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Primer Domingo de Adviento. Comentario del Evangelio


Con este primer domingo de Adviento estamos abriendo un nuevo año litúrgico. Seguiremos centrando nuestra mirada en el misterio de nuestra salvación y lo haremos a través de la Palabra de Dios. Cada texto bíblico nos ayudará a discernir el paso de Dios por nuestra historia personal y comunitaria. Adviento, con este nombre se inicia el nuevo año litúrgico.

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (A)

LA PALABRA DE DIOS PARA HOY

Isaías 2, 1-5        “Ven, caminemos a la luz del Señor”.

Sal 121, 1-2.4-9                Vamos con alegría a la casa del Señor.

Rom 13, 11-14   “Revístanse del Señor Jesucristo y no se dejen conducir por los deseos del instinto”.

Mt 24, 37-44      “Estén preparados, porque el Hijo del Hombre llegará cuando menos lo esperen”.

Nuevo Año Litúrgico. Con este primer domingo de Adviento estamos abriendo un nuevo año litúrgico. Seguiremos centrando nuestra mirada en el misterio de nuestra salvación y lo haremos a través de la Palabra de Dios. Cada texto bíblico nos ayudará a discernir el paso de Dios por nuestra historia personal y comunitaria. Ahora bien, cuando hablamos de la Palabra de Dios no sólo nos referimos a los textos bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento que se proclaman desde el ambón de la Palabra, sino también a la homilía, a los salmos que se cantan, muy especialmente al Salmo Responsorial, las preces que forman la Oración de los Fieles, las oraciones e himnos litúrgicos. Es la Palabra de Dios que ilumina y da sentido a las acciones y signos de nuestra celebración litúrgica. ¿Qué pasaría si no hubiera Palabra de Dios en nuestras celebraciones? Tengamos presente lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y palabras. Ciertamente las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones, a fin de que la semilla del Reino dé su fruto en la tierra buena”(N°1153).

Adviento            Con este nombre se inicia el nuevo año litúrgico. El ciclo navideño comprende el tiempo de adviento y el tiempo de Navidad, ambos en mutua dependencia. El Adviento es entendido como tiempo de espera y de preparación a la Venida de Jesús al final de los tiempos y a la fiesta del Nacimiento de Jesús. Se organiza el adviento a finales del siglo IV. Actualmente el adviento abarca  cuatro semanas: la primera fase se extiende hasta el 16 de diciembre y su centro de atención es la segunda venida de Cristo; la segunda, se abre desde el 17 al 24 de diciembre  y se ordena directamente al nacimiento histórico de Jesús, el ciclo navideño.

                Dejemos que la Palabra de Dios nos guíe por este sendero de adviento en compañía de María, la virgen oyente de la Palabra, protagonista central del adviento y navidad.

                La primera lectura, tomada del profeta Isaías, el profeta que expresa la esperanza de Israel, suscita la espera del hombre anunciando su próximo cumplimiento en el Salvador: no hay motivo para dudar de Dios, cumplirá sus promesas, no tardará. El texto de esta primera lectura tiene un interesante inicio: “Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén” (v. 1). La palabra “visión” se refiere al futuro que el profeta hace desde el plan de Dios. El oráculo se refiere a la  universalidad de la salvación que parte y se realizará con el pueblo elegido Israel y congregará a todos los pueblos de la tierra. Este aspecto está fuertemente presente en Isaías. Y en relación con el mismo universalismo salvífico está el tema de la paz, tema de todas las épocas de la humanidad que contrasta gravemente con la incesante preparación por la guerra y el conflicto. La paz de la que nos habla Isaías no es la ausencia de guerras sino la oportunidad que todos deben tener para vivir bien. La paz es fruto de las voluntades humanas que deciden construirla: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra” (v.4). Se trata de un cambio muy significativo porque los instrumentos de la guerra y de la muerte se convierten en herramientas de trabajo. ¿Por qué será posible esto? Porque Dios “será el árbitro entre las naciones, el juez de pueblos numerosos”, “porque él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas” (v. 4. 3). El mensaje de Isaías nos recuerda que la salvación es iniciativa de Dios y fuente de paz para la humanidad. Nos hace muy bien este mensaje cuando se multiplican los esfuerzos por dar la espalda a Dios y edificar un mundo supuestamente “laico”, basado sólo en el esfuerzo humano.

