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Domingo de Pentecostés


El gran don que ofrece y regala el resucitado es la paz, don mesiánico sumamente esperado por los profetas. Diversas imágenes sirven para expresar esa era de paz que traerá el Mesías esperado. Jesús al ofrecer la paz está indicando que ese tiempo ha llegado porque Él es el Mesías anunciado y esperado.

¡Ven, Espíritu Santo, ven a iluminar nuestras inteligencias!

                ¿Para qué pedimos y deseamos recibir el Espíritu Santo? ¿Sólo nos acordamos de Él cuando vivimos momentos excepcionales, necesidades apremiantes? ¿Es el Espíritu Santo tan cercano a nuestra vida como puede serlo Cristo y el Padre? ¿Puedes decir que tienes una relación personal con la tercera Persona de la Santísima Trinidad tan clara como la que puedes vivir con Cristo y el Padre? Estas y otras interrogantes me sugiere la celebración de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Un vistazo en la generalidad de la vida cristiana nos sugiere que sobre  el Espíritu Santo hay  una generalizada percepción que es “el gran desconocido” como tituló un teólogo su interesante libro sobre el tema. Para no pocos creyentes la vida espiritual o la espiritualidad no les dice mucho con la acción del Espíritu Santo o la santificación de la vida, el conocimiento de Dios, la práctica de las virtudes. Uno de los grandes padres de la Iglesia, san Juan Crisóstomo nos ayuda a comprender mejor lo que puede pasarnos también a nosotros cuando dice:” ¿No ves cuántos males se originan del hecho de no tener el Espíritu Santo? Tales son: la muerte, la enemistad con Dios, el no poder observar sus leyes, el no ser de Cristo tal como conviene, y el no tenerlo morando  en nosotros”. No es posible siquiera decir que Dios existe o que Jesús es el Mesías si el Espíritu Santo no nos inspira. Lejos del Espíritu Divino el hombre se encierra en el estrecho mundo de sus pensamientos y sensaciones inmediatas siguiendo sus propias tendencias tantas veces absolutizadas como las únicas verdaderas. Lo podemos comprender mejor si miramos los efectos o frutos que el Espíritu Santo produce en quien lo reconoce y acepta. Así nos invita San Juan Crisóstomo: “Fíjate, en cambio, en los bienes que nos proporciona el tener con nosotros el Espíritu Santo. Estos son: el pertenecer a Cristo, el tener a Cristo, y el competir con los ángeles. En esto radica el hacer morir nuestra carne, el gozar de una vida inmortal, el tener, por lo tanto, garantías de la resurrección y el caminar fácilmente por la senda de la virtud”(Homilía Rom, 13).En Pentecostés se renueva para nosotros esta maravillosa oportunidad como es abrirnos al don que el Padre y el Hijo nos regalan, el Espíritu de la verdad, el “maestro interior” que cada creyente puede reconocer dentro de sí, en su santuario interior, el Abogado que nos defiende, el Consolador que nos fortalece en el camino hasta que lleguemos todos a ser uno con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es el gran regalo que nos acompaña a lo largo de nuestra peregrinación hasta la morada última de la unión de amor y visión.           

PALABRA DE VIDA

Hch 2, 1-11         “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”.                                                                    

Sal 103,1.24.29-31.34            Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.                    

1Cor 12, 3-7.12-13          “En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común”.                             

Jn 20, 19-23        “Sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo”.

Con la Solemnidad de Pentecostés estamos concluyendo la cincuentena pascual. En efecto, el día de Pentecostés, la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina. Se cumple así la promesa del Padre y se cumple con la partida de Cristo en su ascensión gloriosa  al cielo. Con la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inicia el tiempo histórico de la Iglesia, Pueblo de Dios, y se configura el tiempo de la misión evangelizadora que Cristo le comparte. Este Pueblo de Dios se ha configurado por la Palabra y la Sangre de Cristo y queda garantizado por el testimonio del Espíritu Santo, verdadero impulsor y agente de la misión de predicar el Evangelio a toda criatura y hasta el fin de los tiempos. La Iglesia siempre está en misión, pues esa es la justificación de su ser y misión en el mundo. Muchas veces se tiende a confundir la misión evangelizadora con las actividades que la Iglesia realiza como si la conversión fuera fruto de las obras. La Iglesia es misionera por esencia y todo debe manifestar su ser más profundo. El “alma” del cuerpo eclesial es el Espíritu Santo y “Cabeza” de este cuerpo es Jesucristo, muerto y resucitado. El Espíritu Santo será “memorial permanente” de lo que hizo y enseñó Jesucristo. Y, a través del Espíritu Santo y Jesucristo, estamos llamados a entrar en el misterio de la comunión trinitaria con el Padre, fundamento de todo. Celebremos, pues, Pentecostés sin separarlo del misterio pascual de Cristo y en clave de la historia de la salvación que el Padre ha querido para salvar a la humanidad entera.

