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15°DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)


El evangelio de este domingo, siguiendo el Ciclo C con la lectura continuada de San Lucas, nos ofrece un texto muy hermoso y sugerente, rico en perspectivas y de una extraordinaria belleza. Me refiero a la parábola del buen samaritano. Al leer el texto detenidamente y por varias veces, es posible obtener un conjunto de detalles que nos permiten penetrar en la hondura de esta narración.

¡Señor Jesús! Ayúdanos a ser una Iglesia samaritana

                En tiempos no muy lejanos nuestras asambleas litúrgicas cantaban, llenas de unción y fervor religioso, un precioso himno con una igualmente encantadora música que invita a la serena meditación: ¡Oh víctima inmolada!,  por nuestra redención/ de cuyas llagas brotan, las aguas del perdón. / Con mis frecuentes culpas mil veces te ofendí, / perdona mis pecados y ten piedad de mí. / ¡Oh cuánto amor respira tu abierto corazón! Tu muerte fue mi vida, tu cruz mi salvación. Vuelvo a este tiempo nuestro, el de hoy. La palabra víctima y victimario nos han puesto de golpe en línea con lo que los cristianos sabemos y proclamamos: Jesús es la Víctima inmolada, en la que se leen todas las víctimas de la historia trágica del mundo. Muchas víctimas creen que son las primeras de la historia, al menos así leen la tragedia que han sufrido. Pero no. La historia se escribe con víctimas pero sola una le ha dado sentido y valor a esta condición humana, la de ser víctima de alguien o de algo. Y ese único ser divino y humano, Jesús de Nazaret, experimentó el ser víctima de tantas formas mientras estuvo viviendo entre nosotros y todas esas formas de convertirlo en el centro del rechazo, del odio, de la mala voluntad, del enojo, etc. culminó en la cruz denigrante. Jesús es la gran Víctima de todos los tiempos. Fue herido por nuestros pecados, por nuestros males frecuentemente lanzados contra el otro, el otro semejante a mí. Y ¿por qué es necesario hacerse cargo de las víctimas y de los victimarios, sobre todo, de los abusos sexuales? Pueden darse muchas razones y muy válidas pero una poderosa es que somos seguidores de Jesús, la Víctima Pascual que ofrendamos cada vez que celebramos la eucaristía. Me gusta el pensamiento de Johann Baptista Metz cuando dice: “El pan de vida eucarístico nos fortalece en la sensibilidad frente al sufrimiento y a los que sufren. Una vida que se alimenta de este pan, admite los sufrimientos de otros para que se transformen (estos sufrimientos) y los nuestros”. Y esto  es fundamental para todo tiempo pero muy especialmente para el nuestro, donde campea la insensibilidad individualista. El buen samaritano es un ser humano sensible al dolor del otro y desde aquí puede hacer todo lo demás para ayudarlo. Hay que “fijar los ojos en Jesús” para aprenderlo y vivirlo cada día. La “Iglesia samaritana” existe en los cristianos concretos que se convierten en “samaritanos de los heridos de los diversos caminos de la vida”.    

                PALABRA DE VIDA

 Dt 30, 9-14          “El mandamiento está a tu alcance: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.        

Sal 68, 14.17.30-31.36-37 Busquen al Señor, y vivirán.                                                                      

Col 1, 15-20   Él es imagen del Dios invisible”.                                                                                

Lc 10, 25-37        “¿Y quién es mi prójimo?

                ¿Cuántas veces una pregunta nos abre a una increíble realidad? Los niños viven haciendo preguntas y así van descubriendo el mundo. No es extraño que Jesús haya comprendido la importancia de la pregunta en su enseñanza. La pregunta “¿Y quién es mi prójimo”? lleva a Jesús a proponer la parábola donde queda claro quién es prójimo del herido como “el que tuvo compasión de él”. Su conclusión es sorprendente: “Vete y haz tú lo mismo”.

                La mesa está servida con el banquete de la Palabra, siempre rica y nutritiva. Vengan a comer lo que está ya preparado, nos dice. ¿Qué dices? No tengo hambre, respondes. ¿No tienes hambre de Dios, del Reino, de vida nueva? Deja que el Señor te alimente con su Palabra y verás como empiezas a tener hambre del verdadero Pan bajado del cielo, Cristo, el Señor.

