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5° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


San Mateo 5, 13-16 nos ayuda a seguir interiorizando el sermón de la Montaña, que iniciamos el domingo pasado. La clave del texto de hoy son dos imágenes simbólicas muy claras: sal y luz. Son dos breves parábolas y cierran la introducción al sermón de las bienaventuranzas. Estos dos elementos son tan necesarios en la vida ordinaria de la gente y Jesús los convierte en dos símbolos que prácticamente se encuentran en todas las religiones y culturas

5° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

 “Jesús, Tú vienes como Salvador, como Redentor, como el que paga y satisface por toda la humanidad, por nosotros. Jesús, Tú vienes al mundo como víctima expiatoria, como la síntesis entre la justicia cumplida y la misericordia reparadora. Jesús, Tú eres la oblación voluntaria de Ti mismo, sacerdote y víctima, que pagas por todos la deuda, impagable para nosotros, de la justicia divina y lo transformas en trofeo de misericordia” (Beato Paulo VI, Oraciones a Cristo)

Textos

Isaías 58, 7-10   “Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador…”.

Sal 111, 4-9                Para los buenos brilla una luz en las tinieblas.

1Cor 2, 1-5          “No quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”.

Mt 5, 13-16         “Ustedes son la luz del mundo”.

                Vivimos en un tiempo en que el firmamento de la opinión pública está plagado de estrellas del deporte, del canto, de la actuación cinematográfica, de especialistas en cuanto es posible pensar, etc. Los motivos de semejante brillantez son diversos, quizás superficiales, pero es completamente cierto que la Palabra de Dios de este domingo nos hablará de luces que brillan  como la aurora por motivos bien distintos a los anteriores. Desde luego el profeta Isaías y el salmo 111 nos indican, mediante imágenes y comparaciones llenas de plasticidad, que se convierten en luz en medio de las tinieblas quienes, poniendo su corazón en el Señor, obran la misericordia con los necesitados. Saludable recuerdo que nos ayuda a comprender que la misericordia es compromiso práctico de amor fraterno como lo indican las catorce obras de misericordia que hemos recordado en el pasado, Año de la Misericordia. Resuena esta invitación en medio de una cultura individualista donde se pierde el prójimo y, sobre todo el pobre, el cautivo, el pecador, el afligido, el damnificado, el migrante, el leproso, la prostituta, el enfermo, el encarcelado, etc. Se intenta hacer sentir que estamos en un “mundo de fantasía”, del bien-estar chorreante, de la diversión sin límites donde “pasarlo bien” en el instante fugaz, se ha convertido en regla de esta “ética subjetivista y relativista”. La Palabra sale a nuestro encuentro, en los caminos que cada uno está haciendo, para volver a indicarle la dirección correcta que, si queremos, podemos nuevamente abrazar con decisión. Hay que seguir prestando atención  al mensaje de San Pablo: no desvirtuar el evangelio de la cruz. No nos faltan tentaciones en esta línea pero el cristiano sabe que no hay felicidad si no seguimos las huellas de Cristo Redentor, Maestro y Modelo del cristiano.

                Vayamos a los textos y dejemos que nos hablen al corazón bajo la luz del Espíritu Santo, el llamado “maestro interior” del discípulo de Jesús y de todo hombre de buena voluntad.

                Isaías 58, 7-10 corresponde al Tercer Isaías (cc. 56-66). El capítulo 58 se refiere al ayuno, esa práctica ascética o de mortificación que está universalmente presente en los más diversos sistemas religiosos e incluso ideologías de corte espiritual, en Israel se lo comprende como una preparación para el encuentro con Dios. Con el ayuno “se humilla el alma”, actitud de dependencia respecto de Dios. Se ayuna en diversas ocasiones pero el ayuno no es una proeza ascética. El profeta advierte acerca de un peligro frecuente: las prácticas religiosas como el ayuno, la oración, la limosna corren el serio peligro de convertirse en prácticas mecánicas y externas. Frente a esto hay que cuidar lo fundamental en la relación con Dios que es la justicia. El texto nos ofrece una manera real de interiorizar las prácticas  religiosas, es decir, que éstas deben nacer de un convencimiento interior del corazón y como fruto de una auténtica justicia. El texto de la primera lectura de hoy señala los frutos que produce la práctica de la justicia y constituye un buen ejercicio de examen de la calidad de vida humana y cristiana que cada uno lleva. Sólo así “surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”(v.10). El mediodía se considera la máxima luz solar de un día, “cuando la luz del sol está en su cumbre”. Sugerente simbolismo para señalar la justicia que está iluminando una vida humana y evangélica. Practicar las obras de misericordia, las siete corporales y las siete espirituales, es hacer brillar tu luz como la aurora de la salvación. Volvamos a leer el texto de Is 58 y el Salmo 111, 4-9 y meditemos nuestra vida de hoy.

