Recomendar       Imprimir





“Muchacho, yo te lo ordeno, levántate” Lc 7, 14.


"La Palabra de Dios es realmente “Palabra de vida eterna”, que no encuentra límites ni fronteras como lo veremos en las lecturas bíblicas de hoy. Y Dios no es un Dios de muertos sino de vivientes. Así lo demostrarán Elías y Jesús al manifestar que la Palabra es capaz de devolver el aliento y la esperanza donde sólo hay muerte y luto".

10°DOMINGO DURANTE EL AÑO

                2016, Año de la Virgen de la Merced y de la Misericordia

Textos

1Re 17, 17-24    “Aquí tienes a tu hijo vivo”.

Sal 29, 2.4-6.11-13 Yo te glorifico, Señor porque Tú me libraste”.

Gál 1, 11-19        “Quiso revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos”.

Lc 7, 11-17         “Muchacho, yo te lo ordeno, levántate”.

                En este hermoso domingo, descubrimos una certeza indispensable para ser cristianos lúcidos para tiempos especiales como el que estamos viviendo. No se trata de más discursos, catecismos, doctrina, libros, etc. Es bueno convencerse que la Palabra de Dios tiene la fuerza o poder para transformar nuestras vidas, para cambiar lo que a primera vista parece imposible. Se trata de una “Palabra eficaz” porque realiza lo que anuncia y porque viene del Omnipotente y todopoderoso  Dios, nuestro Padre. Desgraciadamente, incluso los creyentes buscan afanosamente en otras cosas lo que sólo la Palabra de Dios puede dar. Estamos en una cultura que aprecia la vida y busca la felicidad, aunque no dejan de darse aspectos tan contradictorios como aprobar el aborto, defender la violencia, adherir a las ideologías de muerte, destruir al otro, aniquilar la vida cristiana, etc. La Palabra de Dios es realmente “Palabra de vida eterna”, que no encuentra límites ni fronteras como lo veremos en las lecturas bíblicas de hoy. Y Dios no es un Dios de muertos sino de vivientes. Así lo demostrarán Elías y Jesús al manifestar que la Palabra es capaz de devolver el aliento y la esperanza donde sólo hay muerte y luto. Por otro lado, Dios, dador de vida, no sólo habla sino que también escucha los gritos de auxilio que brotan del hombre y se convierten en súplica. La Palabra de Dios es fuente de vida nueva, de cambio o conversión si la aprendemos a escuchar con frecuencia y en silencio. ¿Podrá el hombre de esta era digital hacer silencio, escuchar y suplicar? ¿Cómo podrá hacerlo si permanece atrapado en el reino de lo inmediato, lo eficiente y veloz? ¿Podrá todavía detenerse y aprender a dejar los estímulos múltiples de todo momento y dejar que la Palabra de Dios pueda ser escuchada, acogida y gustada?

                Pasemos a la lectura de los textos que este domingo nos ofrece  la “mesa de la Palabra” de nuestro encuentro dominical.

                Primera lectura: 1Re 17, 17-24 Con este capítulo 17 se inicia el ciclo de los profetas y muy especialmente se abre el Ciclo de Elías, “el tesbita, de Tisbé de Galaad” y cuyo nombre en hebreo significa “Yahvé es mi Dios”. Este profeta es el mejor representante del monoteísmo yahvista y se sitúa en medio de una crisis religiosa cuyos orígenes se remontan al establecimiento de Israel en Canaán; aquí el pueblo elegido entra en contacto con la religión cananea, sus dioses y sus cultos, lo que tendrá graves consecuencias para la fe en Yahvé. Cuando se instaló la monarquía en Israel las cosas no fueron mejores y la situación empeoró. La crisis llegó a su máximo en el reino del Norte con el reinado de Ajaz y Jezabel, matrimonio de un israelita con esta princesa fenicia (pagana), quien hizo construir un santuario a Baal en la propia capital del reino, Samaría y favoreció los cultos paganos y persiguió a los partidarios de Yahvé, Dios único de Israel. En este ambiente se desarrolla la misión de Elías, nada fácil sino un ministerio dificilísimo. Elías es el protagonista de los capítulos 17 -  19 y es su primera aparición en escena. Es bueno leer este conjunto porque es muy bello y muy sugerente para comprender la experiencia de Dios a fondo.

                El texto de la primera lectura nos sitúa a Elías en territorio fuera de Israel en casa de una viuda en Sarepta. El versículo 17 comienza relatando la grave enfermedad y muerte del hijo de la dueña de casa. La reacción de la mujer ante Elías es de rechazo y reproche culpable cuando le dice:” ¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?” (v. 18). En esta queja de la madre a Elías se refleja la mentalidad de la época: el profeta ha traído con  su presencia la atención de Dios sobre los pecados de la viuda, ocultos u olvidados, sacándolos a la luz y provocando el castigo divino, por lo que culpa al profeta de la muerte de su hijo. La plegaria de Elías: “Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo? “Señor, Dios mío, que la vida vuelva a este niño” (v. 20- 21), pone de manifiesto su sensibilidad solidaria ante el dolor de la viuda, sobre todo, la dimensión intercesora del profeta que no se refiere nunca a la denuncia y castigo, como lo expresa la reacción de la viuda, sino que persigue la salvación y la vida. Dios confirma la súplica de su profeta y  “volvió la vida al niño y resucitó” (v. 22). Fijémonos en la conclusión: “Ahora reconozco que eres un profeta y que la Palabra del Señor que tú pronuncias se cumple” (v.24). Con estas palabras se afirma la legitimación de Elías como profeta acreditado y la eficacia de la Palabra, de la que el profeta es portador.  Así queda claro que Yahvé – el Señor manifiesta su poder en las obras y palabras de sus profetas, reforzando la autoridad de éstos ante las objeciones de sus adversarios e incrédulos. Estamos en tiempos de objeciones y rechazos, tiempos de increencia e indiferencia; parece que el profeta nos enseña que es tiempo de confiarse completamente en Dios, el Señor y hacerse solidario con la situación humana de los sufridos de la tierra con palabras y con acciones.

