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3° DOMINGO DE CUARESMA (C)


Cuando nuestro compromiso con Cristo, con el Evangelio, con la Vida, con el prójimo sólo son posturas de momento o circunstanciales, no estamos dejando que el Señor con su gracia liberadora transforme nuestro corazón. Mirémonos en el espejo de la Palabra de Dios para que ella nos ayude a recuperar la autenticidad de nuestra vida en todos los aspectos, aceptando que este proceso sólo concluirá con nuestra Pascua definitiva en el cielo.

Gracias, Señor, por tu paciencia infinita

                Entramos a la mitad del tiempo de Cuaresma. La Pascua se nos acerca inexorablemente y tenemos  la  sensación de vivir un tiempo bajo el signo de la aceleración, de la velocidad con que estamos viviendo. Los hechos acontecen y pasan rápidamente para dar paso a otros. ¿Cuándo tendremos tiempo para “discernir los signos de los tiempos”? ¿A qué hora y bajo qué condiciones  podemos detenernos en medio de esta ruta vertiginosa      que es nuestro tiempo? Jesús nos muestra que es posible hacerlo según el evangelio de hoy. Hemos sido estremecidos,  así creo yo, por una nueva muestra de la intolerancia que nos acecha sin tregua. Un solo hombre convirtió en una masacre cuyas víctimas estaban en sus mezquitas musulmanas llegando a la escalofriante cifra de 50 personas muertas. La reacción mundial es la  que ya conocemos, la de siempre. ¿Cómo se explica esta violencia irracional? El miedo se apodera de las sociedades y desgraciadamente se queda en esta primera reacción pero no hay discernimiento colectivo, comunitario. Hemos creado las condiciones para seguir escalando la lepra de la violencia. Nosotros tenemos nuestra propia situación de violencia que ya se nos ha convertido en algo casi rutinario como es la seguidilla de actos violentos que están caracterizando nuestra convivencia diaria. Y qué decir de la penosa situación de la Araucanía. Como Jesús, no buscamos culpables ni chivo expiatorio, simplemente quisiéramos discernir nuestra propia responsabilidad como creyentes inmersos en este mundo real y desde nuestro propio puesto de servicio. Es cierto  que la masacre contra los fieles de las mezquitas musulmanas está lejos de nosotros  y de nuestras preocupaciones pero eso no significa que debamos desentendernos del grave deterioro de las relaciones humanas, de la intolerancia que se instala en nuestros diversos espacios de convivencia, de trabajo y también de fe. Jesús seguirá esperando nuestra respuesta de conversión a la paz, al amor, a la tolerancia, a la paciencia en todos los espacios donde se encuentre un cristiano junto a otros, en la comunidad, en la sociedad, en la familia, en el trabajo. Cuaresma es el tiempo para abrazar nuestra Pascua, ese paso de Dios por nuestra existencia real y concreta. Somos la parra que necesita que le caven la tierra, le echen el abono y todos los cuidados necesarios. Dejemos que la Palabra de Dios cave en las profundidades de nuestro corazón, que recibamos los nutrientes de una espiritualidad encarnada hecha oración, vida sacramental  y mucha caridad fraterna compasiva y misericordiosa.

PALABRA DE VIDA

                                                                                                       

Ex 3, 1-8.10.13-15            “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto”.

Sal 102, 1-4.6-8.11       El Señor es bondadoso y compasivo.

1Cor 10, 1-6.10-12          “Esos sucesos nos sirven de ejemplo para no nos abandonemos a malos deseos”.

Lc 13, 1-9                            “Señor, déjala todavía este año”.

                Casi a la mitad del tiempo de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos plantea la necesidad de dar frutos de vida nueva, de bondad, de rectitud, de justicia y perdón, de caridad y solidaridad. Es que una fe verdadera no puede sino expresarse en una vida nueva en el cristiano. Porque la fe sin obras está completamente muerta, nos recuerda Santiago. Y toda la vida nueva del cristiano queda vinculada a la conversión personal, es decir, a ese cambio de dirección de la vida que produce el encuentro personal con Jesucristo y su Evangelio. Y de lo que abunda en el corazón humano son las obras de la persona. Si en el corazón hay odio, rencor, resentimiento, rabia, codicia, etc. no pueden ser muy distintas las obras concretas. Por lo tanto, no se trata de cambios de fachada, puramente externos; por el contrario, se trata de un cambio radical, es decir, que va a la raíz del mal, al corazón o al interior de cada uno. Hay que dejar que el Espíritu de Cristo transforme nuestro corazón malo y veleidoso en un corazón nuevo que goza con la verdad, el bien, la belleza, la virtud, en definitiva con Dios mismo. Cuando nuestro compromiso con Cristo, con el Evangelio, con la Vida, con el prójimo sólo son posturas de momento o circunstanciales, no estamos dejando que el Señor con su gracia liberadora transforme nuestro corazón. También en la vida cristiana puede darse el fenómeno social de la apariencia, ese refinado engaño que nos impide ir a lo esencial.

