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15° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


La parábola del buen samaritano no pierde su fuerza para interpelarnos una y otra vez. Por de pronto nos ayuda a comprender la acción de Cristo a favor de la humanidad oprimida, alienada, esclavizada, herida, botada.

15° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

“No se trata de esclarecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como “yo mismo”. (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, p.238).

Textos

Dt 30, 9-14          “El mandamiento está a tu alcance: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

Sal 68, 14.17.30-31.36-37          Busquen al Señor, y vivirán.

Col 1, 15-20        Él es imagen del Dios invisible”.

Lc 10, 25-37        “Un samaritano que iba de camino llegó donde estaba, lo vio y se compadeció”.

                Con cuánta razón se dice que San Lucas es el evangelista de la misericordia. Hoy disfrutamos de una página magistral como es la parábola del buen samaritano. En ella se nos dice lo que supone poner en práctica el mandamiento del amor al prójimo. Es una parábola que no pierde su fuerza para interpelarnos una y otra vez. Por de pronto nos ayuda a comprender la acción de Cristo a favor de la humanidad oprimida, alienada, esclavizada, herida, botada. La imagen del herido del camino nos ayuda a comprender el grave estado de la humanidad cuya historia está hecha de tantas formas, muchas de ellas muy refinadas, de dominación y opresión. La parábola no señala que en la humanidad hay hombres buenos como el samaritano. Lo verdaderamente importante es que cada uno está llamado a convertirse en prójimo del otro. Es una conversión al amor al prójimo siguiendo el ejemplo de Jesús. Por lo tanto, no se trata de una ayuda cualquiera que podemos dar a otro ni menos aún de dar cosas materiales en la línea del asistencialismo. Se trata, por el contrario, de un profundo cambio desde dentro de cada uno que lo lleva a descubrir al otro como alguien digno de amor. La parábola nace de la pregunta por lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna y su respuesta está enmarcada en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. La pregunta “¿Y quién es mi prójimo”? lleva a Jesús a proponer la parábola donde queda claro quién es prójimo del herido como “el que tuvo compasión de él”. Su conclusión es sorprendente: “Vete y haz tú lo mismo”.

                Pasemos a la contemplación de la Palabra de Dios. El Señor siempre nos sorprende con su mensaje y espera de nuestra parte una renovada respuesta de fe, de esperanza y de amor.

                El texto del Deuteronomio de la primera lectura nos ofrece, dentro del objetivo de actualizar el antiguo pacto hecho con Dios y con Moisés como mediador entre Dios y el pueblo, un trasfondo histórico muy preciso como fue la caída de Judá, la destrucción del templo y de Jerusalén y la deportación a Babilonia hacia el año 587 a.C. El capítulo 30 entero es un intento de responder a las interrogantes y dudas que significó la caída de Judá. Su finalidad es animar a los creyentes israelitas a aceptar la situación que están viviendo como justo castigo por haberse alejado de Dios. Todo el texto busca reconstruir la fe y la esperanza en Dios que sigue dispuesto a perdonarlos y a devolverlos a la tierra que bajo juramento el Señor les había dado a sus padres. ¿Qué se le pide al pueblo? Escuchar la voz del Señor, guardar o cumplir lo que está mandado en la Ley, que lo que Dios le pide al pueblo no es algo imposible de alcanzar y de cumplir. Por el contrario, la palabra de Dios está tan cerca del hombre que la puede cumplir. Esta enseñanza nos viene muy bien a nosotros hoy. ¡Cuántas excusas para no intentar vivir el evangelio y cumplir los deberes fundamentales de una vida cristiana comprometida! No tenemos escasez de doctrina sino de compromiso vital con el Señor. El evangelio es bello cuando se lo toma en serio y empieza a animar la vida del creyente y de la comunidad cristiana. Lo más triste de nuestro tiempo es el divorcio entre la fe y la vida; hay mucho cristiano que dice creer una cosa pero su vida dice lo contrario. Esta separación entre la fe y la vida nos lleva a vivir en direcciones muy distintas.

                La lectura de la carta a los Colosenses es una muestra de la verdad del evangelio. San Pablo ha recogido y adaptado un himno litúrgico con que las comunidades cristianas del primer siglo expresaban el misterio de Jesucristo. Resalta la grandeza y esplendor del divino Salvador. Es un himno cristológico. Dos aspectos resaltan en esta grandiosa visión sobre Jesucristo. Por una parte es Creador: “Porque por él fue creado todo, en el cielo y en la tierra, lo visible y lo invisible… Todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo y todo se mantiene en él” (v. 16.17). Cuando Dios crea el universo ya está presente Cristo, pues todo fue creado por Él y para Él. Así Cristo es “la imagen del Dios invisible”, el primero de toda la creación como dice en el v. 15. Y, por otra, Cristo es el Salvador porque “por medio de él quiso reconciliar consigo todo lo que existe, restableciendo la paz por la sangre de su cruz tanto en las creaturas de la tierra como en las del cielo” (v. 20). El compromiso de Cristo con la humanidad queda expresado en la “sangre de su cruz”. Ha logrado la paz entregando su vida para el perdón de los pecados cuya culminación es su muerte y resurrección. La obra de Cristo no es sólo la salvación histórica sino también la redención del universo entero. Este señorío absoluto de Cristo se experimenta en su Iglesia que lo reconoce como su Cabeza, principio, primogénito entre los muertos, “para ser en todo el primero” (v. 18). Jesucristo reconcilia todo en si mismo porque “En Él decidió Dios que residiera la plenitud” (v. 19), plenitud de todo lo creado y de todo lo salvado. Esa plenitud en definitiva no es otra que su identidad de ser Dios y hombre. En Cristo nos encontramos con el rostro del Padre y con el rostro del hombre. Leamos este hermoso texto en clima de oración contemplativa.

