Recomendar       Imprimir





Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo


El evangelio de San Lucas nos ofrece la comprensión evangélica de la realeza de Cristo que no puede ser otra que la entrega redentora de Cristo. La cruz, la pasión y muerte de Jesús tienen sentido sólo desde el amor que se ofrece en sacrificio por los demás. En este sentido veneramos la cruz, meditamos la pasión y muerte del Redentor y comprendemos toda su vida desde la encarnación misma como la expresión más sublime y plena del amor.

COMENTARIO RELIGIOSO

Domingo 20 de noviembre 2016

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (S) (C)

Jesucristo, víctima inmaculada y pacífica, se ofreció en el altar de la cruz, realizando el misterio de la redención humana. Así sometió a su poder la creación entera, para entregarte, Padre Santo, el reino eterno y universal, reino de  verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (Prefacio de la misa).

Textos

2Sm 5, 1-3           “Y ellos ungieron a David rey de Israel”.

Sal 121, 1-2.4-5                ¡Vamos con alegría a la casa del Señor!”.

Col 1, 12-20        “Y los hizo entrar al reino de su Hijo querido, por quien obtenemos la redención, el perdón de los pecados”,

Lc 23, 35-43        “Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí”.

                El evangelio de hoy nos sitúa en el escenario de la crucifixión de Jesús produciéndonos de inmediato un contraste acerca de la especial realeza de Jesús y nuestra manera de concebir un rey y su reino. Hoy confesamos que Jesús es Rey, y no solo de unos pocos sino del universo, es decir, de la humanidad y de la creación. Según los evangelios, Jesús es condenado precisamente por proclamarse rey. Sus acusadores lo señalan y Jesús lo reconoce ante Pilato. La inscripción colocada en la cruz es indudable: “Jesús, Rey de los judíos”. Pero, paradojalmente, la condición física de Jesús clavado en la cruz no calza con su condición de rey. Y lo más ofensivo que recibe nuestro Señor en su crucifixión es el sarcasmo de sus enemigos: “Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios”. Es probable que nosotros también no estemos comprendiendo a Jesús y su reino. A lo mejor pensamos que Jesús y su realeza son puramente espirituales y por tanto poco o nada tienen que ver con nuestra tierra, con nuestra realidad. Sin embargo, Jesús y el anuncio central de su reino abarcan la realidad completa, cielo y tierra y nada escapa de Jesús y su reino. En Jesús no hay oposición entre lo espiritual y lo temporal, lo religioso y lo histórico; sí, hay una oposición tajante entre dominación y servicio. Jesús no es rey según este mundo porque no usa su poder en beneficio propio ni menos para ejercer dominio sobre los demás. Jesús nos enseña que todo poder (político, religioso, intelectual) está  al servicio de los oprimidos y desvalidos. Servir  y no dominar es el principio inconmovible del reino de Dios, aunque con facilidad podemos traicionar el mensaje de Jesús cuando empleamos el poder recibido para imponer nuestras ideas, mantener nuestros privilegios u obligar a otros a creer. Y una actitud de servicio supone sensibilidad para escuchar al otro. Es lo que queda al descubierto en el momento en que Jesús, clavado en la cruz entre malhechores, despojado de todo, da espacio para el perdón, para la escucha, para devolver el  bien por mal, ejercitando la misericordia. Es la más hermosa síntesis y expresión de la Buena Noticia que queda ratificada no sólo con la predicación de Jesús sino con la más poderosa arma de autenticidad como es el amor que se expresa en el servicio que salva personas. Sólo el amor, sólo el servicio hace realidad el reino de Dios en medio de los hombres. ¡Cuánta distancia podemos descubrir entre nuestros comportamientos y el de Jesús!

                Dejemos que la Palabra de Dios se convierta en nuestro alimento de la fe. Hagamos caso al Ángel de la Apocalipsis que acerca el pequeño libro y dice al vidente: “Toma y cómelo; será amargo para tu estómago, pero en tu boca será dulce como la miel” (Apoc 10, 9). Lo que Dios nos anuncia es agradable y hermoso pero las resistencias y obstáculos que ponemos al evangelio hacen duro y difícil la asimilación. Dejemos que el Espíritu Santo nos sostenga.

                La primera lectura, brevísima, nos recuerda ese momento en que David concentra todas las esperanzas, no sólo de Judá sino también de Israel que, superando las diferencias recurren al sentido de hermandad. Así David hace un pacto con los ancianos de Israel ante el Señor y ellos lo ungen rey de Israel. La escena sirve para mostrar el sentido profundamente religioso y carismático que tuvo la autoridad en Israel. Es también el momento de la instalación de la monarquía davídica y el establecimiento de Jerusalén como la capital de la unificación del reino del sur (Judá) y del reino del norte (Israel). Con David, elegido rey, la conquista de la tierra que había ocupado un largo tiempo queda prácticamente concluida. Así con David se inicia un período de desarrollo en los aspectos culturales y literarios muy importantes. David es el portador de la profecía sobre el futuro Mesías como un descendiente de su casa. Y Jesús de Nazaret a través de José, el esposo de María, se sitúa en la línea de la realeza davídica. “Hosanna al Hijo de David” aclama la gente en la entrada de Jesús a Jerusalén. David se transforma en el paradigma del rey que Dios quiere para su pueblo.

