Recomendar       Imprimir





24° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de este domingo está tomado de Lc 15, 1 – 32, las tres famosas parábolas de la misericordia, siendo la más conocida la del hijo pródigo.

24° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia” MV 10.

Textos

Ex 32, 7-11.13-14             “Ellos se han apartado rápidamente del camino que Yo les había señalado”.

Sal 50, 3-4.12-13.17-19  Iré a la casa de mi Padre.

1Tim 1, 12-17     “Pero fui tratado con misericordia”.

Lc 15, 1-32          “Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría”.

                Queremos, dice el Papa, vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. Pero “para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asimilarla como propio estilo de vida” (MV 13). Este es el espíritu del Año Jubilar de la Misericordia. ¿Por qué se nos convoca a “ser misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso? ¿No parece un lenguaje extraño esto de la misericordia y del perdón? Hoy la Palabra de Dios nos ayuda nuevamente a redescubrir el manantial de la misericordia en el corazón de Dios mismo. En este mes de la Biblia no dejemos pasar la oportunidad para leer, meditar y contemplar las maravillas que el Señor ha realizado para salvarnos. Dejarse un tiempo y espacio para esto vale oro cuando estamos sometidos a un ritmo de vida tan superficial y frustrante en muchos aspectos. Para que la Palabra tenga un lugar en nuestra vida hay que tomar la decisión de dejarse interpelar por ella. Es indispensable hacerlo si queremos volver al manantial de la misericordia divina. El Año Jubilar de la Misericordia está muy cerca de su término pero la invitación sigue marcando la vida de cada uno y de la comunidad entera.

                Te invito a saborear los textos que la Iglesia nos ofrece este domingo. Son nuestro manjar en la mesa de la Palabra, el mejor nutriente de una vida cristiana de calidad. Dejémonos atraer suavemente por el Espíritu de Dios para que nos abra la mente, el corazón y la vida misma al reconfortante ungüento de la gracia que se nos ofrece.

                La primera lectura está tomada del segundo libro del Pentateuco, el Éxodo. Dos son los ejes de este bello libro: la liberación de Israel desde la esclavitud egipcia y la Alianza que Dios sella con el pueblo liberado. Relata la epopeya de la liberación de un pueblo de esclavos, por iniciativa gratuita de Dios que se pone de parte de los oprimidos. Para ello Dios elige a Moisés. No hace la tarea solo, la comparte con los hombres y así surge la trama de la Historia de la Salvación como un diálogo de Dios Liberador y la humanidad esclavizada. Sin embargo, esta relación de Dios con su pueblo estará marcada por la fidelidad de Dios y la infidelidad del pueblo. Hoy, la liturgia nos ofrece unos versículos del capítulo 32 del Libro del Éxodo que tiene como telón de fondo el pecado de Israel y la fidelidad de Dios que lo ama sin límites. ¿En qué consistió la infidelidad o pecado de apostasía? El pueblo se fabrica un ternero de oro y proclama: “Este es tu dios, Israel, que te sacó de Egipto” (v. 4). Y luego hacen fiesta como si el ternero fuera su dios. Nótese que el mismo pueblo había prometido: “Haremos cuanto dice el Señor” (Ex 19,8). Con este relato se quiere acentuar la infidelidad del pueblo a la Alianza y éste pone como excusas la ausencia prolongada de Moisés y el no saber dónde se encuentra. Es efectivo que Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches en el Sinaí (Ex 24, 18). Pero el acto de apostasía acontece en presencia y con la anuencia de Aarón. El mensaje de este relato es: siempre han existido infidelidades y rechazo de Dios en el pueblo elegido desde sus mismos orígenes. Aunque se dice que Dios amenaza con castigar y exterminar al pueblo, siempre hubo un mediador, en este caso Moisés, que finalmente impide tal cosa. Lo hace recordando las promesas a los padres y concluye el texto: “Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo” (v. 14). La infidelidad al Señor no es relato del pasado; por desgracia es nuestra frecuente realidad. Y nuestro mediador es Cristo que nos obtiene la misericordia del Padre, sin límite. ¿Cómo estoy viviendo mi bautismo?

                La segunda lectura nos ayuda  a comprender nuestra propia historia personal de infidelidad al Señor y nos propone una confesión honesta de San Pablo acerca de su pasado como perseguidor de Cristo y de la Iglesia. Hay que tener agallas para narrar la propia historia en términos de errores y desaciertos cometidos y el Apóstol lo hace en muchos pasajes de sus cartas. Pero no se queda atrapado en su pasado. Por el contrario hidalgamente reconoce la acción de Cristo y le da gracias. ¡Cuánta ingratitud mostramos con nuestro Señor! El motivo de su nueva vida es Cristo: “Él tuvo compasión de mí porque yo lo hacía por ignorancia y falta de fe” (v. 13). Y una maravillosa certeza de la fe y del amor que nos da Cristo Jesús: “Que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (v.15). En dos oportunidades Pablo se refiere a la “compasión” que Jesús ha tenido con él. Otro tanto deberemos hacer nosotros. No somos cristianos porque somos buena gente, mejores que otros o por méritos propios. Somos cristianos porque hemos experimentado, en el encuentro con la persona de Jesucristo, la fuerza sanadora del amor del Padre a través del perdón de nuestra vida de infidelidades reiteradas. La misericordia de nuestro Padre la hemos experimentado en carne propia, sin límites ni tiempos.

