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14° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


En el texto de hoy dice: “Sanen a los enfermos que haya y digan a la gente: el reino de Dios ha llegado a ustedes” (10,9). Este es el corazón del anuncio y la Buena Noticia que debe ser proclamada en todas partes. El Reino de Dios es una expresión clave en el Nuevo Testamento y significa que Dios mismo, su amor y misericordia, se hacen definitivamente presentes en nuestra tierra.

14° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los campos que envíe trabajadores para su cosecha”, dice Jesús.

Textos

Is 66, 10-14         “Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo”.

Sal 65, 1-3.4-7.16.20 ¡Aclame al Señor toda la tierra!

Gál 6, 14-18      “Lo que importa es ser una nueva creatura”.

Lc 10, 1-12.17-20              “Vayan, que yo los envío como ovejas entre lobos”.

                Cuando llegamos al término de la celebración de la misa o eucaristía, normalmente el sacerdote o el diácono nos despiden, mejor dicho nos envían a vivir la misión en el mundo real que dejamos al introducirnos en la celebración de la misa. De este modo, la eucaristía no termina sino que continúa como tarea existencial en la vida de cada uno. El Señor, que nos convoca a celebrar, es el que nos envía a dar testimonio y a ser testigos de su Reino. Es el momento del envío a la misión que todo cristiano comparte en razón de su bautismo. En el Documento de Aparecida se recuerda que “los fieles laicos son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (DA 209). Sin embargo, no podemos dejar de decir que esta misión evangelizadora de los laicos no es instantánea; reclama ciertas exigencias fundamentales. Así dice Aparecida: “Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (DA 212). Y todo el capítulo 6 de Aparecida se refiere al “itinerario formativo de los discípulos misioneros” (n. 240 ss) para resaltar la importancia de un proceso formativo para la vida y para la misión cristiana en el mundo.

                Todo esto contemplémoslo desde la Palabra de Dios de este domingo catorce del tiempo ordinario. Los textos bíblicos nos introducen en el corazón de Dios manifestado en Cristo, su Hijo.

                Primera lectura, tomada de Isaías, el Tercer Isaías, se refiere a un pueblo que renace de las peripecias del destierro por obra de Dios. Una sugerente imagen como es el parto sirve para expresar la futura restauración del pueblo elegido y de Jerusalén, la ciudad santa. Al mismo  tiempo, este canto subraya la exclusividad de Dios en el acto de dar la vida y de sostenerla, lo que constituye una excelente prueba a favor del valor sagrado de la vida humana, tema tan central en la reflexión acerca de todo atentado a la vida como el aborto, la tortura, la eutanasia, etc. El texto de la primera lectura de este domingo nos presenta a la nueva Jerusalén que el profeta vislumbra como una esperanza cierta en el futuro. Ha pasado el tiempo de duelo, el tiempo del cautiverio y de la desolación de la ciudad santa y sus habitantes. Por eso hay que alegrarse y gozar con la nueva ciudad, representada como una madre que amamanta a sus hijos, los lleva en brazos y sobre las rodillas los acariciará (v. 11.12). Se anuncia una paz abundante y mucha prosperidad, cosas muy distintas al calamitoso estado antiguo marcado por las injusticias y la corrupción que la dominaban. Una conclusión alentadora anuncia el profeta: “La mano del Señor se manifestará a sus siervos, y su cólera, a sus enemigos” (v. 14). El mensaje de esta profecía no puede ser más urgente para la Iglesia y la humanidad, sobre todo ante una generalizada crisis de confianza y falta de esperanza que nos invade por doquier. Confiar que solo Dios puede hacer nacer la vida y crear  un mundo nuevo, parece descartado ante la confianza ciega puesta en la ciencia y la técnica como únicas capaces de cambiar las cosas en nuestra tierra. ¿No será bueno reinstalar a Dios en nuestra vida, en nuestra sociedad, cultura, educación, economía? ¿Hacia dónde vamos si prescindimos de Dios?

                Segunda lectura, tomada de la Carta de San Pablo a los Gálatas, nos recuerda las palabras con que el Apóstol concluye su carta y se despide de sus lectores a quienes vuelve a advertirles que no se sometan al rito corporal de la circuncisión, cosa pretendida por los “falsos hermanos” que se han introducido en la comunidad de los gálatas. Afirma que estos partidarios del rito legal de la circuncisión  buscan imponérselo a los cristianos de Galacia “sólo para no ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo” (v. 12). Porque quien acepta la libertad que Cristo nos ha conseguido, liberándonos de la ley y de todo régimen que pretenda someternos de nuevo a la esclavitud anterior, está dispuesto a asumir las consecuencias de permanecer libre como seguir a Cristo tomando la cruz de cada día. Estamos ante un verdadero resumen de la carta y ese es el sentido que tiene la frase “Miren qué letras tan grandes, escritas por mi propia mano” (v.11). El texto de esta segunda lectura nos ofrece lo que fue el centro espiritual de su vida, la cruz de Cristo. Ésta es la fuente de su mayor valor de tal modo que todo lo demás  aún aquello que en otro tiempo era fuente de orgullo personal en su condición de judío ferviente y comprometido, ha pasado a ser nada. ¿Por qué la cruz de Cristo es motivo de gloria y exaltación? Porque en ella Cristo ofreció su vida para liberarnos del pecado, de tal modo que desde este gesto redentor nace una nueva criatura, el hombre nuevo recreado según el amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo y en su gloriosa resurrección. “Lo que importa es ser una nueva criatura” (v. 15) y esto es lo decisivo y no la circuncisión carnal que ha perdido toda supuesta fuerza. La “marca” que el Apóstol lleva es la capacidad de abrazar por amor los sufrimientos por seguir las huellas de Jesús y por causa de la misión. “Ya llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (v. 17), es decir, el Apóstol siente que está  cada vez más identificado con el Señor Jesucristo en su misterio pascual. Por eso puede concluir: “En adelante no quiero que nadie me cause más dificultades” (v. 17). Así reafirma su autoridad apostólica y da por resuelto el problema que ha desarrollado en esta hermosa Carta a los Gálatas.

