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3er DOMINGO DE PASCUA (C)


El evangelio de San Juan nos presenta una aparición del Resucitado junto al lago de Tiberíades. El mar de Tiberíades denota todo un sentido del mundo hostil donde se desarrolla la misión. Sin embargo, la playa o la orilla tiene gran importancia porque es desde ella que la misión tiene consistencia.

¡Señor Jesús! Ayúdanos a reconocerte como el Señor de nuestra vida, de nuestra historia, de nuestra Iglesia

                ¿No será mucho? nos preguntamos frente a la idea de legislar hasta el punto de suprimir el sigilo sacramental, joya del resguardo del más sagrado de los derechos que todavía tienen las personas como es el de abrir su conciencia, su sagrario interior, al sacerdote como confesor y receptor de los secretos más íntimos de la persona. El sigilo sacramental es irrenunciable ha declarado el administrador apostólico de Santiago, Mons. Celestino Aós, y con toda verdad y razón. Porque la propuesta de los legisladores en el sentido que el sacerdote que recibe en confesión el tema de haber cometido un abuso contra un menor, éste  debe denunciarlo en las instancias que corresponde según la ley. A primera vista, la propuesta parece correcta porque busca salvaguardar a los niños de este flagelo terrible que es el abuso. Sin embargo, el asunto  no es tan simple ni fácil de aprobar como una ley imperativa para el sacerdote confesor. Es evidente que se está invadiendo un aspecto fundamental de la persona humana como es su derecho a la confidencia y resguardo. La Iglesia ha defendido a través de su historia ese derecho inalienable del ser humano y por cierto del penitente que se acerca a la confesión de sus pecados. El Código de Derecho Canónico señala: “Sólo el sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia” (canon 965). “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”(canon 983,1). ¿Por qué el sigilo sacramental? Porque está en juego la inviolabilidad de la conciencia, el derecho a la propia intimidad y a la santidad del mismo sacramento. Las tres razones son fundamentales para aceptar la obligación estricta de guardar secreto de las cosas oídas en la confesión sacramental.  Y el sacerdote, consagrado para recibir la confesión de los penitentes, sabe que le ata un compromiso absoluto acerca de no revelar, bajo ninguna circunstancia, lo que ha recibido en la confesión. El sigilo sacramental pertenece a uno de los más resguardados deberes del confesor y su falta está castigada con severas penas. No se puede bajo pretexto de resguardar un asunto tan delicado como es la protección de los niños, establecer por ley un auténtico golpe de enormes consecuencias para la sociedad y la Iglesia. No se puede impedir que toda persona tenga derecho a gozar de la posibilidad de tener confidencia y acudir a quienes pueden cuidar ese sagrado derecho de la persona humana. El sigilo sacramental protege la libertad de cada persona y abre un espacio para que  pueda acudir a este medio de sanación, de perdón y de confidencia.

                PALABRA DE VIDA                                                                        

                Hch 5, 27-32.40-41          “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.                                   Sal 29, 2-4-6.11-12.13           Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste.                                                   Apoc 5, 11-14    “Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria                                     y poder, por los siglos de los siglos”.                                                                                    Jn 21, 1-19          “El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!”.

                La Palabra de Dios de este Tercer Domingo de Pascua nos ofrece un criterio de discernimiento que ayuda a precisar la identidad de la naciente comunidad cristiana: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Son variadas circunstancias en que el cristiano y la Iglesia tienen que ponerse de lado de Dios, del Evangelio, incluso del ser humano como la más grande de las creaturas creadas por Dios. Los apóstoles y también nosotros con ellos, somos testigos privilegiados que compartimos  el camino de la fe en el Resucitado. Ojalá que como Juan pudiéramos decir también nosotros: “¡Es el Señor!”. A pesar de todos los errores y pecados somos una Iglesia de testigos del Señor Resucitado. Cuando se debilita esta conciencia de la presencia del Señor Resucitado, caemos en la tentación de volver a lo mismo de siempre, a una vida sin relieve de eternidad, a un mundo común y corriente, como una sal insípida o una luz bajo el celemín de nuestras corruptelas. Gracias a la presencia del Señor Resucitado la Iglesia y cada bautizado despierta de su letargo y abraza la aventura fabulosa de convertir el mundo al Evangelio con el anuncio del Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. Nos parecemos a esos pescadores del evangelio de este domingo que se pasan la noche pescando y no obtienen nada. Todo eso cambia cuando  Jesús desde la playa, sin ser reconocido por sus discípulos, les manda tirar las redes y la pesca se hace abundante. Nos desgastamos en miles y miles de planificaciones pastorales, programas de ayuda y muchas actividades pero la pesca es casi nula. ¿No será que nos está faltando la escucha más atenta de la voz del Señor y seguir sus inspiraciones para que la misión sea  más provechosa? ¿Qué le falta a nuestras pastorales para que rompan ese movimiento desalentador que se nos viene encima cuando, a pesar de los esfuerzos, no pescamos nada? Hoy, la Palabra nos interpela nuestra manera de ser testigos y de llevar a cabo la misión evangelizadora. Dejémonos interpelar con humildad y confianza, no en nuestros planes siempre voluminosos en papel, sino en el Señor que nos envía una y otra vez. Tiene mucho sentido la invitación del Papa Francisco cuando nos invita a “salir” de ese círculo que nos hace rutinarios y cansados. Hace falta una “Iglesia en salida”.

