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2°DOMINGO DE CUARESMA (C)


Si hubiera que resumir el sentido de la Palabra de Dios en este segundo domingo de Cuaresma habría que decir que la palabra confianza es adecuada, porque eso es lo que quiere infundir en nosotros sobre todo el evangelio de la transfiguración. El camino cuaresmal necesita de este “oasis espiritual” para no perder de vista la meta que buscamos que es la Pascua de Jesús.

“Este es mi Hijo, el Elegido; escuchadlo”

 

                Ha pasado ya la primera semana de nuestro itinerario cuaresmal con el que imitamos y seguimos a Jesús en su camino hacia la Pascua. La Iglesia a través de la liturgia nos ha sostenido con la abundante Palabra de Dios como auténtica llamada a ponernos en camino, a sintonizar con el espíritu de este tiempo litúrgico cuya meta es vivir la Pascua de Jesús y la nuestra. La insistencia está puesta en la necesidad de no quedarnos en los ritos cuaresmales sino penetrar en el corazón donde se anida el pecado. Es fundamental asumir una nítida conciencia del pecado propio si queremos compartir la pascua de Jesús y si queremos convertirnos realmente. Quien no entra en el dinamismo del propio pecado, reconociéndolo y asumiéndolo como tal, no puede abrazar el llamado a convertir la propia vida al Señor de la Vida. Me temo que eso pase en muchos cristianos que ya han perdido la conciencia de pecado aunque viven denunciando los males ajenos. El Papa Francisco nos ha advertido sobre esta nueva forma de pelagianismo que consiste en creer que no tenemos pecado y que somos naturalmente buenos, dejando fuera el misterio mismo de la iniquidad humana y la redención que Cristo obra por su entrega amorosa en su encarnación y muerte en cruz. Nos gusta rasgar vestiduras, escandalizarnos y hacer mucho ruido pero eso no basta, es insuficiente para vivir la Cuaresma como tiempo de gracia y de conversión. Es absolutamente necesaria la conversión personal incluso para vivir la comunión fraterna. Volver a los brazos misericordiosos del Padre es la clave, dejarse abrazar por Él que siempre nos espera y anhela nuestro regreso a casa. Hay que despertar la voz de la conciencia; si ésta está dormida o tan distorsionada que ignora no sólo el propio pecado sino también al mismo Dios que nos espera, entonces la Cuaresma chocaría con un muro tan duro como  el hierro, es decir, con la dureza de un corazón insensible y cerrado. Y entonces ni siquiera puede surgir la sencilla súplica:”Sáname, Señor, he pecado contra ti”. Por eso, no dejemos de suplicar por la conversión propia y de tantos que ignoran el misterio de Jesús y su obra redentora a favor de todos. Entremos en la segunda semana de Cuaresma con renovado anhelo y esperanza, con la mente y el corazón puestos en la Pascua.        

PALABRA DE VIDA

Gn 15, 5-12.17-18            “Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán”.

Sal 26, 1.7-9.13-14 El Señor es mi luz y mi salvación.

Flp 3, 17 – 4,1                    “Hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo”.

Lc 9, 28-36                          “Este es mi Hijo, el Elegido. Escúchenlo”.

                

