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4to DOMINGO DE PASCUA (C)


Dos verbos expresan esta fe en Cristo: escuchar la voz del Buen Pastor y seguirlo. Son los dos rasgos fundamentales del discípulo: la escucha atenta del Maestro y Pastor y el seguimiento incondicional, radical y para siempre. Estamos así en el corazón de una respuesta a la vocación cristiana, sea laico, religioso o sacerdote.

¡Cristo Jesús! Danos Vida Eterna

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

                ¡Qué magnífico el mensaje de este cuarto domingo de Pascua! Lo acogemos con ganas porque estamos viviendo unos tiempos muy complejos y necesitamos volver a la Roca o piedra angular de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestra existencia cristiana, y Cristo es esa piedra angular de todo el edificio eclesial. Hemos vivido estas semanas con la extraña sensación de estar sumergidos en una base gelatinosa, de un andar en zigzag sin rumbo definido. La Iglesia no puede pretender estar fuera y libre de los avatares de la historia y de la cultura de los hombres porque necesita evangelizarlos, ayudar a sanarlos, ofrecerles el precioso don que es Jesucristo, el Salvador. No tenemos una varita mágica que indique claramente qué debemos decir, qué debemos hacer y cómo hacerlo. Como peregrinos  en medio y con los hombres y nunca sin ellos, podemos extraviar la ruta y de peregrinos podemos convertirnos en vagabundos, creyentes sin rumbo ni meta clara. Es el Pueblo de Dios del que somos parte que muchas veces vive en medio de las tempestades de la travesía y entonces tenemos que clamar: “Señor, sálvanos que perecemos”. Nos está costando mucho reconocer que estamos involucrados en un cambio de paradigma cultural, social, religioso del que nadie sabe a ciencia cierta cuál será su resultado. Entonces necesitamos aprender a “leer”, es decir a discernir, dentro de nuestras situaciones concretas que vivimos como creyentes y como Iglesia, con una sincera humildad y honestidad, para percibir, en el marco de nuestra penumbra, cuáles son los pasos de Dios, las huellas de su Verbo Eterno, las señales de su Espíritu Creador. Es urgente adquirir el oficio de aprender a ver, a discernir con “los ojos fijos en Jesús”, el Amable Pastor de este atribulado rebaño. Esto a todo nivel y en todos los espacios donde se anuncia y vive el Reino de Dios. El nuevo paradigma que se perfila ya con sus rasgos bien notorios como el acento en la persona y su dignidad, la superación de las barreras de todo orden, la capacidad de escucha, la tarea de la humanización, el sello de la  libertad, el reconocimiento y respeto por la diversidad, etc. son indicios que van marcando la ruta del futuro. Esto exige de nosotros mayor atención a la voluntad de Dios siempre en relación con su proyecto del Reino y mucha atención a la búsqueda común, fraterna, comunitaria. El discernimiento no es  pérdida de tiempo ni dilación de las cosas. Es una herramienta indispensable para ser y hacer cristianamente trasparentes y coherentes. Esto es vivir a concho la propia vocación en cualquier estado de vida donde estemos. Religiosos y religiosas como ministros y fieles laicos necesitamos contemplar más y escuchar con mayor atención. ¡Ojalá hoy escuchéis la voz del Buen Pastor!

                PALABRA DE VIDA

Hech 13, 14.43-52            “Nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el   Señor”.

Sal 99, 1-3.5  Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.                                                                   

Apoc 7, 9.14-17 “Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor”.                                

Jn 10, 27-30       “Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen”.

                El cuarto domingo de pascua es el domingo del Buen Pastor, una figura extraordinaria que la Biblia recrea incesantemente. En el Antiguo Testamento es Dios mismo que se declara Pastor del pueblo israelita. Y el Salmo 23 comúnmente llamado “El Señor es mi pastor” es una estupenda invitación a acrecentar nuestra confianza en Dios, nuestro pastor. La Palabra de este domingo motiva la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, iniciativa del Papa Paulo VI en el año 1964. El Pueblo de Dios está llamado a vivir las consecuencias del sacramento del Bautismo, es decir,  los frutos de la Vida Nueva.

                Vamos a dejar espacio para contemplar la Palabra de Dios que la Iglesia nos propone en la celebración litúrgica de este día del Señor.

