Recomendar       Imprimir





30° Domingo durante el Año


Estamos ante el relato del Ciego de Jericó, último milagro de Jesús en el evangelio de Marcos. En él se expresa el sentido de una humanidad que camina en tinieblas y descubre una gran luz, la del Resucitado.

¡QUE VEA, SEÑOR, EL CAMINO QUE HE DE SEGUIR!

                La pregunta de Jesús al mendigo ciego me sigue resonando. ¿Qué quieres que haga por ti? Como hombres y mujeres de pastoral casi no nos surge la pregunta porque normalmente creemos que conocemos de antemano lo que al otro le falta y le podemos ofrecer. Con cuanta frecuencia nos pillamos en esta trampa que ni siquiera la examinamos. Es necesario que Jesús nos siga enseñando también hoy día de cómo tratar al otro. No es evidente que lo que yo creo que el otro espera que yo le dé ni siquiera es claro que lo que yo creo que necesita sea precisamente lo suyo. Un verdadero amor fraterno y solidario nace de esta estupenda delicadeza que Jesús hoy nos muestra en este encuentro con el mendigo ciego sentado al borde del camino. ¿No te has sorprendido muchas veces que antes de escuchar a una persona, ya piensas dentro de ti lo que quiere y cuando lo escuchas te das cuenta que lo que busca no tenía nada que ver con lo que tú creías? Jesús nos enseña un rasgo fundamental del discípulo cristiano: se interesa por saber del otro lo que realmente espera que hagas por él. Funcionamos muchas veces como una grabadora que tiene una respuesta ya hecha, un cliché que ahorra todo el ejercicio de aprender a prestarle atención al otro. Creemos saber de antemano lo que el otro necesita o está viviendo. Jesús nos enseña a tratar a cada uno como persona única, muestra un real interés y le presta la atención de una acogida. ¿Qué quieres que yo haga por ti? Habría que darse tiempo y espacio, sin prisa ni en medio de una enormidad de ideas en la cabeza dando vueltas, es decir, realmente valorar al que está frente a mí o a mi lado. Así mostraríamos la delicadeza del amor genuinamente evangélico, que es en definitiva el amor al ser humano concreto que sale o está en mi camino. Frente a tan inesperada actitud del Maestro, el ciego no tuvo dificultad para expresar su necesidad, su deseo, su sueño: Maestro, que vuelva a ver. Una estupenda lección de humildad y verdad. Estas dos virtudes andan de la mano en el auténtico encuentro con el otro. Los discípulos de Jesús tenemos que seguir el ejemplo de Jesús y ponernos en el lugar del ciego. Con humildad y verdad se llega a ver la realidad de lo que nos falta. Siempre tenemos que decir también nosotros: Maestro, que vuelva a ver. ¿Quién no tiene oscuridad y ceguera en el día a día? ¿O creemos que somos siempre luz y trasparencia? El ciego nos representa en todo su drama y, como él, también somos ciegos de los caminos de la vida. Jesús sigue preguntándonos: ¿Qué quieres que haga por ti? ¡Qué maravilla de cercanía y familiaridad con que el Señor nos trata! Nadie es adivino. Siempre hay que saber dejar al otro que nos comunique lo que realmente busca, anhela, desea o espera de nosotros. Es mala señal creer que lo que quiero darle es precisamente lo que el otro necesita. En pastoral se nos dice que hay que dialogar con los interlocutores de hoy y ese es un aprendizaje muy sabio.  

  

PALABRA DE VIDA           

Jer 31, 7-9           “Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito”.

Sal 125, 1- 6                ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Heb 5, 1 - 6        “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.

Mc 10, 46-52     “Jesús le preguntó:” ¿Qué quieres que haga por ti?”

