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33° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


Con la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén Jesús nos advierte que ha llegado a su fin el régimen de la Antigua Alianza entre Dios y el pueblo de Israel, sobre todo, entendida desde una religión formal y legalista, cultual y farisea a que había llegado. Por eso en el Reino de Dios que Jesús inaugura con su proclamación y con sus obras ya no hay templo, ni ciudad santa ni sacrificios porque toda la humanidad es el gran templo de Dios

33° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

El tratado sobre las realidades últimas se inserta envuelto en un lenguaje que habla del “fin del mundo”, y por tanto “de los últimos tiempos”, “de los últimos días” o “de la última hora”. Para los cristianos, los últimos tiempos designan el período que va desde la venida de Jesús en carne mortal hasta su retorno en la “parusía”. Por lo tanto, vivimos el tiempo como “un tiempo escatológico”, un tiempo que ya ha llegado a su plenitud con Cristo, un tiempo que ya ha vivido su fin y se abre a una plenitud insospechada.

Textos

 Mal 3, 19-20       “Los alumbrará el sol de la justicia que sana con sus alas”.

Sal 97, 5-9                El Señor viene a gobernar a los pueblos.

2Tes 3, 6-12       “Trabajen en paz para ganarse su pan”.

Lc 21, 5-19          “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

                Estamos muy próximos a concluir el año litúrgico que ha estado marcado por el Jubileo de la Misericordia, y para nosotros mercedarios de corazón, por el Año de la Virgen de la Merced. Esto significa que estamos completando un tramo más de la historia de la salvación, ya que cada uno ha seguido paso a paso su itinerario de ascenso al Tabor de la contemplación y vivencia del misterio último. No sé si todos y cada uno ha entendido este año como un “tiempo de gracia abundante”, una manifestación del amor redentor que nos envuelve en la llamada incesante a convertir nuestra vida al evangelio de la gracia. O posiblemente se nos fue entre los dedos el año, sumergidos en diversas preocupaciones que no nos dejaron tiempo ni espacio para lo verdaderamente importante. Pero ¿qué es lo verdaderamente importante? No cualquier cosa que se nos ocurra ni siquiera lo más urgente. Un criterio saludable se nos inculca para vivir con sentido y profundidad el tiempo: saber discernir o distinguir lo esencial de lo secundario. Y lo esencial es la vida que el Señor nos regala, es el Reino que nos obsequia para que lo anunciemos y comuniquemos a los demás, es el encuentro diario, personal y también comunitario con el Señor y los hermanos, es el sentido y compromiso con que vivimos inmersos en el océano del amor de Dios sin olvidar a la humanidad sumergida en su pecado. Si, por el contrario, todo da lo mismo o todo es importante, terminaremos viviendo en una confusión enfermiza de no saber hacia donde debemos orientar nuestra vida. La dimensión escatológica de nuestra vida cristiana supone una gran apertura de espíritu para discernir permanentemente los verdaderos signos de la presencia de Dios y su Reino en el acontecer de nuestra historia, y al mismo tiempo, lo que no es más que voces normalmente alarmistas.

                Pasemos a la Palabra de Dios de este domingo que no deja de inculcarnos la vigilancia evangélica, el tener el espíritu despierto ante la Venida del Señor.