                La segunda lectura, de San Pablo a los fieles de Colosas, nos comunica un hermoso himno que tomó de la liturgia o culto de las primeras comunidades cristianas. El centro de este hermoso himno es la persona de Jesucristo. Estamos ante un himno cristológico muy importante para acercarnos al misterio del Señor Jesús. Desde luego, Jesucristo no es un líder religioso entre otros; es, por el contrario, Creador y Salvador, centro y clave del universo y de la historia humana. Su persona da sentido a todo lo creado porque su salvación no afecta sólo a los pecadores humanos sino que involucra a la creación entera. Toda la humanidad y toda la creación participan del misterio pascual de Cristo. La muerte y resurrección de Cristo no son episodios aislados sino el acontecimiento absolutamente central de la historia y del universo. ¿Por qué?       El plan de la salvación que el Padre prevé desde toda eternidad llega a su punto culminante cuando en su Hijo introduce un cambio fundamental en la situación de la humanidad: “Porque él los arrancó del poder de las tinieblas y los hizo entrar al reino de su Hijo querido, por quien obtenemos la redención, el perdón de los pecados” (vv. 13-14). Desde aquí se comprende la profundidad y extensión de la obra redentora de Cristo, plenitud de todo lo creado y de todo lo redimido. Retengamos este precioso texto final: “Por medio de él quiso reconciliar consigo todo lo que existe, restableciendo la paz por la sangre de su cruz tanto entre las creaturas de la tierra como en las del cielo” (v. 20). El pecado es una ruptura que tiene consecuencias no sólo en quien lo comete sino en el conjunto de la obra creada por Dios. La redención toca así las raíces del mal y de ellas nos libera Jesucristo con su entrega en la cruz, con su sacrificio continuamente renovado en nuestra vida sobre todo en la eucaristía.

                El evangelio de San Lucas nos ofrece la comprensión evangélica de la realeza de Cristo que no puede ser otra que la entrega redentora de Cristo. La cruz, la pasión y muerte de Jesús tienen sentido sólo desde el amor que se ofrece en sacrificio por los demás. En este sentido veneramos la cruz, meditamos la pasión y muerte del Redentor y comprendemos toda su vida desde la encarnación misma como la expresión más sublime y plena del amor. Jesús encarna en su vida aquella palabra tan decisiva: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Es el amor ofrecido por los demás que da sentido a la vida de Cristo, un amor que redime, que libera, sana, restaura al hombre caído y al mundo a través de su misterio pascual.

                Es importante recordar esta clave de comprensión de la vida y misión de Cristo porque al hablar de realeza, reino y rey referidos a Él, tenemos que hacerlo desde el ámbito propio que asume Dios en su Hijo para redimirnos. El evangelio de hoy nos sitúa en el drama de la pasión y muerte de Cristo. Tomemos conciencia acerca del momento que está viendo el Señor. Está ya crucificado y en horas previas a su muerte. Lo rodea un mundo hostil y burlesco como si los enemigos no se rinden ante el drama y continúan asediando a la víctima, a ver si hay una reacción que desmienta su predicación y su vida. Se burlan las autoridades, los soldados y uno de los malhechores crucificado con él también se une a la comparsa de los insultos. Sus burlas se refieren a su condición de ser Rey – Mesías cuya situación de agónico crucificado hace difícil descubrir tan inusitado pergamino.

                No logran el objetivo. Jesús responde con lo que Él trae al mundo: el perdón. No hay palabras ni hechos de violencia, todo está envuelto en aquella súplica estremecedora: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (v. 34). El silencio de Jesús es decisivo, está en completa sintonía con lo que pide al Padre en esas horas tan dramáticas. No responde con la misma moneda de sus agresores; rechaza la violencia y ejercita la actitud del perdón, de la comprensión hacia los que hierran. Jesús es tratado como un malhechor pero su respuesta es desde el buen pastor que cuida sus ovejas perdidas. Es el abismo inconmensurable del amor redentor de Cristo. Así “pone la otra mejilla” y no destruye al malvado. Aún espera y espera siempre un cambio, una actitud que para nosotros parece imposible como sería la conversión de quienes lo ofenden sin descanso. Dios sigue esperando sin prisa, es paciente y compasivo hasta el final.

                Sin embargo, alguien acoge la lección maravillosa del amor crucificado. Es quizás de quien menos se esperaba. Uno de los malhechores crucificados da un vuelco en ciento ochenta grados: no se hace parte de los insultos que recibe Jesús. Así reprende a su compañero de destino: “¿No tienes temor de Dios, tú, que sufres la misma pena? Lo nuestro es justo, recibimos la paga de nuestros delitos; pero él, en cambio, no ha cometido ningún crimen” (vv. 40-41). La petición que surge de ese corazón arrepentido en esta hora de Jesús es la clave de toda conversión: “Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí” (v. 42).

                Concluyamos con las palabras de Jesús dirigidas al ladrón arrepentido o como se suele llamar “el buen ladrón”. “Jesús le contestó: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). Así Jesús viene a mostrarse como el dueño de la salvación; la ha repartido a todos los pecadores en el tiempo de su vida terrena; rodeado por la muerte, la reparte ahora a un bandido. Significa esto que Jesús ya no marcha solo. Van con Él los que le aceptan, los perdidos y los pobres, los bandidos, publicanos, prostitutas, pecadores y malditos, todos los que no han hallado salvación sobre la tierra y claman como el bandido: “Acuérdate de mi…”. Razón tiene el salmo que dice: “Subiste llevando cautivos”, liberados de su esclavitud.

                Revisemos cómo hemos vivido el Año Litúrgico que estamos concluyendo. Que María, la gran oyente de la Palabra, nos siga acompañando en esta peregrinación hacia el cielo.

                Un saludo fraterno.                        Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.


Documentos:
· Comentario del Evangelio |