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22° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


Las lecturas de este domingo, especialmente el texto del Eclesiástico, el salmo y el evangelio, nos sitúan ante una actitud profundamente evangélica como es la del humilde. Y una de las bellas lecciones de la Biblia es que Dios acoge al humilde y rechaza al soberbio. La humildad nos permite comprender al otro en su fragilidad y pobreza y por ahí a ser misericordiosos y compasivos con el otro.

22° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

Jesús, cuando compartía la comida con toda clase de personas, estaba afirmando su proyecto y su propuesta de un ideal de una sociedad fraterna y de una convivencia solidaria.

Textos

Eclo 3,17-18.20.28-29     “Cuanto más importante seas, más humilde debes ser”.

Sal 67, 4-5.6-7.10-11      ¡Señor, tú eres bueno con los pobres!

Heb 12, 18-19.22-24       “Ustedes en  cambio se han acercado a Jesús”.

Lc 14, 1.7-14       “Porque quien se engrandece será humillado, y quien se humilla será engrandecido”.

                Las lecturas de este domingo, especialmente el texto del Eclesiástico, el salmo y el evangelio, nos sitúan ante una actitud profundamente evangélica como es la del humilde. Y una de las bellas lecciones de la Biblia es que Dios acoge al humilde y rechaza al soberbio. Más aún es Dios mismo que prepara casa y mesa a quienes el mundo se las niega. Y el evangelio de hoy nos pone como discípulos de Jesús un grande desafío: además de sentar a su mesa a los humildes, el discípulo debe vivir como uno de ellos. Esta actitud cristiana es escasa y muy mal comprendida en la sociedad actual. Abundan las actitudes opuestas como la prepotencia de los que se creen poderosos, la soberbia, el orgullo, la vanagloria, la autosuficiencia, el mirar en menos o despreciar a los pobres, etc. Y sin humildad ni siquiera se pueden practicar las virtudes. Por eso los autores espirituales consideran la humildad como una virtud fundamental. Ya la misma palabra nos señala la dirección en que debe entenderse: humildad viene de “humus” o polvo. Y San Agustín la define como la virtud del límite. Toda persona si quiere madurar tiene que aprender a encontrarse con la limitación existencial, que pone freno al puro deseo infinito que se anida en el corazón humano. La humildad nos permite comprender al otro en su fragilidad y pobreza y por ahí a ser misericordiosos y compasivos con el otro. Así nace la verdadera caridad fraterna y la posibilidad de perdonar de corazón. Quien es capaz de ponerse en el lugar del otro, reconocerlo como otro y compartir con él, es el que ha alcanzado ya un grado de humildad. Y cuando dejamos que Dios sea Dios, en su misterio insondable, y nosotros nos reconocemos creaturas suyas, finitas y limitadas, podemos vivir el sentido más hondo de la auténtica humildad.

                Como discípulos en camino tras las huellas de Jesús abramos nuestra mente y nuestro corazón para escuchar y acoger su Palabra, dejando que transforme nuestra vida, nuestra historia y nuestro mundo. Sólo Jesús tiene palabras de vida eterna.

                Del Libro del Eclesiástico 3, 17-18.20.28-29

                Estamos ante otro libro de la corriente sapiencial de la Biblia. Fue escrito en hebreo hacia el año 197 a.C. y tiene como finalidad reafirmar la fidelidad a la ley y a la tradición del pueblo judío frente a la influencia de la cultura griega o helenista. Se dirige a los judíos de la Diáspora, es decir, a los que viven fuera de Israel en medio de otras naciones. Junto al libro de los Salmos, es el  Eclesiástico el libro más usado en las lecturas litúrgicas de la Iglesia. Su autor es alguien que se ha dedicado al estudio, a la enseñanza y a la exposición de la sabiduría, sensatez o prudencia.

                La primera lectura de este domingo está tomada del capítulo 3, 17-29 del Eclesiástico y se refiere a la humildad. De esta exposición, la liturgia nos ofrece unos pocos versículos bien sustanciosos. La humildad es una de las virtudes que más debe practicar el hombre y consiste en  el esfuerzo constante de no ponerse por encima de los demás, no sentirse más grande ni mejor que los otros. Dos beneficios acarrea la humildad para quien la practica: el amor de los demás y la compasión de Dios. Y agrega el versículo 20 que Dios revela sus designios a los humildes. Luego los versículos 22 – 29 están dirigidos al hombre intelectual que cae en la arrogancia de creer que domina la ciencia y el conocimiento y se siente superior a los demás. La recomendación es precisa: “No corras a sanar la herida del orgulloso, porque no tiene sanación, es el brote de la mala planta” (v. 28). El teólogo Urs von Balthasar decía que la verdadera teología se hace de rodillas, es decir, desde la humilde búsqueda del misterio insondable de Dios, dejando que sea Él quien se revele si así lo quiere. Y los santos han comprendido que el misterio de Dios no es reductible a categorías puramente humanas. ¿Por qué creo que soy humilde? ¿Cómo me relaciono con las personas? ¿Cómo me conecto con el Señor, misterio eterno e inabarcable? ¿Espero reconocimientos, alabanzas, premios por mis acciones? ¿Reconozco mis limitaciones y debilidades hidalgamente? ¿Me siento mejor que otros, más inteligente y comprometido?

