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Cuarto Domingo de Adviento. Comentario del Evangelio


"El evangelio deja claro que sólo por la fe en Dios se accede al misterio de Dios. Aquí sobresale José, definido por su fe como hombre justo según el sentido bíblico, es decir, el hombre que acoge el querer de Dios en su vida concreta. José ofrece el ejemplo de una respuesta creyente ante la promesa de Dios."

COMENTARIO RELIGIOSO

Domingo 18 de diciembre 2016

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (A)

Ya entramos a la segunda fase del Adviento a partir del 17 y hasta el 24 de diciembre. Su objetivo es orientarnos hacia la celebración del nacimiento histórico de Cristo. Nos preparamos para celebrar la venida del Señor para nuestra redención, una venida que se nos ha manifestado ya en la humildad de nuestra carne y se nos manifestará de modo glorioso al final de los tiempos. Viviremos nuestro encuentro sacramental con el Señor cuyo nacimiento recordamos al celebrar la Misa de Navidad. Entre estas dos venidas de Cristo, la histórica ya acontecida y la segunda en gloria y majestad al final de los tiempos, la Iglesia vive siempre en la tensión del “ya” pero “todavía no”. Es el tiempo intermedio, tiempo de la esperanza y de la espera, de estar preparados y en alerta porque el Señor vendrá definitivamente aunque no sabemos el día ni la hora.

Textos

Is 7, 10-14           “Le pondrá por nombre Emanuel”.

Sal 23, 1-6                Va a entrar el Señor, el rey de la gloria.

Rom 1, 1-7          “Pablo, servidor de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol”.

Mt 1,18-24          “ José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado”.

                Hoy encendemos nuestro cuarto cirio de la corona de adviento y así entramos a la última semana de este tiempo litúrgico tan hermoso y tan necesario. Y la Palabra de Dios nos acerca al misterio de la encarnación del Verbo Eterno del Padre. Dios se hace hombre, tomando nuestra propia condición humana, habita con nosotros, asume nuestra existencia humana histórica y finita y desde aquí, desde su encarnación, Dios nos redime. La Palabra nos interpela hoy con fuerza porque nos pregunta si verdaderamente nos parecemos a José, esposo de María, o nos identificamos con el rey Acaz, o nos sentimos cercanos al testimonio contundente de Pablo que sin vacilación se reconoce como servidor, apóstol y elegido para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Es muy oportuno que al leer los textos bíblicos de este cuarto domingo de adviento nos fijemos en los perfiles de estos protagonistas. Podemos encontrarnos con sorpresas porque posiblemente tengamos algo de cada uno de ellos. Nos hace bien sentir que en algunos aspectos nos parecemos al rey desesperado de la primera lectura, al certero Pablo de Tarso y al justo y creyente José del evangelio. La Palabra nos permite penetrar en lo más profundo de nuestra persona, pues ella sondea los corazones y deja al descubierto lo que realmente somos. Ciertamente la Palabra de este domingo nos invita a poner la mirada en el Único que le da pleno sentido a la celebración de la Navidad. Es el Emanuel, “el Dios – con – nosotros”, el Niño Dios que nace en Belén. Esto es muy importante frente a la avalancha de la publicidad y de la indiferencia con que nuestra sociedad, como una resistencia activa, olvida o quiere olvidar el centro de la Navidad que no es otro que el Niño Jesús. Sin Cristo ¿qué sentido tiene desear una Feliz Navidad?

                Dejemos que el pan sabroso de la Palabra de Dios nos encamine a un renovado encuentro con el Mesías anunciado por las Escrituras y esperado a través de los siglos.

