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Mensaje del Padre Provincial por la Solemnidad de Nuestra Señora de la Merced


Compartimos el mensaje de fray Ricardo Morales Galindo a las comunidades mercedarias por la celebración, este 24 de septiembre, de la Solemnidad de Nuestra Madre de la Merced.

Estimados hermanos:

Los saludo en el Señor confiando que cada uno de ustedes se encuentre bien, y con la gracia a de Dios, llevando adelante la respuesta diaria que nuestra consagración nos pide.

He querido escribirles para compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a la celebración de Nuestra Madre de la Merced, sobre todo queriendo también extenderlas a las Fraternidades Laicales, que el día 24 renuevan sus compromisos en nuestra familia.

“Tú eres la gloria de Jerusalén, tu eres la alegría de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza…bendita seas del Señor”, son las palabras que los habitantes de Jerusalén dirigen a Judit frente a la liberación realizada; el pueblo, una vez liberado de la amenaza, la exalta por la prontitud con la que puso en riesgo su propia vida por el bien de su gente. El objetivo del autor de este texto es invitar a poner la confianza en el Señor incluso en los momentos más difíciles. Judit es objeto de exaltación porque, con la fuerza que le dio el Señor, logra derrotar al enemigo Holofernes.

No es fácil asociar la figura de Judit con la de la Virgen María, la mujer que mata a su enemigo con la discípula de Nazaret. Judit es proclamada “bendita y orgullo de nuestra raza”, porque Dios le da la fuerza para cortar la cabeza al jefe de los enemigos de su pueblo. A María se la proclama “bendita entre las mujeres”, pues es la que nos trae la Vida, la vida verdadera de Dios. La Iglesia bendice a María no sólo por ser la Madre de Jesús, sino sobre todo por haber sido capaz de  convertirse en discípula, reconociendo en las palabras de su Hijo las del mismo Dios liberador de su pueblo. Lo afirma San Juan Pablo II en la Catechesi Tradendae nº 73: “Ella fue la primera de sus discípulos: primera en el tiempo, pues ya al encontrarlo en el templo, recibe de su Hijo adolescente unas lecciones que conserva en su corazón; la primera, sobre todo, porque nadie ha sido enseñado por Dios con tanta profundidad. Madre y a la vez discípula, decía de ella san Agustín, añadiendo atrevidamente que esto fue para ella más importante que lo otro”.

Pero ser discípula no le resultó sencillo a la Virgen María; para seguir a su Hijo tuvo que abandonar muchas certezas. El Dios manifestado en Jesús “imagen del Dios invisible”[1], le implicó llevar al corazón esas verdades que se revelaban muchas veces sin comprenderse en su totalidad. Un Dios que no mata a sus enemigos, que no odia, sino que se entrega en la cruz con palabras de perdón y amor.

Por otra parte, como nos muestra el evengelio de esta solemnidad, María observa en la cruz al Hijo que dio a luz, al que crió y amó, lo contempla en el fracaso y crucificado como un delincuente más. Más que nunca su corazón se traspasa de un dolor insufrible, que es puesto ante el acto de fe más puro: creer, contra toda evidencia, que Dios se mantendrá fiel a sus promesas.

Importante es recordar las palabras del Concilio Vaticano II que en la Lumen Gentium nº 58 nos señala: “Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn 19, 25), se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús, moribundo en la Cruz con estas palabras: "¡Mujer, he ahí a tu hijo!" (Jn19,26-27)”. Es precisamente en esa “asociación” al sacrificio de su Hijo, como vuelve a engendrar a sus hijos representados en el “discípulo amado”. María nos engendra a cada uno de nosotros en el calvario; es en el dolor de la entrega de la cruz, donde María vuelve a dar a luz.

Por eso, con ocasión de esta fiesta de Nuestra Madre de la Merced, quisiera invitarlos a todos, religiosos y laicos, que dirigiéndonos a María, le digamos nuevamente: “Bendita tú entre todas las mujeres”, porque te convertiste en discípula de la Palabra que llegó a tu corazón, porque fuiste Madre del Verbo que acogiste en tu seno, porque fuiste la que guardó y acompañó al Hijo nacido de sus entrañas.

Queremos decirle a Nuestra Madre que sepa siempre caminar delante nuestro, como ejemplo luminoso, enseñándonos a custodiar en el corazón las palabras de su Hijo. Que nos permita descubrir en lo acontecimientos de la historia personal y comunitaria, los gozosos y  los tristes, esa presencia salvífica de su Hijo, que nos invita a esperar esa manifestación escatológica donde toda lágrima será enjugada y todo gozo en la plenitud celebrado. Repetir con ella: “Hágase en mi según tu palabra”, para abandonarnos a la voluntad amorosa de Dios en nuestra vida.

Para cada uno de ustedes y comunidades un afectuoso saludo, que sepamos celebrar la fiesta de Nuestra Madre con alegría fraterna, reconociéndonos hermanos bajo el mismo manto.

En Cristo,

 

Fr. Ricardo Basilio Morales Galindo. O. de M.

Provincial.

 

[1] Col 1, 15