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12° Durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de este domingo nos sitúa ante dos momentos muy significativos de Jesús con sus discípulos: el primero es la confesión de fe de Pedro (Lc 9, 18-21) y el primer anuncio de la pasión y resurrección y las condiciones del seguimiento (Lc 9, 22- 24). Estamos en los momentos finales del ministerio público de Jesús en Galilea.

12° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

“Misericordia es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia es la vía que une a Dios y al hombre” (MV 2).

Textos

Zc 12, 10-11        “Harán duelo como por un hijo único”.

Sal 62, 2-6.8-9                Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío. 

Gál 3, 26-29        “Todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús”.

Lc 9, 18-24          “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame”.

                Una gran verdad humana nos ayuda a comprender mucho mejor la  Palabra de Dios de este domingo. Me refiero a la necesidad y calidad de los vínculos que establecemos. Una familia se afianza según la fuerza de los vínculos entre los diversos miembros que la forman. Si los vínculos son fuertes y de calidad, la familia tendrá una fuerte influencia en la vida y acción de sus miembros. Si los vínculos son esporádicos, débiles, superficiales e incluso sin historia, la familia será una realidad muy debilitada y no influirá en la vida y acción de sus miembros. Esto mismo pasa a la Iglesia, la gran familia de Dios. Su  fuerza convocante y transformadora está íntimamente vinculada a la calidad y potencia de su vínculo con su Señor Jesucristo. Cuando este vínculo con Cristo es la motivación de la acción y de la vida misma estamos ante una comunidad fuertemente unida y con gran despliegue de su acción evangelizadora. Preguntémonos: ¿cómo está mi vínculo con Cristo, con la Iglesia, con mi vida, con mi persona, con mi proyecto de vida? ¿Estoy unido a Cristo con lazos potentes de amor y entrega? ¿O estoy tibio, desmotivado, sin energía, sin vida nueva? En muchos cristianos la fe languidece, se marchita, se hace mustia ¿por qué? Posiblemente se ha debilitado e incluso perdido el vínculo amoroso con el Señor. Y entonces ya no hay ganas de seguir sus huellas ni menos tomarse en serio sus exigencias. Nos convertimos en cristianos mediocres que es lo mismo que decir hombres y mujeres mediocres.

                Dejemos que la Palabra de hoy nos envuelva en su aliento de vida nueva, de esperanza y de confianza, es decir, que nos ayude a  recrear nuestro vínculo con el Señor. No se puede seguir a un extraño y lejano. El discípulo vive en el corazón del Maestro. Vamos a los textos bíblicos.

                El profeta Zacarías es el autor al que nos remite la primera lectura. Fue contemporáneo del  profeta Ageo y su misión profética duró de octubre del año 520  hasta noviembre del 518 a. C. Su nombre significa en hebreo “el Señor recuerda” y en él converge la doble línea del sacerdocio y del profetismo. A la esperanza de un futuro glorioso muy inmediato en la predicación de Ageo, sucede un anuncio mesiánico a largo plazo en Zacarías. En esta línea está el texto de la primera lectura de hoy y se ubica en la segunda parte del libro, capítulos 9 a 14. Nuestro texto se ubica en la sección que va de Zac 12, 1 – 14,21 y se refiere a la salvación y gloria futura de Jerusalén, la ciudad santa. El Libro  de Zacarías tiene un fuerte acento mesiánico, razón que explica el abundante uso del mismo en el Nuevo Testamento. ¿Cómo entender el texto de hoy? Cuando todo parece perdido, el Señor anuncia la restauración definitiva de Jerusalén. Sobre Jerusalén liberada de los enemigos, sobre su dinastía davídica y sobre sus habitantes, se realiza la efusión del espíritu de Dios, espíritu de benevolencia y de súplica. Y he aquí que  se habla del traspasado al que miran los mismos que lo hieren y harán duelo como por un hijo único, llorarán como se llora a un primogénito. El texto se refiere a un mártir inocente de cuya muerte es responsable el pueblo y cuya mirada desata ahora un proceso de arrepentimiento. El evangelista San Juan aplica este pasaje a Jesús, muerto en la cruz (Jn 19,37). Como toda la Escritura nos habla de Cristo, en opinión de San Jerónimo, la Iglesia piensa en una profecía mesiánica acerca de Jesús y su sacrificio en la cruz. Es clarísimo que para el profeta Zacarías la liberación de Jerusalén no es fruto de su propia acción sino de Dios que no olvida a su pueblo, aún en medio de los peores momentos como era esta época en que Zacarías ejerce su ministerio profético. Miramos a Cristo traspasado por la lanza y encontramos la salvación de nuestro pecado y de la muerte.