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles 13, 14.43 - 52

                La primera lectura de hoy está tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este capítulo se refiere al viaje y misión apostólica de Pablo y Bernabé. El pasaje de hoy parte señalando que ambos siguen viaje desde Perge hasta Antioquía de Pisidia, donde tienen una exitosa misión a partir de la sinagoga. En encendido discurso Pablo expone el testimonio de la Escritura a favor de Jesús tanto su padecimiento como su gloriosa resurrección. Y en Cristo, Dios otorga el perdón de los pecados y la salvación a todos sin distinción de raza o de nación. Ante el anuncio de Pablo muchos paganos aceptan la fe; en cambio, los judíos rechazaron el mensaje, “por envidia” al ver la multitud congregada para escuchar la Palabra de Dios. Pablo y Bernabé toman posición y declaran: “A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios. Pero, ya que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos” (v. 46). Así la predicación del Evangelio dirigida a los paganos se convierte en la prioridad. Pablo y Bernabé serán perseguidos y expulsados de aquel lugar. El anuncio del Evangelio continúa provocando admiración y rechazo, adhesión ferviente y oposición feroz. No se puede permanecer en la neutralidad. Hay que tener la fuerza y franqueza de Pablo y Bernabé para establecer las condiciones que implica abrazar la fe. Termina el texto con un alentador detalle: “Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo” (v. 52). La ciudad seguirá contando con el testimonio alegre de cuantos abrazaron la fe gracias al testimonio y anuncio de Pablo y Bernabé. ¿Qué nos enseña este episodio de la predicación de Pablo y Bernabé? ¿Qué nos acontece a nosotros cuando nos identificamos como católicos? ¿Hay rechazo y persecución por causa de la Palabra de Dios? ¿Cómo reaccionamos ante los improperios y ataques? ¿En quién tienes puesta tu confianza?

                El salmo 23 (22) expresa a través de una sublime inspiración de alto vuelo poético la experiencia  del  orante como una serena emoción de intensa confianza en el Señor. Lo hace mediante la imagen de Dios Pastor que cuida y protege a sus fieles. Sin embargo, no deja de manifestar también la presencia de las cañadas oscuras y la mención de los enemigos que no hacen más que reforzar la confianza en el Dios Pastor. Nos hace bien orar con los gozos y también las penurias de nuestro camino.

                Del Libro del Apocalipsis 7, 9.14-17

                La segunda lectura tomada del último Libro de la Biblia, el Apocalipsis,  nos ayuda a comprender otro aspecto importante de nuestra experiencia como creyentes: cuántos se salvan. Se resuelve el dilema de la historia humana acerca de la salvación. Así comienza el texto de esta segunda lectura: “Después vi una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano” (v. 9). Dios acepta a todos los pueblos, razas y lenguas, a una muchedumbre inmensa e incontable. Se resalta la universalidad de la salvación. Otro detalle importante es la actitud de pie delante del trono y del Cordero, actitud de victoria y muestra que ya están participando de la resurrección de Cristo. Van vestidos con túnicas blancas, es decir, llevan los signos de la gloria definitiva que Dios les había prometido. Llevan palmas en sus manos, signos de triunfo y de pruebas. En el pasado, esta muchedumbre viene de sobrellevar una gran tribulación, una prueba definitiva. Gracias al sacrificio redentor de Cristo han obtenido la purificación de sus pecados y “han lavado y blanqueado sus túnicas”, es decir, sus vidas en la sangre de Cristo, el Cordero Inmolado. Por eso visten de blanco y están en la presencia de Dios glorificados. En el presente del cielo glorifican a Dios siempre, le dan culto día y noche. Se habrá terminado para siempre todo lo que implicaba la existencia terrena marcada por las necesidades materiales. En la eternidad de Dios, el Cordero los apacentará y los guiará a fuentes de agua viva. No habrá más hambre ni sed. Dios será todo en todos. ¿Crees realmente que “después de esta vida no hay otra” como afirman muchos? ¿Por qué los cristianos en general van perdiendo la dimensión escatológica de laa vida, es decir, la existencia glorificada en el cielo? ¿No será esta una consecuencia del materialismo dominante? ¿Qué sentido tiene la vida humana?