                El evangelio de este domingo, siguiendo en este Ciclo C con la lectura continuada de San Lucas, nos ofrece un texto muy hermoso y sugerente, rico en perspectivas y de una extraordinaria belleza. Me refiero a la parábola del buen samaritano. Al leer el texto detenidamente y por varias veces, es posible obtener un conjunto de detalles que nos permiten penetrar en la hondura de esta narración. Muchos desean simplificar al máximo su enseñanza cayendo en generalidades muy repetidas; otros, no desean hacerse problemas y prefieren excusarse con la típica frase que es muy difícil el evangelio. En verdad, para quienes quieren entrar en el mundo nuevo que Jesús viene a inaugurar, su enseñanza resulta sencilla y extraordinariamente clara. No hay que olvidar que el evangelio y la predicación de Jesús tenía como interlocutores personas muy sencillas y sin mayor preparación.  

                ¿Qué podemos destacar de este evangelio? Ya alguna cosa está dicha en el inicio de este comentario bíblico. Al respecto:

                1°  La búsqueda de la vida eterna no puede separarse del mandamiento central del amor a Dios y al prójimo. El jurista del evangelio, hombre instruido en los textos sagrados, sabe perfectamente que lo que la Ley de Moisés manda está expresado en el doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Jesús le aprueba su respuesta y le dijo: “Obra así y vivirás” (v. 28). Quien ama a Dios no puede prescindir del amor al prójimo. Esto es absoluto. Cuando el amor a Dios está separado del compromiso concreto con el prójimo estamos ante una falsa experiencia religiosa. Es muy penoso cuando el cristiano es una persona devota y piadosa pero no tiene consideración alguna por el prójimo. Aquí falta evangelio y sobra religión.

                2°  Jesús nos introduce en una nueva forma de comprender al prójimo. Los israelitas del Antiguo Testamento entendían el mandamiento del amor al prójimo pero solo aplicable a los miembros de la nación. El pagano no es prójimo. El jurista del evangelio de hoy pregunta: ¿Y quién es mi prójimo?” (v. 29). Jesús le cambia la pregunta: ¿Quién de los tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?” (v. 36). Jesús no nos dice quién es mi prójimo sino que prójimo soy yo, cuando me acerco al otro y lo ayudo. El verdadero asunto es hacerse prójimo del otro y no en saber quién es mi prójimo. Sólo puedo amar auténticamente cuando me hago prójimo del otro. Es el samaritano el que se ha convertido en prójimo del desconocido herido del camino. Ni el sacerdote ni el levita, ambos servidores del templo, se han convertido en prójimos del caído. Lo han visto pero pasaron de largo.

                3°  El prójimo es el caído. Al que debemos acercarnos y ayudar es al caído, al herido, al que sufre violencia, al despojado de sus derechos de persona, al cautivo, al enfermo, etc. En tal caso no importa su nombre, ni su país, ni su edad ni su religión. Este es el orden de preferencia que Jesús establece claramente. Debemos hacernos prójimos de los “más pequeños”, los marginados, los sufridos. Así como Jesús hace de hecho en su ministerio público, ciertamente no excluye a nadie pero se acerca a los preferidos por Dios, los pobres en la amplia gama de situaciones humanas desfavorecidas. De este amor preferencial por los pobres la Iglesia y especialmente la vida religiosa tiene una larga historia de generosidad y sacrificio. Pensemos en San Pedro Nolasco o San Juan de Mata, testigos de su pasión por la liberación de los cautivos cristianos o en Santa María Micaela y su amor apasionado por la dignidad de la mujer prostituida.

                4°  La clave de la compasión o misericordia. ¿Cómo hacerse prójimo del caído? La gran diferencia de los tres que pasan por el camino donde está el herido, está no en el rango social o religioso sino en aquel que fue capaz de sentir compasión: “Un samaritano que iba de camino llegó donde estaba, lo vio y se compadeció” (v. 33). A partir de este amor de dentro se desencadenan otras acciones de ayuda y cercanía. En una sociedad que ha olvidado la misericordia y ha instalado la única exigencia de la justicia, olvidando la necesidad del perdón, esta parábola choca con los intereses individualistas que llevamos impresos a fuego. Se tiende a multiplicar la violencia, el atropello, la insensibilidad, la falta de solidaridad, la dominación, etc. Es fundamental volver a descubrir la belleza de la misericordia y la compasión como nos lo pide el Papa Francisco en este Año de la Misericordia con su exigente lema “Misericordiosos como vuestro Padre”.                   Fr.CAEI.          


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