                Primera lectura: Is 7, 10-14

                La primera lectura de hoy corresponde al Primer Isaías, la sección llamada Libro de Emanuel, desde el capítulo 7 al 12, donde sostiene el profeta la esperanza que Dios no dejará de cumplir su promesa de salvación, a pesar de las adversas situaciones que promueve el rey Acaz. Éste propone alianzas con pueblos vecinos en pugna y guerra. El profeta desesperadamente busca que Acaz, rey de Judá, entre en razón y se acuerde de Dios. Todo parece imposible. Sitiada la ciudad, y a punto de perder el reino y la vida, el joven rey Acaz trata de establecer alianzas que salven su corona y su dinastía. Entonces Isaías le suplica que acuda a Dios: “Pide una señal al Señor, tu Dios; en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo” (v. 11). La respuesta es rotunda y aparentemente creyente: “No la pido, no quiero tentar a Dios” (v. 12). Es una respuesta ambigua porque, por una parte, parece tener tanto respeto al Señor que teme ponerlo a prueba y, por otra, mantiene su confianza en el poder de Asiria que cree puede librarle de la amenaza de Damasco y Samaría. La historia muestra que el resultado fue cruel: Judá quedó sometida a vasallaje al extranjero y fue destruido el reino del Norte y su capital Samaría. Pese al desastre, el profeta habla de un signo profético: “Por eso el Señor mismo les dará una señal: Miren: la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel” (v. 14). Emanuel significa “Dios con nosotros” y es nombre simbólico que se le da al hijo del rey infiel Asaz. Es el nombre que se le dará también a Jesús. De esta manera, Dios mantiene su palabra empeñada con la casa de David. Es el signo de su fidelidad, a pesar de la infidelidad, de la poca fe y de la casi nula confianza de un rey soberbio y autosuficiente. Dios permanece de nuestra parte aunque nosotros no queramos estar con Él. Es más poderosa la promesa de Dios que nuestros pecados y rebeldías incluso. Hará posible nuestra salvación aún cuando nos resistamos con nuestros propios proyectos mundanos.

                Segunda lectura: Romanos 1, 1-7

                La comunidad cristiana de Roma no fue fundada por el apóstol Pablo. La Carta dirigida a los cristianos de Roma fue escrita por San Pablo entre los años 57-58 de nuestra era cristiana y con toda probabilidad desde Corinto y a finales de su tercer viaje misionero. El ingreso de paganos a la comunidad cristiana no fue nada de fácil y San Pablo lo sabía de sobra como queda de manifiesto en sus cartas. Convertidos al cristianismo, muchos paganos volvían a sus viejas concepciones y hábitos creando un agudo problema al interior de la comunidad. Esta Carta a los Romanos responde a esta realidad y San Pablo expone de modo magistral la doctrina cristiana haciendo de esta carta un extraordinario escrito para todos los tiempos.

                El texto de esta segunda lectura de este cuarto domingo de adviento es el saludo con que se abre la Carta a los Romanos. Sin embargo, si leemos detenidamente, más que saludo es un discurso donde precisa cosas importantes. El Apóstol se presenta con tres títulos importantes: “servidor de Cristo Jesús”, “llamado a ser apóstol” y “elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios”. Destaquemos que estos títulos constituyen la nueva identidad que Pablo adquiere como consecuencia de su encuentro con el Señor Jesús en el camino de Damasco. Cuanto viva y haga va a estar marcado por esta identidad evangélica. Inseparable del llamado o vocación del Apóstol está la misión que todos compartimos como “elegidos para anunciar la Buena Noticia de Dios”. Dios llama pero siempre para enviar. Todo llamado implica una misión o envío. La misión no se identifica con apostolados o actividades pastorales necesariamente; la misión compromete el modo o estilo de vida que la persona llamada abraza. Asistimos a una grave confusión al creer que la misión es exclusivamente la actividad tal o cual. “Discípulo misionero” es el cristiano llamado a seguir a Cristo abrazando los valores y actitudes del evangelio. El corazón de la misión es siempre Jesucristo de quien nos hablan las Escrituras. Cristo es la clave para comprender las Escrituras. Es muy oportuna esta llamada a la centralidad en Jesucristo, “nacido por línea carnal del linaje de David, y constituido por el Espíritu Santo Hijo de Dios con poder a partir de la resurrección” (v.3-4).