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1- 11            

                Estamos ante una narración muy conocida y atrayente como en general es el estilo de San Lucas. El nombre “Pentecostés” procede de una fiesta judía precisamente que se celebraba a los 50 días después de la Pascua. Coincidía con la fiesta de la siega o día de acción de gracias por las cosechas. Era Pentecostés  la ocasión para peregrinar a Jerusalén, acción cumbre de la peregrinación pascual.

                ¿Es la narración de Pentecostés que nos ofrece San Lucas una crónica de lo que realmente aconteció? Al respecto hay que tener presente que San Lucas nos quiere contar lo que pasaba en las comunidades cristianas de su tiempo. Y comprobaba que el Espíritu Santo prometido por Cristo hacía maravillas en ellas. Hombres y mujeres convertidos a Cristo daban testimonio de esa acción del Espíritu y muchos se convertían al Señor por el testimonio precisamente. El Espíritu Santo los llenaba de sabiduría y valor para enfrentar las persecuciones por causa del Evangelio. Esta experiencia de hermandad nueva, de compartir la oración, las tareas y los bienes que mostraban las comunidades cristianas, es la primera constatación de la acción del Espíritu Santo que San Lucas quiere resaltar. Por lo tanto, San Lucas no nos ofrece una crónica del cómo y cuándo de esta venida del Espíritu Santo. Su narración va más allá de las circunstancias concretas en que hombres y mujeres  se sintieron llenos del Espíritu Santo. Lo que realmente le interesa a San Lucas es transmitirnos el sentido, el alcance y las consecuencias de la venida del Espíritu Santo para aquellas comunidades cristianas y para todos nosotros.

                Es muy significativa la coincidencia que establece San Lucas entre la celebración de la cincuentena de la Pascua o término de las siete semanas de celebraciones pascuales judías y la venida del Espíritu Santo. Si allá se renovaba la alianza de Dios con el pueblo, aquí se inicia un nuevo tiempo: Dios a través del envío del Espíritu Santo inaugura una nueva alianza con toda la humanidad. Vivimos en este ámbito nuestra vida cristiana, en el clima de nueva y eterna alianza que Dios ha hecho por Jesucristo con la humanidad entera. Vivimos un tiempo nuevo y definitivo que se inicia con la Venida del Espíritu Santo.

                Un segundo aspecto importante: estaban todos reunidos  en una casa como nos lo recuerda en Hch 1, 12- 14: los apóstoles con María, la madre de Jesús, sus parientes  y algunas mujeres. Están unidos íntimamente en la oración. Un precioso detalle de la comunidad cristiana. Este es el ambiente de la Venida.

                ¿Cómo contar la venida del Espíritu Santo? San Lucas recurre al Antiguo Testamento y emplea imágenes clásicas de las intervenciones de Dios. Así entran en juego elementos como un ruido, viento huracanado, que llena la casa entera. Se hace un juego entre la palabra “viento” y la palabra “espíritu” que en griego se dice “neuma”. Luego aparecen las “lenguas de fuego” que se posan en cada uno de los reunidos, de tal modo que el efecto inmediato es que se llenaron todos del Espíritu Santo y comienzan a hablar en lenguas extranjeras que les hace posible la comunicación del mensaje, es decir, las maravillas de Dios. La universalidad se abre gracias al Espíritu Santo. Queda atrás el ámbito interior de la casa y se abre paso un escenario de un espacio abierto de una multitud de diversos lugares y lenguas. La Iglesia se abre desde su mismo nacimiento a la pluralidad del mundo para poder llevar a cabo la misión evangelizadora que le encomendó Cristo. Con Pentecostés se inaugura el tiempo de la Iglesia y él será el  protagonista central de la  expansión y difusión del Evangelio en el mundo, acompaña y enseña a los discípulos la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado, anima y fortalece frente a los peligros.

