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27° Domingo durante el Año


En este Domingo del tiempo ordinario, Jesús dice que a los ojos de Dios el varón y la mujer son iguales y están destinados a establecer entre sí relaciones de respeto mutuo. Leamos la Palabra de Dios que nos recordará el proyecto original de Dios en relación al matrimonio y a la familia. Dejemos que los textos de la Biblia nos ayuden a discernir el proyecto de Dios para cada uno y para todos.

¡Cristo Redentor! Libéranos del egoísmo idolátrico

                 No podemos dejar de reflexionar sobre los efectos calamitosos del llamado “antropocentrismo”, esa pretensión de comprender al hombre y su mundo sin referencia más allá de sí mismo, es decir, hemos ido desplazando a Dios de todos los espacios humanos y de la naturaleza. Podríamos parafrasear la expresión de  teólogos que hablan “del drama del humanismo ateo”. Y ahora estamos soportando los embates contra la misma persona humana a quien se le priva de su misterio tan bello como es la sexualidad y afectividad. La teoría de género no tiene nada de inocencia ni se explica como una defensa de la  libertad  de cada uno para determinar su identidad sexual.  Benedicto XVI ha dicho que esta teoría  asesta un potente golpe a la realidad del Padre  como Creador. Y ese es el primer enunciado de nuestra profesión de fe: “Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible”. ¡Y cuánta razón tiene, nuestro querido Papa emérito! Destruida o ignorada la fe en el único Dios, Creador del cielo y de la tierra, ya no tenemos en que afirmar la existencia del hombre ni de la naturaleza. El hombre queda sometido a los vaivenes de una post modernidad vacía y pesimista. Porque este movimiento social, cultural y político viene de otro fracaso abismante: la ilustración o racionalismo quehabía descartado la religión, la Iglesia y las religiones, porque éstas habían producido las guerras de religión y el cristianismo había ofrecido un mundo nuevo, un Reino de Dios que nunca fue posible. La ilustración proclamó la supremacía omnipotente de la Razón. Y aquí estamos todavía sin poder salir de este círculo de hierro que es el “antropocentrismo”. El matrimonio, la familia, la sexualidad y afectividad, la Iglesia, la sociedad, la educación, la moral, etc. en definitiva el proyecto humano que Dios quiere desde los orígenes mismos del mundo y de la humanidad, todo está en revisión. Y esta visión de un hombre absolutamente autonómico, sin trascendencia ni vínculo con el Creador, porque ha sido descartado, “Dios ha muerto” dijo el Sr. Friedrich Nietzsche, hoy estamos ante un proceso de deshumanización de tal envergadura que la Iglesia está llamando a “humanizar la educación, la familia, la sociedad, el arte”. La familia ha recibido cada golpe y se debate en una mescolanza de ideas que todo parece “ser familia y nada es familia”. El Papa Francisco lo dice muy bien: “Si la crisis ecológica es una eclosión o una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano. Cuando el pensamiento cristiano reclama un valor peculiar para el ser humano por encima de las demás criaturas, da lugar a la valoración de cada persona humana, y así provoca el reconocimiento del otro. La apertura a un “tú” capaz de conocer, amar y dialogar sigue siendo la gran nobleza de la persona humana”. (Laudato si, 119).  Nuestra crisis es crisis de Dios, crisis de fe.  

 

PALABRA DE VIDA

Gn 2,4.7.18-24   “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

Sal 127, 1-6                Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

Heb 2, 9-11         “Así por la gracia de Dios, padeció la muerte por todos”.

Mc 10, 2-16        “Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.

El fenómeno de la privatización como característica de nuestra sociedad privatizadora ha tocado también la teología cristiana que ha presentado los sacramentos como eventos individuales de la  que es esencialmente comunión entre los hombres y Dios. La pareja del hombre y la mujer ha también soportado el individualismo que ha reducido el matrimonio al bienestar y goce de la pareja, sin vínculos consistentes con el mundo y la sociedad. Los hijos terminaron siendo propiedad de los padres y no personas abiertas al mundo e integrantes de la sociedad. Por esta razón cuesta mucho hacer entender que el matrimonio y la familia tienen una irrenunciable vocación y misión comunitaria y social. Tanto es así que ya no se descubre el sentido de un compromiso o vínculo civil y religioso, los que están siendo reemplazados por las convivencias de hecho, otro signo de una mentalidad privatizada, individualista y egoísta. Y tanto el Matrimonio como el Orden Sagrado son sacramentos de innegable servicio social, pues ambos miran al servicio de las personas en comunidad.

