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31° Domingo durante el Año


Nos hará muy bien prestarle mucha atención al evangelio y a la Palabra de hoy porque una auténtica espiritualidad tiene que ser un camino liberador, de profunda vivencia del amor gratuito de Dios donado sin límite en la persona de su Hijo y de su Iglesia, “signo e instrumento de salvación” para los hombres.

¡CRISTO REDENTOR! ENSÉÑANOS A AMAR

                ¡Qué importante es el lugar del saber preguntar! Porque el que pregunta indica que es alguien que no lo sabe todo, que quiere aprender, que ama la verdad. Los niños por esencia son los que más preguntas hacen y gracias a esta actitud aprenden y van descubriendo la belleza de aprender. Los niños preguntan todo y de todo, preguntan de lo que ven o les parece. Los padres y educadores saben cuántas veces una pregunta de un niño les pone en jaque, los sonroja o los denuncia. A medida que vamos creciendo, vamos aprendiendo a racionalizar las preguntas pero lo importante es que no desaparezcan de nuestro normal proceso de aprendizaje, que es la vida. Hay más preguntas que respuestas. Y es tan importante la capacidad de preguntar que se distinguen las llamadas preguntas infaltables en todo ser humano: ¿Quién soy yo?, ¿de dónde vengo?, ¿para dónde voy? Nos preguntamos por la identidad personal, por el origen y no sólo biológico y nos preguntamos  por nuestra meta última, ¿cuál es nuestro fin? Cuando las personas esquivamos las preguntas que “van al hueso” nos evadimos en respuestas  simplonas. No nos gusta entrar al área chica de la existencia. Los jóvenes dicen “ya se puso espeso”. Lo cierto es que en algún momento de la existencia las preguntas esenciales nos sacudirán. Podemos edificar una vida ligera,  volátil como plumas o carente de base como pararse en una gelatina o caminar en el agua. Se le llama “pensamiento líquido o acuoso”. Pretender edificar la vida humana sobre el vaivén de una gelatina es muy complejo. Quiero decir que tarde o temprano las preguntas esenciales nos asaltan porque forman parte de modo de aprender a vivir con sentido. Hay preguntas tontas en abundancia y para todos los gustos. Sería bueno que nos dejáramos contagiar con el camino de Jesús. Una tarea sería muy interesante sobre la cantidad de ocasiones que Jesús abre el camino de la interioridad de sus interlocutores simplemente con la pregunta. Jesús se muestra como un sabio experto en abrir el camino hacia lo auténtico, lo que está guardado en cada uno de nosotros bajo siete llaves. También el Maestro escucha y responde las preguntas de quienes buscan la verdad. Muchas veces, Jesús deja al descubierto las preguntas mal intencionadas, carentes de sinceridad o embaucadoras. Jesús es maestro de lo infinito y eterno que hay en el ser humano. Escucharlo es aprender a ser buscadores insaciables de lo verdadero y justo. Pero, ¡cuántos no tienen preguntas! Están satisfechos, son poderosos, han despachado la trascendencia de sus vidas con las migajas del materialismo reinante. La sociedad domestica y evita las preguntas de fondo. Su método: mantenernos entretenidos sin parar. Jesús, por el contrario, nos pregunta siempre sobre las cosas que valen la pena y nada se equipara a buscar la vida eterna, el Reino de Dios, la felicidad verdadera, el Amor con mayúscula que llena nuestra vida cuando lo acogemos a Él.

 

PALABRA DE VIDA

Deut 6, 2-9                         “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”

Sal 17, 2-4.47.51               Yo te amo, Señor, mi fortaleza.

Heb 7, 23-28                       “Él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios”.

Mc 12, 28-34                     “No hay otro mandamiento que éstos”.