                Del evangelio según san Juan  10, 27-30

                El evangelio de san Juan siempre nos sorprende. Si leemos atentamente el capítulo 9 nos damos cuenta que allí es el tema de la ceguera y la luz indicando que los verdaderos ciegos son las autoridades religiosas de Israel y también sus discípulos. En el capítulo 10 Jesús revela su auténtica condición de pastor de su rebaño sin dejar de poner el paralelo de los otros pastores que el  pueblo ha tenido. Así nos sitúa ante una potente imagen que permitía recordar la alianza y evocaba el cuidado que Dios tiene hacia su pueblo. Dios es el Pastor por excelencia. También con el tiempo se llamaron pastores a los dirigentes políticos y religiosos de Israel porque Dios les había encomendado este servicio. Pero muchos no cumplieron con el cometido y se convirtieron en ladrones y salteadores, lo que permitió que Israel esperara un Mesías que, en nombre de Dios- Pastor, cuidara y apacentara a su rebaño. Jesús declara cumplir con esta promesa y se autodenomina como el Buen Pastor que el Padre ha enviado al mundo. Fijémonos en el capítulo 10 las veces que  Jesús emplea la expresión Yo soy. Por ejemplo: “Yo soy la puerta de las ovejas”(v.7), “yo soy la puerta”(v.9), “Yo soy el buen Pastor” (v. 11.14) “El Padre y yo somos una sola cosa” (v.30).

                En el texto breve del evangelio de este domingo podemos descubrir preciosas pistas para comprender la verdadera  identidad de Jesús. Tres verbos constituyen el ADN de Jesús que lo identifican como el Cristo: conocer, dar vida eterna, no dejar arrebatar, es decir, ofrecer seguridad, proteger en el peligro; son las acciones esenciales que Jesús hace a favor de los suyos, sus ovejas. Jesús es el Buen Pastor porque nos ha dado la más grande prueba de su amor por nosotros ofreciéndose en la cruz. Se trata de un amor sin límites, “hasta el extremo”. Y esta actitud lo revela como el verdadero Pastor de las ovejas. Entregándose por nosotros  ha vencido la muerte que nos amenazaba sin contrapeso. Y así nos ha dado una vida nueva y eterna.

                Pero de nuestra parte ¿qué corresponde hacer para ser ovejas del Buen Pastor? Ante semejante amor incondicional de Jesús Pastor, el hombre responde con el dinamismo de la fe, del creer en Él. Dos verbos expresan esta fe en Cristo: escuchar la voz del Buen Pastor y seguirlo. Son los dos rasgos fundamentales del discípulo: la escucha atenta del Maestro y Pastor y el seguimiento incondicional, radical y para siempre. Estamos así en el corazón de una respuesta a la vocación cristiana, sea laico, religioso o sacerdote. Es fundamental escuchar el llamado del Buen Pastor: Ven  y Sígueme. Todo nace de aquí. Nunca el discípulo “elige” al Señor; siempre es el Señor que toma la iniciativa libérrima y llama a quien quiere, cuándo, dónde y cómo quiere. E incluso la fe brota cuando  el Señor llama, habla, manda. A esa palabra primera que el Buen Pastor dirige, surge una respuesta libre del ser humano.  “Tú me sedujiste, Señor y yo me dejé seducir” dirá el profeta Jeremías para expresar la gratuidad absoluta de la llamada divina.

                Este binomio Buen Pastor – oveja- discípulo expresa la relación de comunión que nace entre el Buen Pastor y el discípulo, una relación que traspasa el tiempo y se proyecta en la vida  eterna. De esta manera, Jesús nos introduce en la comunión más honda que Él tiene con su Padre del Cielo: “El Padre y yo somos uno” (v. 30). El Buen Pastor está sostenido por el amor y el poder del Padre, razón por la cual nada ni nadie puede destruir la comunión entre el Buen Pastor y la oveja – discípulo.

                ¡Qué bien nos hace esta Palabra de Dios en tiempos de desierto y de prueba! No tengamos miedo de vivir a fondo nuestra vocación a la que hemos sido invitados por puro amor. No dejemos que la duda se cierna sobre las exigencias de un llamado: todo es posible en Aquel que me amó y se entregó por mí.

                Un abrazo y hasta pronto.   

                                                        Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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