                La segunda lectura, tomada de la carta de San Pablo a los Romanos, nos habla de la venida de Cristo como conclusión de su exhortación sobre la conducta que los cristianos deben observar basados en el amor: “Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley” (v.10). Esta llamada se inserta en la urgencia de quienes están viviendo ya los últimos días de la historia. Recordemos que la dimensión escatológica de la vida cristiana supone reconocer que ya ha acontecido el fin del mundo antiguo en el misterio pascual de Cristo. Por lo tanto ya estamos en el tiempo nuevo, aunque todavía no en la plenitud que se nos promete con la segunda venida del Señor Jesucristo. Esta visión es muy coherente con la llamada que el Apóstol dirige a los cristianos de Roma: “Ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe” (v.11). Por lo tanto no vale la pena vivir contando los días y los años; el cristiano vive en el “ahora” de Dios como oportunidad y urgencia. El dinamismo del cristiano debería tender siempre a la victoria futura y definitiva que vendrá con la “segunda venida de Cristo” o “parusía”. A esto apunta el texto siguiente: “La noche está avanzada, el día se acerca: abandonemos las acciones tenebrosas y vistámonos con la armadura de la luz” (v. 12). Hermosa advertencia que siempre es necesaria para mantenerse despiertos. No es menos cierto que el cristiano “se viste con la armadura de la luz”, toda una referencia a estar siempre dispuestos al combate, a la lucha que es inherente a la vida cristiana auténtica. Mejor todavía. Este combate tiene como modelo a Cristo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, es decir, al estilo del que venció a la muerte sin ejercitar la violencia de este mundo.

                El evangelio, tomado de San Mateo, nos ofrece un trozo del llamado “discurso apocalíptico” de los capítulos 24 – 25. Se nos habla de los últimos tiempos aunque en el lenguaje propio de este género literario apocalíptico como son las imágenes de catástrofes y tribulaciones para referirse al juicio y a la salvación que viene con la llegada del Hijo del Hombre. Este es el  centro de atención que Mateo quiere inculcar en las comunidades cristianas. Desgraciadamente muchas veces nuestra lectura se prenda del lenguaje terrorífico porque satisface nuestra inclinación natural a lo tenebroso.

                La expresión Hijo del Hombre procede del Antiguo Testamento. Según el Libro de Daniel el Hijo del Hombre vendrá a juzgar a la humanidad, aparecerá al final de los tiempos como un juez revestido con el poder y la gloria de Dios pero no se sabe el momento ni el modo. El Nuevo Testamento identifica a Jesús como el Hijo del Hombre. San Mateo nos habla de la venida a través de dos parábolas. En la primera (Mt 24, 37 – 42) se recuerda cómo Dios vino de forma inesperada en tiempos de Noé. En ésta queda claro que los contemporáneos de Noé no percibieron la acción de Dios en la cotidianeidad de sus vidas. Vivían inmersos en lo inmediato y no prestaban atención a lo que podía venir. De esta manera surge la recomendación de la actitud del creyente: hay que esperar vigilantes la venida de Cristo, la segunda venida, la parusía.

                La segunda parábola (Mt 24, 43-44) nos presenta la imagen del ladrón que llega en medio de la noche. También como en la primera, aquí se resalta la hora desconocida por el dueño de casa en que vendrá el ladrón. El ladrón actúa en la noche, sin previo aviso y a la hora menos pensada. ¿Qué actitud nos quiere recalcar San Mateo?

                En ambas parábolas se  subraya que no se sabe cuándo vendrá Jesús, el Hijo del Hombre. Así queda claro en el comportamiento despreocupado de los contemporáneos de Noé como en la imagen del ladrón. La consecuencia de ambas imágenes  es la propuesta a los discípulos de Jesús que tienen que estar atentos y preparados siempre precisamente porque no saben cuándo vendrá el Hijo del Hombre. Esto último es lo verdaderamente importante que nos inculca San Mateo.

                Es una advertencia que sigue vigente absolutamente para nosotros. Estamos viviendo al ritmo de las preocupaciones diarias olvidando que la vida se nos va y se desgasta en lo que no vale la pena. Invertimos demasiada energía en lo que es secundario y asfixiante. Lo verdaderamente importante pasa a último lugar o desaparece de la vida. Reina así la superficialidad, la falta de hondura, la trivialización de las decisiones, la ausencia de compromisos en serio. Nos hace falta esta llamada del evangelio de hoy como también de San Pablo a los Romanos.

                Algunas certezas expresadas en frases: El Señor viene como un ladrón en la noche. Velad, porque no sabéis que día llegará vuestro Señor. Estad preparados, porque vendrá el Hijo del Hombre. La venida del Hijo del Hombre es imprevisible pero segura.

                Gran tentación para nosotros cristianos: dejar enfriar los dones de la fe y del amor de Dios recibidos a lo largo de la vida e incluso llegar a perderlos. Cuando el dueño de casa, yo, tú, nosotros, no cuida la casa viene el ladrón y le arrebata lo más valioso como el Reino, Jesús, el evangelio, la vida nueva, la fe, Dios mismo. ¡Qué desafío nos recuerda este primer domingo de adviento!

                Que tenga un buen inicio del nuevo año litúrgico. Que Dios le bendiga con abundancia.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.

   


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