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3° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El conjunto de la Palabra de Dios de este domingo nos arroja luz sobre nuestro ser cristiano, en el sentido que todo bautizado es discípulo del Señor que lo ha llamado no directamente sino a través de personas, circunstancias, acontecimientos que, en definitiva, nos pusieron en contacto con Jesús que nos llamó.

3° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

“Jesús, Pastor divino de las almas, Tú llamaste a los apóstoles para hacerlos pescadores de hombres: atrae a Ti también hoy almas ardientes y generosas de jóvenes para hacerlos seguidores y ministros tuyos. Hazlos partícipes de tu sed de redención universal con la que renuevas sobre todos los altares tu sacrificio. Extiende, Señor, tu llamada amorosa también a muchas almas de mujeres limpias y generosas; infúndeles el ansia de la perfección evangélica y de la entrega al servicio de la Iglesia y de los hermanos necesitados de asistencia y de caridad” (Pablo VI, Oraciones a Cristo, BAC 2000).

Primera lectura: Isaías  8, 23-9,3              “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran                                                                             luz”.

                Estamos dentro de la sección de Isaías I que lleva el nombre de Libro de Emanuel, de los capítulos 7 al 12. El texto de hoy, de la primera lectura se inscribe dentro de una profecía mesiánica y va de Is 8, 23b a 9, 6. Se trata de un breve poema cuyo aire son las esperanzas y sucede al anuncio de días oscuros para el pueblo. Parte de este poema lo hemos leído en la misa de medianoche de Navidad y canta la salvación que llegará más allá de los límites de Judá e incluirá a los pueblos paganos. El signo de la luz es muy potente en el lenguaje profético para señalar un tiempo de Dios que se contrapone a las tinieblas que inundan a los pueblos. Precisamente la profecía recuerda que la luz mesiánica viene a desterrar las sombras que cubren los pueblos. La presencia de la luz, símbolo del futuro Mesías, traerá los otros bienes mesiánicos como la alegría, el gozo como cuando se logra una victoria y se reparte el botín entre los vencedores. Será una acción liberadora, ya que Dios triturará, como lo hizo en otro tiempo con Madián, pueblo enemigo de Israel, “la vara del opresor, el yugo de sus cargas, su bastón de mando” (v. 3). La presencia de la luz significa la acción poderosa de  Dios en favor de los oprimidos, razón por la cual siempre es liberadora. Recordemos este poema mesiánico y dejemos que el evangelio de hoy nos haga descubrir la belleza de su plena realización en Jesús, el Hijo del Padre.

                Salmo 26, 1.4.13-14        El Señor es mi luz y mi salvación

                Se trata de un poema bello y singular donde se entrelazan una confianza admirable (vers. 1-6) y  un miedo inexplicable (vers. 7-13). Las dificultades que el creyente encuentra en su camino, aunque pueden ser extremas, no disminuyen la confianza porque “el Señor es mi luz, mi salvación”, “baluarte de mi vida”. Nada ni nadie aparta al creyente del fin buscado que es lo que pide y busca “habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, y contemplando su templo”. Es una buena ocasión para orar con este bello salmo, sobre todo cuando las cosas se ponen cuesta arriba y es necesario acrecentar la confianza en el Señor.

                Segunda lectura de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 1, 10-14.16-17

                Continuamos leyendo la carta que Pablo dirige a los inquietos cristianos de Corinto,

 famoso puerto de Asia Menor. Esta carta como otras de San Pablo no se escriben porque le da la gana; la ocasión de este misiva es la situación concreta que viven estos hermanos convertidos del mundo pagano al cristianismo. Hoy nos ofrece una no menos grave dificultad que se da al interior de la comunidad cristiana: hay divisiones, se han formado grupitos partidarios de algunos de los misioneros. Indica Pablo que se ha enterado por la familia de Cloe lo que está pasando allí. Hay discordias, peleas, discusiones entre partidarios de Pablo, de Apolo, de Cefas o de Cristo. Estos cristianos más parecen un “fan club” que una comunidad cristiana. La respuesta orientadora del Apóstol es clara: “En nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que vivan en perfecta armonía de pensamiento y opinión” (v. 10).  Siempre es posible que surjan dificultades pero frente a ellas no podemos ceder a la tentación de ignorarlas o dejarlas estar como si no importara. No es problema que surjan diferencias entre los hermanos; lo malo es acostumbrarse a ellas, olvidando que justamente hemos sido redimidos por el sacrificio de la cruz de Cristo, para hacer de los dos pueblos, judíos y gentiles, uno solo. Es la cruz de Cristo la causa de nuestra hermandad o fraternidad. La unidad y la comunión no son frutos de acuerdos y consensos, aunque será el camino concreto que el mismo Señor nos manda, sino de la acción del Crucificado y resucitado que está al centro de toda comunidad verdadera.

                Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 4, 12-23

                Comienza el ministerio público de Jesús, luego de haber pasado la prueba de las tentaciones del diablo durante los cuarenta días y sus noches. Ya Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura de hoy, nos pone en sintonía con el lugar donde se inicia la misión universal de anunciar la Buena Nueva. Cafarnaún  será la ciudad de Jesús como indica Mt 9, 1 y Galilea, la geografía del ministerio, lugar de encuentro de pueblos y culturas, incluso considerada paganizada. No será extraño que a Jesús se le llame “el galileo”.

                Nos aparece nuevamente la relación entre Juan y Jesús y en este caso quiere señalarse la relación de Jesús con los movimientos bautistas. El mismo Juan ha señalado a sus discípulos que sigan a Jesús porque es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. ¿Hasta dónde llegará esta íntima conexión entre Jesús y Juan? Pronto se dará un quiebre irreductible entre ambos. Mientras Juan Bautista predica la venida de un Dios vengador de las injusticias, Jesús nos propone un Dios pacífico y no violento. Juan pide conversión para escapar del juicio terrible de Dios vengador de los pecadores, a quienes destruirá con el fuego. Jesús pide conversión para acoger el reino de los cielos “que está cerca”, en su propia persona y palabra. He aquí el quiebre definitivo entre Juan y Jesús, entre los movimientos bautistas y los discípulos de Jesús. El hombre no se gana el reino que Jesús anuncia ni se lo merece; el reino es gratuidad, porque Dios se regala por pura gracia. El reino de los cielos, que es la expresión preferida por San Mateo, equivalente a la del reino de Dios del evangelista San Marcos, es ofrecimiento de la gracia y pasa a ocupar el lugar del juicio de Dios, tan central en la predicación de Juan Bautista. Jesús anuncia y concreta esta presencia y acción del amor de Dios a favor de los pecadores. De este modo el reino se convierte en el mensaje central de su predicación. Es la Buena Noticia que resuena en el ministerio público, tan breve pero tan intenso, de Jesús.

                Luego San Mateo, siguiendo el esquema del evangelio de San Marcos, nos narra la llamada de los primeros discípulos. Hay que notar aquí que Jesús toma la iniciativa y llama a quien quiere, algo muy distinto a lo que acontecía entre los rabinos que eran elegidos por sus discípulos. Es un dato muy poderoso esta dimensión del poder de llamar a ser discípulos suyos que emplea Jesús.

                Otro aspecto a destacar: la llamada es categórica, con autoridad, imperativa: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres” (v. 19). Y la respuesta es rápida e incondicional: “De inmediato dejaron las redes y le siguieron” (v. 20). La clave de este proceso vocacional está en la llamada de Jesús y la prontitud de la respuesta. El objetivo es seguir a Jesús. El seguimiento es clave para comprender la vocación cristiana. Y quien sigue a Jesús se convierte en discípulo suyo.

                Se marca el aspecto dinámico de la llamada y del seguimiento, en el sentido que el discípulo siempre será discípulo, ya que uno solo es el Maestro. Queda de manifiesto que el discípulo cristiano emerge de una experiencia de encuentro con Jesús, un encuentro fascinante y asombrado por el Maestro que, poco a poco, irá creciendo en intensidad de amor y cercanía que aceptará las condiciones que Jesús le exige y que el discípulo libremente acepta y hace suyas. Se producirá un proceso de identificación entre el discípulo y Jesús hasta llegar a compartir el mismo destino doloroso por el que pasa Jesús. El discípulo asimila el estilo pascual de Jesús y lo hace suyo en un largo camino de seguimiento que abarca toda la vida.

                Termina el evangelio señalando dos aspectos centrales en la actividad misionera de Jesús: enseña proclamando la Buena Noticia y sana entre el pueblo toda clase de enfermedades y dolencias. La palabra de Jesús está siempre acompañada por sus acciones. No anuncia solo liberación, salvación, redención; sus obras, milagros y acciones, van mostrando la eficacia de este maravilloso anuncio.

                El conjunto de la Palabra de Dios de este domingo nos arroja luz sobre nuestro ser cristiano, en el sentido que todo bautizado es discípulo del Señor que lo ha llamado no directamente sino a través de personas, circunstancias, acontecimientos que, en definitiva, nos pusieron en contacto con Jesús que nos llamó. Vivamos la alegría de ser discípulos de tan admirable Señor y no tengamos miedo de vivir con lucidez y convicción nuestra vocación y misión en el mundo.

                Un saludo fraterno y hasta pronto.  Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.


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