                El cristiano, dice Benedicto XVI, puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu. Y en este Amor se recibe en cierto modo la visión propia de Jesús. Sin esta conformación en el Amor, sin presencia del Espíritu que lo infunde en nuestros corazones (cfr, Rom 5,5), es imposible confesar a Jesús como Señor (Icor 12,3), concluye. Dejemos que la Palabra nos ayude a ser dóciles al Espíritu, que nos empape en el Amor con que amemos a Dios, el Padre y a su Hijo y al prójimo. Es la comunión trinitaria la atmósfera que hace posible el auténtico amor al prójimo.

                Del Libro del Deuteronomio 6, 2-9

                La primera lectura de hoy está tomada del último libro del Pentateuco y nos invita a centrar nuestra atención en el más importante de los mandamientos. Técnicamente se conoce este texto como el shemá, que significa “escucha” y es la primera palabra que abre la primera parte  de la más conocida oración recitada hasta el día de hoy por los judíos fieles a la tradición mosaica. Pongamos atención a los versículos 4-5. Aquí encontramos  una afirmación de la exclusividad del señorío de Dios sobre el pueblo de la alianza, lo que exige de parte de Israel la obligación de absoluta lealtad a Dios. El texto se abre con una fórmula convocatoria muy interesante también para nosotros:”Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor” (v.4). Se trata de una llamada, una fórmula convocatoria que aparece en otros lugares del Deuteronomio y la literatura sapiencial. Está formulada en presente porque se trata de instruir a las nuevas generaciones sobre la ley de Dios. Notemos que la palabra único puede tener dos sentidos y ambos son correctos: por una parte, “único” sirve para señalar el sentido exclusivo que tiene Dios para Israel, y por otra, “uno” que afirma la unidad y el carácter indivisible de Dios. Por lo tanto, la fe reclama la exclusividad del culto a Yahvé por parte del pueblo de la alianza.

 

                Salmo 17,2-4.47.51 es nuestra respuesta que también Dios pone en nuestros labios para que manifestemos sus maravillas. Se trata de una acción de gracias que el rey  pronuncia después de la victoria que el Señor le ha concedido. Nos hace bien hacer esta acción de gracias por tantas manifestaciones del poder de Dios en nuestra vida, en nuestra Iglesia, en nuestro mundo.

                De la Carta a los Hebreos 7, 23-28

                El autor nos ofrece, en su larga homilía que es este escrito, una meditación sobre Jesucristo como nuevo y único Sacerdote. En efecto, el sacerdocio antiguo, el de Israel, pasaba de mano en mano dado que todos los sacerdotes morían “pero Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable” (v. 24). Cristo, como los sacerdotes antiguos, representa al pueblo ante Dios pero lo hace de manera perfecta, ya que no tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados y después por los del pueblo. Cristo vive una perfecta solidaridad con sus hermanos, ya que se hizo semejante  en todo a los hombres y asumió nuestras  debilidades y flaquezas. De este modo, puede compadecerse de los hombres y socorrerlos. Sin embargo, la gran diferencia de Cristo radica en que no tuvo mancha ni pecado, porque es un sacerdote santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores. “En cambio, la palabra del juramento – posterior a la Ley – establece a un Hijo que llegó a ser perfecto para siempre” (v. 28). Así el sacerdocio de Cristo es realmente eficiente porque logra lo que el sacerdocio y sacrificios antiguos no lograban: restablecer la plena comunión con Dios. Es siempre Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, el que se ofrece por la redención de los hombres a través de la Iglesia, su cuerpo místico.