                Del Libro del Deuteronomio 30, 10 - 14

                El texto del Deuteronomio (deuteros = la otra y nomos = Ley) de la primera lectura nos ofrece, dentro del objetivo de actualizar el antiguo pacto hecho con Dios y con Moisés como mediador entre Dios y el pueblo, un trasfondo histórico muy preciso como fue la caída de Judá, la destrucción del templo y de Jerusalén y la deportación a Babilonia hacia el año 587 a.C. El capítulo 30 entero es un intento de responder a las interrogantes y dudas que significó la caída de Judá. Su finalidad es animar a los creyentes israelitas a aceptar la situación que están viviendo como justo castigo por haberse alejado de Dios. Todo el texto busca reconstruir la fe y la esperanza en Dios que sigue dispuesto a perdonarlos y a devolverlos a la tierra que bajo juramento el Señor les había dado a sus padres. ¿Qué se le pide al pueblo? Escuchar la voz del Señor, guardar o cumplir lo que está mandado en la Ley, que lo que Dios le pide al pueblo no es algo imposible de alcanzar y de cumplir. Por el contrario, la palabra de Dios está tan cerca del hombre que la puede cumplir. Esta enseñanza nos viene muy bien a nosotros hoy. ¡Cuántas excusas para no intentar vivir el evangelio y cumplir los deberes fundamentales de una vida cristiana comprometida! No tenemos escasez de doctrina sino de compromiso vital con el Señor. El evangelio es bello cuando se lo toma en serio y empieza a animar la vida del creyente y de la comunidad cristiana. Lo más triste de nuestro tiempo es el divorcio entre la fe y la vida; hay mucho cristiano que dice creer una cosa pero su vida dice lo contrario. Esta separación entre la fe y la vida nos lleva a vivir en direcciones muy distintas. ¿Cuál es la excusa más frecuente para no comprometerse con el Señor y su evangelio? ¿Cuáles son realmente nuestras prioridades vitales? ¿En qué parada estamos hoy en día?

                El salmo 68, 14.17.30-31.36-37 es una súplica angustiada en medio de las desgracias; es una atormentada lamentación que se centra en los dramáticos detalles del sufrimiento y el dolor del salmista; sin embargo, desde aquí surge la ardiente súplica al Señor y finalmente la alabanza al Señor. Tenemos motivos de sobra para adherirnos a este orante ya que nuestra crisis no acaba y reclama un nuevo compromiso con el Señor y su Iglesia.

                De la carta a los Colocenses 1, 15 - 20

                La lectura de la carta a los Colosenses es una muestra de la verdad del evangelio. San Pablo ha recogido y adaptado un himno litúrgico con que las comunidades cristianas del primer siglo expresaban el misterio de Jesucristo. Resalta la grandeza y esplendor del divino Salvador. Es un himno cristológico. Dos aspectos resaltan en esta grandiosa visión sobre Jesucristo. Por una parte es Creador: “Porque por él fue creado todo, en el cielo y en la tierra, lo visible y lo invisible… Todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo y todo se mantiene en él” (v. 16.17). Cuando Dios crea el universo ya está presente Cristo, pues todo fue creado por Él y para Él. Así Cristo es “la imagen del Dios invisible”, el primero de toda la creación como dice en el v. 15. Y, por otra, Cristo es el Salvador porque “por medio de él quiso reconciliar consigo todo lo que existe, restableciendo la paz por la sangre de su cruz tanto en las creaturas de la tierra como en las del cielo” (v. 20). El compromiso de Cristo con la humanidad queda expresado en la “sangre de su cruz”. Ha logrado la paz entregando su vida para el perdón de los pecados cuya culminación es su muerte y resurrección. La obra de Cristo no es sólo la salvación histórica sino también la redención del universo entero. Este señorío absoluto de Cristo se experimenta en su Iglesia que lo reconoce como su Cabeza, principio, primogénito entre los muertos, “para ser en todo el primero” (v. 18). Jesucristo reconcilia todo en si mismo porque “En Él decidió Dios que residiera la plenitud” (v. 19), plenitud de todo lo creado y de todo lo salvado. Esa plenitud en definitiva no es otra que su identidad de ser Dios y hombre. En Cristo nos encontramos con el rostro del Padre y con el rostro del hombre. Leamos este hermoso texto en clima de oración contemplativa. En Cristo nos encontramos con el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre, razón por la cual Cristo es la plenitud de Dios  y del hombre.

                Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 10, 25 - 37

                El evangelio de este domingo, siguiendo el Ciclo C con la lectura continuada de San Lucas, nos ofrece un texto muy hermoso y sugerente, rico en perspectivas y de una extraordinaria belleza. Me refiero a la parábola del buen samaritano. Al leer el texto detenidamente y por varias veces, es posible obtener un conjunto de detalles que nos permiten penetrar en la hondura de esta narración. Muchos desean simplificar al máximo su enseñanza cayendo en generalidades muy repetidas; otros, no desean hacerse problemas y prefieren excusarse con la típica frase que es muy difícil el evangelio. En verdad, para quienes quieren entrar en el mundo nuevo que Jesús viene a inaugurar, su enseñanza resulta sencilla y extraordinariamente clara. No hay que olvidar que el evangelio y la predicación de Jesús tenía como interlocutores personas muy sencillas y sin mayor preparación. ¿Cuántas veces habremos escuchado esta página del evangelio de este domingo?  