                 Mirémonos en el espejo de la Palabra de Dios para que ella nos ayude a recuperar la autenticidad de nuestra vida en todos los aspectos, aceptando que este proceso sólo concluirá con nuestra Pascua definitiva en el cielo, si permanecemos fieles y firmes hasta el fin.

                Del libro del Éxodo 3, 1-8.10.13-15          Vocación y Misión de Moisés

                Estamos en el segundo libro del Pentateuco, el Éxodo, el libro de la liberación de la esclavitud de Egipto y libro de la Alianza, de la caminata sinuosa del pueblo liberado por el desierto bajo la guía de Moisés. El aspecto central de esta primera lectura es el encuentro y diálogo entre Dios y Moisés. No se trata de un dios de los que fabrica el hombre a lo largo de su historia. Se trata del Dios de los patriarcas israelitas como Abrahán, Isaac y Jacob, es decir, del único Dios Vivo que posibilita el encuentro y abre el diálogo con el hombre. Se trata de un Ser trascendente, más allá de todo lo que humanamente podemos imaginar. Dios toma la iniciativa y asume el lenguaje humano para hacerse entender. En este caso es una zarza ardiente. Llama al interlocutor por su nombre: Moisés. Frente al panorama del encuentro con Dios, Moisés se cubre el rostro para no ver a Dios, porque nadie vive si mira el rostro de Dios y debe descalzarse como signo de respeto y reverencia. El encuentro con Dios no es como cualquier encuentro, es único y reviste especiales características. Junto al encuentro y diálogo de Dios con su interlocutor Moisés (vv. 1-8), se le encomienda una misión (v. 10), nada fácil como es encabezar el proceso de la liberación del pueblo oprimido. Concluye con el diálogo entre Moisés y Dios (vv.13 -15). Destaca la revelación del Nombre de Dios como:”Soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a ustedes.” Es muy interesante descubrir que Dios está de parte de la situación de sufrimiento que vive el pueblo, la conoce y le conmueve, le lleva a idear un plan de salvación. Realmente Dios es el Liberador, Moisés un instrumento humano, un colaborador de un Plan que no es suyo sino de Dios. La salvación se realiza en la historia de hombres concretos  y en situación de opresión e injusticia y tiene el rostro de una acción liberadora, que realiza la justicia y salva a la persona humana.

                El salmo 102 sirve para resaltar la misericordia de Dios con sus fieles aspecto central en los versículos 1-4. 6-8 y remata en la certeza tantas veces expresada en la Escritura: El Señor es bondadoso y compasivo (v.8) por una parte y la afirmación sobre la inmensidad del amor divino (.v.11) por otra.  Nunca comprenderemos suficientemente la inmensidad del amor de Dios manifestado con nosotros, los pobres pecadores humanos.

                De la primera carta de San Pablo a los corintios 10, 1-6.10-12   Peligro de idolatría

                Estos versículos del capítulo 10 de la primera carta a los Corintios hay que entenderlos como un llamado que el Apóstol Pablo dirige a los fieles de Corinto a mantenerse  en la fe verdadera hasta el final. Diversas situaciones que viven los cristianos son parecidas a la situación del pueblo escogido en el desierto y Pablo quiere ayudarles a descubrir su aplicación concreta a la realidad presente. Aquellos episodios ejemplares que vivieron en el desierto sus antepasados dejan al descubierto las maravillas que Dios hizo a su favor pero muchos del pueblo escogido fueron infieles y cayeron en diversos actos repudiables que pueden ser resumidos en el pecado de la idolatría. Son las tentaciones del desierto o pruebas a la fidelidad del pueblo a Dios. La lección del pasado hay que tenerla en cuenta, estos pecados de infidelidad se escribieron como advertencia para nosotros. Por lo tanto, el camino cristiano tiene que hacerse en la humildad y sencillez; si no es así, la autosuficiencia y la presunción de creerse mejores volverán a recrear aquella situación de infidelidad e idolatría del pasado. Hay que aprender del pasado en sus logros y en sus errores si queremos llevar una vida cristiana auténtica, creíble, convencida y convincente. ¿Existen hoy idolatrías o es algo del pasado? ¿Acaso no existe una afanosa búsqueda del dinero, las cosas materiales, el estilo de una vida cómoda, la búsqueda del placer, el poder, el éxito a como dé lugar, el predominio del individuo, etc.? ¿Cuáles son nuestras tentaciones en  el día a día?