                Evangelio: Mt 1, 18-24

                Nos encontramos con uno de los relatos de la infancia de Jesús, el de San Mateo, capítulos 1 y 2. El otro evangelista que nos ofrece los relatos de la infancia es San Lucas, capítulos 1 y 2. Ambos evangelistas siguen puntos de vista distintos. Una marcada diferencia es que Mateo centra la atención en San José, descendiente de David como acontece en el evangelio de hoy, mientras San Lucas centra su atención en María como la gran protagonista de la encarnación e infancia de Jesús. Una observación que vale para los dos evangelios de la infancia es que son relatos que están escritos mucho tiempo después de la muerte y resurrección de Cristo y se constituyeron con recuerdos de los orígenes de Jesús pero profundamente traspasados por la experiencia de la resurrección. Están lejos de ser relatos ingenuos o simplemente crónica de episodios de la infancia del Salvador. Leer estos relatos solamente como una crónica histórica no se logra penetrar en su sentido teológico más profundo. Son recuerdos históricos pero vistos desde la fe en el resucitado. Otro elemento digno de destacar es la presencia de lo maravilloso en los relatos, las escenas y personas están envueltas en una atmósfera del encanto y asombro.

                El evangelio de este domingo es la continuación directa de la célebre lista de la genealogía de Jesús de Mt 1, 1-17. Destaquemos Mt 1,1 donde se abre la lista de los antepasados de Jesús remitiéndolo al mismo Abrahán: “Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán”. San Lucas lo remite al mismo Adán. Destaquemos el nexo de la genealogía cuando dice en Mt 1, 16: “Jacob engendró a José, esposo de María, de la que nació Jesús, llamado el Mesías”. José es el último y definitivo eslabón en la larga lista de las generaciones, es decir, de los antepasados humanos de Jesús. Así el evangelio nos muestra que Jesús está plenamente inserto en la historia humana representada por los nombres de los antepasados.

                La misma genealogía también nos deja planteados ante un misterio especial en este niño Jesús. Toda la lista señala el nexo entre padre y descendiente mediante el uso del verbo engendrar, que indica una sucesión directa de padre a hijo; pero cuando se refiere a José, hay un cambio muy significativo diciendo simplemente “de la que nació Jesús, llamado el Mesías”. Así quedan planteados dos interrogantes a las que responde el evangelio de hoy: ¿Cuál es el origen de Jesús? y ¿cómo se puede llamar “hijo de David” si físicamente no fue engendrado por un descendiente de David?  Entonces los  acontecimientos narrados hoy nos revelan el misterio de Jesús. Por una parte, se nos dice que Jesús nace de una mujer, María, como verdadero hombre inserto en la historia humana pero, pero por otra, se nos afirma que su nacimiento es “obra del Espíritu Santo” y como tal se le aplica literalmente la profecía de Isaías acerca del Emanuel como “Dios con nosotros”, texto de la primera lectura y del evangelio de este domingo. Igualmente se afirma que Jesús es verdadero descendiente de David, porque José, hijo de David, acoge la voluntad de Dios manifestada en el sueño y acepta a María como esposa y al Hijo como propio. Esta función de padre que asume José no nace de la generación física sino del poder de dar el nombre a su hijo. Es José que pone el significativo nombre de Jesús que significa Salvador. Dándole el nombre le otorga su identidad social siendo reconocido como verdadero hijo de David como corresponde al Mesías.

                Finalmente el evangelio deja claro que sólo por la fe en Dios se accede al misterio de Dios. Aquí sobresale José, definido por su fe como hombre justo según el sentido bíblico, es decir, el hombre que acoge el querer de Dios en su vida concreta. José ofrece el ejemplo de una respuesta creyente ante la promesa de Dios, en abierto contraste con la falta de fe del rey Acaz, imagen y ejemplo del incrédulo. Y quien dice creyente dice obediente. La fe es oír y poner en práctica lo escuchado. José cumple magistralmente estos rasgos del verdadero creyente.

                Sin esta fe, representada por José, protagonista central en el nacimiento de Jesús, no podemos entrar en el verdadero sentido de la Navidad. Esta clave de entrada es la que falta o está encubierta con tantas cosas artificiales con que nos domesticamos a vivir la Navidad. Este es el signo patético de una sociedad secularizada, que da la espalda al misterio trascendente de un Dios que se hace hombre para traernos buena noticia.

                Un saludo fraterno.                        Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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