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles 5, 27-32.40-41

                La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos relata el modo cómo los apóstoles dan testimonio de la fe a pesar de las prohibiciones que les imponen las autoridades judías y cómo abrazan los mismos castigos físicos a que son sometidos por la causa del anuncio. Fijémonos que el contenido del anuncio versa sobre la Persona de Jesús de quien se dice que fue ejecutado colgándolo de un madero por parte de las mismas autoridades que los están condenando a ellos. Al mismo Jesús que ha sido rechazado por Israel, Dios lo ha glorificado  nombrándolo Jefe y Salvador, sentándolo a su derecha. Y todo esto para la conversión de Israel y para el perdón de los pecados. Por esta razón, los apóstoles tienen que obedecer a Dios y no a los hombres, representados por el Consejo de los judíos. Todo se afirma en esa conciencia tan clara y decisiva de los apóstoles cuando declaran que son testigos con el Espíritu Santo que Dios concede a los que creen en Él. Igual sufren por Cristo los azotes que el Consejo ordena pero ellos se marchan contentos por haber sufrido desprecios por Jesús. Los testigos deben estar dispuestos a dar la cara y poner el hombro a las consecuencias de su testimonio. Rechazos no van a faltar. ¿Qué me exige la profesión de mi fe católica en estos tiempos? ¿He preferido marginarme bajo el pretexto de las fallas graves de algunos miembros del clero católico? ¿Tengo valor para la lucha del bien por sobre el mal empezando por mi propio mal?

                El Salmo 29, 2.4-6.11—13 es nuestra respuesta al Señor que nos ha hablado en esta primera lectura. El salmo 29 es una acción de gracias después de la una grave enfermedad de la  que ha sido librado el afligido orante. Y podemos orarlo como Iglesia herida gravemente por los abusos contra personas que hoy son víctimas pidiendo  verdad y justicia. Verdaderamente hemos “tocado fondo” y tenemos que pedir con extrema humildad: “Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro”.  Seguimos abismados, perplejos, atónitos…, Señor, ven en mi ayuda, clama el Pueblo de Dios desde las cavernas tortuosas del mal que provocamos.

                Del Libro del Apocalipsis 5, 11-14

                El pasaje del libro del Apocalipsis da cuenta acerca de la dimensión que tiene el Cordero degollado que se hace portador de los atributos divinos que el Antiguo Testamento señalaba de manera exclusiva para Dios, tales como el poder, la riqueza, el saber, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Todo esto dentro del coro de voces de ángeles, de los vivientes y de los ancianos, es decir en el mundo celestial o cielo. Jesucristo es aclamado por su victoria sobre la muerte y el pecado. Igual cosa acontece a nivel del mundo terrenal: todas las criaturas tributan un reconocimiento al que está sentado en el trono, es decir, el Padre y al Cordero, Jesucristo. La clave de lectura está por cierto en la figura del Cordero que tiene muchas resonancias bíblicas: se trata del cordero pascual que sella la liberación del pueblo escogido o el cordero sacrificado por el pecado. Es el león de Judá y la raíz de David que triunfa sobre las fuerzas del mal. Es Jesús el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que Juan vio entre el trono de Dios y los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos. Es Cristo glorificado junto al trono de Dios en el cielo. Nos hace bien contemplar a Cristo victorioso después de haber pasado por nuestra experiencia a través de su anonadamiento y muerte hasta la muerte en cruz. Él sabe de nuestra realidad humana teñida de pecado y de muerte hasta que podamos compartir con Él su triunfo final.

                Del evangelio de san Juan 21, 1-19

                El evangelio de San Juan nos presenta una aparición del Resucitado junto al lago de Tiberíades. Este capítulo es un epílogo del evangelio de Juan que parece concluir en el capítulo 20, 30-31. Hay que considerar que los protagonistas de este capítulo son un grupo de siete discípulos y el número siete implica en la Biblia perfección, plenitud. Significaría esto que la misión se universaliza de tal modo que todos están llamados a realizar el anuncio. Jesús aparece en la misión misma y ya no es el centro. Jesús está en medio del trabajo misionero de los discípulos, aunque ellos tiendan a ignorarlo.

