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La Epifanía del Señor. Comentario del Evangelio


Una de las oraciones de la misa: “Que la luz celestial, Señor, nos guíe siempre y en todo lugar, para que contemplemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio del que has querido hacernos participar”.

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR (S)

Breve referencia histórica. La fiesta de la Epifanía nació en Oriente en la segunda mitad del siglo IV y desde allí se difundió a Occidente y aquí originariamente se celebraban en ella tres misterios: la visita de los Magos, el bautismo de Jesús y las bodas de Caná. La Iglesia de Roma puso el acento en la visita de los Magos como manifestación de la divinidad de Jesús. La actual liturgia nuestra acentúa la manifestación de Cristo a los paganos cuyas primicias son los Magos y revela la universalidad de la salvación.

Textos

Is 60, 1-6              “Sobre ti amanece el Señor y se manifiesta su gloria”.

Sal 71, 1-2.7-8.10-13      ¡Pueblos de la tierra alaben al Señor!

Ef 3, 2-3.5-6        “Los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo”.

Mt 2, 1-12           “Vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra”.

                San Mateo nos habla de los Magos venidos de Oriente. La palabra “mago” tiene una gama de significados pero a nosotros nos interesa destacar que se trata de personas con un conocimiento religioso y filosófico que se había desarrollado y se mantenía latente en ciertos ambientes. Se trata de hombres de una cierta inquietud interior, hombres de esperanza, en busca de la verdadera estrella de la salvación. Eran “sabios”, es decir, representaban el dinamismo propio de las religiones de ir más allá de sus propias estructuras. Se trata de un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios, lo que propiamente se conoce como “filosofía”, es decir, como amor a la sabiduría. De esta manera, los Magos del relato de Mateo representan las convicciones y conocimientos de los buscadores incansables que la humanidad siempre ha tenido. Lo importante es que esta búsqueda humana trascendente los encamina hacia el recién nacido “rey de los judíos”. Los Magos, dice Benedicto XVI, “representan el camino de las religiones hacia Cristo, así como la autosuperación de la ciencia con vistas a él. Están en cierto modo siguiendo a Abrahán, que se pone en marcha ante el llamado de Dios… En este sentido, estos hombres son predecesores, precursores, de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos. Queda la idea decisiva: los sabios de Oriente son un inicio, representan la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia. No representan únicamente a las personas que han encontrado ya la vía que conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro con Cristo” (La infancia de Jesús, p. 101-102).

                Vamos a la Palabra de Dios que nutre nuestra vida de fe y nos prepara para entrar en el gran banquete del Reino, nuestra eucaristía.

                El primer texto bíblico de esta solemnidad está tomado del profeta Isaías 60, 1-6. Ya nos ha aparecido este texto en las lecturas del adviento y de la navidad que ya hemos vivido. Estamos en el ambiente espiritual del Tercer Isaías, un autor o varios autores que nos invade con las vivas esperanzas que tensionan la vida de un pueblo que, regresando a su patria después del largo destierro, vive el desencanto, lo que se traduce en la merma de la fidelidad al Señor y las tensiones propias entre realistas desilusionados y optimistas idealistas. Entre los capítulos 60 al 62 se suceden una serie de imágenes optimistas y alentadoras con que el autor o autores intentan avivar la esperanza alicaída. ¿Cómo lo expresa? Recurriendo a la imagen simbólica de la ciudad de Jerusalén, llena de esplendor y gozo, ahora por fin habitada por los retornados del exilio babilónico. Estamos ante un lenguaje poético donde sobresale la imagen de la luz como símbolo de la salvación y del amanecer como una aurora, una nueva época, una nueva etapa de la historia de la salvación. Nosotros ahora sabemos quién es esa luz y lo hemos cantado con toda certeza: Jesús nacido en Belén es la Luz verdadera que viene a este mundo envuelto en tinieblas. Y esa luz brilla, atrae, convoca aún cuando nazca en la más estremecedora realidad de pobreza y humildad, nada menos que en una pesebrera. Esta Luz seguirá iluminando el camino no sólo de Israel y de la Iglesia  sino de toda la humanidad y de todas las épocas y culturas. Y donde hay luz surge la alegría, el gozo contagioso. El versículo 5 lo proclama con entusiasmo cuando dice: “Entonces lo verás, radiante de alegría, tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos”.  Estamos ante una teofanía porque este futuro esplendoroso pertenece y es de Dios. ¿Cómo decirlo? A través de la abundancia de bienes temporales. Ya vendrá el Evangelio a decirnos cuáles son los bienes del Reino  que constituyen la verdadera luz y alegría de la humanidad, siendo Cristo el máximo don de Dios nuestro Padre. Prestemos atención al Salmo 71.