                El Evangelio, tomado de San Lucas, nos narra la misión o envío de los setenta y dos. En Lc 9, 1- 6 Jesús había hecho un primer envío de los Doce, simbolizando con ello el pueblo de Israel compuesto de doce tribus e indicando la configuración del nuevo pueblo de Dios. El cometido central de la misión es el mismo: anunciar el Reino de Dios. Dice en el envío de los Doce: “Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar los enfermos” (9, 2). En el texto de hoy dice: “Sanen a los enfermos que haya y digan a la gente: el reino de Dios ha llegado a ustedes” (10,9). Este es el corazón del anuncio y la Buena Noticia que debe ser proclamada en todas partes. El Reino de Dios es una expresión clave en el Nuevo Testamento y significa que Dios mismo, su amor y misericordia, se hacen definitivamente presentes en nuestra tierra. Portador de esta Buena Noticia es Jesús, el gran evangelizador que, en nombre y por mandato del Padre, anuncia o proclama a toda criatura. Significa que quien acoge a Jesús y su Buena Noticia está acogiendo a Dios mismo, el amor eterno que se nos ha manifestado. Significa reconocer y aceptar en la propia vida la soberanía de Dios, un señorío basado en el amor misericordioso. Por eso, el canto del Benedictus dice: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc 1,68). El Reino que anuncia Jesús es el mismo Jesús, Dios hecho hombre. Frente al anuncio del Reino de Dios, los hombres quedan llamados a creer y convertirse a Jesús, es decir, a aceptar el gratuito ofrecimiento que Dios nos hace de la salvación. El Reino de Dios es pura gracia, no lo merecemos ni lo adquirimos; Dios en su infinita bondad se inclina hacia el hombre y le ofrece su don, es decir, su amor gratuito. De este modo, el Reino de Dios no es de este mundo ni nada se identifica con él. Y es el motivo y contenido de la misión de los Doce y de los Setenta y dos.

                ¿Por qué son enviados setenta y dos? El setenta nos remite, por una parte, al simbolismo del número siete y sus múltiplos en la Biblia como expresión de totalidad, de plenitud y de perfección. Por otra, el setenta y dos nos remite al sentido simbólico de referirse a las 70 naciones que se pensaba estaba dividido el mundo como se dice en Gn 10; ahora bien, en la perspectiva de San Lucas prima la universalidad del mensaje como la universalidad de la vocación cristiana y la urgencia del anuncio. Dicho de otro modo: todos los cristianos son llamados a serlo y tienen la misión de proclamar el Reino de Dios, sin excepción. Vocación y misión son dos aspectos de un único acontecimiento como es el encuentro con el Señor Jesús y su Evangelio a través de sus enviados misioneros. El evangelio debe llegar a todas partes, a todos los hombres, a todos los pueblos. La misión evangelizadora, llamado universal a anunciar la Buena Noticia, no conoce límites geográficos, culturales, étnicos, sociales, políticos. Distinto es si todos los evangelizados están dispuestos a abrazar por la fe y el amor el Reino y sus exigencias. Dios no obliga a nadie a hacerse cristiano a la fuerza; la propuesta es gratuita y sólo se entiende en el clima de la libertad de cada uno para acogerla o rechazarla. Pero todos somos responsables del Sí o del No que pronunciemos ante el anuncio del Reino de Dios.

                Desde el Reino de Dios comprendemos la urgencia con que debe ser anunciado. San Lucas señala las condiciones que los misioneros deben abrazar. Nada ni nadie les pueden detener o entretener en el camino. Hay prisa por llevar el anuncio a todos. Los anunciadores del Reino deben estar dispuestos a desprenderse de todo lo que los ate como los bienes materiales; deben permanecer en las casas donde llegan y recibir lo necesario. Los misioneros son portadores de la paz, el gran don que Dios regala. Un signo de esta “visita de Dios” en los enviados es sanar a los enfermos.

                El regreso de los misioneros está marcado por la alegría y el gozo. Han cumplido el encargo que Jesús les mandó y han saboreado los efectos saludables que el mensaje ha producido en el pueblo. Jesús se alegra con ellos y dice: “Estaba viendo a Satanás caer como un rayo del cielo” (v. 18). Es la manera de decir que la misión realizada por Él y compartida con sus enviados, está quitando poder a las fuerzas del mal. El amor de Dios va destruyendo el poder del odio y del mal en el mundo. El Reino se abre paso sin prepotencia ni dominación sino como servicio y humildad.

                Hasta pronto si Dios quiere. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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