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Segundo Domingo de Adviento. Comentario del Evangelio


El evangelio de Mateo 3, 1-12 nos acerca al misterio de la cercanía de Jesús. Que nuestra liturgia de hoy, al encender el segundo cirio de la corona de adviento y al escuchar la Palabra, nos alimente nuestra esperanza.

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (A)

Conversión es una palabra clave del camino del cristiano hacia Dios. En latín se dice “conversio” que significa “vuelta” y los términos griegos “epí-strefo” que significa “volver, regresar” y el sustantivo “meta-noia” que significa “cambio (meta) de mentalidad (nous), nos remiten al hebreo chub que en castellano es “vuelta”, “conversión”. Con esta palabra se expresa la necesidad de una transformación radical del ser y los frutos de la conversión. Juan Bautista pide a los que se van a bautizar que se vuelvan hacia el reino inminente de Dios y Jesús proclama la misma exigencia de volverse a Dios que ahora está actuando en su persona.

Textos

Is 11, 1-10           “Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces”.

Sal 71, 1-2.7-8.12-13.17           ¡Ven, Señor, rey de justicia y de paz!

Rom 15, 4-9       “Lo que entonces se escribió fue para nuestra instrucción”.

Mt 3, 1-12           “Conviértanse porque el Reino de los Cielos está cerca”.

                Juan Bautista es una de las figuras de Adviento y en este segundo domingo es el protagonista central del evangelio. Descubrimos en él la fuerza y ese aire de lo definitivo cuando anuncia la venida del Señor. La llegada de Jesús como “el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. Él les bautizará con Espíritu Santo y fuego”, indica claramente que en su persona se muestra Dios mismo. Por tal razón estamos llamados a asumir este anuncio con la urgencia que reclama el momento de Dios. Es tiempo de preparación y de estar alerta ante la inminencia de una presencia que Juan indica sin dilación. No hay tiempo que perder y hay que dar el paso, el único paso que Dios espera de nuestra parte, la conversión. No es una novedad entre otras la que anuncia Juan. Es la gran novedad: el Reino de Dios manifestado en Jesús. Y para recibirlo como corresponde hay que “volver” nuevamente a Dios.

                La primera lectura está tomada del Profeta Isaías. Es el profeta preferido de Adviento, porque la esperanza se amplía más allá de las posibilidades y horizontes de Israel, especialmente manifestada en la monarquía davídica. Las esperanzas del pueblo elegido e incluso la promesa de Dios no se cumplen con la monarquía davídica porque no han podido los reyes asegurar la fidelidad a la alianza de Dios con su pueblo ni tampoco la supervivencia de Israel como nación. Paradojalmente afirma Isaías que Israel y su monarquía están como un árbol que tiene el tronco seco, no han sido capaces de dar frutos. “Es más de lo mismo” diríamos nosotros. Sin embargo, el profeta no se queda enredado en una realidad que está lejos de lo que se esperaba e incluso de lo que Dios promete. Y nos ofrece un horizonte extraordinariamente bello: “Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces” (v.1). De ese seco tronco davídico brotará un “tocón”, un vástago pequeñito, un Mesías futuro, un descendiente de David. El profeta describe los rasgos fundamentales de este Mesías davídico cuando indica que estará lleno del espíritu profético, es decir, del Espíritu del Señor, así con mayúscula porque se refiere al Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad. Y este Espíritu se manifestará en las extraordinarias cualidades de sensatez e inteligencia, de valor y prudencia, de conocimiento y respeto del Señor que adornan al Mesías del futuro. Estará lleno del Espíritu de Dios, es decir, cumplirá con la promesa de Dios y las esperanzas del pueblo. Será un gobernante auténtico, porque los más desvalidos serán favorecidos por su justicia. Es el tema de los versículos 3-5 que indican cómo instalará la justicia entre los hombres. Termina el texto refiriéndose a otra consecuencia de este Mesías “lleno del Espíritu del Señor” como es recuperar la paz con la naturaleza, con el medio ambiente. Es el tema de los versículos 6-8. Esta vuelta al estado inicial de armonía del hombre con la naturaleza, reconocida como obra de Dios, será posible sólo si hay conocimiento de Dios (v. 9). Este cambio radical que el profeta anuncia para el futuro no se queda reducido a Israel  sino que abarca a todos los pueblos o naciones de la tierra (v.10). Entonces esperar al Señor que viene significa soñar con su Reino de justicia, de paz, de libertad, de unidad y comunión. Un mundo nuevo que Dios nos promete y que reclama nuestra adhesión y compromiso.

                La segunda lectura, tomada de la carta a los Romanos, no puede ser más oportuna al recordarnos algo que tendemos a olvidar: la diversidad de los que integran la comunidad cristiana. Y esta diversidad de personas, de lenguas, de culturas, de etnias no son un obstáculo a la comunión fraterna, siempre y cuando la reconozcamos como un hecho real y estemos dispuestos a poner en práctica el sabio consejo de San Pablo a los cristianos de Roma. Primero aceptar que nuestra convivencia no es tan fácil como lo soñamos. Siempre hay pequeñas o grandes cosas que estropean o ponen en alerta nuestra convivencia fraterna. Segundo hay que poner a Cristo como norma y centro de la concordia (= un mismo corazón), de la fraternidad. Debemos aprender de la historia que hace la comunidad cristiana y eso ha quedado expresado en las Escrituras, la Biblia. Nunca leemos una Palabra de Dios en el aire sino completamente anclada en el suelo vital, en la historia de personas con sus luces y sombras. La Biblia es una ayuda memoria indispensable para el creyente. Aprendemos a vivir, a darnos cuenta que nuestras situaciones humanas ya han sido también vividas por otras generaciones. La historia personal y la historia de una comunidad o de un pueblo es un libro de permanente aprendizaje vital. ¿Qué descubrimos si leemos la Escritura? La constancia y el consuelo, ambas actitudes ligadas a la esperanza. San Pablo llega a decir: “Que el Dios de la constancia y del consuelo les conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús” (v.5). Aprendemos que una verdadera esperanza se hace posible si hay constancia y consuelo, dones de Dios que permiten amar y servir como Cristo lo hizo. Si aceptamos al hermano o hermana, por más diferente que sea o nos parezca, podremos vivir el verdadero amor que el Señor nos propone. ¿Acepto la diversidad de pareceres, de hábitos, de maneras de ser, de gustos, de preferencias, etc. de quienes forman la comunidad? ¿Es mi actitud y la de mi comunidad realmente cristiana?