                El segundo texto que nos ayuda a comprender la Epifanía. Se trata de la carta a los cristianos de Éfeso 3, 2-6. Estamos de lleno en el ambiente espiritual del Nuevo Testamento y la Buena Noticia se va extendiendo por el mundo especialmente en el Asia Menor, entre la que destaca la ciudad de Éfeso donde San Pablo pasó tres años. La clave del texto la encontramos en el versículo 6 cuando Pablo afirma: “Y consiste en esto: que por medio de la Buena Noticia los paganos comparten la herencia y las promesas de Cristo Jesús, y son miembros del mismo cuerpo”. Se refiere al “misterio de Cristo” que “no se dio a conocer a los hombres en las generaciones pasadas; sin embargo ahora se ha revelado a sus santos apóstoles y profetas inspirados” nos dice en el versículo 5. ¿Qué importancia tiene esta afirmación? Es de suma trascendencia porque el Mesías, Jesús de Nazaret, no viene sólo para Israel, el pueblo de las promesas, sino que su mensaje, su obra redentora, su persona afecta a la humanidad entera constituida por los paganos, es decir, los que no pertenecían al pueblo escogido. Este es el gran descubrimiento o revelación de ese secreto designio que Dios mantiene a lo largo de los siglos en silencio. La salvación de Cristo se desborda y abraza a la humanidad entera. Esta es la revelación que San Pablo anuncia y defiende con legítimo orgullo apostólico. De ninguna manera considera que esto es sólo propiedad suya; por el contrario, afirma que es la riqueza de apóstoles y profetas inspirados por Dios. Esta conciencia de universalidad de la salvación está reafirmada incesantemente por la Iglesia que llega a declararse como “experta en humanidad” y dotada de una misión evangelizadora que abraza pueblos, razas, lenguas y culturas sin cesar. La Buena Noticia tiene esa fuerza para transformar sin anular la realidad humana de los interlocutores de la cultura y la sociedad.

                El evangelio de hoy está tomado de San Mateo 2, 1-12. Se trata del homenaje de los magos de oriente. Comencemos por decir que el texto no dice que eran tres, simplemente se dice que “unos magos de oriente se presentaron en Jerusalén” (v. 1). ¿De dónde salió el número “tres”?  En el siglo V de nuestra era cristiana se puso el número tres sobre la base de los dones ofrecidos: oro, incienso y mirra. Y en el siglo octavo reciben los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. La referencia de que serían reyes no aparece tampoco en el relato del evangelio de Mateo. Esta designación surge posteriormente bajo la influencia de algunos pasajes bíblicos cuando se dice que vendrán reyes y honrarán a Yahvé. Son detalles que nacen al analizar el texto en su sentido literal, fundamento necesario para descubrir su sentido teológico y espiritual.

                La clave de comprensión del texto evangélico de esta solemnidad de la Epifanía radica en los Magos que se convierten en figuras teológicas y funcionales, que vienen a ratificar la dignidad única del protagonista del Evangelio, el Niño Jesús, Hijo de Dios hecho hombre nacido en Belén de Judá, inserto en la humanidad representada por sus antepasados como lo recuerda el mismo Mateo en el capítulo 1, 1- 25. Así esta escena de la adoración de los Magos es como el cumplimiento de la anterior genealogía de Jesús. Los Magos no son judíos sino paganos que desconocían la revelación del Antiguo Testamento pero reconocen al Mesías y no se escandalizan de su humildad.   Esto contrasta con el no reconocimiento de los doctores de la Ley, especialistas en la Escritura y familiarizados con los oráculos mesiánicos, lo que quedará más universalmente de manifiesto en el evangelio de Mateo. Jesús es rechazado por el pueblo de Dios y es aceptado por los gentiles o paganos. Por otra parte, la escena permite descubrir que, ante Dios, no hay acepción de personas. Ante Jesús, el Mesías recién nacido, caen las barreras del exclusivismo judío y se afirma el universalismo de la salvación que se ofrece a todos los hombres sin distinción.

                Junto a la dimensión teológica profunda nos encontramos con los motivos legendarios que no son indiferentes sino importantes. En Jesús se cumplen todas las esperanzas, no sólo las del pueblo judío sino las de todos los hombres. Jesús es el Rey que todos esperan pero un rey humilde y oculto. Quien lo encuentra se alegra, lo hace rey de su vida y le rinde el más precioso homenaje como es la adoración, expresada  en la postración de rodillas, que significa reconocerlo como Dios. Los dones ofrecidos por los Magos son los productos  típicos de un país oriental que son ofrecidos a los reyes.

                ¿Qué podemos aprender de los Magos?

                Acompañar a los Magos, en silencio, dejándose llevar, aprender de ellos, paso a paso, sin prisa. Nuestras vidas están marcadas por mucha rutina y acostumbramiento; nos hace bien, seguir la pista de los Magos, aprender a redescubrir la peregrinación como actitud de vida.

                Ponernos en camino, salir de uno mismo, reaprender a lanzarse por nuevos desafíos, quizá dejar patria, seguridades, estados, aceptar rupturas, sorpresas, todo ello para encontrar a Jesús en las periferias de las cautividades actuales.

                Capacidad de agilizar la pregunta con el fin de encontrar la verdad, preguntar sin miedo, manifestar la verdad encontrada, dar a conocer nuestras búsquedas como los Magos aunque eso provoque sospechas, temores.

                Seguir la estrella, entre millones de estrellas que pueden conducirnos a Jesús, hasta Dios, capacidad de discernir la luz entre las múltiples luces que nos iluminen el camino hacia Jesús.

                Adorar, es decir, postrarse con amor y reconocer el misterio de amor que nos envuelve y nos supera aunque se manifieste en un pequeño niño y su madre; detengámonos, contemplemos y amemos, abrir los cofres de nuestra propia vida y aprender a ofrecerla cada día imitando al Redentor que nos amó hasta la donación total de su propia vida.

                Escuchar y saber cambiar de rumbo como los Magos cuando sea necesario, dejarse avisar, aprender, tomar conciencia y cambiar de planes, caminos y proyectos si es necesario para que el Reino sea más visible.

                Termino recordando lo que suplicamos en una de las oraciones de la misa de hoy: “Que la luz celestial, Señor, nos guíe siempre y en todo lugar, para que contemplemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio del que has querido hacernos participar”.

                Un saludo fraterno y hasta pronto.         Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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