                Del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18     

                La palabra clave de este texto es alianza o pacto, en hebreo berit, que puede significar contrato, convenio, acuerdo. Dios hizo alianza con Noé, con Abrahán, con Moisés y el pueblo. En estos casos, el hombre acepta la alianza (= promesa de Dios) con un acto de fe y confianza que involucra la vida entera como quien se fía de Dios. En todos los casos es Dios quien toma la iniciativa como es el caso de Abrán, que lo llamó según relata Gn 12. La fe de Abrán está en una encrucijada puesto que los dones que el Señor le ofrece no servirán de nada ya que no hay un descendiente directo del patriarca sino un extranjero como era el hijo de su esclava Agar. Entonces Dios ratifica su promesa y ésta adquiere horizontes insospechados a través de un descendiente de las propias entrañas del patriarca. En esta promesa queda comprometida la Palabra de Dios precisamente en razón del acuerdo o pacto que Dios sella con Abrán. La descendencia del patriarca, dice Dios, será tan grande como contar las estrellas del firmamento. Y Abrán creyó al Señor, confió completamente que el Señor cumpliría lo que le prometió. Abrán se fió de Dios y esa actitud es lo que llamamos fe. Es como un lanzarse a la aventura sin otro seguro que la palabra que Dios promete. A pesar de esta exuberante promesa, Abrán se ve enfrentado a la realidad que es un interrogante. “Señor mío, ¿cómo sabré que voy a poseerla? (v. 8). A partir del versículo 9 se describe el modo cómo se sellaba una alianza o pacto: animales partidos en dos y sus partes puestas una frente a la otra. Nótese la lucha de Abrán por espantar las aves de rapiña. Es interesante descubrir el simbolismo de estos animales partidos en dos. Si alguna de las partes comprometidas en la alianza rompía una de sus cláusulas, le sucedería lo mismo que a los animales partidos. La escena de los preparativos del pacto arroja un manto de temores que invaden a Abrán: “Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él” (v. 12). La alianza de Dios con Abrán incluye al pueblo escogido y este es un aspecto extraordinariamente fuerte. Dios se compromete con un pueblo y sella este compromiso con la alianza. ¿Qué significa cuando Jesús en la última cena dice que el vino es su sangre de la nueva y eterna alianza?

                El salmo 26 expresa la seguridad del que confía en el Señor y esto se expresa en todo este hermoso salmo, especialmente en la segunda parte de donde están tomados los versículos 7-14 con el acento puesto en la confianza frente al acoso de la persecución que sufre el orante. Es muy adecuado para orar con este salmo en los tiempos que vivimos de desalentadoras situaciones que nos afectan como Iglesia. La única respuesta es la renovada confianza puesta en el Señor y no en nuestras fuerzas, estructuras, instituciones, cuerpos legales, etc.

                De la carta de San Pablo a los Filipenses 3, 17-4,1                                                                          Filipos fue la primera ciudad europea visitada y evangelizada por Pablo y Silas hacia el año 49 d.C. La carta está escrita desde la cárcel, posiblemente en Roma, después del año 60, aunque la mayoría de los estudiosos se inclina por una experiencia de cárcel en Éfeso. Si fuera esto último, la carta se habría escrito hacia el año 54. El texto de esta segunda lectura de este domingo de Cuaresma es un llamado apremiante y lleno de afecto a los fieles de Filipos para que imiten el ejemplo del Apóstol, conducta opuesta a la de los “enemigos de la cruz de Cristo” (v. 18). Lo que San Pablo dice tiene permanente actualidad porque existe en muchos cristianos un apego a los ritos y costumbres religiosas olvidando completamente las exigencias de una vida recta, entregada al servicio, inspirada en el amor verdadero. Cuando un creyente olvida lo esencial de la fe y de la vida cristiana puede caer en la idolatría de las cosas y en los desproporcionados ritos, como por ejemplo el culto a la santa muerte en México y multitud de otras prácticas aparentemente religiosas. Lo más grave es olvidar el Evangelio, negar la centralidad de Cristo Redentor, ritualizar la vida cristiana llevando en la práctica una vida extraña al evangelio y a la vida cristiana misma. La clave es la fidelidad al Evangelio que se nos ha predicado, una renovada adhesión de fe sobrenatural al misterio de Dios uno y trino. Estamos ante una sociedad pluralista en lo religioso, moral, cultural pero el creyente debe mantenerse firme y fiel en la fe cristiana. La Cuaresma nos invita a pensar la Palabra de Dios con mayor empeño. Pregúntate si eres realmente fiel a Jesucristo con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus obras, con tu conducta, con tu vida.