                 Escuchemos la Palabra de Dios que nos recordará el proyecto original de Dios  en relación al matrimonio y a la familia. Dejemos que los textos de la Biblia nos ayuden a discernir el proyecto de Dios para cada uno y para todos.

                 Del Libro del Génesis 2,4.7.18-24                                                                                                          Recordemos que este primer libro del Antiguo Testamento recibe el nombre de Génesis precisamente porque se refiere a los orígenes de la creación y del hombre y la mujer. El texto de hoy, referido al capítulo 2 , parte recordando la formación del varón y culmina con el grito de júbilo al encontrar éste a la mujer que Dios ha creado como “la ayuda adecuada”. A continuación el texto resalta la soledad del hombre en palabras del mismo Dios en un monólogo patético: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a proporcionarle una ayuda adecuada” (v.18). La soledad no es buena, es una debilidad. El hombre es un ser social, incapaz de realizar su destino sin la ayuda de otro. La “ayuda adecuada” en su raíz hebrea incluye las ideas de identidad de naturaleza y de complementariedad. Y en esta búsqueda de compañía para su creatura, Dios ensaya con la creación que pone bajo su dominio.  Eso significa “poner nombre” a todo lo creado. Pero no encuentra la ayuda esperada a pesar de ser el “señor” de todo lo que Dios ha creado y ha puesto bajo su dominio. Entonces Dios forma la mujer, para lo cual provoca un sueño profundo en el hombre, luego toma una costilla y crea la mujer. Entonces el hombre la reconoce como “hueso de mis huesos y carne de mi carne”. La mujer es la otra parte, la ayuda adecuada, el complemento del varón y de él ha sido sacada. Se llama “mujer” porque del varón ha sido formada. Con este nombre reconoce la singularidad entre las creaturas como “el otro yo” del varón, idéntica a él, iguales en todo, en el ser y el poder. La conclusión es una sinfonía maravillosa: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, se une a su mujer y forman una sola persona” (v.24). El varón abandona lo más grande que tenía que era su hogar paterno y se une a su mujer. Es el amor sexual compartido dentro de una comunión única entre el varón y su mujer, amor bendecido por Dios y convertido en vínculo de unión y de amor. Nace así de esta página admirable de la Biblia la humana maravilla del matrimonio, la dignidad fundamental de ese amor que el hombre y la mujer experimentan como un fuego divino. Sería bueno leer el Cantar de los Cantares, esa pieza poética del amor del amado y su amada. El egoísmo estropea el proyecto de Dios y cada uno por su cuenta busca ser feliz “a su manera” , aún a costa de dominar y someter al otro.

                Salmo 127, 1-6 es un canto de peregrinación que resalta la bendición de los justos, que valoran los sencillos y cotidianos placeres de la vida familiar  como signos de la bendición divina y de la felicidad. Disfrutar de larga vida y contar con numerosa descendencia son las mayores bendiciones que anhelaba un creyente. ¿Reconozco los “rituales cotidianos” como fuente de unión y alegría famiiar?

                 De la Carta a los Hebreos 2, 9-11                                                                                                                          Dos son los rasgos que el autor destaca de Cristo como Hijo de Dios, superior a los ángeles. Por una parte, Cristo está relacionado con los hombres al cumplir plenamente la vocación del hombre anunciada en la Escritura. Cristo es un hombre verdadero en todo el sentido de la palabra. En segundo lugar, Cristo se ha hecho solidario con los hombres hasta la muerte. Cristo es entonces un miembro de la raza humana que realiza la sublime vocación que ningún hombre alcanzó nunca. Jesús es el “hijo del hombre”, un hombre plenamente humano hasta el extremo de haber bebido el cáliz amargo de la muerte en cruz. Por un breve tiempo, ha sido rebajado por debajo de los ángeles, pero ahora es “el Hombre” coronado de gloria y honor por sobre los ángeles. El mensaje es muy importante: Jesús es solidario con la humanidad, es la característica fundamental de este Salvador sufriente y glorificado. Por eso es el centro de nuestra fe y de nuestra esperanza. Una consecuencia es que su Palabra es decisiva para nosotros, es mensaje de paz y perdón, es Buena Nueva que transforma la vida entera. Es una Palabra con autoridad y no simple doctrina o moral. Los discípulos viven esa Palabra en todos los ámbitos de su vida, también en el matrimonio, sacramento junto al Orden Sagrado de servicio social. Significa todo esto que lo que Jesús y la Iglesia nos enseña es vital y de suma importancia para asumir el estilo de vida del Maestro. La familia que acoge a Cristo se convierte en espacio de evangelización. Nos hace bien volver siempre al misterio de Cristo humanado hasta la hondura más profunda de nuestra existencia, “hasta la muerte y muerte de cruz” dirá San Pablo; pero así como toca el fondo último y extremo del ser humano, también desde ahí redime, restaura, libera y sana como Señor de la Vida al triunfar mediante su gloriosa resurrección. ¿Ha tocado Cristo el fondo de mi existencia? ¿He dejado que así sea? ¿Vivo a concho mi realidad humana y dejo que Cristo la sane, la transforme?