“Al instante recobró la vista y le seguía por el camino”. Así concluye el evangelio de este domingo. No hay experiencia humana más difícil de llevar como la ceguera y Jesús va a simbolizar la experiencia de la salvación  precisamente en la curación de la ceguera. También los profetas como nos recuerda Jeremías, por ejemplo, vieron la salvación de Dios como una liberación de la ceguera. Tanto Israel como el discípulo de Jesús están llamados a responder y eso significa ponerse en camino, seguir  las huellas;  y la respuesta la tenemos en Jesús que, para el autor de la Carta de los Hebreos, es por esencia el sumo sacerdote perfecto que cumple completamente la voluntad de Dios. La Palabra de Dios de hoy señala que ya no es  la ceguera física, sino las otras como las espirituales, morales, humanas que quedan de manifiesto ante Jesús. Estamos al costado de los caminos de la vida sin ser protagonistas. Jesús nos pregunta a cada uno: “¿Qué quieres que haga por ti?”. ¿Qué responderemos? Seremos suficientemente humildes para decir: “Maestro, que recobre la vista”. Esto supone, sin embargo, un ejercicio nada fácil: tenemos que reconocer nuestra indigencia: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”. Todo esto es posible sólo si reconocemos con humildad que somos ciegos y guías de ciegos, no vemos la verdad ni los valores y actitudes del Reino de los Cielos. La peor ceguera no es la física sino la espiritual.

                Aquí estoy, Señor, como el ciego al borde del camino – cansado, triste, aburrido, sudoroso y polvoriento, sin claridad y sin horizonte -; mendigo por necesidad y por oficio. Que vea, Señor, tus sendas. Que vea, Señor, los caminos de la vida. Que vea, Señor, ante todo tu rostro en el otro que camina conmigo.

                Primera lectura                Jeremías 31, 7-9

                El capítulo 31 del libro del Profeta Jeremías es uno de aquellos que vale la pena saborearlo. En 40 versículos ofrece una invitación a la esperanza en la restauración de los israelitas, un retorno a su país. Están viviendo una de las experiencias más duras y amargas como era el cautiverio o exilio en tierra extranjera. Con toda razón los estudiosos de la Biblia llaman a estos capítulos “libro de la consolación”. Se anuncia la dimensión de la esperanza y de la salvación cuyo artífice es el Señor. Notemos que el desierto ocupa un lugar destacado. El desierto evoca el lugar geográfico que Israel debió hacer después del paso del Mar Rojo hasta llegar a la tierra prometida. Jeremías anuncia que el retorno de los israelitas a su tierra significará un nuevo paso obligado por el desierto. Así se expresa ese cambio entre la conciencia de ser oprimidos a una conciencia de ser liberados. Es el paso de la esclavitud a la libertad, del estado de pecado a la gracia salvadora de Dios. Este cambio de situación está marcado por la alegría cuyo motivo es porque “El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel” (v. 7). La caravana de retornados desde el exilio es variada y se señala que “entre ellos hay ciegos y lisiados, mujeres embarazadas y a punto de dar a luz” (v. 8). Este texto está muy ligado al evangelio de hoy cuyo protagonista es Jesús y el ciego Bartimeo. La acción liberadora de Dios se dirige a todos pero muy especialmente a los pobres de la tierra. Dios declara que “Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito” (v. 9). Nuestra vida es una peregrinación marcada muchas veces por el llanto, la desesperanza, el dolor; pero en medio de esa situación Dios no nos abandona sino que nos conduce entre consuelos. Es lo que nos ha mostrado Jesús, el Hijo Amado del Padre. ¿Me dejo abatir por las dificultades que voy encontrando en mi vida diaria? ¿Creo que Dios nos consolará en medio de la dura prueba que estamos viviendo como Iglesia? 

                Salmo 125,1-6 es el canto de los peregrinos retornados del exilio a su tierra de Jerusalén. El estado de ánimo tiene esas dos facetas aparentemente contradictorias  pero, en el plan de Dios siempre presentes: la cruz y la resurrección. Los que siembran entre lágrimas cosechan entre cantares  expresa muy bien el camino del discípulo cristiano de todos los tiempos.