                Del Evangelio según San Lucas 9, 28-36

                Después del primer anuncio de la pasión y resurrección que Jesús dirige a sus apóstoles (Lc 9, 22) y de proponerles las condiciones para ser discípulo suyo (Lc 9, 23- 27), San Lucas nos relata la transfiguración de Jesús, lo que acontece “ocho días después de estos discursos” (v.28). Cuando Jesús comienza a hablar de su propio camino de pasión, muerte y resurrección ante los suyos, no sólo se refiere a su camino sino al camino que deberán seguir sus discípulos. El verdadero discípulo es aquel que asume como propio el proyecto y el camino de su Maestro, lo que implica asumir  las condiciones que Él propone comenzando por “negarse a sí mismo”, es decir, no actuar por capricho ni acomodando la realidad a sus propios intereses. Es la primera exigencia que cuesta sudores y lágrimas porque a cada uno le gusta seguir sus propios deseos, realizar sus propios proyectos y vivir  según su propia voluntad. Se trata de ir haciendo un proceso largo hasta que el proyecto y camino de Jesús se conviertan en el propio proyecto y camino de cada uno de los que queremos ser sus verdaderos discípulos. Sin embrago, en el primer momento de la propuesta de Jesús suscita desconcierto, dudas, temores e incluso rechazo. El discípulo necesitará tiempo hasta que haga suyo el programa pascual que Jesús le propone.

                Ante semejante panorama, a primera vista desalentador, luego difícil de asimilar, la transfiguración es inseparable del camino y proyecto de Jesús. El episodio tiene un aspecto pedagógico innegable, pues quiere instruir a los más cercanos acerca de la realidad final de este camino. También es posible descubrir la íntima relación entre la Escritura y el bautismo de Jesús, por cuanto hay también una cristofanía, es decir, una voz del cielo que lo confirma como el Hijo elegido al que hay que escuchar. De este modo, el Padre confirma y valida con su propia palabra, la opción de Jesús de abrazar el camino de la muerte y resurrección. La relación de Jesús con la Escritura queda al descubierto por el encuentro con Moisés, que representa la Ley, y Elías, que representa a los Profetas. Ambos, la Ley y los Profetas, dan testimonio y aprueban la misión de Jesús, que no es otra que llevar a cabo el plan salvífico del Padre y es lo que está haciendo Jesús en medio del pueblo.

                Un aspecto extraordinariamente importante es el que señala San Lucas que consiste en indicar que Jesús subió a un monte “para orar “(v. 28) no lo hace solo sino en compañía de tres de sus discípulos Pedro, Santiago y Juan y “mientras oraba” (v.29) tuvo lugar el luminoso misterio de la Transfiguración. Así los tres discípulos Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, la que hacía normalmente solo con preferencia al alba, al ocaso del día y también durante la noche. Anotemos que solo en esta oportunidad manifiesta su luz interior ante sus amigos mientras  oraba y sus vestidos se volvieron de un blanco intenso para reflejar el esplendor de la Persona divina del Verbo encarnado. Al respecto dice Benedicto XVI: “Para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor. Por eso, la Transfiguración es, paradojalmente, la verificación de la agonía en Getsemaní…la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo” (El año litúrgico, p.122). La Transfiguración es inseparable de la angustia mortal que  vive Jesús en la oración del huerto. La vida nueva es inseparable de la pasión y muerte, es decir, del proceso pascual que vive Jesús y que comparte con cada uno de nosotros, sus discípulos.  

                Jesús elige libremente el camino propuesto por el Padre para redimir a la humanidad y el Padre lo respalda. De esta manera, el Padre ratifica no sólo el camino y proyecto de Jesús, su Hijo elegido, sino también de todo el que quiera hacerse discípulo o discípula del Maestro. Una vez que hemos decidido seguir las huellas de Cristo Redentor no tenemos otro camino y proyecto que el de Jesús. Se trata de una decisión firme y estable, dispuesta a todos los peligros y riesgos, vivida con radicalidad y entrega “hasta de la propia vida”.

                La nube cubrió con su sombra a los discípulos Pedro, Santiago y Juan, aunque se asustaron. Y entonces se escuchó desde la nube la voz que decía: “Éste es mi Hijo elegido. Escúchenlo”. Esta nube es la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, que nos introduce en el misterio de Dios y nos hace escuchar la voz del Padre acerca de su Hijo. Hagamos lo que se nos recuerda hoy: Escúchenlo. Porque en la Escritura entera nos habla Cristo y sin Cristo la Escritura no tiene sentido. Y la mejor manera de entrar en la intimidad de Jesús es la oración, es decir, ese es el espacio para escucharlo como nos lo señala la Voz del Padre.

                 Un saludo fraterno y buen domingo.                                     Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.    


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