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4° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


San Mateo nos ofrece uno de los más bellos textos del evangelio conocido como Sermón de la Montaña o las Bienaventuranzas o el Programa del Reino de los Cielos. Cada una de las bienaventuranzas están dirigidas a los discípulos y describen la situación real en que viven o se encuentran. En este sentido, son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos.

4° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

 “¡Señor Jesús! Tú eres la cima de las aspiraciones humanas, la meta de nuestras esperanzas y de nuestras plegarias. Tú eres el hombre verdadero, el modelo de perfección, de hermosura, de santidad, propuesto por Dios para encarnar el tipo verdadero, el auténtico concepto de hombre, el hermano de todos, el amigo insustituible, el único digno de confianza plena y de total amor. Tú dispensas el gozo y la plenitud a los deseos de todos los corazones” (Beato Paulo VI, Oraciones a Cristo).

Textos

Sofonías 2, 3; 3, 12-13    “Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel”

Sal 145, 7-10       ¡Felices los que tienen alma de pobres!

1Cor 1, 26-31     “Miren, hermanos, quiénes han sido llamados”.

Mateo 4, 25 – 5, 12        “Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos”.

                En las lecturas de hoy aparece todo un repertorio de personajes marginales: pobres, humildes, hambrientos, oprimidos, ciegos, cautivos, perseguidos, etc. La lista puede seguir en aumento y cada uno puede agregarle otros más. Sin embargo, y sin ninguna lógica humana, para ellos hay una excelente noticia: son los preferidos de Dios. No es que a Dios le guste tener tan variado séquito de marginales; Dios está comprometido con un cambio a fondo, no quiere verlos así y va a venir a reinar para su felicidad. ¿Es lógico este actuar de Dios? No. San Pablo demoró bastante en comprenderlo y asimilarlo. Cuando observó la comunidad cristiana de Corinto cayó en la cuenta que Dios hace las cosas muy contra la lógica humana. Dios elige lo que no tiene ningún valor a los ojos del mundo. Ha elegido unos caminos inesperados para mostrar su salvación , y así lo ha manifestado en Jesús. Y nosotros tampoco somos significativos ni importantes a los ojos del mundo como no lo eran los del pueblo al que les habla Sofonías ni la comunidad de Corinto pero Dios nos ha escogido. ¡Cosa de Él! Y la estrategia de Dios no ha cambiado, sigue siendo paradojal. Los pobres, los afligidos, los cautivos, los cojos, etc., etc., siguen siendo los preferidos del Reino que Jesús anuncia e inaugura. Y con estas personas Dios provoca una revolución continua: son dichosos o bienaventurados o felices a pesar de su situación más bien precaria.

                Dejemos que la Palabra de Dios nos ayude a entrar en la dinámica del Reino según Dios quiere y Jesús anuncia y realiza sanando.

                El profeta Sofonías, compañero de ruta con el gran Jeremías bajo cuya sombra se cobija, desarrolla su ministerio en medio de una compleja situación política y religiosa de Israel. El pueblo escogido está contaminado por la idolatría y vive momentos de crisis de esperanza. Hay una gran decadencia religiosa que dio origen a las reformas emprendidas por Ezequías, bisabuelo de Josías, gobernante que siguió empeñado en volver las cosas a su cauce; sin embargo, fue muerto en el campo de batalla, cosa que el pueblo interpretó como un abandono de parte de Dios y volvieron a los viejos pecados: idolatría y sincretismo pagano. En esta situación, el tema central de Sofonías es el “día del Señor”, un día de cólera que traerá la gran catástrofe sobre Jerusalén a causa de los pecados. Sofonías penetra en el sentido y raíz del pecado, como ningún otro profeta, no los actos sino sus motivaciones que se anidan en el corazón de las personas. Así condena la arrogancia, la falta de confianza en Dios y muchos otros. El pecado es la ruptura de la alianza entendida como relación íntima y personal de Dios con el pueblo y no sólo como un vínculo jurídico. Así el “día del Señor” será un día de borrón y cuenta nueva. Aquí se inscribe todavía un oráculo de restauración que será obra del “resto de pobres y humildes”, que es la esencia del texto de la primera lectura de hoy. El versículo 3 del capítulo 2 es elocuente: “Busquen al Señor, los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán un refugio el día de la ira del Señor”. En la misma dirección está el texto del capítulo 3, 12-13: “Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se acogerá al Señor..” Aquí va emergiendo la figura del pequeño resto fiel a Dios con el que el Señor cumplirá sus promesas. Se lo llama también “pueblo pobre y humilde”, que es la antítesis del pueblo orgulloso y pecador. Dios esperó de su pueblo Israel fidelidad a la alianza pero ha fracasado y un “pequeño resto” será el camino de la salvación. Y esto seguirá siendo parte de la historia de la salvación. Sofonías es muy importante desde el punto de vista de la profundización en la naturaleza del pecado: no es sólo un tema jurídico de mandatos y leyes sino un conjunto de motivaciones malas que están radicadas en el corazón. Así está en comunión con Jeremías que habla de la escritura de la Ley en el corazón del hombre. Un interesantísimo proceso de interiorización de la alianza que nos aproxima al Nuevo Testamento.

