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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor


Semana Santa es una invitación a acompañar al Señor en este tiempo especial de meditación y renovación. Desde el Año Jubilar de la Misericordia es la oportunidad para poner atención al amor misericordioso y compasivo de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, su Hijo, que entrega su persona, su vida, su alma y todo su ser a la voluntad amorosa del Padre.

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Jornada Mundial de la Juventud en el Año de la Virgen de la Merced y de la Misericordia

Textos

En la bendición de losramos:

Lc 19, 28-40                “Yo les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras”.                                              

En la misa:                                                                                                                                                                       Is 50, 4-7             “El Señor me abrió el oído: yo no me resistí ni me eché atrás”.

Sal 21, 8-9.17-20.23-24  Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Flp 2, 6-11           “Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz”.

Lc 22, 7.14-23,56 “Realmente este hombre era inocente”.

                La Pascua anual es la institución cristiana más antigua después del domingo, que nace “el primer día de la semana” con la resurrección del crucificado, Jesús de Nazaret. La Pascua nace de la pessah judía prevista por la Ley, lo que no significa que sea lo mismo sino que tiene una finalidad distinta, ya que es la celebración solemne de la muerte y resurrección de Cristo. Por cierto la Pascua no tenía la actual estructura sino que su origen consistía en una larga vigilia de oración que culminaba con la celebración de la eucaristía que hace presente al Resucitado de modo sacramental. A fines del siglo II se habría incorporado la liturgia bautismal y finalmente se incluyeron el rito de la luz y la bendición del cirio pascual hacia el siglo IV. La celebración de la Pascua se habría iniciado en Jerusalén remontándose a los apóstoles.

                San Ambrosio y San Agustín llamarán a los tres días, viernes, sábado y domingo de resurrección Triduum sacrum o Sacratísimo triduo de la crucifixión, sepultura y resurrección. La peregrina Egeria ofrece el primer testimonio acerca de la Semana Santa en Jerusalén. El Calendario romano actual afirma que la celebración de la Pascua comprende la Cuaresma, el Triduo Sacro y la Cincuentena pascual. La Cuaresma se inicia con el miércoles de ceniza y concluye con la misa vespertina del Jueves Santo. El Triduo sacro se extiende desde la misa de este Jueves Santo hasta las segundas vísperas del domingo de Resurrección. La Cincuentena pascual transcurre entre el domingo de Resurrección y Pentecostés. Todos los domingos de estos Cincuenta días se llaman “Domingo de Pascua” y no “después de Pascua” como se los designaba antes. Después del Domingo de Pascua se celebra una semana especial llamada “Octava de Pascua” lo que significa celebrar cada día de estos ocho días como el Domingo de Resurrección.

                Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

                Este nombre procede del Misal de Pablo VI que reforma la liturgia católica por mandato del Concilio Vaticano II. El Domingo de Ramos inicia  la Semana Santa en la cual celebramos los misterios de la salvación realizados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por la entrada mesiánica en Jerusalén. A finales del siglo IV en Jerusalén destacaba como núcleo  central de la celebración la entrada triunfal de Cristo en la Ciudad Santa. Entre los siglos IX y X la procesión de los ramos se extendió por Europa llegando a Roma donde se celebraba en el lunes santo. En la Edad Media, el rito de los ramos se revistió de cantos, bendiciones y expresiones plásticas que condujeron al Misal de san Pío V que constituyó un complejo rito de cinco partes de una extensísima celebración. El Papa Pío XII simplificó dejando una procesión solemne en honor a Cristo Rey y la misa de Pasión pero sin unidad intrínseca entre ambos ritos.

                Hoy el Calendario litúrgico de la Iglesia nos ofrece una celebración de dos partes íntimamente unidas, la procesión de ramos y la misa. La procesión es parte del rito inicial de la misa de tal modo que ni la procesión tiene un final ni la misa un principio. En la celebración actual se han integrado la tradición de Jerusalén y de Roma. El Domingo de Ramos aparece como un presagio del triunfo real de Cristo y anuncio de la Pasión, ambos aspectos son constitutivos de la celebración y de la catequesis de este día de apertura de la Semana Santa. La procesión no resalta tanto el simbolismo de las palmas cuanto el homenaje a Cristo, Mesías – Rey, y sigue el ejemplo de quienes le aclamaron como redentor de la humanidad. Por este motivo la procesión debe ser única y ha de celebrarse antes de la misa más concurrida.  

                Primera lectura: Is 50, 4-7

                Seguimos estos días de la mano de Isaías II, sobre todo, a través de los cánticos del siervo. Hoy tomamos un breve trozo del tercer cántico (Is 50, 4- 9) dedicado como los otros a un desconocido personaje que ha sido denominado Siervo del Señor. Los especialistas de la Biblia no saben a ciencia cierta si se trata de un individuo o de un colectivo como la comunidad fiel de Israel considerada como un individuo. Este personaje ha sido presentado como un elegido y sostenido por Dios mismo. Sobre él ha sido derramado el Espíritu que lo habilita para una misión como es ser alianza y luz y obrar la liberación. El Nuevo Testamento cita estos cánticos y los aplica a la vida y obra de Jesús. Una de las características de estos textos es la apertura del plan de salvación de Dios a las naciones, rompiendo así el estrecho horizonte de pensar sólo en Israel o en una parte de Israel.