                La primera lectura está tomada del profeta Malaquías, un brevísimo texto de autor anónimo y de fecha probable entre el 480 y el 450 a. C. El mensaje se sitúa ante un pueblo desanimado al ver que las antiguas promesas no se cumplen, lo que genera apatía religiosa y desconfianza, pues se llega a dudar del amor del Señor y del real interés que tiene por el pueblo. Esta situación repercute en el culto y en la ética. Frente a tan desolador panorama, Malaquías reafirma el futuro mesiánico. Es el sentido del pequeño texto de la primera lectura de hoy. La idea central es que el sentido final de toda la historia será posible en el día definitivo cuando se hará sentir la justicia de Dios. En aquel día, quedará claro que la suerte final no será la misma para justos y malvados. Y en ese día quedará de manifiesto por qué era necesario caminar según los mandatos del Señor. Ese “día definitivo” no lo prevén los hombres, sino Dios. Es el “día de Yahvé”, el día en que la justicia divina brillará en medio de tantas injusticias humanas. El profeta lo presenta como un día tétrico y terrorífico, día de purificación, día de fuego acrisolado, “ardiente como un horno”, donde los “malvados y perversos serán la paja”. Dios mismo es ese fuego consumidor. En este ambiente aparece el verdadero Sol de Justicia, imagen anticipada de Cristo, verdadero inicio del nuevo “día” de la era mesiánica en que ya estamos.

                La segunda lectura tomada de la segunda carta de San Pablo a los cristianos de Tesalónica, nos pone ante una muy actualizada exhortación. La ociosidad tendrá nuevas formas de expresarse pero sigue siendo un vicio penoso en la vida humana. Nótese el estilo solemne con que el Apóstol inicia su exhortación a la laboriosidad. Una realidad nunca del todo superada: en la comunidad cristiana hay individuos que con su conducta irresponsable producen desórdenes. Hay hermanos que no trabajan, aún cuando tienen el ejemplo de los evangelizadores que no piden el pan sin haberlo ganado, “sino que trabajamos y nos fatigamos día y noche para no ser una carga para ninguno de ustedes”, dice Pablo. Les recuerda una enseñanza muy sabia: “El que no quiera trabajar que no coma” (v. 10). ¿Por qué este comportamiento? Como lo ha recordado antes San Pablo había hermanos cristianos que creían que la segunda venida de Cristo era inminente, de tal modo que no valía la pena trabajar. En este caso, era más fácil cruzarse de brazos y esperar simplemente la venida del Señor. Por el contrario, el cristiano debe mirar el ejemplo práctico de San Pablo que no duda en ponerse como modelo de laboriosidad y esfuerzo. Hay una multitud de jóvenes llamados la “generación Nini”, porque no estudian ni trabajan, viven a expensas de los padres y postergan sus compromisos hasta edades bien altas. Hay una tendencia a vivir de los bonos del Estado, sin esfuerzo ni compromisos laborales. Hay una mentalidad de “mendicidad” generalizada que anula el esfuerzo personal y el sentido de la autosuperación. El ocio puede convertirse en un vicio contagioso, de tal modo que la advertencia de San Pablo es muy actual y digna de una reflexión sincera. Valoremos  el sentido de la dignidad del trabajo evitando caer en el agobio laboral por falta de sentido y motivación.

                El evangelio de San Lucas, conocido como el discurso escatológico, nos brinda una oportunidad para reflexionar sobre las “cosas últimas”. El mensaje central del evangelio de hoy nos sitúa ante la realidad humana, incluido el templo de Jerusalén, en su finitud y ruina. Todo su esplendor y belleza como también su condición de signo de Dios sobre la tierra lleva en sí mismo los rasgos de la muerte. El texto se abre con la constatación optimista acerca del templo: “A unos que elogiaban las hermosas piedras del templo y la belleza de su ornamentación les dijo” (v. 5). Y frente a semejante apreciación sobre la realidad del templo, Jesús pronuncia unas inquietantes palabras que caen como un rayo en los interlocutores cuando les dice: “Llegará un día en que todo lo que ustedes contemplan será derribado sin dejar piedra sobre piedra” (v. 6). Esta predicción de la ruina del templo de Jerusalén, la ciudad santa, suscita una pregunta que supone que se acepta la dicha predicción de la destrucción: “Le preguntaron: Maestro, ¿cuándo sucederá eso y cuál es la señal de que está para suceder? (v.7).