                Segunda lectura               Hebreos  5, 1-6

                El autor de esta larga homilía nos introduce en el tema de la mediación sacerdotal de Cristo para lo cual compara su sacerdocio con el oficio del sumo sacerdote de Israel. Dos son los requisitos fundamentales que deben cumplir quienes ejercen esta mediación sacerdotal: por una parte, deben ser llamados por Dios para asumir esta dignidad sacerdotal y, por otra, deben ofrecer sacrificios por sus propios pecados y por los del pueblo. Así la mediación sacerdotal se cimenta en dos aspectos inseparables como son la intimidad con Dios y la solidaridad con los pecadores. Reflexiona el autor que la solidaridad del sumo sacerdote con los pecadores,  en Israel, se apoya en su propia condición de pecador la que lo hace partícipe de la misma condición pecadora del pueblo. De ahí que no debe ofrecer sacrificios sólo por el pueblo sino por sus propios pecados. Y quien asume su condición de pecador y necesitado de perdón puede comprender mejor a los ignorantes y extraviados. Dice el texto: “Puede ser indulgente con ignorantes y extraviados” (v.2). ¿Es el sacerdocio de Cristo idéntico al sacerdocio judío? No, de ninguna manera. Hay ruptura y no continuidad. En el mismo llamado divino hay una diferencia radical pues Dios le ha dicho a Jesús: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (v. 5). Y en otro lugar se dice: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (v. 6). De este modo, Jesús no recibe un sacerdocio preestablecido sino directamente del Padre Eterno que lo proclama su Hijo. Quiere decir entonces que Jesucristo ha realizado lo que se esperaba del sacerdocio judío, que se tornó incapaz de ejercitar la solidaridad compasiva con los ignorantes y extraviados y se encerró en el cuidado del templo. En Jesús resplandece la misericordia de Dios hacia los pecadores como lo señalan los evangelios.  ¿Creo firmemente que Jesús nos revela al Padre Eterno por su condición de Hijo de Dios? ¿Creo que en cuanto hombre verdadero Jesús se compadece de nosotros realmente?

 

                Evangelio            Mc 10, 46-52

                Estamos ante el relato del Ciego de Jericó, último milagro de Jesús en el evangelio de Marcos. En él se expresa el sentido de una humanidad que camina en tinieblas y descubre una gran luz, la del Resucitado. Se trata de un mendigo ciego que está sentado al costado del camino. Este hombre pide a Jesús de Nazaret a quien ha reconocido al oír su nombre: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” (v. 47). Este es el grito o clamor de misericordia que nosotros en el rito penitencial de la misa volvemos a repetir cuando decimos “Señor, ten piedad de mí”. Vence este hombre la presión de quienes intentan acallarlo y grita más fuerte. En las cosas de Dios no todo es miel sobre hojuelas, muchas veces hay que tener la fuerza para resistir el grito de la galería. El cristiano es una navegante contra corriente.   

                Jesús se detiene y lo manda a llamar. Los gestos de Jesús de acogida, de atención y de cercanía son otra poderosa lección para la comunidad cristiana de todos los tiempos. Nos está costando mucho detenernos junto al otro, no tenemos tiempo y siempre estamos contra reloj. Una Iglesia solidaria es aquella en que hay tiempo y espacio para el otro.  Otro detalle interesante que conviene tener presente: “Él dejó el manto, se puso en pie y se acercó a Jesús” (v. 50). “Dejar el manto” es dejar la vieja forma de vida y abrazar una nueva vida. Si queremos seguir a Jesús hay que estar dispuesto a despojarse de  la “vieja levadura del pecado” y asumir el nuevo estilo de vida que Jesús nos ofrece. Igualmente el “ponerse en pie” indica prontitud de ánimo, abandonar la postración en que nos tiene el pecado. Jesús, en muchas oportunidades, manda con fuerza: “Levántate, toma tu camilla y camina”. El hombre ciego de Dios está postrado en su mundo oscuro, sin percibir la luz. Y el acto de acercarse a Jesús, es propiamente el acto de la fe. Mientras estemos muy lejos de Jesús y su evangelio será muy difícil que accedamos a la nueva vida que nos ofrece, la resurrección. Este hombre, inmerso en su oscuridad, estaba al costado del camino, no era protagonista junto a los demás en la aventura de creer y caminar.

                “Al instante recobró la vista y le seguía por el camino” (v. 52). Todos los milagros de Jesús no pretenden sorprendernos con aspectos extraordinarios, dignos de admiración. Sus milagros certifican su palabra, son acciones que suscitan la fe en Él. El hombre que recobra la vista es el símbolo de una humanidad invitada a reconocer a Jesús como Luz del mundo que ha venido a iluminar a todo hombre. Cuando descubrimos a Cristo, nos decidimos a ser sus discípulos, es decir, a ponernos en camino junto a los demás para seguir sus huellas. Jesús es el Camino por donde se transita con seguridad hasta obtener la vida eterna. Imitemos a este ciego de Jericó y renovemos la decisión de seguirlo, a pesar de las voces que intentan hacernos callar o de quienes simplemente nos denigran por el hecho de ser cristianos.

                Un saludo cordial y hasta la próxima si Dios quiere.                                                                                        Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


Documentos:
· Comentario del Evangelio (DESCARGAR) |