                El evangelio de este domingo está tomado de Lc 15, 1 – 32, las tres famosas parábolas de la misericordia, siendo la más conocida la del hijo pródigo. Para entender la intencionalidad de estas tres historias hay que tomar en cuenta el inicio de este capítulo 15 lucano. Un dato de absoluta relevancia es la acogida que brinda Jesús a los recaudadores de impuestos o publicanos y a los pecadores, ambos grupos constituían un conjunto de personas marginadas o despreciadas por los hombres religiosos, representantes de la religión oficial judía, vale decir, los fariseos y los doctores de la Ley. Tengamos en cuenta que hay un conflicto entre ambas realidades de la sociedad judía que queda expresada muy bien: “Éste recibe a pecadores y come con ellos” (v. 2). Esta es la controversia que plantean a Jesús los fariseos y doctores. Jesús, como en tantas ocasiones, no responde con definiciones o conceptos sino con una historia sencilla que gira en torno a único centro y que los oyentes captan de inmediato. Es el género literario llamado parábola o comparación. Como dice Benedicto XVI: “Las parábolas son indudablemente el corazón de la predicación de Jesús”. En ellas “sentimos inmediatamente la cercanía de Jesús, cómo vivía y enseñaba... pero al mismo tiempo nos ocurre lo mismo que a sus contemporáneos y a sus discípulos: debemos preguntarle una y otra vez qué nos quiere decir con cada una de las parábolas” (Jesús de Nazaret, p. 223). Tratemos de comprender lo que Jesús quiere comunicarnos a través de estas tres parábolas llamadas con justa razón “parábolas de la misericordia”.

                Estamos confrontados con la realidad de marginación religiosa y social que vivía Israel en tiempos de Jesús. Están por un lado “los que están dentro” y, por otro, “los que están fuera” del sistema religioso. La primera parábola de la oveja perdida no quiere llamar la atención en el hecho que alguien se pierda sino en el gesto y acción del pastor que, deja las noventa nueve ovejas, emprende la búsqueda de la perdida hasta encontrarla, luego la carga sobre sus hombros muy contento, se va a la casa, llama a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense porque encontré la oveja perdida” (v. 6). El protagonista verdadero es el pastor y no la oveja perdida o las noventa y nueve restantes. Fijémonos en las acciones que el pastor emprende y los sentimientos que le invaden cuando la encuentra: la alegría contagiosa y la difusión de la buena noticia de haberla encontrado. Jesús no deja de escandalizar a los buenos que consideran una desproporción mostrar tanto despliegue a favor del pecador, del extraviado o perdido. Éstos consideran que Jesús y Dios deben preocuparse sólo de los justos y buenos, los cumplidores de su Ley. Pero, Dios y Jesús quiebran nuestros esquemas y nos muestran la increíble misericordia con que tratan a los marginados o pecadores. La declaración final de Jesús es hermosa: “Les digo que, de la misma manera habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (v. 7). Sin embargo, se trata de un pecador “que se arrepiente”, es decir, que reconoce su pecado y se convierte a Dios de corazón.

                En la segunda parábola nos encontramos con una historia muy semejante a la primera. Esta vez la protagonista es una mujer a quien se le pierde una moneda de las diez que tiene. Las acciones son: enciende una lámpara, barre la casa y busca con mucho cuidado hasta encontrarla y entonces llama a sus amigas y les comunica: “Alégrense conmigo, porque encontré la moneda perdida” (v. 9). La conclusión de Jesús es la misma de la anterior. Hay mucha alegría en el cielo por la conversión de un pecador.

                Dios no nos busca según los pergaminos que tengamos. Simplemente busca al que está perdido. Es la dinámica del Reino de Dios que no calza con nuestros puntos de vista. La “oveja perdida” o la “moneda pedida” o el “hijo pródigo” son expresión del proceder inaudito de Dios que mira lo pequeño, lo insignificante, lo que no tiene valor ante los ojos del mundo. Por eso es tan impresionante el amor del Padre manifestado en Jesús. La opción de San Pedro Nolasco no considera los pergaminos del hombre cautivo para ofrecer el rescate e incluso la propia vida si era necesario en peligro de perder la fe. A Nolasco le basta contemplar en el cautivo un ser humano que está oprimido y cautivo y así imita el ejemplo de la misericordia de Cristo, que ha venido a buscar al que estaba perdido. Un saludo fraterno y hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I.

   


Documentos:
· Comentario del Evangelio |