                ¿Qué podemos destacar de este evangelio? Ya alguna cosa está dicha en el inicio de este comentario bíblico. Al respecto:

                1°  La búsqueda de la vida eterna no puede separarse del mandamiento central del amor a Dios y al prójimo. El jurista del evangelio, hombre instruido en los textos sagrados, sabe perfectamente que lo que la Ley de Moisés manda está expresado en el doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Jesús le aprueba su respuesta y le dijo: “Obra así y vivirás” (v. 28). Quien ama a Dios no puede prescindir del amor al prójimo. Esto es absoluto. Cuando el amor a Dios está separado del compromiso concreto con el prójimo estamos ante una falsa experiencia religiosa. Es muy penoso cuando el cristiano es una persona devota y piadosa pero no tiene consideración alguna por el prójimo. Aquí falta evangelio y sobra religión, falta vida nueva y hay mucho rito vacío.

                2°  Jesús nos introduce en una nueva forma de comprender al prójimo. Los israelitas del Antiguo Testamento entendían el mandamiento del amor al prójimo pero solo aplicable a los miembros de la nación. El pagano no es prójimo. El jurista del evangelio de hoy pregunta: ¿Y quién es mi prójimo?” (v. 29). Jesús le cambia la pregunta: ¿Quién de los tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?” (v. 36). Jesús no nos dice quién es mi prójimo sino que prójimo soy yo, cuando me acerco al otro y lo ayudo. El verdadero asunto es hacerse prójimo del otro y no en saber quién es mi prójimo. Sólo puedo amar auténticamente cuando me hago prójimo del otro. Es el samaritano el que se ha convertido en prójimo del desconocido herido del camino. Ni el sacerdote ni el levita, ambos servidores del templo, se han convertido en prójimos del caído. Lo han visto pero pasaron de largo. ¿No nos representan estos dos servidores del templo? ¿No nos conformamos con mirar y seguir de largo? De este modo no se puede “convertir uno en prójimo del herido”. ¿Cuándo uno se convierte en prójimo del caído?

                3°  El prójimo es el caído. Al que debemos acercarnos y ayudar es al caído, al herido, al que sufre violencia, al despojado de sus derechos de persona, al cautivo, al enfermo, a la víctima y al victimario, etc. En tal caso no importa su nombre, ni su país, ni su edad ni su religión. Este es el orden de preferencia que Jesús establece claramente. Debemos hacernos prójimos de los “más pequeños”, los marginados, los sufridos. Así como Jesús hace de hecho en su ministerio público, ciertamente no excluye a nadie pero se acerca a los preferidos por Dios, los pobres en la amplia gama de situaciones humanas desfavorecidas. De este amor preferencial por los pobres la Iglesia y especialmente la vida religiosa tiene una larga historia de generosidad y sacrificio. Pensemos en San Pedro Nolasco o San Juan de Mata, testigos de su pasión por la liberación de los cautivos cristianos o en Santa María Micaela y su amor apasionado por la dignidad de la mujer prostituida. Hay que prestarle atención a “los ninguniados”, “los descartados”, “a los cristianos enredados porque es una manera de esclavitud, “a los anestesiados” nos ha dicho el Papa Francisco.   

                4°  La clave de la compasión o misericordia. ¿Cómo hacerse prójimo del caído? La gran diferencia de los tres que pasan por el camino donde está el herido, no está  en el rango social o religioso sino en aquel que fue capaz de sentir compasión: “Un samaritano que iba de camino llegó donde estaba, lo vio y se compadeció” (v. 33). A partir de este amor de dentro se desencadenan otras acciones de ayuda y cercanía. En una sociedad que ha olvidado la misericordia y ha instalado la única exigencia de la justicia, olvidando la necesidad del perdón, esta parábola choca con los intereses individualistas que llevamos impresos a fuego. Se tiende a multiplicar la violencia, el atropello, la insensibilidad, la falta de solidaridad, la dominación, etc. Es fundamental volver a descubrir la belleza de la misericordia y la compasión como nos lo pide el evangelio: “Sean misericordiosos como vuestro Padre”.    

                Un saludo fraterno y hasta pronto.         

                                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.          


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