. Esta palabra de Jesús debería suscitar en nosotros un examen sobre nuestro dinero y el estilo de vida que llevamos frente a la opción de servir a Dios y su justicia y construir una fraternidad universal.

                Pero Jesús también nos invita a una confianza tal en Dios, la misma que Él tenía y desde la cual es posible dejar en segundo plano los afanes y preocupaciones de la vida diaria centradas en el vestido, la comida, el futuro y todo lo demás. Aunque usted no lo crea Jesús nos invita a no agobiarnos porque Dios vela por nosotros. Sin embargo es preciso poner todos los medios humanos, como Jesús lo hizo, a nuestro alcance para vivir la presencia del Reino.                                            Un saludo fraterno y hasta pronto.  

                                       Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M. 

 

 

Imagen: El Sermón de la Montaña, Henrik Olrik, 1880


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