                En la Carta a los Gálatas nos encontramos con otro importantísimo texto del Apóstol San Pablo que tiene como tema de fondo, en este capítulo 3 la Ley y la fe. “Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros custodiados por la ley hasta que se revelase la fe futura”, dice en 3, 23. Todo el tiempo antes que viniera Cristo “la ley era nuestro guía”. No sólo la Ley de  Moisés  sino todo sistema o régimen humano que pretendía salvar al hombre, también las ideologías, nos sometían como el carcelero somete a los penados. “Pero al llegar la fe, ya no dependemos del guía”, dice San Pablo. En este contexto podemos comprender la belleza del texto de la segunda lectura de hoy. La figura está tomada del mundo griego donde los hijos menores de edad eran encargados a pedagogos, generalmente esclavos, viniendo a resultar un contraste entre hijos libres pero sometidos a tutores que los esclavizaban. Cuando el hijo llegaba a la mayoría de edad, decidida por el padre, se emancipaba y adquiría todos los derechos como hijo y heredero. Antes de la llegada de Cristo, la humanidad vive como en minoría de edad, cosa que termina  cuando Dios envía a su Hijo, el Heredero, y por la fe en Él hemos obtenido la condición de hijos y herederos. Nuestra minoría de edad fueron largos siglos de esclavitud bajo los poderes del mundo, incluyendo las modernas idolatrías del poder y del dinero, del sexo y el placer, etc. Gracias a Cristo somos “revestidos” de una nueva condición, la de los hijos gracias al bautismo. ¿Vivo consciente de la gracia bautismal como inicio de una vida nueva, en libertad y gracia? ¿Realmente soy y actúo como hombre y mujer liberados o me someto como en la minoría de edad a los poderes de este mundo que aliena y esclaviza? Bello texto que hay que meditarlo siempre. Vicios y pasiones pueden esclavizarnos hasta destruir nuestra dignidad humana, reconquistada por el sacrificio del amor de Cristo, el traspasado en la cruz.

                El evangelio de este domingo nos sitúa ante dos momentos muy significativos de Jesús con sus discípulos: el primero es la confesión de fe de Pedro (Lc 9, 18-21) y el primer anuncio de la pasión y resurrección y las condiciones del seguimiento (Lc 9, 22- 24). Estamos en los momentos finales del ministerio público de Jesús en Galilea. La fama de Jesús se ha extendido por toda la región pero esto no significa que la gente e incluso sus discípulos tengan clara su identidad. Y para Jesús es importante saber qué piensa la gente sobre su verdadera identidad. Un aspecto muy resaltado en el evangelio de Lucas es el ambiente que rodea la escena: es la oración a solas que vive Jesús. Dice el texto: “Estando él una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él les interrogó: ¿Quién dice la multitud que soy yo?” (v. 18). De este modo, se resalta que estamos ante un momento importante de Jesús, ya que en San Lucas, las grandes decisiones del Señor se toman en el intenso clima de la oración a solas o en lugar solitario con su Padre. La oración es antes que nada una intensa comunión de amor, de voluntades, de unión intensa, de reafirmación de la donación que vive el Hijo Amado con su Padre. Así la oración de Jesús tiene el sello de la filiación: se cimenta en la relación de Padre e Hijo. Toda oración cristiana se comprende en este ámbito, el de la filiación adoptiva que, por pura gracia, Cristo nos comparte y participa. Somos hijos en el Hijo, dirá San Pablo. Jesús ora no por necesidad sino por amor e intimidad filial con su Padre.

                La pregunta clave de Jesús a los suyos “¿Quién dice la multitud que soy yo?” genera una multiplicidad de respuestas acerca de lo que la gente piensa que es Jesús. No creo que la realidad de hoy frente a Jesús haya cambiado; por el contrario, hay variadas y también curiosas respuestas. Lo que es muy lógico si el vínculo con el cristianismo es por momentos y no continuo en el tiempo. Generalmente nuestro común denominador es el momento sacramental, que no tiene continuidad ni logra crear una relación permanente en profundidad con el Señor.                                                                Hoy el evangelio nos lleva a la respuesta clave en labios de Pedro ante la directa pregunta de Jesús a los suyos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”  “Tú eres el Mesías de Dios” (v. 20). ¿Qué dice Pedro? El título que Pedro da a Jesús “El Mesías de Dios”, que en griego es “El Cristo de Dios” es decir “el Ungido de Dios”, nos vincula  con la gran y larga esperanza de Israel, en el sentido que una persona enviada por Dios salvaría a Israel. Pedro ha respondido en nombre propio y a nombre de sus compañeros. Ha visto cómo Jesús ha anunciado el Reino y ha realizado signos y prodigios y todo indica que en Jesús, Dios está restaurando el reino de Israel. Todavía no estamos ante una confesión plenamente de fe cristiana sobre quién es Jesús, porque falta la experiencia dolorosa de la muerte de Jesús y su gloriosa resurrección, que efectivamente mostrará la plenitud de la identidad y misterio de Jesús. Por esta razón, los discípulos deben pasar todavía por el contradictorio misterio de la cruz y luego la gozosa resurrección de Jesús. Falta el “camino de subida a Jerusalén” como experiencia fundamental de la verdadera identidad del Maestro.

                La segunda escena del evangelio de hoy es el primer anuncio de la pasión y sus consecuencias para el discipulado auténtico. Nos encontramos aquí con el primer anuncio de la pasión hecho por el mismo Jesús, identificado con el título  “Hijo del hombre”. Así dice el texto: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (v. 22). Luego se indican las condiciones del seguimiento de Jesús. Así la vida del cristiano queda definida por la vida de Jesús y cuya culminación es la cruz y resurrección. Lucas agrega un interesante detalle: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame” (v. 23). Con este “cada día”, Lucas quiere indicar que la cruz es una actitud permanente de la existencia cristiana y que no está hablando de un hecho aislado como la persecución o el martirio. Y no hay cruz más pesada que la propia existencia, la del “día a día”. Hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


Documentos:
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