                Del evangelio según san Marcos 12, 28-34

                Estamos ante un texto cumbre de la cristología de Marcos. Se trata del mandamiento más importante que Jesús declara. Lo hace frente al legalismo de los fariseos y letrados de la Ley que habían multiplicado los preceptos y normas hasta llegar a unos 630 preceptos.  Es una cifra muy grande que Jesús no dejará de fustigar cuando identifica este cuerpo legal como “fardos tan pesados” que echan sobre el pueblo. Lo peor es que sus defensores muchas veces no estaban dispuestos a cumplir y buscaban muchas maneras de esquivarlos con rebuscadas razones religiosas. La vida de un creyente judío estaba marcada por preceptos que regulaban todos los aspectos de la vida. En el fondo de esta actitud legalista está el afán de conseguir la salvación mediante una vida moral intachable. Jesús va a rechazar este hábito religioso y establecerá que la salvación “no se gana” sino que se acoge siempre como un don de Dios, como un acto de su divina misericordia y compasión. Esta es la razón por la que declara que los publicanos y prostitutas nos llevan la delantera en el Reino. Ciertamente sus vidas no son ejemplares pero están abiertos al gesto gratuito de Dios que les perdona con largueza de Padre. El legalismo religioso no ha terminado. Muchos cristianos, bien intencionados, siguen creyendo que su salvación “se gana”, se la merece a costa de una vida de exigencias autoimpuestas con rigor y disciplina. Puede ser que esto se esconda en los llamados “proyectos de vida”, “caminos de perfección”, “proyecto espiritual”, etc. Nos hará muy bien prestarle mucha atención al evangelio y a la Palabra de hoy porque una auténtica espiritualidad tiene que ser un camino liberador, de profunda vivencia del amor gratuito de Dios donado sin límite en la persona de su Hijo y de su Iglesia, “signo e instrumento de salvación” para los hombres.

                El que se acerca a Jesús  es un letrado, un judío conocedor de la Ley, un experto en las leyes y normas. Es un letrado confundido honestamente. Ha escuchado la discusión de los saduceos, un grupo religioso judío que niega la resurrección de los muertos, a quienes Jesús ha dado una acertada respuesta. Ese es el escenario en que este letrado se acercó a Jesús y le hizo la pregunta siguiente: “¿Cuál es el precepto más importante? (v.28). Claro, el letrado pregunta desde lo que él como judío observante conoce: los 630 preceptos.

                La respuesta de Jesús, en plena sintonía con las Escrituras, responderá que no hay uno como más importante sino dos: el amor a Dios y el amor al prójimo.  Respecto al primer mandamiento la respuesta de Jesús se refiere a dos pasajes del Antiguo Testamento: Dt 6,4-5 y Lv. 19, 18. ¿Qué hay que destacar? Hay que destacar la voluntad soberana con que Jesús une los dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. De este modo, sólo el amor a Dios hace posible el amor al prójimo y sólo en el amor al prójimo puede manifestarse el amor a Dios. Este es el mandamiento más importante porque sólo él les da sentido y orientación a todos los demás. En este sentido hay que entender la afirmación de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Si nos mueve verdaderamente el amor a Dios y al prójimo no haremos mal, no pecaremos.

                El mandamiento más importante es condición indispensable para toda la vida del creyente cristiano. Así la observancia religiosa, el culto, los ritos, la moral, la vida diaria, la afectividad y sexualidad, el compromiso social y político, sin esta referencia esencial a este doble mandamiento,  carecen de valor y sentido.

                Todo queda bajo la nueva luz de la palabra de Jesús cuya novedad es unir ambos preceptos en uno solo cuando dice: “No hay mandamiento mayor que éstos” (v. 31). Dirá San Benito: “Nada absolutamente antepondrán a Cristo” (Regla 72,11). Y ciertamente Cristo ha unido a Dios y al prójimo en el mayor mandamiento del amor.

                Fijémonos en el comentario del letrado a la respuesta de Jesús. Ratifica muy bien y muestra su conformidad con lo que Jesús ha declarado pero agrega una magnífica consecuencia: “Que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (v. 33). El letrado acepta lo que Jesús ha hecho y dicho en el templo (Mc 11, 15-19) cuando purifica, es decir, restituye el templo a su sentido verdadero: “Mi casa será casa de oración para todas las naciones; en cambio ustedes la han convertido en cueva de asaltantes”. El culto será verdadero, auténtico sólo se fundamenta en el mandamiento mayor del amor.

                Llamado final a estar alerta frente a nuestra trampa del legalismo, ritualismo, racionalismo, piscologismo, biblicismo, liturgismo, etc.          

                Que el Señor les bendiga. No olvide que el jueves 8 iniciamos el Mes de María.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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