                El evangelio de Mateo 3, 1-12 nos acerca al misterio de la cercanía de Jesús. Que nuestra liturgia de hoy, al encender el segundo cirio de la corona de adviento y al escuchar la Palabra, nos alimente nuestra esperanza. La Palabra nos habla de la urgencia de la conversión radical y no por encima, la que no puede  ser retrasada o postergada sino “ahora ya”. Esta conversión nunca se queda como un asunto “interior o privado, íntimo”. Es y debe manifestarse en hechos tangibles como reconocer la necesidad del bautismo. La conversión nace y se nutre del convencimiento de la proximidad del día del Señor. Asumimos con el evangelio del domingo pasado que hay que velar y prepararse para la Segunda Venida de Cristo. Si no nos preparamos, tampoco nos libraremos del rigor del examen y del juicio último por venir. Las excusas no tendrán ningún valor.

                El evangelista Mateo introduce la narración sobre Juan Bautista mediante una fórmula genérica: “En aquel tiempo”. Después de los relatos de la infancia (Mt 1 y 2) se abre un tiempo de silencio que se llama “la vida oculta de Jesús”. Nada sabemos de varias décadas de su desarrollo, lo que ha dado cabida a la imaginación y fantasía de las más variadas hipótesis pero sin fundamento alguno. Dios en Jesús se “esconde”, se oculta en un estilo corriente de vida humana, sin dejar de ser “Dios – con – nosotros”. Después de un tiempo considerable de silencio emerge Juan, llamado “el Bautista” para acentuar su acción profética de bautizar con agua a los pecadores.

                El evangelio de hoy nos ofrece un retrato impresionante de Juan: es un asceta por su dieta y vestuario a semejanza de los profetas antiguos de Israel. Ascesis es equivalente a esfuerzo, mortificación, mesura y constancia, privaciones voluntarias y estilo sobrio. Juan no es bueno para los banquetes ni para la buena mesa. Se alimenta de lo estrictamente necesario y no vive para comer. Su estilo choca violentamente con el estilo sibarita de nuestra época de unos cuantos que tienen los medios para satisfacer ese gusto. Sibarita es el nombre dado a un habitante de Sibaris, ciudad famosa por sus desórdenes de comida y bebida. Juan no está en esta parada frente a la vida. Juan elige vivir así y en plena coherencia con el mensaje y testimonio que ofrece desde el anuncio del Reino de Dios que viene. Significa que Juan ejerció su libertad y tomó la decisión por vivir así. De esta forma personifica ya en su persona lo que anuncia y pide a los demás. Juan está situado en el ambiente de la espera y preparación que nos pide nuestra vida cristiana y Adviento nos recuerda.

                Es importante el lugar desde donde Juan anuncia el reino: el desierto. En griego eremos =“lugar vacío, abandonado”, lugar de guarida de los “espíritus malos”, lugar de la prueba satánica que Jesús vivió allí. Lugar que habitaba Juan el Bautista, el llamado “desierto de Judea”. El desierto ocupa un lugar central en la experiencia de Israel, lugar no elegido por el pueblo sino lugar donde Dios conduce a su pueblo al sacarlo de la esclavitud de Egipto. Y en el desierto acontecen las tentaciones y surge la murmuración contra Dios y  contra Moisés de parte de los liberados hasta el punto que añoran los años de esclavitud. Juan como Jesús mostrará la necesidad de volver al desierto, lugar donde el hombre se encuentra con Dios, sin que falte la acción del pertinaz tentador que a toda costa intenta apartarnos del camino de Dios. El desierto ocupa un lugar bien destacado en el desarrollo de la espiritualidad cristiana, sobre todo como símbolo de autenticidad.

                Prestemos atención al mensaje de Juan. No está previsto para captar adhesiones y ganar público. Su mensaje está vinculado con la denuncia, algo muy propio de los verdaderos profetas. La denuncia de los males que los oyentes arrastran o las conductas vinculadas a los estados sociales, políticos y religiosos, no faltan en la predicación de Juan. Ahora bien, no es la denuncia por la denuncia. Hay un objetivo fundamental que explica todo lo que vive y anuncia Juan. “Muestren frutos de un sincero arrepentimiento”, les indica a los fariseos y saduceos, ambos grupos vinculados a la clase gobernante. Todo el texto del evangelio de hoy queda bajo la esplendorosa luz de la invitación que dirige Juan el Bautista: “Conviértanse, que está cerca el reino de los cielos” (v. 2). Para abrazar esta fundamental invitación hay que dejarse examinar por la Palabra que Juan anuncia. Todo ello para preparar el camino para Aquel que viene con autoridad y que los bautizará con Espíritu Santo y con fuego, nos dice el mismo Bautista.

                Que al encender el segundo cirio de la corona de adviento renovemos nuestro propósito de dar frutos de vida nueva a través de una renovada conversión, es decir, una vuelta de la vida al Señor, abandonando lo que está torcido y perverso en cada uno.

                Un saludo fraterno y que tengan un buen domingo.  Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.    


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