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17°DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)


Estamos siguiendo el “camino de Jesús hacia Jerusalén”, un tiempo de especial instrucción del Maestro a sus discípulos. En este domingo nos encontramos con otra bella página del evangelio de San Lucas. Se trata de la oración y del Padrenuestro, la oración por excelencia. Por eso se dice que esta página es una catequesis sobre la oración cristiana, quedando absolutamente claro que, tanto el discípulo como la comunidad, necesitan orar.

¡Señor! Enséñanos a orar

                Siguiendo con San Lucas el camino de Jesús hacia Jerusalén, vamos aprendiendo como si fuera la primera vez el camino  del discípulo auténtico. La Palabra de este tiempo litúrgico es muy elocuente y se muestra como una verdadera maestra de sabiduría. Más que tratar del tema de la oración en el discípulo, la Palabra nos introduce nuevamente en el misterio profundo de la oración cristiana y lo hace a través de la experiencia orante de Jesús con su Padre. Y esto es ya muy importante tenerlo presente cuando nosotros oramos. Jesús ora como Hijo que el Padre revela como su Hijo querido, el amado a quien hay que escuchar. La oración cristiana se moldea en esa inaudita relación filial del hombre con el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, idea osada y audaz que rompe los estrictos esquemas de nuestras concepciones religiosas humanas. La auténtica oración es aquella donde el hombre entra a tratar con su Padre Eterno en condición de hijo adoptivo y a la manera como lo hace el Hijo único del Padre, el Señor Jesús. La oración crea así una atmósfera de cercanía, familiaridad, confianza, entrega y disposición que difícilmente se vive en otras instancias también cristianas. Es la relación con el Padre de todos al que Jesús nos enseñó a llamar como Padre Nuestro, padre de todos y de cada uno. De este modo, nuestra oración siempre nos recuerda la relación que funda la familia, la comunidad, la Iglesia. Ningún discípulo puede rezar con Jesús si dijese “Padre mío que estás en el cielo”. El Padre de la gran familia humana, de todos los hombres es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. La oración se hace plegaria, acción de gracias, bendición,  auxilio cuando es Cristo el que ora en nosotros, con nosotros y para nosotros. Es  bueno recordarlo porque hay una tendencia a no contar con el Padre y entonces a hacer cada uno su oración que lo deja encerrado en su mundo individual y privado. La oración cristiana es todavía una gran posibilidad para recuperar el sentido de pueblo de Dios, de comunidad en camino que ansía la vuelta a casa del Padre. Y si hay Padre de todos es posible llegar a comprendernos como hijos de ese Padre único y entonces hermanos y hermanas de la gran familia de Dios. Digamos, pues, sin temor: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…”

                PALABRA DE VIDA

Gn 18, 20-21.23-32          “Que no se enoje mi Señor si hablo una vez más”.                                        

Sal 137,1-3.6-8                  ¡Me escuchaste, Señor, cuando te invoqué!                                                    

Col 2, 12-14                        “Él canceló el acta de condenación que nos era contraria”                    

Lc 11, 1-13                          “Porque el que pide, recibe, el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”.

                Te invito a entrar en el santuario de la divina sabiduría, a acoger la Palabra que Dios nos dirige, a gustar o saborear la miel escondida en cada texto que hoy nos regala la Iglesia para iluminar nuestro camino y robustecer nuestra vida de fe, expresada, sobre todo, en la oración tal como la vivió nuestro Maestro y Señor Jesús. Y la oración debe ser constante y confiada y entonces es eficaz porque Dios siempre está pronto a escucharnos.

