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2° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de Juan 1, 29-34 nos ofrece el corazón de la liturgia de la Palabra de hoy. Nos regala el testimonio de Juan Bautista con el cual saca del anonimato a Jesús y lo presenta al mundo como el que estaba esperando, el que quita el pecado del mundo.

2° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

Textos

Isaías 49, 3-6                     “Tú eres mi servidor”. 

Sal 39, 2-4.7-10                 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

1Corintios 1, 1-3              “Elegido por designio de Dios para ser apóstol de Cristo”.

Juan 1, 29-34                     “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

                “No se comienza a ser cristiano, decía Benedicto XVI, por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”(DA 243). Pero, ¿qué es indispensable para que este encuentro ocurra en la vida de una persona? Se necesitan testigos que con su testimonio atraigan la atención y hagan posible el inicio de una historia de seguimiento de Jesús. Y esos testigos son quienes han experimentado en sus vidas ese Alguien especial que hizo posible en ellos esa hermosa experiencia que, “encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo les trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones”(DA 244). ¿Quiénes son hoy los testigos de esta Persona, Jesús de Nazaret, el Cristo? Si los testigos, que son los cristianos bautizados, ya no viven una experiencia de encuentro tan hondo y fecundo con Cristo como es de esperar, parece lógico que la Persona central del cristianismo comience a ser ignorada, desconocida incluso por los mismos que debieran ser testigos y dar testimonio de Él. Vivimos una crisis como testigos y una notable debilidad del testimonio cristiano en nuestra sociedad. Objetivamente se habla menos de Jesús y su Evangelio. Una prueba pasmosa ha sido la reciente navidad. Como que se ha confabulado un ambiente para silenciar el misterio central del nacimiento del Redentor y, en su lugar, emerge una inmensa propuesta de motivos navideños, a mi modo de ver, artificiosos y superficiales. Al parecer estamos con pobreza de testigos y de testimonios cristianos, de la estatura espiritual de Juan Bautista o de Pablo de Tarso. Y si callan los testigos, Cristo y su reino pasan al olvido o pierden trascendencia tal que se reducen a momentos o chispazos de fe.

                En este segundo domingo durante el año nos vamos a fijar en las lecturas desde lo que hemos reflexionado acerca de testigos y testimonio. La Palabra tiene poder para sacudir nuestra rutina y despertarnos a la belleza de un compromiso cristiano más valeroso para los tiempos de indiferencia y de tanto pensamiento líquido, sin fundamento ni consistencia.

                La primera lectura de Isaías 49, 3-6 nos habla del Servidor o Siervo especialmente en cuatro cantos bajo el título el Siervo. Sobresale este personaje anónimo entre otros que están al servicio del Señor. Contrasta su figura con la del pueblo. Mientras el pueblo es cobarde, el Siervo es valiente como lo indica el versículo 4 de la primera lectura de hoy. El texto pertenece al Isaías II, obra de un profeta anónimo que ejerció su ministerio entre los desterrados de Babilonia, durante el ascenso de Ciro por los años 553 a 539 a.C.

                El texto está dentro del segundo canto del “Siervo del Señor” que va de Is 49, 1-13. El Siervo no se autoproclama sino que es elegido por Dios para llevar a cabo la salvación. Será un Servidor de Dios y ya antes de nacer Dios lo ha separado para la tarea que le encomienda. La salvación no quedará limitada a Israel sino que alcanzará a todas las naciones. Jesús mismo se identificó con este anónimo Siervo del Señor. Nosotros leemos estos cantos del Siervo en Semana Santa para ahondar en el plan de Dios que encontró en Cristo su plenitud. El Siervo es testigo de un Dios que lo ha llamado desde el vientre de su madre y lleva sobre sus hombros una misión que beneficia a Israel y alcanza a todos los pueblos. La vida y misión del Siervo es un vivo testimonio del poder de Dios.

                La segunda lectura de 1Corintios 1, 1-3 nos ayuda a comprender la propia experiencia de San Pablo. Parte el apóstol dejando en claro su condición de apóstol de Jesucristo, ahorrándose en esta ocasión los saludos y palabras iniciales que encontramos en otras cartas suyas. Al parecer, en la comunidad de Corinto había algunos que ponían en duda la condición de apóstol. La respuesta es clarísima y sin dilación: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (v.1). No se autoproclama apóstol sino que ha sido llamado por Dios a serlo. Tampoco es una misión en solitario; otros hermanos comparten la tarea. Pablo no es apóstol por decisión de quienes trabajan con él ni de quienes evangeliza. Dios en persona lo ha querido apóstol. Y desde ahí interviene en la vida de la comunidad que también cuenta ya con la gracia y la santidad que Dios le ha dado a todos los que creen en Cristo. La Iglesia, pastores y fieles, han sido convocados por Dios para formar el pueblo santo. El apóstol no es señor de la comunidad sino enviado a ser servidor de la misma, especialmente de su santidad.