                Carta a los Hebreos 12, 18-19.22-24

                Seguimos escuchando al predicador siempre en el capítulo 12. En esta oportunidad, su exhortación a los oyentes es que permanezcan unidos y “busquen la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie puede ver a Dios” (v. 14). El texto de esta segunda lectura hace una comparación entre el antiguo modo de la manifestación de Dios y la nueva revelación de Dios en Jesucristo. Respecto al antiguo pueblo de Dios, Israel, los versículos 18 – 19 describen como Israel se encontraba en un monte terreno, tangible como era el Sinaí, lugar donde Dios se manifestaba a Moisés mediante manifestaciones terribles y estremecedoras de la naturaleza, tales como el fuego, el torbellino, la oscuridad, la tormenta. Era un escenario que infundía terror. Allí se escuchaba la trompeta, es decir, la voz de Dios. Así la experiencia de Dios en los tiempos antiguos estaba dominada por el miedo, por el terror. Tanto era así que los israelitas “pedían que no continuase” aquella experiencia aterradora.

                El predicador, después de describir aquella antigua experiencia de Dios, pasa a referirse a la experiencia cristiana en los versículos 22 – 24. En lugar de acercarse al Sinaí, la montaña de las tormentas naturales, les recuerda a sus oyentes: “Ustedes, en cambio se han acercado a Sión, monte y ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celeste…” (v. 22). Todo respira comunión, asamblea de bienaventurados y alegría: “con sus millares de ángeles, a la congregación y asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a los espíritus de los justos consumados” (v. 23). Y concluye esta visión con la expresa referencia a Jesucristo y su sacrificio cuando dice “ustedes se han acercado  a Jesús, mediador de la nueva alianza, a una sangre rociada que grita más fuerte que la de Abel” (v. 24). El mensaje de este sugerente texto no es otro que el peregrinar de la comunidad cristiana,  que se inició en el bautismo, tiene como meta la ciudad de Dios cuyos residentes es Dios mismo, sus ángeles y los justos que ya alcanzaron la meta, tanto los creyentes del Antiguo Testamento como los hombres y mujeres de buena voluntad de toda raza y nación. Es interesante mirar nuestro presente en el mundo desde la maravillosa meta de la felicidad eterna que compartiremos en la “comunión de los santos”. Esto otorga a la vida cristiana presente una fuerza y también una gran responsabilidad histórica, ya que el cielo no está desvinculado de la peregrinación terrena. Si creemos y esperamos el cielo, mayor es nuestro compromiso por transformar nuestra sociedad aquí y ahora.

                Evangelio de San Lucas 14, 1.7-14

                Hay que recordar que el acto de comer en común tenía, en las culturas antiguas, una gran relevancia. Se trataba de un acto de integración y de distinción social. El banquete servía para mostrar que los comensales eran gente distinguida y que compartía los mismos ideales y la misma categoría social. Pero también existía un ordenamiento social en los banquetes: los invitados ilustres se sentaban más cerca del anfitrión y cuánto más ilustres respondieran a la invitación más  reconocimiento social adquiría el que les había invitado.

                El evangelio de hoy contiene dos enseñanzas de Jesús: una sobre la elección de los puestos de la mesa por parte de los invitados (v. 7-11) y otra sobre la selección de los invitados a un banquete (v.12-14). Ambas no pretenden establecer normas de urbanidad en torno a la comida común. De eso existe el famoso Manual de Urbanidad de Carreño. Jesús quiere proclamar el banquete del Reino y desde aquí, como consecuencia de esta proclamación, el estilo de vida que debe asumir la comunidad cristiana como anticipo de la definitiva mesa compartida.

                El dato que no podemos pasar por encima es que la enseñanza sobre el banquete del Reino se sitúa en día sábado cuando Jesús “entró a comer en casa de un jefe de fariseos” (v.1) y ellos lo vigilaban. Ya sabemos que el sábado era el día sagrado para los judíos y que estaban fijados hasta el número de pasos que se podían dar para no quebrantarlo. En este ambiente, Jesús alude al banquete escatológico, es decir, el banquete definitivo del Reino.

                La primera enseñanza acerca del Reino escatológico es que nadie puede ocupar los primeros lugares ni por derecho propio ni por cortesía, es decir, nadie puede pretender estar por sobre los demás. Se requiere humildad para vivir esta actitud fundamental en el proyecto nuevo de Jesús. La vida auténtica se gana sólo en el servicio a los demás y la auténtica grandeza es siempre expresión o efecto del don que se ofrece a los demás. Las palabras de Jesús son elocuentes: “Cuando te inviten, ve y ocupa el último puesto” (v. 10). Pero esta actitud sólo es posible si hay auténtica humildad. Si obras así, el anfitrión te dirá: “Amigo, acércate más”. En el proyecto de Jesús no cabe el “te doy para que me des” sino en el don del amor que libremente se ofrece sin esperar recompensa. Y esto supone superar el egoísmo que pretende convertirnos en el centro de la vida de los demás. Una sentencia de Jesús contiene la enseñanza central: “Porque quien se engrandece será humillado, y quien se humilla será engrandecido” (v. 11). Termina el mensaje con la palabra que define la esencia del Reino de Jesús: “Cuando des un banquete, invita a pobres, mancos, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque ellos no pueden pagarte; pero te pagarán cuando resuciten los justos” (vv. 13-14). En el Reino los preferidos son los pobres.

                Que el Señor nos de su gracia para comprender y vivir esta hermosa Palabra que ilumina nuestro sendero y nos conduce a la vida verdadera. Hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I.


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