                La Primera Carta a los Corintios nos sigue iluminando el camino comunitario y evangélico que San Pablo recuerda a los fieles de Corinto y a nosotros. En el capítulo 2, el Apóstol enfrenta el asunto de la sabiduría humana y la sabiduría superior, que él llama “la sabiduría de Dios, misteriosa y secreta” (v. 7). La sabiduría humana se expresa en la elocuencia, en el discurso persuasivo y convincente, en palabras sabias y persuasivas. Es el camino que Pablo no ha seguido al anunciarles el misterio de Dios. Ha seguido un camino opuesto al de los sabios de este mundo cuando afirma que “débil y temblando de miedo me presenté ante ustedes” (v.3). Su saber y sus credenciales no son otra cosa que Jesucristo: “Al contrario decidí no saber de otra cosa que de Jesucristo, y éste crucificado” (v. 2). Así el Apóstol no ofrece ningún conocimiento humano superior, una filosofía o ciencia humana, según los criterios de la sabiduría del mundo. La fuerza del mensaje cristiano nace y se sostiene en el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones. Es el Espíritu, el “maestro interior”, que hace que los corintios y todo cristiano alcance la sabiduría misteriosa de Dios. Así la fe se funda en el misterio divino y no en razonamientos humanos. El fundamento de nuestra fe no son razones y argumentos humanos sino el misterio de Dios manifestado en Jesucristo, y Jesucristo crucificado. Acoger a Jesucristo es la verdadera sabiduría del Espíritu Santo. No hemos elegido a Cristo ni lo seguimos porque tenemos un listado de razones para hacerlo; por el contrario, Él nos ha llamado y nos invita a seguirlo cada día en el camino humano de la cruz, compartiendo así su mismo destino para llegar a la Vida Nueva que nos ofrece.

                San Mateo 5, 13-16 nos ayuda a seguir interiorizando el sermón de la Montaña, que iniciamos el domingo pasado. La clave del texto de hoy son dos imágenes simbólicas muy claras: sal y luz. Son dos breves parábolas y cierran la introducción al sermón de las bienaventuranzas. Estos dos elementos son tan necesarios en la vida ordinaria de la gente y Jesús los convierte en dos símbolos que prácticamente se encuentran en todas las religiones y culturas.

                Si bien la novedad del texto de hoy no está en el uso de estas imágenes de sal y luz, lo verdaderamente novedoso es la aplicación personalizada de ambos a los discípulos de Jesús. No es una afirmación general, impersonal, sino muy directa: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”(vv. 13. 14). Para la tradición bíblica las propiedades de la sal – dar sabor y preservar los alimentos- es un símbolo de la sabiduría. Para San Mateo la sabiduría es la Palabra de Dios, la Buena Nueva o Evangelio que se hace carne en la vida de los discípulos. El Evangelio no es una teoría, o un tratado de moral sino una forma de vida, un estilo de vivir que se hace real en cada cristiano. Eso significa que el cristiano es sal de la tierra.                                                                           Prestemos atención a la advertencia que sigue: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le devolverá su sabor? Sólo sirve para tirarla y que la pise la gente”. ¿Qué significa esta advertencia? Si el cristiano, que es sal de la tierra, pierde su capacidad de sazonar y mantener vivo el evangelio en la sociedad donde vive, corre el peligro de convertir el evangelio en ideología y su vida en un anti testimonio de los valores del evangelio; no sólo no da testimonio de lo que cree sino que aleja a los demás cada vez más por su mal ejemplo práctico. Se requiere urgentemente un testimonio de una vida cristiana seria y consecuente, un cristiano creíble, convencido y convincente para preservar la fuerza transformante del Evangelio en un ambiente cada vez más alejado del sentido cristiano de la vida y del mundo. Que el Evangelio sea pisoteado por la gente significa, que a falta de un testimonio firme y en serio de los cristianos, éste será un sistema más entre miles, una ideología. Es la urgente llamada que nos ha hecho hace más de 50 años el Concilio Vaticano II cuando el apreciado San Juan XXIII quería una renovación profunda de la vida y testimonio cristiano. Es la misma fuerza de Aparecida cuyo documento corre el riesgo de convertirse en letra muerta. Y es la apremiante llamada del Papa Francisco en palabras y gestos para “poner a la Iglesia en salida”.

                “Ustedes son la luz del mundo”. Es la segunda breve parábola que está en la misma línea de la primera de la sal. Convengamos que con esta segunda imagen es más fuerte el nexo de la luz con el mensaje de Jesús, reflejada en la conducta diaria de los discípulos. San Pablo ofrece un paralelo entre la vida anterior de los cristianos como “un vivir en tinieblas” pero “ahora son luz en el Señor, vivan como hijos de la luz”. Lo propio de la luz es iluminar la oscuridad, hacer que las tinieblas desaparezcan. Pero de nada sirve ser luz del mundo si no hay testimonio de vida. El testimonio de vida es la prueba de fuego del discípulo auténtico. Y nuestra sociedad que ha despachado las utopías, las ideologías, las religiones, la política, aunque dramáticamente ha creado “el moderno panteón de dioses al alcance del consumidor”, no cree sino en un testimonio verdadero de lo que se cree, se espera y se ama. Si falta el testimonio de vida personal, la luz se hace opaca; la fe se hace concreta en las obras que nacen de una vida convencida. El cristiano es el candelero donde se pone la lámpara de la Buena Noticia “para que alumbre a todos en la casa”.

                Termino señalando que la Palabra nos invita a fijar nuestros ojos en Jesús, nuestro Redentor, que fue coherente con la misión que el Padre le encomendó. Él podía decir con toda razón: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”.  Saludos y hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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