Recomendar       Imprimir





16°DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)


Las palabras de Jesús iluminan el camino a seguir cuando dice: “Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y no le será quitada” (v. 41- 42).

¡Señor Jesús! Que nuestro gozo sea escucharte

            Ha sido esta semana para nosotros un tiempo de ejercicios espirituales. Y siempre nos hace bien este tiempo de recogimiento y concentración en ejercicios de reflexión, meditación y prácticas de piedad, todas ellas bajo el único objetivo de escuchar, acoger y renovar nuestra adhesión y compromiso con el Señor y su proyecto del Reino. Pero siempre que buscamos al Señor surge el otro polo de esta relación,  el yo de cada uno de los convocados. Cada uno fue invitado por el Espíritu de Dios a revisarse desde  aquellas lejanas circunstancias para algunos de los primeros encuentros con Dios. Siempre es renovador volver sobre aquellos sucesos tan personales que tienen que ver con la emergencia, tenue y luego luminosa,  de las primeras llamadas; indicios, luego señales, la llamada sólo se entiende cuando el Tú Eterno de Dios va apareciendo bajo el velo de los episodios de una vida normal, en familia y en comunidad cristiana. Hay encuentros inolvidables como puede haber otros tan tortuosos que nos estremecen. Los encuentros con Dios son tiernos y Dios se acomoda a la condición del que quiere llamar a su servicio. Al comienzo es un breve despertar, una inquietud indefinible, muy precaria y hasta sinuosa. Y pensar que hay tanta gente que cree que el llamado es claro, diáfano y casi perfecto desde siempre. Y no, rotundamente no. El llamado como el encuentro con Dios es increíble por su sencillez y normalidad. El encuentro con Dios implica reconocer que Dios asume nuestra condición humana y nos respeta hasta el extremo nuestra vida, nuestra identidad. El encuentro con Dios no suprime nada de lo auténticamente humano. Cada uno seguirá desarrollándose a lo largo de su vida con todos las complejidades de su personalidad, con su historia acuesta, con su pasado, con sus sueños, sus desilusiones, esperanzas y toda la riquísima gama de posibilidades de  nuestra naturaleza humana. El encuentro con Dios es una experiencia digna de prestarle más atención porque ahí está en juego nuestro destino, el sentido de nuestra vida y el proyecto de Dios que se va desvelando a lo largo del tiempo y de los espacios vitales que cada uno tiene que asumir con alegría y mucho amor. Este tesoro del encuentro con Dios es nuestra perla preciosa por la cual hemos dejado todo lo demás.

PALABRA DE VIDA

Gn 18, 1-10     “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”.               

Sal 14, 2-5       Señor, ¿quién entrará en tu Casa?

Col 1, 24-28    “Nosotros anunciamos a Cristo”

Lc 10, 38-42      “María, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras”.

            Un sugerente dicho de los Padres del desierto sirva para situar el poder de la Palabra: La naturaleza del agua es suave, mas la de la piedra es dura. Pero si se suspende un recipiente que deja caer agua sobre la piedra, poco a poco la perfora. Del mismo modo, la Palabra de Dios es suave y nuestro  corazón duro; sin embrago, cuando el hombre oye con frecuencia la Palabra de Dios, se abre su corazón al temor de Dios” (Apotegmas de los Padres, dicho de Abba Juan). Dejemos que la Palabra siga, gota a gota, haciendo su silenciosa tarea de ablandar nuestro corazón. 