                El Salmo 103 es propuesto como respuesta de la asamblea al Señor. Este salmo exalta la gloria de Dios en la creación, razón por la cual se descubre un doble parentesco con el himno egipcio dedicado al dios Sol (siglo XIV a. C.) siendo el más importante con el relato de la creación de génesis 1. Se trata de un bello himno con el que el autor celebra la obra divina de la creación. Y ¡cuán oportuno es comprender la acción del Espíritu Santo como una nueva creación!

                De la primera carta  de San Pablo a los Corintios 12, 3-7. 12-13               

                El mensaje central de este texto reafirma lo que ya hemos comprendido en la primera lectura: todo absolutamente todo, en la Iglesia y en el cristiano, está inmerso en la realidad del Espíritu Santo. Ni siquiera el acto de fe puede ser comprendido fuera de la acción del Espíritu: “Nadie, movido por el Espíritu de Dios puede decir: ¡maldito sea Jesús! Y nadie puede decir: ¡Señor Jesús! si no es movido por el Espíritu Santo” (v. 3). La diversidad de dones, ministerios y actividades que se dan en la comunidad tienen al Espíritu Santo como fuente. La clave de lectura de esta multifacética realidad eclesial está en la afirmación central del texto: “A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común” (v. 7). Una preciosa manifestación del Espíritu es la unidad de un solo cuerpo, la Iglesia, pero configurada por muchos miembros que, en la diversidad, forman un solo cuerpo. Esta es la razón por qué el Espíritu Santo es el alma del cuerpo eclesial. ¿Unidad en la diversidad o uniformidad? Siempre puede surgir el dilema pero desde la Palabra de Dios no cabe duda que la unidad creyente se forja desde la diversidad de dones que el Espíritu Santo regala. El último versículo de esta segunda lectura es una poderosa conclusión: “Todos nosotros, judíos o griegos, esclavos o libres, nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, y hemos bebido un solo Espíritu” (v. 13). Así San Pablo, a partir de la imagen del cuerpo que en el mundo griego servía para fundamentar la estratificación de la sociedad, conformada por clases o grupos, propone una sociedad o comunidad donde acentúa la unidad y comunión cuya fuente es el mismo y único Espíritu que todos han recibido.

                Del Evangelio de san Juan 20, 19-23                      

                El texto parte señalando la situación de miedo y con las puertas bien cerradas en que se encontraban los discípulos en la tarde del mismo primer día en que Magdalena vio al Señor. Después del saludo que Jesús dirige a los suyos, procede a mostrar los signos de su pasión y muerte, es decir las llagas de sus manos y su costado, lo identifican con el mismo que han conocido y esto es motivo de alegría. De este modo, la aparición del resucitado no es una  alucinación  sino una hermosa realidad: Jesús está vivo.

                El gran don que ofrece y regala el resucitado es la paz, don mesiánico sumamente esperado por los profetas. Diversas imágenes sirven para expresar esa era de paz que traerá el Mesías esperado. Jesús al ofrecer la paz está indicando que ese tiempo ha llegado porque Él es el Mesías anunciado y esperado.

                Para el cuarto evangelio, Jesús está ya glorificado en el mismo momento en que acepta realizar plenamente la voluntad de su Padre como es la muerte redentora. La cruz para San Juan más que un patíbulo es un trofeo de victoria, un trono de gloria y exaltación del Hijo de Dios. Siendo ya glorificado Jesús comparte su misión con los suyos enviándolos como el Padre lo envió a Él y otorgándoles el Espíritu Santo, la gran promesa del Padre. Es muy elocuente el gesto re-creacional que hace Jesús, cuando como Dios en la creación del hombre también “sopló” sobre él y lo convirtió en un ser viviente, aquí dice el texto: “Sopló sobre ellos” (v. 22). Y luego, acompañando el gesto con la palabra dice: Reciban el Espíritu Santo”. Es decir los hizo “nueva creatura”, “hombres nuevos”. Es el  mismo gesto que hace el profeta Ezequiel sobre los huesos secos y cuyo efecto es que se convierten en seres vivientes.

                La comunidad de los discípulos recibe en el soplo de Cristo el Espíritu Santo en orden a perdonar o retener los pecados, es decir, a readmitir o excluir al transgresor de la vida común. El perdón comporta una condición eclesial: Dios perdona a quien la comunidad absuelve. Importante es subrayar esta dimensión muy olvidada del pecado y de la absolución como actos que afectan profundamente a la Iglesia, el primero negativamente, el segundo como misericordia.

                 Un saludo cordial y hasta pronto. Que disfrutemos la  Palabra de Dios con María.                           

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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