 

                Del evangelio según San Marcos 10, 2-16                                                                                                           Cristo y su Palabra toca a fondo la vida humana y en este sentido no es un reformador social. Y ni siquiera el matrimonio, esa realidad tan hermosa y compleja al mismo tiempo, se queda fuera del ámbito de la Buena Noticia que nos comunica. Ya es muy decisivo que Jesús tenga una enseñanza sobre el matrimonio y la familia. No podría ser de otra manera si consideramos la  fuerza extraordinaria del Reino que nos anuncia y comunica. Desde aquí, hay que comprender la  palabra decisiva en torno al matrimonio. Sería absolutamente extraño que la centralidad del Reino de Dios no tuviera nada que decirnos acerca de esta realidad tan humana y divina como es el amor y compromiso de un hombre y de una mujer.                                                                                                                  El tema surge de la inquietud malintencionada de los fariseos y se refiere al asunto de la separación o divorcio de un hombre de su mujer. Por cierto a estos interlocutores frecuentes de Jesús no les interesa la postura de Jesús acerca del matrimonio sino su interpretación de un hecho que Moisés había aprobado en torno al divorcio. No era fácil enfrentarse con el peso moral y religioso de Moisés y la Ley. Es una trampa a la que someten a Jesús y es una oportunidad que Jesús tiene para poner las cosas en su justo lugar.                                                                                          Pongamos atención a la respuesta que Jesús les da y nos da:”Porque son duros de corazón escribió Moisés semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (v.5-9).                                                                                                                                              La legislación judía permitía sólo al hombre divorciarse de su mujer. Los motivos iban desde la infidelidad hasta otros asuntos triviales. En esta respuesta Jesús nos enseña que la Palabra de Dios debe ser interpretada de acuerdo a la realidad del momento, pero sin olvidar el proyecto original que Dios quiso para el matrimonio, basado en la igualdad del hombre y la mujer y, por sobre todo, en el amor como fundamento de la unión matrimonial. La fidelidad que Jesús exige es la fidelidad al pacto de amor, como Dios lo quiso desde el principio de la creación. De esta manera, el matrimonio es un proyecto de amor querido por Dios desde los inicios mismos que hemos recordado en la primera lectura de hoy. Y como todo pacto entre un hombre y una mujer, exige ciertas condiciones fundamentales como la igualdad de derechos, la dignidad de ambos esposos y las obligaciones que hacen posible el proyecto mismo. Ciertamente de este tan profundo proyecto de vida, compartido en igualdad de condiciones, quedará completamente excluido el abuso de poder o el afán de dominación, el maltrato y toda forma de violencia.                      La doctrina católica del sacramento del matrimonio afirma tres obligaciones esenciales: la unidad de los esposos, la fidelidad al amor recíproco y la indisolubilidad del vínculo. De este modo, el matrimonio es espacio de crecimiento, de mutua ayuda, de perdón y reconciliación. ¡Cuánta seriedad se requiere de quienes deciden casarse! Muchas razones pesan sobre la ruptura de este proyecto de vida matrimonial, tales como la inmadurez humana y afectiva de quienes se casan, el individualismo, el egoísmo, las carencias de condiciones humanas básicas de diálogo, comprensión, relaciones humanas, de mutua ayuda y colaboración, de espiritualidad y conversión, etc.   Ciertamente el casarse por la Iglesia no basta si no hay una decidida voluntad de construir cada día, en paciencia y fortaleza, el proyecto de amarse según el plan de Dios desde los orígenes mismos del mundo. No basta con la atracción, el deseo, el entusiasmo ni menos para escapar de la soledad, del sufrimiento, etc. Es indispensable hacerse cargo de la seriedad del proyecto matrimonial humana y espiritualmente entendido.  

                Que el Señor les bendiga con su amor.                               Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M. 


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