Recomendar       Imprimir





11° Durante el año. Comentario del Evangelio


"El evangelio de San Lucas tiene como protagonista central a una mujer pecadora cuyo nombre no se revela. Así se da a entender que la experiencia del pecado es universal. El mensaje de este evangelio es que sólo el amor y el reconocimiento interior de ser pecador atraen la misericordia de Dios y su perdón".

11° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

2016, Año de la Virgen de la Merced y de la Misericordia

 “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio” (MV 15)

Textos

2Sm 12, 7-10.13               “¡He pecado contra el Señor!”.

Sal 31, 1-2.5.11                 Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Gál 2, 16.19-21                  “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Lc 7, 36 – 8,3                     “Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados”.

                Un potente signo de lo que nos está pasando como sociedad es el que proyectaron los medios de comunicación el mismo jueves pasado. Se nos gravó la imagen de un Crucificado tirado en la Alameda, destruido y abandonado. Fue sacado con violencia desde el templo de la Gratitud Nacional y expuesto al escarnio público. Este no es más que otro signo de una larga cadena de violencia que ha tejido nuestra sociedad desde hace mucho rato. El pasado 21 de mayo el escenario fue Valparaíso que tuvo como consecuencia la muerte de trabajador ya mayor y una serie de destrucción de bienes públicos y particulares. Y ya nos acostumbramos a la casi diaria cadena de atentados en la Araucanía, hasta el punto que hemos perdido la capacidad de asombro y de reacción que no tiene por qué ser igualmente violenta, pero sí restablecer el derecho a vivir en una sociedad de seres civilizados y democráticos. La invitación del Papa Francisco que encabeza este comentario bíblico es elocuente: “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, etc.” Me parece que como sociedad hemos hecho el ejercicio de no mirar y hacernos los desentendidos de la grave situación de agresión permanente a que estamos sometidos. Se ha creado una “sociedad de derechos” para las minorías vociferantes y violentistas y se han olvidado los deberes que hacen de una sociedad un ente civilizado. Jesús proclama el evangelio de la no violencia que no es pacifismo ni indiferencia; por el contrario, es un  ágil compromiso en la construcción de la paz, del entendimiento, de la mutua colaboración y del reconocimiento de cada persona en su irrepetible dignidad. El fariseo del evangelio de este domingo no veía a la mujer pecadora sino reforzó su convicción que la bondad es condominio de unos pocos. Pero tampoco descubrió en Jesús la persona que podía ser acogida como se acostumbraba; sin embargo, la pecadora sí fue capaz de suplir esa “falta de atención” del fariseo. No estamos viendo la realidad real de un Chile herido por la pobreza y sus mil formas que claman al cielo. Cada uno, como un fariseo moderno, mira sólo su bien particular, su partido, su gremio, su empresa, su iglesia, su institución, etc. Digamos: “Enséñanos, Señor, a ver con tus ojos lo que nos está sucediendo cada día”.

                Precisamente la Palabra de Dios de cada día y sobre todo de cada domingo, es una llamada a dejarnos interpelar por la Verdad que es Jesucristo. Pongamos esta realidad personal y social que estamos viviendo ante la mirada del Señor que nos habla también en los mismos hechos por dolorosos que sean.

                La primera lectura tomada del segundo Libro de Samuel es extraordinariamente bella y actual. Este Libro del Antiguo Testamento toma el nombre de un gran hombre, juez y profeta de Israel, que interviene en un momento muy delicado como es el advenimiento de la monarquía. Los relatos de estos dos libros se pueden situar los siglos XI y X a. C. Hacia el año 1030 es ungido como primer rey de Israel Saúl; le sucede David ungido rey hacia el 1010 y luego su hijo Salomón ungido hacia el 971. En el Libro del Eclesiástico se dice de Samuel: “Amado de pueblo y favorito de su Creador, pedido desde vientre materno, consagrado como profeta del Señor, Samuel juez y sacerdote” (46,13).

                El texto de esta primera lectura se refiere al encuentro del profeta Natán con David. El motivo de este encuentro está motivado por el pecado que ha cometido David como narra el capítulo 11. La enseñanza fundamental de esta primera lectura es impresionante: cuando los hombres callan o acallan su conciencia ante los delitos o pecados cometidos, la Palabra de Dios se alza para acusar. Es el cometido del profeta Natán. Cuando David escuchó una sencilla parábola donde queda claro el pecado del rey, éste reacciona con furia contra el malhechor de la parábola y dice: “¡Por la vida de Dios, que el que ha hecho eso merece la muerte! (v.5) ante lo cual dice el profeta: “¡Ese hombre eres tú!” (v. 7). La Palabra expresada en una simple ficción como es una parábola, interpela y acorrala a David, y en él a todo hombre y mujer, es luz que penetra y delata la real situación de pecado que está escondido en lo más íntimo del pecador. De ahí la importancia que adquiere el dejarse llamar e interpelar por la Palabra de Dios, por el Evangelio. El pecador no ve o no quiere ver “su” pecado; lo esconde y se dedica a ver y condenar el pecado ajeno. Si los cristianos hemos debilitado nuestro contacto con el Evangelio, con la vida Sacramental, con la Oración, la consecuencia de una “conciencia adormilada” no es sino un penoso resultado de esta falta de relación permanente con la Luz, la Antorcha que ilumina el camino. ¿Eres de los que dicen que no tienes pecado, que no necesitas confesarte, que todo está bien dentro de ti? Presta atención a la Palabra de hoy y revísate ante ella. Porque es a Dios a quien tenemos que responder.  Un individualismo tan persistente no permite abrir la vida, la conciencia al Misterio de la trascendencia. La Palabra escuchada y acogida rompe el “círculo del pecado y de la muerte”.