                Segunda lectura: Gál 1, 11-19    Pasamos al mundo nuevo que nos ofrece el Nuevo Testamento. Estamos ante una extraordinaria Carta a los Gálatas de San Pablo, llamada  “la carta de la libertad cristiana”. Todo comienza con la presencia de unos judaizantes que predican que los cristianos tienen que circuncidarse y observar ciertas prescripciones de la Ley de Moisés. Además van desacreditando la persona y la predicación de Pablo que  había formado algunas comunidades cristianas en Galacia, hoy Turquía. El Apóstol recibe noticias de lo que está pasando en estas comunidades mientras está en Éfeso y desde allí, hacia el año 57, escribe una carta enérgica, donde se mezclan dos sentimientos muy frecuentes de dureza y ternura de quien ama y sufre. Los trata de “insensatos gálatas” pero también de “hijos míos” o “hermanos”. La carta es un alegato vibrante en favor de la libertad cristiana. Vale la pena leerla con ese fuego “paulino” por la libertad que Cristo nos conquistó. Cuando se habla tanto de inclusión y de igualdad, Pablo lo ha dicho tan claramente que es una pena que lo ignoremos. “Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús” (Gál 3, 28). Esto indica cuán actual es esta Carta a los Gálatas.

                El texto de esta segunda lectura del domingo décimo es sustancialmente un texto vocacional en el sentido de Pablo es apóstol exclusivamente por elección de Dios y de su Hijo Jesucristo. Pablo es un “elegido”, un “llamado” a realizar una misión salvadora a favor de los paganos. Su vocación es una conquista de la gracia, es decir, es un hombre conquistado por Dios. Así lo expresa: “Pero cuando Dios, quien me apartó desde el vientre materno y me llamó por su mucho amor, quiso revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos” (v. 15-16). Esta es la afirmación central de esta segunda lectura. Una  hermosa forma de narrar brevemente el misterio de la llamada divina, no como algo exterior y funcional, sino como una experiencia vinculada al mismo hecho de existir como alguien, en el vientre materno y como una predilección del amor divino. Por ello se puede concluir con esta otra cita: “Les hago saber, hermanos, que la Buena Noticia que les anuncié no es de origen humano; yo no la recibí ni aprendí de un hombre, sino que me la reveló Jesucristo” (v. 11-12).Finalmente notemos que en San Pablo llamada y misión son inseparables. Nos hace bien recordar nuestra vocación cristiana y nuestra misión, tan íntimamente vinculadas a la gracia del Bautismo. ¿Tengo conciencia de ser también llamado a ser discípulo de Jesucristo y a anunciar, con las palabras y las obras, el Evangelio de salvación? ¿Vivo como elegido de Dios en Cristo? ¿Me siento formando parte del Pueblo de Dios?

                Evangelio de Lc 7, 11-17               Posiblemente muchas veces haya recitado el Cántico del Benedictus, llamado “Cántico de Zacarías”, y no ha reparado en el primer verso cuando dice: “Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc 1, 68). Todo este cántico gira en torno al Mesías Jesús de Nazaret en quien Dios visita y redime a su pueblo, a la humanidad misma. Traigo esto a colación porque el evangelio de este domingo nos muestra cómo Jesús realiza esta doble dimensión de su presencia entre nosotros, los hombres. Porque la visita y la redención no son categorías abstractas sino referencia a las palabras y acciones de Jesús a favor del hombre.

                El texto de Lucas se refiere a la resurrección del hijo de una viuda en Naín. Como nos han aparecido ya dos viudas, una  en la primera lectura y otra en el evangelio, digamos algo sobre esta categoría social de la mujer viuda. Viuda significa “vacía, privada de” marido y es una persona sin amparo, expuesta a la injusticia y a la miseria, por lo cual la Ley de Moisés manda “socorrer a la viuda” como un acto esencial de piedad. La iglesia primitiva ejerce este servicio de piedad  y lo recomienda. Tanto aquí como en el Antiguo Testamento estamos ante la muerte de un hijo único que, considerando lo que significaba la viudez, podemos comprender el inmenso dolor que esto significaba para la madre viuda.

                Centremos nuestra atención en la actitud de Jesús frente al féretro que sale de la ciudad para enterrar al hijo único de esta viuda. Dice el texto: “Al verla, el Señor sintió compasión y le dijo: No llores” (v. 13). ¿Qué sentimiento invadió a Jesús frente a la viuda? Sentir compasión es equivalente a sentir misericordia, piedad, bondad, gracia y todas estas expresiones sirven para señalar una actitud favorable hacia el que se encuentra en una desgracia. Pero hay un matiz muy interesante en el sentir compasión que es indicar el lugar, la fuente y la profundidad del sentimiento que inclina hacia el acto de piedad. La compasión se refiere a las entrañas, al seno materno, el corazón, la ternura, la bondad. Jesús se ha conmovido desde lo más profundo de su ser. Notemos finalmente, la autoridad con que Jesús habla y no hay recurso a la plegaria como acontecía en el caso de Elías. No cabe duda que San Lucas tiene como referencia el relato de la primera lectura.

                Un saludo fraterno y hasta otro momento si Dios quiere. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

 


Documentos:
· Comentario del Evangelio |