                Del Libro del Génesis 18, 20-21.23-32

                Estamos ante un magnífico texto del Antiguo Testamento y trata de la intercesión de Abrahán, el principal patriarca del pueblo escogido. Según la cronología histórica, Abrahán llegó a Canaán hacia el año 1850 a.C. Estamos ante los recuerdos de los antepasados de Israel entre los cuales está este relato de Gn 18, 16 – 33. Nos llama poderosamente la atención el tipo de relación que Abrahán establece con Dios: se trata de una relación directa como la de amigos. Lo segundo que nos admira es la familiaridad y sencillez con que Abrahán trata con los tres personajes que han sido sus huéspedes, como lo recordamos el domingo pasado, y con Dios mismo, cosa que queda muy claramente expresada en el texto de hoy. ¿Cuál es el mensaje central de este relato? Sin lugar a dudas el sentido religioso y humano que se respira en el texto es la sensibilidad  humana por sus semejantes que manifiesta Abrahán, concretamente por la ciudad pecadora que Dios ha decidido destruir. Sin esta sensibilidad por los otros no se desarrolla el sentido de la mediación o intercesión del creyente ante Dios. El telón de fondo es el de la justicia divina que plantea ya el gran tema del obrar de Dios contra el malhechor perjudicando o sin consideración por el inocente. Abrahán es persistente en su súplica y va regateando con Dios la cifra mínima de justos para salvar la ciudad pecadora. Quiere salvar a la ciudad pecadora, símbolo de la humanidad. Tiene la certeza que Dios es justo y también capaz de perdonar, aunque los inocentes sean mínimos. De este modo, la oración de Abrahán, oración de intercesión, deja abierto el camino para llegar a la plena comprensión que el Dios bíblico es justo y sumamente misericordioso y compasivo con el pecador. ¿Es mi oración abierta a las necesidades de los demás? ¿Tengo conciencia que debo interceder por los pecadores, cautivos, enfermos, alejados, perdidos del mundo? ¿Me siento solidario con el pecado de la humanidad? ¿Tengo conciencia de ser mediador entre la humanidad y Dios?

                Salmo 137, 1-3.6-8 es un salmo de acción de gracias por el cumplimiento de las promesas de Dios. El orante tiene la certeza que Dios le ha respondido siempre que lo invocó y que no abandona la obra de sus manos. Nos hace bien orar desde la confianza puesta en el Señor que siempre responde a nuestras súplicas.

                De la carta de san Pablo a los Colosenses 2, 12-14

                El brevísimo texto de esta segunda lectura está dentro de una unidad más amplia de Col 2, 6 – 19 y su tema es la vida cristiana, sometida como siempre, a la amenaza de las ideologías sincretistas de ese tiempo y también de los nuestros. El sincretismo es una mezcla explosiva de diversas ideas y conductas con las que muchos cristianos van haciendo la religión a su manera. Es una forma de abandono de la fe que les enseñaron los padres. San Pablo indica que “no se dejen arrastrar por quienes los quieren engañar con teorías y argumentos falsos, ellos se apoyan en tradiciones humanas y en los poderes que dominan este mundo y no en Cristo” (v. 8). Uno de los más grandes riesgos para los cristianos de hoy es el movimiento de la Nueva Era o New Age o las creencias esotéricas como la reencarnación, las cartas astrales, la meditación trascendental, las prácticas adivinatorias y todo aquello que ofrece salvaciones al gusto del consumidor. Muchas de estas creencias asumen un falso ropaje religioso y ético, cumpliéndose la advertencia evangélica de “lobos disfrazados de ovejas”. Cristianos tibios y mediocres son presa fácil de estas propuestas atractivas y sugerentes. Por eso el mensaje de esta segunda lectura no es otro que un llamado y un recuerdo: ustedes han sido sepultados con Cristo en el bautismo y han resucitado con Él por la fe en el poder de Dios que lo resucitó a Él. Gracias a este proceso bautismal de muerte y vida, Cristo nos hizo revivir perdonándonos los pecados. Una hermosísima expresión vale la pena retenerla: “Canceló el documento de nuestra deuda con sus cláusulas adversas a nosotros, y lo quitó de en medio clavándolo consigo en la cruz” (v. 14). No necesitamos salvaciones humanas ni a la carta. Nos basta Cristo y su poder redentor. El cristiano vive un proceso pascual aquí y ahora. Si pudiéramos profundizar en este proceso pascual bautismal, otro gallo cantaría en nuestra vida cristiana. “La realidad es la persona de Cristo” afirma el Apóstol con absoluta certeza. ¿Es así también para ti y para nosotros? ¿Quiénes pretenden alejarnos de Cristo y del evangelio hoy?