                La segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas, nos remite a uno de los aspectos centrales de la teología de San Pablo: la justificación por las obras de la ley o por la fe en Cristo Jesús. El texto de esta segunda lectura es una síntesis apretada y concisa en que  Pablo expone su  evangelio a los gálatas. Hay un matiz interesante en las expresiones del nosotros: “Nosotros sabemos; nosotros hemos creído; si los que buscamos a Cristo…” (v.16.17) En este enfático “nosotros” expresa la fe como profunda experiencia de fe del cristiano en general. Otro detalle interesante: en estos siete versículos menciona  el nombre de Cristo ocho veces, lo que significa que Él ocupa el centro del evangelio de salvación que Pablo anuncia. Frente a esta fe centrada en Cristo, está la fe de los “falsos hermanos” que predican el evangelio falso como es el de la observancia de la ley bajo la pretensión de que la Ley justifica al hombre. El uso de los términos “justicia”, “justificación”, “justos” proceden del lenguaje jurídico y expresan la misma realidad de las palabras “salvación” y “salvados”. Finalmente “la ley” y “las obras de la ley” tienen un alcance universal y no sólo se refiere a la Ley de Moisés. San Pablo afirma que todo proyecto humano, toda ideología  socio- política, todo sistema psicológico, económico que pretenda poner al hombre como centro de su propio destino y salvador de sí mismo es un evangelio falso y no es coherente con el único camino salvador de la fe en Jesucristo, en quien el Padre nos salva del pecado y de la muerte. Sin embargo, la verdadera en Cristo Jesús se manifiesta en la obras que nacen del Evangelio y no de los sistemas humanos o utopías salvadoras que nunca faltan.

                El evangelio de San Lucas tiene como protagonista central a una mujer pecadora cuyo nombre no se revela.  Así se da a entender que la experiencia del pecado es universal. El mensaje de este evangelio es que sólo el amor  y el reconocimiento interior de ser pecador atraen la misericordia de Dios y su perdón. Queda claro que  el perfeccionismo del fariseo, cumplidor acérrimo de la ley,no logra lo que sí obtiene la mujer que está en el polo más opuesto al fariseo. La pecadora se abre a la novedad del Reino que anuncia e inaugura Jesús, no así el fariseo y su legalismo estricto. Es interesante mostrar el contraste de actitudes ante Jesús entre el fariseo, que descuida deberes básicos de acogida hacia el otro, y la mujer pecadora pública que, con creces, manifiesta su consideración y confianza en Jesús. La parábola del prestamista y los dos dispares deudores sirve para centrar la verdadera atención que queda expresada en la pregunta de Jesús: “¿Quién de los dos lo amará más? (v. 42)  y la respuesta de Simón que así se llamaba el fariseo: “Supongo que aquél a quien más le perdonó” (v. 43).Luego Jesús hace notar el paralelo de actitudes hacia su persona tanto del fariseo como de la pecadora. Una conclusión decisiva: “Por eso te digo que se le han perdonado numerosos pecados, por el mucho amor que demostró. Pero al que se le perdona poco, poco amor demuestra” (v. 47). No hay un momento más decisivo en la vida de todo hombre que cuando es el Señor, a través de la Iglesia y sus ministros, que pueden hacer visible el perdón de Dios en Cristo: “Tus pecados te son perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz” (v.  48 y 50). Jesús sigue ofreciendo la Buena Nueva del reino de Dios y llamando a pecadores que han experimentado la sanación por su fe en Él y le siguen. Hoy también la Iglesia, como una “tienda de campaña” en medio de los heridos de la historia humana, va ofreciendo al mismo Cristo y su salvación eterna. ¿Por qué hemos perdido esta visión de la Iglesia y del sacramento de la reconciliación? ¿Por qué creemos que otros son los heridos por el mal y nunca cada uno de nosotros? ¿Por qué se nos ha adormecido la voz interior de la conciencia?

                Que el Señor nos ayude a acoger esta palabra de este domingo y nos dejemos interpelar por ella. No olvidemos que estamos heridos por dentro y que la Palabra nos ayuda a correr el velo de nuestra máscara tras la cual queremos ocultar nuestro mal y pecado. Este es un año de gracia, un año de la Misericordia pero hay que dejarse tocar por el Señor y su Palabra. “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

                Un saludo fraterno y hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


Documentos:
· Comentario del Evangelio |