                La misión está en la comunidad y no tanto en personas determinadas. La acción que describe el evangelio de hoy en los versículos 1-14 acontece a campo abierto y no como otros relatos que se sitúan dentro de una casa. Los discípulos  salen a trabajar: “Voy a pescar”, dice Pedro y los otros: “Nosotros también vamos” (v. 3). Es interesante que Jesús ya no se manifieste al final del día, hora en que la comunidad se recoge, sino en plena mañana, en el tiempo del trabajo. Dice el texto: “Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús” (v. 4). El ardor de la tarea o misión puede llevar a no reconocer al Señor que siempre está en medio. Es bueno tenerlo presente porque puede pasarnos.

                Se trata de la tarea evangelizadora de la comunidad entera. Todos los discípulos deben trabajar en  el anuncio del evangelio. La misión es compartida, todos participan y colaboran según sus dones. Esto evita que la misión sea personalizada o reducida a liderazgos personalistas. Convengamos que es muy tentador cruzarse de brazos y delegar todo en unos pocos.

              Tras una noche inútil, sin pesca, Jesús les hace una indicación: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán” (v. 6). Lo hacen y obtienen una gran pesca, lo que quiere decir que la evangelización debe estar orientada por la escucha y docilidad a las palabras de Jesús. Sólo así dará fruto. La misión nace del mandato misionero de Jesús. Muy importante: la misión evangelizadora siempre es mandato de Jesús lo que implica siempre escucharlo y obedecer su palabra. Sólo así la misión es “cristiana”, es decir, “por mandato y obediencia a Cristo”.

                A pesar de la enorme cantidad de peces la red no se rompe y con ello se simboliza a la Iglesia= comunidad cristiana que tiene capacidad para acoger a hombres y mujeres de toda raza, pueblo y nación. En el mismo sentido hay que entender los 153 pescados que cuenta la red de Pedro: se trata de una referencia a la universalidad y capacidad de la Iglesia para acoger a todos, sin romperse. El número indicado se refería al número de naciones entonces conocidas y por ello se refiere a la universalidad del llamado y mandato de Jesús a su Iglesia.

                El mar de Tiberíades denota todo un sentido del mundo hostil donde se desarrolla la misión. Sin embargo, la playa o la orilla tiene gran importancia porque es desde ella que la misión tiene consistencia. Es el “lugar de comida” o “de la cena que Jesús prepara”, es decir, la eucaristía, nutriente esencial para el logro de la misión. La eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía, es decir, no hay otro signo más elocuente de la Iglesia que la celebración de la eucaristía porque es el espacio de la salvación efectuándose aquí y ahora.

                En medio del ajetreo y trabajo de la misión, los discípulos reconocen al Señor por su Palabra, suave y fraterna:”Muchachos, ¿tienen algo de comer?” (v. 5), “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán” (v. 6); “Traigan algo de lo que acaban de pescar” (v.10); “Vengan a comer” (v. 12). Es la Palabra de Dios que sostiene a los misioneros, el mandato misionero de Jesús que manda tirar las redes y la abundancia de los frutos (redes repletas de peces). Todo confirma la misión que Él nos ha encomendado.

                Otro interesante detalle. Cuando Juan le dice a Pedro. “¡Es el Señor!” (v. 7), Pedro se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, es decir, reconoce su fragilidad y miseria. La desnudez apunta a la condición humana débil y pobre. Al reconocer a Jesús, se ciñe la túnica, es decir, se dispone al servicio como lo había visto tantas veces en su Maestro. Y luego se tira al agua, es decir, está dispuesto a dar la vida por el Señor. Todo concluye aceptando la invitación de Jesús a sentarse a la mesa para comer de los frutos que han logrado. Pedro y los discípulos comprenden que la misión reclama compartir el banquete eucarístico con el Señor y los hermanos.

                La segunda parte del relato se refiere a la relación de Jesús con Pedro. La comunidad necesita saber qué ha pasado con la triple traición de Pedro. Sólo el amor puede curar o sanar el pecado de Pedro. Jesús lo conduce a través de las tres preguntas hasta descubrir Pedro que sólo el amor de Jesús es capaz de liberarlo definitivamente. Jesús lo confirma en el pastorear a las ovejas y lo invita a abrazar el seguimiento con todas sus consecuencias. Jesús le anticipa la entrega total que vivirá como discípulo suyo hasta dar la vida.

                Nada más. La misión reside en la comunidad y no en protagonismos individualistas. Sea esta una ocasión para revisar nuestra misión como discípulos misioneros del Señor.

                Un saludo cordial.                                                                          Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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