                El evangelio de Juan 1, 29-34 nos ofrece el corazón de la liturgia de la Palabra de hoy. Nos regala el testimonio de Juan Bautista con el cual saca del anonimato a Jesús y lo presenta al mundo como el que estaba esperando, el que quita el pecado del mundo. Conviene darle el lugar que se merece la sentencia inicial del texto: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”(v. 29). Se trata del testimonio central de Juan Bautista sobre Jesús. Notemos que no se menciona ningún auditorio, para señalar que todos nosotros somos ese auditorio a lo largo de los tiempos y en toda época. Juan Bautista nos está diciendo a nosotros lo que es Jesús de Nazaret. Y le está diciendo a la comunidad de todos los tiempos que Jesús es “el Cordero de Dios”. Notemos que es un monólogo que sostiene Juan Bautista ante nosotros, no hay otros que pregunten o afirmen algo. Sólo el testimonio de Juan es lo que hoy escuchamos.

                La expresión Cordero de Dios aparece con abundancia en el libro del Apocalipsis y se presenta a Cristo resucitado con rasgos de un cordero degollado, pero vivo y glorioso. Él conduce el combate y libera al pueblo de Dios con la fuerza de un león. Esta imagen  del cordero tiene su origen en la literatura apocalíptica que coloca frente al ejército un cordero. El Cordero, Cristo, es el señor de la historia e invita a los hombres a seguirle hasta el día de sus bodas, “las bodas del Cordero”. Cristo ha sido considerado ya como el Cordero pascual, que rescata a los hombres con el precio de su sangre, ya como el que lleva a cabo la figura profética del Siervo del Señor, cordero manso y mudo que es llevado al matadero. Sírvanos este breve resumen para valorar la misión redentora de Cristo.

                La expresión “pecado del mundo” es muy propia del evangelio de San Juan. Con esta expresión no se identifican los pecados leves o graves individuales o grupos de pecados. La expresión se refiere a la potencia hostil a Dios que preexiste al hombre y que recibe el nombre de “diablo homicida y mentiroso”. Jesús quita o borra este pecado triunfando sobre el Príncipe de este mundo. El hombre peca cuando prefiere las tinieblas a la irrupción de la luz. Cristo nos ha quitado o borrado esta tendencia  a dejarnos someter por el Diablo, enemigo de Dios. Nos ha permitido entrar en la relación con Dios, lo que propiamente significa decidirse por la luz.

                La posesión del Espíritu Santo es la señal que ha visto cumplirse en Jesús y el motivo que lo lleva a proclamar al Hijo de Dios. Al respecto dice el texto: “He visto al Espíritu bajar del cielo como una paloma y posarse sobre él. Tampoco yo lo conocía, fue el que me envió a bautizar con agua quien me dijo: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y se posa, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo”(v.32-33). Se señala aquí otra de las misiones propias de Jesús: bautizar con el Espíritu Santo. Jesús ha sido ungido por el Espíritu y así se constituye en el Mesías esperado como lo anunciaban los profetas. Lleno del Espíritu Jesús realiza la obra redentora de redimir a los hombres de la cautividad del Príncipe de este mundo. Entonces quienes creerán en Él también nacerán de nuevo, es decir, recibirán el Espíritu de hijos por obra del Hijo de Dios que no sólo libera del pecado del mundo sino que comunica vida nueva.

                Juan Bautista es un verdadero testigo: “Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios”(v. 34). El evangelio de hoy se abre y se cierra con dos títulos fundamentales para la comunidad cristiana: Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y es el Hijo de Dios y como tal bautiza con el Espíritu Santo. Nos redime y nos consagra para ser el nuevo pueblo de Dios de la nueva y eterna alianza, sellada con el sacrificio del Cordero y con el don del Espíritu Santo del Hijo de Dios.

                En conclusión, el evangelio no quiere recordar hoy simplemente el testimonio de Juan Bautista al identificar a Jesús como el Cordero que se entrega a la muerte para borrar los pecados,  el hombre sobre el cual descendió el Espíritu Santo en abundacia y al Hijo de Dios; pretende, más bien, llamarnos la atención sobre la necesidad del testimonio cristiano para que Jesús pueda ser reconocido. Juan tuvo el coraje suficiente para decirlo en público; afirmando la misión de Jesús renunció a la suya; señalando en Jesús al Cordero que quita el pecado, envió hacia Jesús a todos los que habían acudido a verle a él.

                Uno de los males de nuestra sociedad, y de nuestro corazón, está en que nos creemos liberados de Dios y con rapidez nos erigimos en señores de todo aquello de lo que Dios no dispone; allí donde Dios está ausente, allí nos es más fácil convertirnos en señores; allí donde no hay que respetar a Dios porque lo excluimos de la vida, es difícil que sea respetada la dignidad humana, la libertad, la conciencia, la fraternidad. Si faltan los testigos de un Dios que nos ama y nos habla en su Hijo Jesucristo, poco a poco el hombre va olvidando a su Creador y Padre, no reconoce ni distingue su voz. Y un mundo sin Dios, qué difícilmente humano puede ser. Si Dios no está ya en nuestra vida y en nuestro corazón, no tiene sentido orar con el salmo y decirle: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

                Un saludo cordial y hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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