            Del Libro del Génesis 18, 1 - 10

            Estamos en la gran segunda parte del Libro del Génesis, el primero de los “cinco libros sagrados”, que abarca desde el capítulo 12 al 50 y trata de las historias patriarcales. El texto de esta primera lectura de este domingo está inserto en una gran sección del 12,1 a 25, 18 y se refiere al Ciclo de Abrahán y su hijo Isaac. El capítulo 18, 1 – 15 se refiere a la aparición del Señor en Mambré a Abrahán, aunque por razón de brevedad hoy leemos sólo los versículos 1 a 10. El texto comienza describiendo el escenario: Abrahán está sentado a la sombra de su tienda en Mambré, con Sara, su esposa, tras la cortina de entrada, se ve sorprendido por la presencia de tres caminantes. Abrahán sale a su encuentro y los invita a descansar y a comer y beber lo que ha sido preparado con prontitud y esmero. Así queda de manifiesto el gesto de la hospitalidad generosa y abierta a los caminantes. Nótese que Abrahán no sabe quiénes son los visitantes. Sólo en el desarrollo de la acción y del diálogo uno de ellos se identifica como el Señor y los otros dos como sus mensajeros. Vamos a prestarle atención a las actitudes de Abrahán que incluso podrían parecer exageradas: al ver los hombres parados ante él, corrió a su encuentro y se inclinó en tierra; le suplica que no pase de largo, hará que traigan agua para que se laven los pies y descansen debajo del árbol; les ofrece pan que ordena a Sara amasarlo; corrió al corral y eligió lo mejor y mandó a cocinarlo. Los atendió personalmente mientras ellos comían bajo el árbol. Todo esto es la hospitalidad humana y creyente. Es un precioso ejemplo de la delicadeza y acogida que el Padre de la fe nos enseña. El premio que Dios regala a Abrahán: “Para cuando yo vuelva a verte, en un año, Sara habrá tenido un hijo. Sara lo oyó, detrás de la puerta de la carpa” (v. 10). Aquí se ratifica la promesa que Dios hizo a Abrahán de darle un hijo de su mujer Sara. Nuestro Dios sale al encuentro del hombre, instala un diálogo, abre un espacio para iniciar el largo camino de la promesa de salvación. Dios asume la forma humana para ponerse al nivel de nuestra condición histórica. Dios se abaja de su gloria y entra a nuestro diario vivir y desde aquí nos habla. ¿No habría que prestarle más atención a la vida misma para encontrarnos con el Señor? ¿Cuántas veces nos visita el  Señor en nuestra vida diaria pero no lo reconocemos ni lo acogemos?

            El Salmo 14, 2 – 5 enumera las características indispensables que deben adornar la vida del “huésped del Señor”, a saber, el que quiera acceder al Templo y celebrar el culto. No se mencionan ritos externos sino condiciones del ámbito ético – moral. Y con cuánta razón, porque un culto vacío es aquel carente de amor a  Dios y de la  práctica de la justicia. Volvamos a  leerlo y a meditarlo porque es un excelente ayuda para el “examen de conciencia” frecuente.

            De la Carta de San Pablo a los Colosenses 1, 24 - 28

            Ya leímos el domingo pasado un sorprendente himno a Jesucristo Salvador y primogénito de toda creatura. Hoy, como segunda lectura, continuamos con el capítulo primero de esta carta y leemos unos versículos finales del mismo. El tema de fondo es el ministerio de Pablo. Dice: “Por disposición de Dios he sido nombrado ministro de la Iglesia al servicio de ustedes, para dar cumplimiento al proyecto de Dios” (v. 25). Y clarifica de inmediato cuál es ese proyecto de Dios: “el misterio que estuvo oculto desde toda la eternidad y que ahora Dios quiso manifestar a sus santos” (v. 26). El plan de la salvación que el pueblo escogido creyó que sólo era para los judíos, rompe ese límite y abraza también a los paganos, es decir, para todos los hombres y mujeres del mundo sin distinción de raza o nación. A Pablo se le ha revelado este proyecto de Dios, mantenido en secreto a lo largo de los tiempos, pero ahora anunciado y proclamado por el Apóstol. Ese misterio escondido es la persona de Jesucristo, “espléndida riqueza, Cristo para ustedes, esperanza de gloria” dice Pablo con esa certeza que le viene de su propia experiencia de encuentro con el Señor. En esto consiste su ministerio y el servicio de su misión apostólica. La meta final que busca el Apóstol es que “todos alcancen su madurez en Cristo” (v. 28). Para lograrlo, Pablo anuncia, aconseja y enseña a cada uno de los cristianos para que alcancen la verdadera sabiduría que no es otra que Cristo y su evangelio. Podemos preguntarnos si Cristo y su redención universal son para nosotros el corazón y el centro de nuestra vida cristiana y de nuestra misión apostólica. ¿Es para mí Jesucristo y el evangelio una espléndida riqueza por la que vale la pena entregar la vida entera? ¿Qué significa “completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”? Cada cristiano tiene que vivir el “proceso pascual” para asemejarse a su Señor.