                La respuesta de Jesús a esta doble inquietud es lo que se conoce como “el discurso escatológico” en San Lucas. Digamos que este discurso constituye la conclusión de la predicación de Jesús en Jerusalén. Se llama “escatológico” porque trata acerca de los acontecimientos del fin. El evangelista construye este discurso en base a tres momentos: destrucción de Jerusalén, tiempo de misión o de la Iglesia y, por último, la venida del Hijo del Hombre, que traerá la plenitud del Reino de Dios. No olvidemos que este último es el centro de la predicación y signos que realiza Jesús. Esta es la gran propuesta de un cambio radical en la historia humana, un mundo nuevo que se edifica desde la presencia silenciosa y humilde del Reino pero permanente y eficaz.

                ¿Qué pretende San Lucas con este “discurso escatológico”?. Hay que descartar toda intención de señalar acontecimientos que se habrían de desarrollar en el futuro, una especie de premoniciones o descripciones del fin del mundo. Su intencionalidad es ofrecer a los creyentes de su comunidad la fuerza y el coraje para que puedan vivir, en este tiempo de testimonio, el seguimiento de Jesús, en medio de las pruebas y dificultades, recordándoles el valor del tiempo presente. Así comprendemos las advertencias que les dirige frente a este panorama: “¡Cuidado, no se dejen engañar! Porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: Yo soy; ha llegado la hora. No vayan tras ellos” (v. 8). ¡Extraordinaria advertencia! Para tiempos de crisis de la fe, de desconfianza en la Iglesia, de desorientación y pérdida de rumbo. Tampoco el fin está vinculado a los fenómenos sociales como guerras y revoluciones. Que esto suceda no es signo que estamos llegando al fin de todo.

                Con la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén Jesús nos advierte que ha llegado a su fin el régimen de la Antigua Alianza entre Dios y el pueblo de Israel, sobre todo, entendida desde una religión formal y legalista, cultual y farisea a que había llegado. Por eso en el Reino de Dios que Jesús inaugura con su proclamación y con sus obras ya no hay templo, ni ciudad santa ni sacrificios porque toda la humanidad es el gran templo de Dios. El verdadero templo es Jesús y en Él todo hombre que lo acoge por la fe y el amor.

                Para vivir con lucidez evangélica es indispensable discernir porque es posible que surjan signos engañosos como falsos profetas, impostores, anunciadores de catástrofes y de la inminencia del fin, vendedores de utopías y paraísos, de fórmulas mágicas, ficticios salvadores. De éstos no han faltado en la historia y no dejarán de faltar en el futuro. Para un cristiano lúcido y sensato le será absolutamente necesario ejercitar el discernimiento entre lo verdadero y lo falsificado. No basta con reconocer que hay profetas; es indispensable reconocer que hay verdaderos y falsos. Nadie puede pretender que se nos señale en detalle lo que debemos hacer o no hacer; los pastores de la Iglesia nos ayudan en el sagrado deber de aprender a discernir con madurez los signos de los tiempos. Sólo así podremos librarnos de la fiebre escatológica o mesiánica, tan propia de los tiempos de crisis, de conflicto y de cambio de todo orden de cosas como  los nuestros. No menos poderosa es la seducción de los dioses, de las falacias populistas, cortoplacistas bajo el pretexto de encontrar soluciones rápidas e inmediatas a graves situaciones que reclaman espacio y tiempo de maduración. Y, finalmente, la tentación de llenar el mundo de héroes de papel cuya fragilidad es notoria. La historia humana y no menos la de la comunidad cristiana no es ajena a estas alucinaciones salvadoras o mesiánicas que encandilan y ponen en serio riesgo la fe en el Señor de la Historia. Así la advertencia de San Lucas en su discurso escatológico tiene una innegable actualidad. ¡Así como hay pecados de lesa humanidad, los hay también de lesa ingenuidad!

                Con María escuchemos al Señor y fortalezcamos nuestra convicción evangélica: el Reino está en medio de ustedes.

                Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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