                San Pablo, en la primera carta a los Corintios, nos ofrece un texto conclusivo del primer capítulo que va del versículo 18 al 31. El texto de la segunda lectura de hoy no se lo puede comprender en toda su profundidad si no asumimos que está inserto en la sección más importante de la carta misma. Ya nos ha dicho Pablo que la Buena Noticia se anuncia “sin elocuencia alguna, para que no pierda su eficacia la cruz de Cristo” (v. 17) Así terminaba el texto de la segunda lectura del domingo pasado. El versículo 18 nos introduce a uno de los textos claves de todo el Nuevo Testamento y dice así: “Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que nos salvaremos es fuerza de Dios”. Locura para los sabios de este mundo  y fuerza de Dios para los creyentes que se salvan “por la locura de la cruz”. Mientras los judíos piden milagros, los griegos sabiduría, nosotros los cristianos “anunciamos un Cristo Crucificado”, escándalo para los judíos, locura para los paganos y, sin embargo, “un Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios” (v.23.24). El texto es realmente precioso y recomendable volver a leerlo desde el versículo 18 al 25. Los versículos 26 a 31 son una aplicación concreta a la comunidad de Corinto donde se prolonga y manifiesta la paradoja de la fuerza y debilidad de Dios, en su misma configuración con personas socialmente sin importancia, de “medio pelo para abajo”. Aquí queda marcada la iniciativa de Dios que elige a los  locos del mundo, a los débiles del mundo, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada. Es decir, la fuerza y la debilidad de Dios manifestadas en Cristo Crucificado son también vividas en una Iglesia pobre y débil pero, al mismo tiempo, fuerte y salvadora. Una alentadora conclusión: “Gracias a Dios ustedes son de Cristo Jesús, que se ha convertido para ustedes en sabiduría de Dios y justicia, en consagración y redención” (v. 30). De este modo, el creyente y la comunidad no tienen motivos para gloriarse a sí mismos porque todo lo hemos recibido de Dios a través del Cristo Crucificado.

                San Mateo nos ofrece uno de los más bellos textos del evangelio conocido como Sermón de la Montaña o las Bienaventuranzas o el Programa del Reino de los Cielos. En los capítulos 5, 6 y 7, Mateo nos presenta a Jesús como el Nuevo Moisés que proclama, en forma de sermón, la nueva Ley del Reino que anuncia. Se inicia señalando los actos propios del maestro: Jesús sube a la montaña a la vista del gentío. Se sienta, que es un gesto propio de la autoridad del maestro; se sienta en la cátedra del monte, como lo hizo Moisés en el Sinaí, se sienta como maestro de Israel y de los hombres. Se acercaron los discípulos, dice el texto, palabra que amplía el ámbito de los destinatarios de la predicación, pues todo el que escucha y acoge la palabra puede ser discípulo. Lo decisivo en el discípulo es la escucha de la Palabra y el seguimiento del Maestro Jesús de Nazaret.

                Cada una de las bienaventuranzas están dirigidas a los discípulos y describen la situación real en que viven o se encuentran. En este sentido, son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos. Las Bienaventuranzas son palabras de promesa, de discernimiento y orientadoras; son calificaciones prácticas y teológicas de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia. Con las Bienaventuranzas, Jesús ve la situación concreta de amenaza en que están los suyos pero que se convierte en promesa cuando se la mira desde el Padre. Referidas a los discípulos de Jesús, las Bienaventuranzas son una paradoja: cuando las cosas se miran desde la escala de valores de Dios se invierten los criterios del mundo; se percibe cuán distinta es una mirada de otra. Y viene a resultar admirable como los que son considerados pobres y perdidos, según los criterios del mundo, son realmente los felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. “Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que “se invierten los valores”. Son promesas escatológicas, pero no debe entenderse como si el júbilo que anuncian deba trasladarse a un futuro infinitamente lejano o sólo al más allá. Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo de lo que está por venir, está presente. Con Jesús entra alegría en la tribulación”, dice Benedicto XVI.

                Así las Bienaventuranzas expresan la auténtica situación del creyente en el mundo y lo verdaderamente paradójico es que los pobres se llenan de bienes, no económicos ni materiales sino espirituales y están alegres en medio de sus necesidades; los afligidos, los perseguidos, alegres y confiados. Cristo sigue sufriendo en sus enviados o discípulos, su lugar sigue siendo la cruz. Pero Cristo ha resucitado. Si bien es cierto que el discípulo y la comunidad  de Jesús en el mundo están inmersos en la pasión de Jesús, ahí se puede percibir también la gloria de la resurrección, que da una alegría o “beatitud” mayor a la que se haya podido experimentar en el mundo. El discípulo sabe ahora lo que es la auténtica felicidad, la auténtica bienaventuranza, y, al mismo tiempo, se da cuenta de lo  miserable que era, lo que normalmente se consideraba, según los criterios habituales, satisfacción y felicidad.

                Tres conclusiones pueden ayudarnos a comprender y a gustar la sabiduría escondida en el Sermón de la Montaña: 1°. Las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo y, mientras más se vive la misión, se hacen más concretas. 2°. No basta con una comprensión puramente teórica de las Bienaventuranzas; se comprenden sólo viviéndolas, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor. 3°. Tienen una dimensión cristológica, porque el discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida está inmersa en la comunión con Él. El paradigma de las Bienaventuranzas es Jesús mismo, que ha vivido el drama de la cruz y ha resucitado, lo que es traspasado a la existencia concreta del discípulo.

                ¡Qué maravillosa existencia la del discípulo que no huye del sufrimiento ni de la cruz, tampoco vive buscando la forma de deshacerse de ellos, sino que hidalgamente, con valentía, acepta su realidad humana, su condición humana de sufrimiento y en ella, nunca lejos de ella, vive el proceso pascual de su Señor y Maestro, Cristo Redentor!

                Que el Señor nos sostenga cada día en su amor redentor. Fr. Carlos A. Espinoza I.  


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