            Del evangelio de san Lucas 10, 38 – 42

            No olvidemos que estamos siguiendo con Jesús y sus discípulos el camino hacia Jerusalén, lugar de su entrega radical en la muerte y victoria esplendorosa en su resurrección. En este camino Jesús nos instruye, instruye a sus discípulos sobre las exigencias y condiciones de un discípulo suyo, de aquellos primeros y de todos los tiempos. Entre ellos nos encontramos nosotros. Vamos aprendiendo a ser discípulos y para ello escuchamos al Maestro que nos introduce en los secretos del Reino. Hoy nos encontramos con la grata hospitalidad de una mujer: Marta. Ella “lo recibió en su casa” (v. 38). Nos llama poderosamente la atención que una mujer manejara sus bienes y que acoja a un hombre en su casa. Esto en el ámbito judío. Recuerden que cuando regresan los discípulos y encuentran a Jesús hablando con la samaritana en el broquel del pozo, dice San Juan que quedaron extrañados que estuviera hablando con una mujer. Jesús rompe esquemas y abre horizontes insospechados. Jesús recibe la amable hospitalidad de Marta y así rompe costumbres marginadoras y excluyentes.

            Fijémonos en otro interesante aspecto que resalta San Lucas. Así dice el texto: “Tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras” (v. 39). Fijémonos que la actitud de sentarse a los pies del maestro es la postura propia del discípulo en el mundo judío. Pero recordemos que en los tiempos de Jesús las mujeres no accedían al estudio de la ley ni tampoco aprendían de ningún maestro. Nuevamente subraya San Lucas que Jesús rompe la costumbre y acepta mujeres en calidad de discípulas y las instruye en su escuela. María está viviendo una hermosa realidad: puede escuchar a Jesús y puede aprender de él. Jesús la acoge y la considera discípula.

            La reacción de Marta, que no entiende el significado de la actitud de María, su hermana, simplemente se siente sola en la tarea y expone su queja al maestro: “Maestro, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en los quehaceres? Dile que me ayude” (v. 40). Marta cumple  con las normas de la acogida y de la hospitalidad. Parece que representa muy bien aquella mentalidad del cumplir lo mandado y desde ahí mirar la conducta de los demás. Nos representa muy bien cuando nos conformamos con “ir a misa el domingo” y cumplir lo mandado para ser un buen cristiano. Nos importa poco si lo hacemos por amor, por generosidad. El cumplimiento solo no permite entrar en la realidad que descubrió María: el Señor y su Reino.

            Las palabras de Jesús iluminan el camino a seguir cuando dice: “Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y no le será quitada” (v. 41- 42). Notemos aquí el nombre dado a Jesús: Señor. Nos habla el Señor y su palabra debe ser escuchada por todos los creyentes del mundo y de todos los tiempos. Tiene autoridad como Dios para enseñarnos el modo de ser sus discípulos. Lo reconocemos como Nuestro Señor, muerto y resucitado. Y le prestamos atención como discípulos suyos.

            La repetición del nombre, en este caso “Marta, Marta” es una reprensión cariñosa pero que hay que prestarle atención. Invita a reflexionar la conducta o actitud. Jesús no dice que las tareas que Marta desarrolla sean defectuosas o no sirven; lo que realmente reprocha en Marta es estar atareada, inquieta, preocupada por las tareas de casa. Es la actitud conque  procede, el espíritu que le mueve a cumplir las tareas propias de la acogida y hospitalidad. Es dejarse invadir o absorber completamente por los deberes. Su actitud de acogida es recta pero no lo es el modo de encararla. María ha elegido la mejor parte, es decir, nada hay mejor que elegir a Jesús. Termino diciendo que estas dos actitudes perviven en nosotros: a veces nos domina el activismo agobiante, en otras necesitamos calmarnos y empezar a darle más atención a lo verdaderamente importante en la vida. ¿Realizo mis deberes y tareas nerviosamente, con gran desgaste de energía, con la sensación de agobio? ¿No sería bueno realizarlas pero con un espíritu distinto, por amor, con entrega, con alegría? Revisemos nuestro modo de vivir, nos hará bien.

            Una recta comprensión del evangelio de hoy no permite aceptar el famoso dilema entre la vida activa y la vida contemplativa. Esto nos lleva a mirar desde una visión dicotómica la vida cristiana. Lo único importante es que la Persona de Jesús siempre sea el centro de atención de todo discípulo y discípula.

            Un abrazo y hasta pronto.                                         Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.  


Documentos:
· Comentario del Evangelio (DESCARGAR) |