                ¿Qué es la novedad de este tercer cántico del siervo con respecto a los otros anteriores? Es un acento notorio en el discipulado. El siervo es un discípulo fiel del Señor. Y como tal está formado para escuchar la Palabra: “El Señor me abrió el oído, para que escuche como un discípulo” (v. 5). Esta capacidad de escucha le permite realizar una misión hermosa: “Para saber decir al abatido una palabra de aliento” (v. 4). Recordemos que siempre el llamado de Dios encomienda una misión a realizar. Sin embargo, la misión no será fácil ni cómoda. El aspecto doloroso de la condición de discípulo queda explícitamente señalado en este texto como saber enfrentar la hostilidad y la agresión física. Con todo, el discípulo  soportará fielmente todo los sinsabores de la misión encomendada. Su fuerza no radica en él sino en la confianza puesta en el Señor: “El Señor me ayuda...sabiendo que no quedaría defraudado” (v. 7). Y finalmente es digno de destacar que las penurias que vive el siervo- discípulo de Dios, las vive en silencio y no hay ningún sentimiento de venganza contra los perseguidores como suele acontecer, por ejemplo, en algunos salmos. ¿Qué nos enseña esta primera lectura? ¿Qué me dice de mi condición de discípulo de Jesús? ¿Cómo reacciono ante las dificultades?

                Segunda lectura: Flp 2, 6-11

                Este es un texto precioso que San Pablo inserta aquí y que procede de las comunidades de origen arameo o griego y que les servía para expresar su culto de adoración a Jesucristo. Es para leerlo pausadamente y hacer que cada frase vaya haciendo eco dentro de nosotros y alimente una profunda adoración a la persona de Jesucristo. Es interesante señalar que este viejo himno cristiano está puesto por San Pablo en el ámbito de la exhortación a la caridad y a la humildad que le dirige a la comunidad de Filipos. La caridad es la fuente de la humildad, y ambas son el fundamento de una verdadera fraternidad cimentada en el cariño mutuo y en la comunión. Introduce Pablo el himno cristológico con una invitación: “Nadie busque su interés, sino el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (vv. 4 y 5). Y dentro de este llamado, el himno cristológico va respondiendo de modo impresionante: dos son los términos centrales de este himno: la humillación y la exaltación. Este binomio lo podemos reforzar leyendo Is 53, uno de los cántico del siervo del Señor. El himno se estructura en un doble movimiento de descenso  y ascenso, lo que significa que Jesús desciende desde su preexistencia divina de igualdad con el Padre desde toda eternidad y asume la condición humana, se encarna, sin diferencia alguna con los demás hombres. Este proceso está dicho con una expresión fuerte: “sino que se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (v. 7). Es equivalente a otra expresión también de Pablo: “siendo rico, se hizo pobre” (2Cor 8,9).

                Por lo tanto, Jesús no nos redime sólo con su pasión y muerte, como tendemos a pensarlo. La redención comienza con el mismo misterio de la encarnación del Verbo Dios en el seno virginal de María. Ahí ha comenzado históricamente el “vaciamiento de Jesús” o su despojo. Toda la vida de Jesús va mostrando este increíble amor por nosotros pero el himno quiere resaltar la obediencia a la voluntad del Padre, verdadera nota permanente de la vida y misión de Jesús. Nada hace por su cuenta y vive la voluntad del Padre en todo momento. La máxima humillación es acoger  la cruz y abrazar la muerte de cruz. La expresión es muy significativa: “Se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz” (v. 8). La liturgia del viernes santo lo recordará con fuerza. La cruz y la muerte en cruz era el acto más ignominioso con que era castigado un ser humano. No lo olvidemos. Y para abrazarla Jesús quiso mostrar el extremo de su amor por los hombres. Su gesto transformó la cruz en expresión del máximo amor.

                La exaltación (v. 9ss) es la expresión de la soberana voluntad del Padre que da a su Hijo una sobreabundancia de gloria. La exaltación es la resurrección y la glorificación de Cristo, vencedor de la muerte y el pecado. Jesús es Señor o “Kyrios” que es el nombre dado a Dios mismo. Jesús ha glorificado a su Padre muriendo y resucitando; ahora el Padre lo llena de esplendor y gloria.

                Evangelio: Lc 22, 7.14 – 23,57

                En este Domingo de Ramos escuchamos el relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Lucas. Sólo invitarles a leer este relato en la Biblia y a escucharlo atentamente en la celebración de la comunidad cristiana del lugar. Semana Santa es una invitación a acompañar al Señor en este tiempo especial de meditación y renovación. Desde el Año Jubilar de la Misericordia es la oportunidad para poner atención al amor misericordioso y compasivo de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, su Hijo, que entrega su persona, su vida, su alma y todo su ser a la voluntad amorosa del Padre. Todo  lo hizo por amor. El sufrimiento no tiene sentido en sí mismo. Lo tiene sólo cuando su motivo es un amor más grande, un amor más intenso y comprometido. En esta Semana Santa queremos contemplar la misericordia de Dios hacia nosotros y renovar un camino de más misericordia con los demás. Para nosotros, no podemos dejar de descubrir la misericordia en  María de la Merced, cuyo año estamos celebrando. Ella ha inspirado a Pedro Nolasco una obra de misericordia que contiene y resume todas las demás como es la redención del cautivo. Con toda razón, los padres mercedarios del año 1272 nos dejaron “la carta magna” o “carta de navegación” de nuestra Orden que sería incomprensible sin el afincamiento en la misericordia divina. ¡Qué bello es nuestro carisma redentor! Pero qué exigente también. 

                Un saludo fraterno.        Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

 

 


Documentos:
· Comentario del Evangelio |