                Del evangelio según san Lucas 11, 1-13

                Estamos siguiendo el “camino de Jesús hacia Jerusalén”, un tiempo de especial instrucción del Maestro a sus discípulos. En este domingo nos encontramos con otra bella página del evangelio de San Lucas. Se trata de la oración y del Padrenuestro, la oración por excelencia. Por eso se dice que esta página es una catequesis sobre la oración cristiana, quedando absolutamente claro que, tanto el discípulo como la comunidad, necesitan orar. Desde la partida, hay que darse cuenta  que Jesús enseña una forma de orar entendida como un camino, es decir, un proyecto que compromete la vida entera del cristiano: el Padrenuestro. El Padrenuestro es un estupendo resumen de lo que significa el Reino de Dios. Jesús no nos está enseñando una fórmula de oración sino que nos inserta en el movimiento de su Reino, en relación con el Señor y con el prójimo. Quien reza el Padrenuestro sabe que está recordando el proyecto de vida nueva que Jesús nos propone. En esta oración Jesús sintetiza su proyecto de vida y el de su discípulo, es decir, también el nuestro.

                 En la versión más breve del Padrenuestro, la del evangelista Lucas, la primera realidad es Dios, el Padre, cuyo nombre hemos de santificar con nuestras obras y palabras, y el reino que pedimos y preparamos con nuestro testimonio en palabras y obras, con nuestra conversión o cambio de mentalidad, a fin de que sea visible su presencia entre nosotros. El reino se hace visible, palpable, irradia vida nueva desde nuestro propio compromiso como discípulos de Jesús. El reino no es una realidad territorial o geográfica sino espiritual y se hace germen desde lo más profundo del ser humano, el corazón. “Venga tu reino” es entrar en el proyecto de Dios de lleno, en la nueva fraternidad que se configura desde el reconocimiento de la paternidad única de Dios. Dios es el Padre y nosotros sus hijos en el Hijo.

                La segunda realidad que toca el Padrenuestro es el prójimo. Pedimos el pan de cada día no sólo para mí sino para todos, porque todos los dones y bienes son para compartirlos a fin de que todos tengan lo necesario. Es importante captar el espíritu que debe inspirar la oración del cristiano. La palabra pan representa todos los bienes necesarios para una vida digna.

                El compromiso de perdonar al prójimo nace del hecho que el Padre nos perdona siempre nuestros pecados. Esto significa que el amor al prójimo está marcado por las dificultades de comprensión, por diferencias, enfrentamientos, conflictos y contradicciones pero evangélicamente hablando, nos comprometemos a sanear las relaciones a través del perdón auténtico, así como cada uno necesita del perdón de Dios. El proyecto de vida del discípulo queda enmarcado en esta necesidad de reconciliación y paz, que hay que construir con el propio esfuerzo y compromiso. Está muy lejos el deslavado ideal del moderno “vivir en armonía”. Por el contrario, el proyecto del reino está vinculado a palabras y acciones que el discípulo enfrenta en el día a día; la pacificación implica compromisos reales cuando se quiebra la comunión fraterna. No bastan los buenos deseos ni las abundantes intenciones. Jesús nos propone la valentía de enfrentar el mal que hacemos o del cual somos víctimas.  

                Y por último, el “no nos dejes caer en la tentación” es una estupenda advertencia, una forma de decirnos que no hay que dormirse en los laureles. Un estado de alerta permanente, de una sabia y sostenida vigilancia sobre la fragilidad humana del discípulo. El proyecto de vida de un cristiano descansa en este pilar fundamental. Enemigos frecuentes del proyecto de vida son la inconstancia, la fatiga, el desaliento, el afán de tener resultados rápidos del trabajo espiritual desplegado, la realidad del egoísmo como una suma de energías contrarias al reino, la codicia y el mal, todo ello está incluido en “la tentación”. Como se ve no son tentaciones en general sino las ganas de abandonar todo o tirar todo por la borda. Más de alguno cree que la única tentación es la de orden sexual pero se trata de actitudes más hondas en el corazón del discípulo.

                Visto así el Padrenuestro no puede convertirse en una repetición mecánica. Nos hace falta orarlo bajo la acción del Espíritu que lo alienta, el profundo Espíritu de los hijos del Padre que quieren, junto a su Hijo, acoger y construir el reino. El resto de la enseñanza sobre la oración del discípulo está inserto en este gran ámbito del encuentro del hijo o de los hijos con su Padre del Cielo.

                Un saludo fraterno                                                                       Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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