                Del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1-9         La paciente espera

                Puede desconcertarnos el inicio de este evangelio de hoy. Jesús es informado acerca del asesinato de unos galileos por orden de Pilato, el gobernador romano en Palestina. Algunos llevan la noticia a Jesús. ¿Por qué? Se puede entender como un acto amenazante en el sentido de decirle que la suerte que corrieron aquellos galileos también  le espera a Jesús y a sus seguidores también galileos. La convicción de los interlocutores es que murieron porque eran pecadores y en el fondo piensan igual con respecto a Jesús y su grupo. También van a morir por pecadores. ¿Advertencia o sospecha o infundir miedo? No faltan personas que parecen muy bien intencionadas que  pretenden  ayudarnos ante coyunturas difíciles pero necesarias pero que en el fondo sólo nos transmiten su propio miedo ante  duros episodios. Estamos ante una forma “educada” de tentación con apariencia de ayuda y advertencia. ¿Qué hacer?

                En este trasfondo la respuesta de Jesús es una severa advertencia: “¿Piensan que aquellos galileos, sufrieron todo eso porque eran más pecadores que los demás galileos?” (v. 2). “Les digo que no; y si ustedes no se arrepienten, acabarán como ellos” (v. 3). Jesús asume la defensa y pone en dificultad a los interlocutores que pensaban advertir el peligro en que estaba Jesús y los suyos. La respuesta señala que los que están en peligro son precisamente ellos por la falta de arrepentimiento y conversión. La advertencia de Jesús se dirige también a nosotros que estamos tentados de pensar que los males  que afligen a los demás son consecuencia de su pecado. Jesús nos advierte que los que estamos en verdadero peligro somos nosotros, que no nos arrepentimos en serio ni nos convertimos al Señor a fondo. Mira tu pecado, examina tu corazón y no tendrás tiempo para seguir juzgando y condenando a los demás. Las desgracias no son efectos de los pecados o maldad de quienes las padecen. ¿Me tomo en serio la advertencia de Jesús dirigida a sus “preocupados interlocutores”? ¿Y por qué no también a cada uno de nosotros creyentes católicos? No estamos todavía convertidos sino a medio camino. Estamos de acuerdo que el acto terrorista contra los fieles musulmanes  merece nuestro rechazo pero examinemos nuestras formas de terrorismo fraterno en el diario vivir. Hay que convertirse a la paz verdadera, la de cada día en las relaciones familiares, vecinales, laborales, creyentes, políticas, etc.

                La parábola  de la higuera y el labrador sirven para reafirmar la necesidad de producir buenos frutos de vida cristiana, porque la fe sin obras buenas está completamente muerta. La higuera es una figura del pueblo de Israel. Como la higuera sin higos Israel es infecundo en su respuesta a Dios. Desde el evangelio esta imagen se aplica al cristiano de todos los tiempos. Esa es la actualidad de este mensaje para cada uno y para la comunidad cristiana entera. Así como una higuera que no da frutos no tiene razón de ser, así también un cristiano y una Iglesia que no da frutos de vida nueva está ocupando un espacio y no tiene sentido. Por desgracia hay mucho cristiano inútil y comunidades infecundas. Dios sólo quiere que todos se salven y nadie se pierda. Ante la posibilidad de ser arrancados del Reino, no nos falta el labrador, que no es otro que Jesús, nuestro mediador e intercesor ante el Padre, que suplica y hace acciones tendientes a revertir la penosa situación que el hombre vive. Esto indica que estamos ante una situación urgente y extrema que pende de la paciencia y misericordia de Dios. Por nuestra parte, sólo cabe una conversión en serio y a fondo. Dios espera un cambio en tu vida, un vuelco que signifique dar frutos de vida nueva.

                Concluyamos que ante los hechos penosos que provocan los hombres o que sobrevienen por la naturaleza es propio de la sabiduría el  llamado a vivir con responsabilidad y a reemprender el real  proceso de conversión de nuestra vida concreta.

                Un abrazo y faltan tres semanas para la Semana Santa Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.   


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